Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

viernes, 23 de septiembre de 2016

¿PODEMOS CON PODEMOS?

Y vaya por delante, que ya he manifestado públicamente, que soy partidario de llegar a algún tipo de acuerdo con Podemos y Ciudadanos. Pero también que estoy seguro de que va a ser muy difícil, casi imposible. Y no sólo por el veto recíproco que se aplican, y del cual no parecen apearse, uno al otro. También por el tipo de organización que, hoy por hoy, es Podemos.
Como alguna vez ya he explicado, Podemos es una fuerza de “aluvión”, en la que recalaron cientos de españoles indignados, con razón, por la política errónea e injusta que los partidos tradicionales, desnortados, aplicaron a la crisis global sobrevenida repentinamente. Una organización que creció de las manos de unos líderes ingeniosos, jóvenes profesores universitarios, de raíces ideológicas populistas y/o comunistas; que supieron aprovechar, en los nuevos medios de comunicación, la rabia explicable de muchos ciudadanos, y les ofrecieron como alternativa a sus males, toda una panoplia de ideas radicales, contradictorias entre si, e inaplicables a nuestra realidad económico social, inserta en el ámbito europeo.
Es cierto que el PSOE no estuvo exento de culpa. No vio venir la crisis, no la admitió al inicio, y se dejó deslumbrar por los remedios neoliberales, que aplicaban, que aun aplican, los gobiernos europeos. Pero el PSOE no es el PASOK griego, como a tantos les gustaba repetir. Es un partido con muchos años de historia, con gran tradición democrática, con su memoria y su cultura centenarias, con una apreciable capacidad para las renovaciones profundas, que se ha aplicado sin anestesia, muchas veces a lo largo de su historia. Un partido, no un popurrí. Como se ha demostrado en los últimos meses, al comprobar como Pedro Sánchez ha ganado la batalla del “NO es NO”, con el exclusivo apoyo de sus militantes y votantes; enfrentándose a una enorme presión mediática, de algunos de sus barones, de los demás partidos, de la Iglesia, y del sursuncorda (del latín “Sursum corda”).
El problema que tienen las fuerzas política que crecen en aluvión, es que antes o después sufren la inevitable crisis de adolescencia (como me parece comienza a ocurrirle hoy a Podemos), y si no dan con un buen cemento, comienzan a agrietarse (recordemos el ejemplo de la UCD, un conglomerado de grupos políticos sin una ideología clara, sólo unidos por el “poder” mientras detentaron el Gobierno). Las dificultades se presentan, cuando sus líderes se dejan arrastrar por egos desbocados, sin el freno de una organización bien consolidada (también sirve el ejemplo de la UCD). O, muy especialmente, cuando hay que comenzar a tomar medidas concretas, cuando hay que mojarse, y cada uno es de su padre y de su madre, pues es entonces cuando las grietas se convierten en espectaculares socavones. De ahí que algunas fuerzas políticas, sólo puedan conservar su apariencia de unidad, manteniéndose en la cómoda oposición.
Podemos tiene hoy ante sí, un serio problema de crecimiento y de identidad. A mí me parece que han perdido la inercia positiva que lograron, al asumir las reivindicaciones del 15M. Y que su estructura interna es cada día más autoritaria y caudillista. Lo ocurrido con En Marea, al verse obligados a renunciar a sus siglas, puede ser el inicio de una serie de problemas territoriales, que constatarán la debilidad actual del partido morado. Si Podemos quiere consolidarse como una fuerza de izquierdas de implantación nacional, debería revisar su organización interna excesivamente piramidal, y aclarar, seguro que con algún coste, su posición ideológica, tanto a nivel político, como económico y territorial. No se puede ser a la vez comunista y socialdemócrata, populista y transversal; ni defender el derecho a decidir en ciertos territorios, postulándose al mismo tiempo como un partido nacional.
A día de hoy, a Podemos le falta teoría y partido para enfrentarse al PSOE que, aun sin tener el acceso privilegiado a los medios que tiene aquel, parece seguir por delante en la intención de voto de los ciudadanos. A la organización de Iglesias, al menos de momento, le falta sentido de comunidad, cohesión, tradición y cultura democrática, y le sobra narcisismo. Y en donde no hay doctrina ni ideología, no puede haber partido.
Como escribió Mariam Martínez-Bascuñan, Podemos pretendió agrupar a la izquierda, activando un lenguaje político que a todas luces, o al menos a las de muchos de nosotros, no casaba con los marcos en los que se insertan los valores profundos de este país. La de España, hoy, es una izquierda posnacional, curada de afectos patrióticos por la herencia franquista, y más vinculada con una tradición cosmopolita. Puede ser españolista, “bien sûre”, pero se trata de un nacionalismo laico, poco susceptible de convertirse en un mito transcendente, que genere identidad política.
Difícil por no decir imposible, un proyecto político que pretenda basar su identidad, conjugando, en plan transcendente, el patriotismo español con otros periféricos nacionalismos. Un tal baile de máscaras, entre patriotismo, socialismo-comunismo, y derechos a decidir, poco tiene que ver con una izquierda compacta en lo ideológico, y en la relación de los militantes con su líder, que no se difumina en mitad de un experimento político de confluencias. Desde los inicios algunos, modestamente, creímos detectar en Podemos un claro error de diseño que nos llevaba a preguntarnos, hasta que punto tenía sentido aplicar estrategias, que presuponen activismos políticos para espacios sociales en contextos latinoamericanos, a una geografía política anclada ya en la cultura parlamentaria, donde el componente “ciudadano”, es más fuerte que el componente “pueblo”. En el trasfondo de todo ello subyace, me temo, que la identidad del “Proyecto” Podemos, se vinculó excesivamente al objetivo del “sorpasso”, al de ser un partido “por sí mismo” con capacidad de derrotar al PP.
Un próximo Gobierno español decente y honrado (y no me refiero sólo al tema del dinero) tendrá que tomar medidas difíciles, drásticas y duras. Y no se pueden afrontar medidas de calado, con frecuencia impopulares, desde una base inconsistente, desde una falta de definición ideológica, desde una organización aún no bien cimentada, y testada a lo largo de muchos años de desafíos importantes, a la que decisiones complicadas, no le hagan crujir las cuadernas. Y es por todo ello, por todo lo analizado y escrito, por lo que me pregunto ¿Podemos con Podemos?
Pues eso.
Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Septiembre del 2016.


domingo, 18 de septiembre de 2016

LA VOLUNTAD DE VENCER

Todos aquellos que aún mantenéis la valentía y la paciencia de leerme, ya habréis observado que escribo con frecuencia de táctica y estrategia. Y sí, estoy leyendo y releyendo, algunos libros de la historia militar de la Segunda Guerra Mundial, especialmente los que se refieren a las contiendas que se dieron en el norte de África. Me interesan, además de cómo historiador, por lo que he dicho alguna vez, que la guerra y la política tienen cosas en común: ambas dependen de la táctica y la estrategia, ambas mueven amplios colectivos humanos, en ambas influye mucho el liderazgo, y también la cohesión y la moral de los ejércitos y los partidos. Así que os adjunto un nuevo ejemplo de ello.
El Mariscal Sir Bernard Law Montgomery, antes de hacerse cargo de la jefatura del Octavo Ejército en África, estuvo tres años impartiendo clases en la Academia Militar de Quetta, en la India. Y en ella explicó una y otra vez, las reglas que, a su parecer, tendrían que seguirse cuando estallará una nueva guerra. Y eran estas:
1. Moral. Estudiar al soldado individualmente. Crear una atmósfera de triunfo. La moral es la base de todo.
2. Simplificación de los problemas. Ordenar aquello que esencialmente ha de constituir, la base de toda acción futura; y una vez que se haya decidido a ese propósito, asegurar que esas bases esenciales son firmes, y no serán perturbadas por una masa de detalles. Como comandante, establecer el marco general de lo que hay que hacer y luego, dentro de ese marco, permitir una gran intervención de los subordinados. Explicarles el plan cuidadosamente en su totalidad, y después mantenerse apartado, y evitar verse abrumado por lo accesorio.
3. Aprender como formar un buen equipo de subordinados y, cuando se haya conseguido, confiar en él.
4. Que cada cual sepa qué quiere, y tenga la valentía y determinación de conseguirlo. Hay que poseer la voluntad de vencer: es mucho más importante luchar bien cuando las cosas van mal, que cuando se desenvuelven en un sentido favorable. Recordar que las batallas, raramente se desarrollan tal como habían sido planeadas. Se requiere una gran paciencia, y hay que proseguir hasta que el otro se resquebraje. Si se está preocupado, las cosas irán mal.
Y estos cuatro puntos, se pueden resumir en: Ser inteligentes. Tener calma. Y poseer valor.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Septiembre del 2016.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

INTERPRETANDO EL MUNDO

Como historiador, mi especialización y mi pasión, es la Época Contemporánea. Pero leyendo el otro día al gran hispanista John H. Elliott, aprendí, con placer, algunas reservas al respecto.
Interpretar el mundo contemporáneo es una parte legítima, deseable y apasionante, por supuesto, de la labor histórica. Pero, nos advierte Elliott, no constituye su totalidad, y es necesaria una buena disposición y capacidad, para ver ese mundo desde una variedad de puntos de vista, y con una clara conciencia de las alternativas, respecto al paradigma dominante. Si, por ejemplo, definimos ese paradigma en términos del avance progresivo de la ciencia, el racionalismo y la secularización, es probable que la búsqueda de la “modernidad”, nos conduzca a un callejón sin salida. Como los procesos globales de finales del XX y principios del XXI, parece que van dejando bastante claro, cuanto más fuerte es el énfasis en la secularización, mayores son las probabilidades de un renacer religioso. El progreso de la ciencia, tiene su antítesis en el avance del fundamentalismo. Y el supranacionalismo de un mundo de corporaciones y organizaciones multinacionales, es desafiado por el resurgir de las fuerzas “irracionales” del nacionalismo a la antigua. El pasado tiene un modo inquietante de regresar para trastornar el presente. Y cuando se echa a la Historia a la fuerza por la borda, se puede contar con que volverá.
Si el estudio del pasado tiene que tener algún valor, este reside en su capacidad tanto de revelar las complejidades de la experiencia humana, como de advertir contra la opción de descartar, como si no tuviera ninguna importancia, los senderos que se siguieron sólo en parte, o no se tomaron nunca. En alguna curva del camino, dice Elliott, pueden volver a aparecer de repente ante nuestra vista. Admitir que el presente está lleno de sorpresas, exige un reconocimiento similar, de que el pasado lo fue igualmente, a ojos de quienes lo vivieron, lo vivimos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Agosto del 2016.

lunes, 5 de septiembre de 2016

"UN GANCHO DE IZQUIERDAS"

Como “un gancho de izquierdas”, se conoció en el 8º Ejército inglés, una maniobra envolvente realizada una serie de veces, por la 2ª División neozelandesa, comandada por el general Bernard Freyberg. Consistía en desviarse a la izquierda del frente de batalla internándose en el desierto, para girar luego al norte, saliendo a las espaldas del África Korps de Rommel.
Hay que ver con que pocas y cortas palabras, “No y No”, se puede propinar hoy en política un “gancho de izquierdas”. Y resumir un proyecto político, y el ser más íntimo y duro de un viejo partido. Me temo que algunos han tardado bastante, incluidos militantes del PSOE, en descubrir la capacidad de liderazgo de Pedro Sánchez. Se ha repetido con cierta frecuencia, que el genio no se manifiesta hasta que se presenta la oportunidad. Puede ser cierto, pero algunos, modestamente, ya lo habíamos intuido y expresado en público.
Relata Alan Moorehead en su biografía de Montgomery, como el Mariscal, nada más hacerse cargo de la jefatura del 8º Ejército, dictó su primer parte en el que decía: “Nada de retroceder. No habrá retirada. Resistencia”. Y luego se fue a dormir. A lo largo de la noche, mientras el comandante en jefe dormía tranquilamente sus horas habituales, se transmitía el parte a todo el ejército. No habría retroceso. No habría retirada. Deberían permanecer en sus posiciones vivos o muertos. Por la mañana, millares de soldados comenzaron a observarse unos a otros, a mirar el desierto y al enemigo, como si durante la noche hubiese ocurrido alguna extraña transfiguración. Y es que, aunque parezca extraño, el efecto de la nueva orden fue una sensación de alivio. Pues en último término, quizá lo más angustioso es lo desconocido. En la guerra, en cualquier situación de crisis, incluida la política, un hecho concreto y positivo, por duro que sea, trae consigo una especie de brisa reconfortante. Al menos, es algo firme e indestructible a lo que uno se puede agarrar, en medio de un mundo caótico y cambiante, en donde todo se mueve sin timón, y todo es anarquía, e ingobernable albur. Así, pues, esa ola de alivio empezó, en aquello días, a extenderse a todo el Ejército. Por fin, después de tantas órdenes contradictorias, aparecía algo completamente claro y contundente. Todo el mundo, cada general y cada jefe, cada oficial y cada soldado, sabía ya a que atenerse. Algo así, me parece, ha ocurrido en nuestro mundo político, la semana pasada, cuando los debates de investidura.
General Bernard Freyberg
Y ahora hemos entrado en una segunda y distinta fase, en la que ya no habrá que demostrar nuestra firmeza y nuestra coherencia, sino dar una lección de cintura política. Se abre nuevamente el debate entre fuerzas políticas, y en el interior del PSOE, si es que en éste se ha interrumpido algún día. El Secretario General acaba de anunciar, que tan pronto se haya reunido con las demás fuerzas políticas ¡con todas! y conozca sus posiciones, convocará de nuevo al Comité Federal, para debatir y fijar postura. Y por cierto, en mis 42 años de militancia, no recuerdo que se haya convocado con tanta frecuencia dicho Comité Federal, me parece que llevamos algo así como siete en siete meses.
Y me mojo de nuevo por adelantado. Esta sería mi propuesta: un acuerdo PSOE-Podemos-C’s, con abstención de los partidos nacionalistas. No es fácil, nada fácil, lo sé. Pero si al final no se consigue, porque los dos emergentes se sigan excluyendo mutuamente, o porque Iglesias siga prefiriendo insultar a proponer alternativas, buscando sin cesar el soñado “sorpasso”, como ha demostrado en sus dos intervenciones en los debates de investidura, pues nada, tranquilamente y con decisión a nuevas elecciones.
Sé que estar con un Gobierno en funciones unos meses más, no es la situación más deseable. Pero si me parece, es mucho mejor que cuatro años más de gobierno del PP. Y que no nos intoxiquen los voceros de la derecha más rancia y casposa, con esas llamadas a la responsabilidad, al bien de España ¿de que España? y a los intereses de los ciudadanos ¿de que sector de los ciudadanos? Falacias, lugares comunes y significantes vacíos. Como comentaba hace unos días con mi buen amigo Jordi Bayona: los Presupuestos Generales del Estado se pueden prorrogar, no sería la primera vez; las cuestiones pendientes con la U.E. se pueden aplazar, muchas veces los europeos han estado “esperando” a algún socio ¿no lo harían ahora después del “Brexit”?; temas como la actualización de la paga a los pensionistas (yo lo soy) o el salario de los funcionarios, se pueden arreglar con un decreto ley, o con una simple modificación de una ley, como parece se va a hacer, para impedir que tengamos que votar el día de Navidad. No, nos dejemos amedrentar por una presión mediática brutal, sí, pero que sólo persigue resguardar, los intereses de las grandes empresas y del capital financiero.
Hablemos y negociemos con todas las demás fuerzas políticas, excluidas, por diferentes razones, el PP y Bildu. Y demostremos nuestra cintura política, y nuestra capacidad para llegar a acuerdos, así como nuestra responsabilidad. Y si los demás no dan muestras de las mismas, mala tarde, con toda decisión y energía a nuevas elecciones. Que los ciudadanos se pronuncien una vez más. Sí, soy consciente de que la situación ya se ha hecho muy cansina, pero no nos queda otra, la ciudadanía es nuestro juez último, en democracia no tenemos otro. Se trata de un nuevo sacrificio por nuestro sistema de convivencia, de una hora de nuestro tiempo el 18 de Diciembre. Y que con su voto pongan a cada uno de los partidos y a sus líderes, en el lugar que les corresponde, por ese bucle, aparentemente a día de hoy, sin salida.
Pues eso: ¡que cada palo aguante su vela!

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Septiembre del 2016.

lunes, 29 de agosto de 2016

EN LA BATALLA: CORAJE Y DECISIÓN

No sé si es por culpa de los tuits, de la cultura de la inmediatez y la simplicidad, de los análisis en un máximo de 140 caracteres, de la terrible falta de matices, pero tengo la impresión, que la política actual se está infantilizando, o es que hay nuevos políticos inmensamente ingenuos.
Andan por ahí algunos diciendo: Pedro Sánchez tiene que decir que va a hacer, después del NO y NO. ¡Por favor! Fue Carl von Clausewits quien dijo: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Y podríamos remedar: la política es como la guerra, utilizando exclusivamente medios no cruentos, por supuesto. Aunque Churchill dijo una vez: “La guerra es menos cruenta que la política, en la primera sólo te matan una vez”. Pero lo que quiero decir, es que en la política también intervienen el liderazgo, el coraje, las agallas, la táctica y la estrategia. Pedirle a Pedro Sánchez, que haga públicos sus próximos movimientos, sería como haberle pedido al general Montgomery, que le comunicara a Rommel, por donde iba a atacarle en El Alamein. O a Bobby Fischer que le anunciara a Boris Spaski, cual iba a ser su próximo movimiento en el tablero de ajedrez.
Mariscal Sir Bernard Law Montgomery
Muchos buenos amigos (algunos están con Podemos, otros de mi generación siguen en el PSOE), con la mejor intención, me repiten que esta vez me he equivocado, al apostar por el NO y NO. Bueno, es posible. Soy un escéptico lleno de dudas. Muchas veces he repetido, lo que me hubiera gustado nacer mecido por algún absolutismo, a la derecha o a la izquierda, acunado por la verdad única y absoluta. Pero sin embargo, me he pasado la vida luchando con las dudas y las verdades relativas. Me he equivocado muchas veces a lo largo de mis 74 tacos: profesionalmente, sentimentalmente y políticamente. Y sí me equivoco una vez más, no se me caerán los anillos, por proclamarlo pública y llanamente.
Soy de los que creen que hay que pensar bien las cosas antes de dar un paso; de los que opinan que hay que “leer” bien la realidad, antes de fijar la estrategia. Pero de los que, igualmente, piensan que no se puede estar sin actuar hasta tener el cien por cien de certeza (algo imposible), que hay que ser valientes y decididos, e ir hacia adelante con coraje y decisión, confiando en la postura adoptada, en la decisión tomada. Lord Bruntisfield, oficial de un regimiento de caballería, los Scots Greys, escribió: “El principio básico, y no era poco, era que cuando te encontrabas ante un problema – cuando te disparaban, o dudabas sobre que hacer para solucionar una situación – si actuabas, con suerte podías acertar, pero si no hacías nada, forzosamente te equivocabas”.
Bobby Fischer
Políticamente soy amigo de los pactos, que estimo consustanciales a la política. Muchos de los líderes del PSOE de mi generación, cuya valía política he presenciado en persona, y cuya opinión sigo estimando, mantienen una posición contraria hoy a la mía. Todo ello me produce muchas dudas, es cierto, no lo niego. Pero por otra parte, la gran mayoría de los jóvenes (y no tan jóvenes) militantes, la abrumadora mayoría de nuestros votantes, y yo entre todos ellos, consideraríamos una aberración política, facilitar un nuevo gobierno del PP. Y que nadie me venga con esas cantinelas del “bien común”, de “pensar en los demás” y no en nosotros, del “beneficio del pueblo” y de “los intereses de España”… Lo he repetido ya, todo eso no son más que lugares comunes, significantes vacíos. Los demás, los ciudadanos, el pueblo, el Estado… ¿quiénes son, los de las sicavs, del Ibex 35, los de Panamá… o los trabajadores, los desahuciados, los parados, los inmigrantes, los jóvenes emigrados al extranjero…? Eso es lo terrible de la política, no se puede estar con todos, no siempre se pueden integrar intereses contrapuestos ¡hay que elegir!
Así que, aún con dudas, adelante. Ante la falta de certeza absoluta, prefiero mil veces equivocarme siguiendo mi opinión, que meter la pata hasta arriba, compartiendo la de otros. Y fijada la estrategia: ¡a la batalla, con coraje y decisión!
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Agosto del 2016.


sábado, 20 de agosto de 2016

EL JUICIO DE LA HISTORIA

Se ha dicho y escrito muchas veces, que no se puede juzgar a toro pasado, sino que hace falta meterse de lleno en la época, en la que se han producido los hechos que pretendemos reconstruir y comprender, en la mentalidad, en los sentimientos, valores, costumbres y convicciones de esa época en cuestión. Ni siquiera el juicio moral, puede prescindir del contexto histórico, de la civilización y del periodo, en el que han tenido lugar los acontecimientos que se valoran: la esclavitud existente en la antigüedad clásica – ha escrito Galli della Loggia – no puede ser acreedora por nuestra parte, del mismo juicio moral que deberíamos emitir, acerca de una esclavitud que se pusiera en práctica hoy en día. Y cuado Popper, a quien admiro, pone en el mismo plano, como enemigos de la “sociedad abierta”, a Platón, Marx y Freud, ignorando los dos milenios que les separan, comete, a mi modesto entender, una incorrección conceptual.
Existen, me parece, dos pecados mortales para cualquier historiador: juzgar anacrónicamente el pasado con categoría actuales, y emitir, acerca de comportamientos del pasado, juicios morales nacidos de la mentalidad de hoy. No sería correcto, por consiguiente, tildar de “injusta” cualquier ley del pasado. Se trataría de una cosa reprobable, sí, pero reprobable hoy, desde nuestras categorías de corrección política, de “bienpensantismo” ideológico.
Benedetto Croce
Parece obvio, como bien advertía Benedetto Croce, que los historiadores no podemos ser moralistas, y que la historia no puede ser un tribunal, como sucede con frecuencia en debates historiográficos, que se convierten más bien en procesos penales, o en instrumentalizaciones de acontecimientos pasados, para uso de la política del presente. Como escribe Claudio Magris, citando al gran historiador de la escuela de Turín, Franco Venturi, la historia no es un tribunal penal ni moral, sino el intento de comprender cómo y por qué vivieron los hombres, para lo cual es menester, meterse de lleno en la época en la que sucedieron los hechos que se estudian, y comprender la mentalidad de ese tiempo.
Pero ¿es posible comprender cómo y por qué vivieron los hombres, sin emitir un juicio moral, aunque sea poniéndolo en relación con la época de la que nos ocupamos? ¿Es verdaderamente imposible, tildar de “injustas” las leyes raciales de Nuremberg, aun habiendo nacido en un clima tan distinto al de hoy? ¿Es posible comprender las espantosas matanzas llevadas a cabo por Stalin, o el mecanismo que condujo a Auschwitz, sin emitir un juicio moral? Porque de no ser así, en caso contrario, la historia, para no ser justiciera, correría el peligro de convertirse en justificadora.
Claudio Magris
Meterse de lleno en la época en la que han tenido lugar los hechos y las fechorías, como deberíamos hacer todos los historiadores que nos preciemos de serlo, significa reconstruir las posibilidades concretas que, en aquella época y en aquel contexto, se les presentaban a los individuos, a las fuerzas políticas, a las iglesias… Sólo de ese modo se pueden entender, cuales eran los espacios concretos que se ofrecían a la libertad humana. Como escribe también Claudio Magris, Himmler y Bonhoeffer fueron contemporáneos, condicionados por su mismo tiempo, pero uno fue un delincuente y un carnicero de hombres, y el otro un mártir que sacrificó su propia vida, para defender a las víctimas de aquel asesino. Decir que Himmler era un cerdo, por supuesto que no basta para entender ni combatir sus crímenes, pero ninguna contextualización histórica, cancela el hecho de que era un cerdo.
Solo las iglesias, las religiones, algunos partidos políticos y las filosofías de los esencialismos, afirman valores absolutos. Para todos ellos, la verdad no está históricamente condicionada, ni es históricamente relativa, sino inmutable; no es hija de su tiempo, sino como dicen: “Mater temporis” (madre del tiempo).
Son reflexiones que se me han ocurrido, leyendo a un supuesto historiador, de cuyo nombre ya no quiero acordarme, que valoraba moralmente y condenaba nuestra Transición política.
Pues eso. Ojito con los “historiadores” de tres al cuarto, y moralistas de sacristía.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Julio del 2016.


sábado, 13 de agosto de 2016

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

Creo que toda mi vida he sido aficionado a leer a los analistas políticos, a los filósofos de la política y, como no, a los políticos y estadistas (no son exactamente lo mismo). Entre los analistas me gustaban Maurice Duverger y Raymond Aron (que seguía por la prensa francesa: Le Monde, Le Nouvel Observateur, L’Express…). De los filósofos me leí un montón: Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Tocqueville, Hegel, John Stuart Mill, Marx… etc. Y de los políticos, pues que os voy a decir, casi todos desde mis veinte años: Lincoln, Bismarck, Kennedy (mi madre me regaló una biografía sobre él, antes de que fuera Presidente) Pierre Mendes France, Harold Wilson… etc. etc. etc.
Hasta hace poco, me parece que cada uno de ellos se limitaba a escribir sobre lo suyo, sobre su campo de estudio. Los analistas exponían la situación del momento, tal como la veían, procurando no dejarse influir demasiado por las ideologías. Los filósofos trataban de las ideas políticas, de las formas de Estado, de los distintos regímenes habidos y por haber... Y los políticos, pues de eso, de la política real, práctica, vista desde su ideología. Pero me da la impresión que desde hace poco se están mezclando los campos: los analistas hacen ideología, los filósofos o profesores bajan a la política, y los políticos mezclan las churras con las merinas. Escribí de todo eso hace algo más de una año en mi Blog:
http://senator42.blogspot.com.es/search/label/Analistas%20Fil%C3%B3sofos%20y%20Pol%C3%ADticos
Pero desde entonce me parece, las cosas han ido a peor. En las redes, en la prensa (escrita o digital) y, especialmente, en esas horrorosas tertulias de la tele, todo el mundo habla de lo que sea, por pocos estudios o ninguna información solvente, que tenga sobre el tema. Alguien puede pensar, está en su derecho, que yo soy el primero en cometer el pecado y, por lo tanto, no puedo tirar la primera piedra; ya que teniendo sólo estudios de economía y de historia, algunas veces me lanzo a escribir sobre filosofía. Es cierto, no he cursado estudios académicos sobre la materia, pero sí he leído desde joven, mucha filosofía.
Montaigne en sus “Ensayos”, ya nos advertía de la conveniencia de llevar a nuestros interlocutores, a hablar de aquello que mejor saben (“Baste al marinero hablar de vientos, al labrador de bueyes, y que el guerrero cuente sus heridas, y que el pastor cuente sus rebaños”. Propercio) ya que las más de las veces, ocurre todo lo contrario. Todo el mundo prefiere discurrir del oficio de otro, a hacerlo del propio, pensando así adquirir una nueva reputación. Y lo prueba, dice Montaigne, el reproche que Arquidamo le lanzó a Periandro, que renunciaba a la gloria de buen médico, para granjearse la de mal poeta. Y ver los amplios despliegues que dedica Cesar, a explicarnos sus invenciones para construir puentes y máquinas; y como, en comparación, se vuelve conciso cuando habla de las tareas de su profesión, de su valentía y de la dirección de su ejército. Sus hazañas le acreditan de sobra como excelente capitán, pero él pretende darse a conocer como excelente ingeniero, cualidad un poco distante. Igualmente Dionisio el Viejo era un grandísimo jefe militar, tal como convenía a su fortuna; pero se esforzaba en presentar como mérito principal la poesía, de la que, sin embargo, apenas sabía nada.
También Erasmo de Róterdam, en sus “Adagios”, escribe: “Hay que esforzarse por llevar siempre al arquitecto, al pintor, al zapatero y a todos los demás a su terreno”. Y el gran Horacio dijo: “El holgazán buey anhela llevar la silla; el caballo anhela arar”.
Y Ortega y Gasset, que reflexionó profundamente sobre todo lo divino y humano, nos decía. “Siempre he sido hostil a Platón, porque sostuvo que los filósofos debían gobernar ¿Qué mal habían hecho a Platón, para desearles semejante destino? Preferible es que los filósofos se ocupen sólo en pensar y que, de cuando en cuando, los gobernantes lean lo que los filósofos han pensado, no para hacerles caso - ¡eso de ninguna manera! – sino tan sólo por la vía gimnástica y como puro ejerció”. Lo habitual es que cuando un filósofo pretende ser político, le pase lo que a Platón. Salio ingenuamente a reformar el Estado de Dionisio, y pocos meses después tuvieron que comprarlo en un mercado de esclavos; rescatar su divina persona, caída en tan extrema desventura.
“Vosotros escritores/ escoged materia a la altura de/vuestras fuerzas…” (Horacio. “Arte poética”).
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Agosto del 2016.

miércoles, 10 de agosto de 2016

HISTORIA Y GEOGRAFÍA

Leí hace un mes en El País Semanal, una entrevista que hizo Jacinto Antón (uno de mis articulistas favoritos) a la famosa autora de novelas policíacas canadiense, de Québec, Louise Penny. En ella, en un momento dado, la autora le responde: “Me encanta la historia, y me apasiona descubrir las cosas que guarda un territorio: la historia es geografía expandida en el tiempo”.
Pues no, desde mi punto de vista de especialista en Historia, no acabo de estar de acuerdo, con esa descripción de lo qué es la historia. No, la historia no es geografía, aunque algo tiene que ver con ella.
Históricamente, las condiciones geográficas sólo serían una fatalidad, desde el sentido clásico del fata ducunt, non trahunt: la fatalidad dirige, no arrastra. La aridez climatológica de la Península, por ejemplo, no justifica la historia de España.
Como diría Ortega, nuestros actos no son efecto del “medio”, sino que son libre respuesta, reacción autónoma. En rigor, la única causa que actúa en la vida de un hombre, de un pueblo, de una época, es ese hombre, ese pueblo, esa época. O dicho de otra manera: la realidad histórica es autónoma, se causa a sí misma. Sólo basta leer detenidamente nuestra historia, para comprobar como en comparación con la influencia que los españoles hemos tenido sobre nosotros mismos, el influjo del clima ha sido bastante desdeñable.
La tierra influye en el hombre, sí. Pero el hombre es un ser reactivo, cuya reacción puede transformar la tierra en torno. El paisaje no determina casualmente, inexorablemente, los destinos históricos. “La geografía no arrastra la historia, solamente la incita” dice Ortega. La tierra árida que nos rodea a veces, no es una fatalidad sobre nosotros, sino un problema ante nosotros.
Louise Penny
El dato geográfico es muy importante para la historia, como otros muchos. Pero para Ortega, lo era en el sentido opuesto al que Taine le daba. No es aprovechable como causa que explica el carácter de un pueblo, sino, al revés, como síntoma y símbolo de ese carácter. Cada raza lleva en su alma primitiva un ideal de paisaje, que se esfuerza por realizar, dentro del marco geográfico del contorno. Para el filósofo, Castilla, por ejemplo, sería tan terriblemente árida, porque es árido el hombre castellano. Nuestra raza ha aceptado la sequía ambiente, por sentirla afín con la estepa interior de su alma. Como en el individuo el dato que arroja más profundas revelaciones sobre su ser íntimo, es el de cual sea la mujer que elige, pocas cosas declaran más sutilmente la condición de un pueblo, como el paisaje que acepta.
Seguramente ese error de pensar que el paisaje, la geografía, influye de forma determinante en el hombre, en la historia, sea debido a creer que la vida es una operación receptiva, un transitar entre las cosas, un pasivo sufrir y gozar de lo que de fuera nos viene. Y no, la vida no es simple recepción de lo que pasa fuera; antes por el contrario, consiste en pura actuación; vivir es intervenir; por lo tanto, un proceso de dentro afuera, en el que invadimos el contorno con actos, obras, costumbres, maneras, producciones, según el estilo originario que está prescrito en nuestra sensibilidad.
Pues eso, a la geografía lo que es de la geografía, y a la historia lo que es de ella.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Julio del 2016.

domingo, 7 de agosto de 2016

LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN

Decía Claudio Magris, que si supiera como, regalaría a todos aquellos que tienen entre sus ocupaciones y pasiones la política, esa obra de arte, ese opúsculo de Max Weber, que es “La política como profesión”.
Por “profesión” – en alemán “Beruf” – evoca también Weber (con “pathos” religioso protestante) la vocación, o la “llamada”, a la que se refiere también Michael Ignatieff, en su maravillosa obra “Fuego y cenizas”. En las pocas páginas de su genial ensayo, Weber traza la frontera entre la esfera de lo que es racionalmente demostrable, y la de los valores, las fes y los afectos, que constituyen una certeza vivida en el ánimo y, a veces, un ideal supremo, pero de los que no podemos pretender, dar una demostración lógica, aunque no por ello sean menos importantes. Y esa claridad, es la esencia de la laicidad.
En su libro, Weber distingue dos formas fundamentales de la acción política, inspiradas respectivamente el la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad" (ya he escrito diversas veces sobre esto). Quien sigue la primera intenta actuar obedeciendo puntillosamente, únicamente a sus propios principios, sin dejarse turbar por las consecuencias de su comportamiento. Quien se inspira en la segunda, piensa en cambio, no sólo en la pureza de sus principios, sino también y sobre todo, en las consecuencias de sus actos. No se preocupa tanto de salvar lo inmaculado de su propia alma, como de salvar al mundo y a los demás.
Ambos comportamientos, también analizados agudamente por Giovanni Sartori (Licenciado en Ciencias Sociales en la Universidad de Florencia) tienen sus méritos y sus peligros. La “ética de la convicción”, elevado testimonio y fermento de la conciencia, como apunta Magris, puede degenerar en fanatismo abstracto; la de la “responsabilidad” en la indolencia, y en las más generalizadas y abyectas componendas, en la vileza de quien dice “tengo familia” y se echa para atrás.
Como Magris, también yo pienso que hoy en día, asistimos a un eclipse de la “ética de la responsabilidad”. Quizá podríamos decir, generalizando, que la derecha es con frecuencia cínicamente responsable, y la izquierda bobaliconamente irresponsable. A la primera le importan un pimiento los principios, y persigue con coherencia sus objetivos e intereses, en las formas y modos que le parecen más adecuados, para alcanzar sus fines. La izquierda por su parte, está llena de gente deseosa, sobre todo, de dar siempre su opinión, de airear sus propios sentimientos, sus rabias, sus desilusiones, y de exhibir la nobleza y la sensibilidad de su alma bella, sin preocuparse de si los modos y las formas, en que todo ello se lleva a cabo, ayudan objetivamente o bien perjudican, a la afirmación y la defensa de los valores en que se cree y por los que se combate. Y por los cuales, si de veras se cree en ellos, y no solamente en el propio estado de ánimo, haría falta estar dispuesto a sacrificar algo, incluidas – si fuera necesario – las efusiones del propio estado de ánimo. Hay que llevar mucho cuidado con el viejo dicho de “pereat mundus et fiat justitia” (“perezca el mundo y hágase justicia”). Porque el sentido de la “responsabilidad”, si bien liberado de todo fanatismo, sigue siendo la premisa de toda auténtica acción humana y política; si desaparece no queda nada.
Giovanni Sartori
Si el tiro al blanco sobre los propios líderes, se convierte en la izquierda – como parece hoy – en un difundido deporte alegremente autodestructivo, la partida está perdida; y una fuerza política se transforma en una caseta de feria, en la que se tiran media docena de bolas por unos euros. Y en este clima sentimentaloide, quien trabaja en un partido, incluso quien lo dirige, inspirándose en la “responsabilidad”, aparecerá a menudo, como una persona gris y prosaica.
Responsabilidad” significa pagar el precio y la renuncia, que toda acción exige (Es el concepto que, resumido, figuraría igualmente en la divisa de la familia Finch-Hatton – el amante de Isak Dinessen, Baronesa Von Blixen, en “Memorias de África” - “Je responderay”), no pretender a la vez, como se dice, estar en misa y repicando. Y la vida política se hace en muchos lugares, igualmente legítimos siempre y cuando se respeten las leyes y las reglas fundamentales de la democracia: en el parlamento, en las plazas, en las sedes de los partidos, en las asociaciones, en el ejemplo dado en el puesto de trabajo, y hoy también en las redes sociales y en los múltiples blogs. En todos estos casos y lugares, lo que cuenta, o debería contar, escribe Magris, es volver a casa, por la noche, contentos no sólo de haber cantado y gritado, las canciones y eslóganes que conmueven a nuestros corazones, o de haber tronado contra el adversario, sino sobre todo, si ello fuera posible, de haber convencido al menos a un elector de la otra parte, a cambia la próxima vez su voto.
Pues eso, al tajo.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Agosto del 2016.

miércoles, 3 de agosto de 2016

EL LÍDER Y EL RIESGO

He escrito con frecuencia, que los pactos son consustanciales a la política. Y sí, pienso que en política es necesario acordar con los demás, encontrar espacios comunes. “El espacio es el medio de la coexistencia: si a un mismo tiempo existen varias cosas, débese al espacio… De aquí que un cuadro es tanto más perfecto, cuantas más referencias haga cada centímetro cuadrado del lienzo al resto de él. Es la condición de la coexistencia, la cual no se reduce a un mero yacer una cosas junto a la otra” (Notas de Vulpius a Ortega). Me parece que todo eso sigue siendo cierto. Pero entonces, se preguntarán algunos ¿por qué estoy de acuerdo con el No y No del PSOE, de Pedro Sánchez? ¿por qué discrepo con muchos de los “ex” de mi generación, que preconizan el pacto?
Pues seguramente por varias y complejas razones, como nos ocurre con frecuencia, a los que no creemos en los esencialismos. Porque siempre me mosqueo cuando se reclama “el bien común”, “el beneficio del pueblo” o “los intereses de la nación”. Porque siempre detrás de esto, al amparo de estos significantes vacíos, se esconde el beneficio de los que más tienen, enfrentado al de los más desamparados. Porque pactos sí. Pero ¿para qué? Y no a cualquier precio. Porque el PSOE debe pensar prioritariamente, en el bien de aquel sector de la sociedad que le ha votado. Y mal le ha ido cuando lo ha olvidado. Y porque, aunque muchos ciudadanos estén dispuestos a anteponer sus intereses y su “tranquilidad”, por encima de la decencia de a quien votan, alguien se tiene que plantar y decir NO, con estos no vamos ni hasta la esquina. A los indecentes ni agua.
Que una postura de intransigencia nos puede costar muchos votos, si hubiera terceras elecciones, pues mala tarde. La política debe hacerse, así siempre lo he creído, a medio y largo plazo. Y sin que eso signifique, sentarse tranquilamente a esperar el día de la revolución, la mañana de la toma del palacio de invierno. La política no es sólo pacto y consenso, aunque también eso. Con frecuencia es valor, coraje, gallardía, a riesgo de quedarse uno sólo.
Y de esos valores, acosado por todas partes, desde dentro y desde fuera, me parece que Pedro Sánchez, está dando testimonio estos días. En contra de los que decían que era un mero producto de marketing, de los que piensan que sólo defiende sus intereses personales, a mí me parece que, al contrario, está arriesgando valientemente su futuro político, y dando muestras de la seguridad, del valor y del coraje, que deben acompañar siempre a un auténtico líder.
Como decía Edmund Burke: “Muchas veces un hombre lo ha perdido todo, porque no lo ha arriesgado todo para defenderlo”. Y Montaigne nos recordaba en sus Ensayos: “Quienes predican a los príncipes una atentísima desconfianza, con el pretexto de predicarles su seguridad, les predican ruina y vergüenza. Nada noble se hace sin riesgo”. El temor y la desconfianza atraen el ataque y lo incitan.
Recordemos que a sus legiones amotinadas y armadas contra él, Cesar les opuso solamente la autoridad de su semblante y el orgullo de sus palabras; y confiaba tanto en sí mismo y en su fortuna, que no temía poner ésta en manos de un ejército sedicioso y rebelde. Como escribió Marco Anneo Lucano, el poeta romano-cordobés sobre ello: “Se plantó sobre una elevación de hierba amontonada y, con el semblante intrépido, mereció ser temido por no temer nada”.
Séneca, en “Cartas a Lucilio”, nos recordaba, que los mejore líderes no se limitan a hablar, a decir bonitas palabras, y pronunciar ingeniosos discursos, actúan. “Non est loquendum, sed gubernandum” (“No se trata de hablar, sino de llevar el timón”). Y Montaigne cita un viejo proverbio gascón: “Soplar mucho, soplar, pero tenemos que mover los dedos”. Y también una sentencia de Justo Lipsio en “Políticas”: “Aborrezco a los hombres débiles en la acción, filósofos en las palabras”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Agosto del 2016.

viernes, 29 de julio de 2016

SPINOZA. SENTIMIENTO DE LA "VANITAS"

El 27 de julio de 1656 en la sinagoga de Ámsterdam, Spinoza, educado en la religión judía, fue excomulgado. La excomunión o “cherem”, era una práctica severa, pero en absoluto desconocida en las comunidades judías.
La “cherem”, fue el acontecimiento más decisivo en la vida de Spinoza. Determinó, en primera instancia, las circunstancias en las que iba a vivir. Cuando cruzó por última vez el puente sobre el río Houtgracht, se abandonó a la merced de la, desde hacía poco, tolerante sociedad holandesa. Desde aquel momento, ya no se consideró a sí mismo un judío, sino un ciudadano de una república libre. Su filosofía de madurez, sería una celebración del espíritu liberal, que caracterizaba a la tierra de adopción de sus padres. La primera obra filosófica original que publicó, el Tractatus Theologico-Politicus, se abre con algo parecido a una carta de agradecimiento, a su nuevo hogar: “Esta libertad, no solamente puede garantizarse sin poner en peligro la piedad y la paz de la comunidad, sino que la paz y la piedad, dependen de esta libertad”. Sin embargo, en su nuevo estatus de judío apóstata, Spinoza conocería pronto, los límites de la misma libertad holandesa, que hacía posible su nueva vida. Los vituperios de los rabinos – escribe Matthew Stewart - llegarían a parecerle unas amonestaciones muy ligeras, comparadas con el vitriolo que le iban a deparar, los teólogos cristianos. De hecho, después de su expulsión de la comunidad judía, el filósofo inició una especie de dobles exilio. Para los judíos era un hereje; para los cristianos era, además, un judío.
Los cinco años siguientes a su traumática expulsión de la comunidad judía, se conocen a veces como “el periodo oscuro” de la vida de Spinoza. Pero a pesar de las incertidumbres biográficas, disponemos de una notable pieza de filosofía semiautobiográfica, que arroja mucha luz sobre este oscuro periodo de la vida de Baruch. El “Tratado sobre la reforma del entendimiento”, que muy probablemente data del año siguiente a su excomunión, o de un año más tarde, registra el primer intento de Spinoza, de explicar y justificar su opción de vida. Diríamos que presenta la “filosofía de la filosofía”, que le guiaría por el resto de sus días.
El “Tratado” se abre con una confesión íntima: “Resolví finalmente averiguar si existía algo, que pudiera ser el auténtico bien… si había algo que, una vez encontrado y adquirido, me proporcionaría una felicidad continua, suprema y duradera”. Para Spinoza, la filosofía se origina en la experiencia, absolutamente personal, de un sentido de la futilidad de la vida ordinaria, una sensación de vacío que, en la tradición filosófica, se ha ganado el distinguido nombre de “contemptu mundi”, el desdén por las cosas mundanas o, mejor aún, el de “vanitas”. En este caso, la acusación contra la existencia cotidiana, va más allá de los infortunios y adversidades de la vida, e incluye incluso las llamadas cosas buenas de la vida. Spinoza nos dice que las cosas buenas, no son lo suficientemente buenas; que el éxito en la vida, no es más que la postergación del fracaso; que el placer nos es sino, un efímero alivio del dolor; y que, en general, los objetos de nuestros esfuerzos, no son más que vanas ilusiones.
Del placer sensual, por ejemplo, el filósofo escribe: “La mente se ve tan atrapada por él… que apenas puede pensar en otra cosa. Pero una vez que el goce sensual ha pasado, sobreviene la mayor de las tristezas”. Igualmente inútil, razona, es el ansia de fama que domina tantas vidas. “El honor tiene esta gran desventaja, que para obtenerlo hemos de dirigir nuestras vidas, en función de la capacidad de entendimiento de otros hombres”. El sentimiento de “vanitas” que describe Spinoza, no es simplemente una sensación pasajera de insatisfacción. Va mucho más allá, de esta especie de depresión postcoital, o de la melancolía que a menudo nos abruma, en cuanto finalmente conseguimos, lo que siempre hemos afirmado desear. La “vanitas” se eleva al nivel de la filosofía, cuando se vuelve intolerable. Es el angustioso encuentro, con la posibilidad de una caída en la nada más absoluta, una vida irrelevante llegando a un final sin sentido.
Esa experiencia de la que Spinoza deja constancia, es una experiencia mucho más cercana a la que, en los relatos de la tradición espiritual, se conoce como “la noche oscura del alma”, ese momento de duda, temor e incerteza extremos, que precede al alba de la revelación. Ese viaje por el vacío del que habla Spinoza, es el mismo que un número de poetas, filósofos y teólogos ha recorrido durante milenios, dejando constancia del sentimiento de que la vida, es una pasión inútil, una rueda incesante de esfuerzos, un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia y que no significa nada. Pero el sentimiento – escribe Stewart – no es universal; por ejemplo, por citar uno, no tuvo ninguna importancia en la obra de su coetáneo Leibnitz. Pero en el caso de Spinoza, al parecer, el sentimiento de la “vanita” perduró en su mente durante mucho tiempo, antes de que se decidiese a hacer algo al respecto.
Casa de Spinoza en Amsterdam
Spinoza deja muy claro que la filosofía que se origina en la “vanita”, apunta directamente a su contrario: “una suprema, continua e imperecedera felicidad”. No se trata de una especie de satisfacción ordinaria, de perfil básico. Es algo tan extremo como el terror del que brota, y Spinoza lo define con expresiones, tomadas de la experiencia religiosa tradicional: “dicha”, “bienaventuranza”, o “salvación”. La filosofía, tal como la entiende Spinoza, no se dedica a traficar con las formas efímeras de la alegría, ni a proponer modestas mejoras en el bienestar; la filosofía busca, y dice encontrar, un fundamento para la felicidad, que es absolutamente cierto, permanente, divino. El principal objetivo, en realidad el único, de la filosofía de su época de madurez, tal como se expresa en la “Ética”, su obra maestra, es conseguir esta especie de dicha o salvación.
Establecida la condición arquetípica de la oscuridad absoluta, en la que se origina una gran parte de la filosofía, lo siguiente que hace Spinoza, es centrarse en los medios originales, con los que la filosofía se propone alcanzar su objetivo, la búsqueda de la sabiduría en una vida de contemplación. Y este es el punto en el que el camino del filósofo, se separa tradicionalmente del camino del teólogo. Mientras que los pensadores religiosos, encuentran finalmente refugio, en la absoluta certeza de una verdad revelada, los filósofos como Spinoza, dan por sentado que la certeza absoluta, solamente es posibles obtenerla mediante los propios recursos internos. Los filósofos descartan también la posibilidad, de alcanzar esta clase de certeza, mediante la experiencia de las cosas del mundo físico, pues tales cosas, por su propia naturaleza, siempre son variables. Aquello que es indudable, insiste Spinoza y sus “colegas” de la antigüedad, ha de encontrarse “dentro”, es decir, en la “mente”. Al igual que Sócrates, Spinoza afirma que la dicha se obtiene solamente con cierta clase de “conocimiento”, específicamente con el “conocimiento de la unión entre la mente y la totalidad de la Naturaleza”.
Icosaedro de Spinoza en Amsterdam
Spinoza reconoce que, aunque uno consagre su vida a la búsqueda de una felicidad continua, suprema y eterna, “es preciso vivir”. Por consiguiente redondea su “Tratado sobre la reforma del entendimiento”, proponiendo “tres reglas de vida”. La primera regla de vida, es “llevarse bien” con el resto de la humanidad. Es decir, quienes busquen la felicidad, deben seguir las costumbres sociales establecidas, y comportarse amigablemente con la gente ordinaria. La segunda regla, es que uno debe disfrutar de los placeres sensuales, requisito para salvaguardar la salud y, por consiguiente, porque ello sirve al importantísimo fin, de llevar una vida de la mente. La tercera regla, es que uno debe tratar de ganar dinero y obtener otros bienes mundanos, solamente en la medida en que ello es necesario, para conservar la vida y la salud; también en este caso, con el propósito de mantener el vigor de la mente.
En el verano de 1661, Spinoza emergió de “su noche oscura del alma”, y se instaló en una habitación de alquiler en una casa pequeña, a las afueras de Rijnsburg, una aldea situada a unos diez kilómetros al oeste, de la ciudad universitaria de Leiden, y unos cuarenta kilómetros al sur de Ámsterdam. Le quedaban dieciséis años de vida. Y todas las pruebas apuntan, al hecho de que el filósofo observó rigurosamente, las reglas que había enunciado en su primer tratado.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Mayo del 2016.

viernes, 22 de julio de 2016

REFLEXIONES EN EL MASSANELLA. "LA VIDA EN TORNO".

Para desintoxicarme del chute de política que llevo encima, acudí, una vez más, a mis “cuadernos de campo”, en los cuales, además de las anotaciones referidas a las rutas de montaña, aparecen espaciados algunos pensamientos sobrevenidos, aquí y allá, sobre temas ajenos al itinerario que estaba recorriendo. Y me encontré unas anotaciones efectuadas el 6 de Diciembre del 2006, en la cima del Massanella, que ahora he ampliado.
Escribía Ortega en “Notas de andar y ver”: “Quisiéramos de algún modo, fijar alguna de aquellas cosas que pasan a escape, como si tuvieran una cita allá lejos, con alguien que no somos nosotros. A este fin llevamos un cuadernito y un lápiz; apuntamos unas breves palabras, y cuando un día, andando el tiempo, las leemos, el paisaje, la palabra, la fisonomía que desapareció adquiere cierta supervivencia, una como espectral vida, que conserva de la real vagos ecos, remotos latidos”.
Todos nuestros actos, y un acto es el pensar, barrunto, van como preguntas o como respuestas, referidos siempre a aquella porción del mundo, que en cada instante existe para nosotros. Nuestra vida es como un diálogo, del que el individuo es sólo un interlocutor, el otro es el paisaje, lo circunstante ¿Cómo entender el uno sin el otro? La biología, al menos parte de la misma, busca la unidad orgánica, no en el cuerpo aislado frente a un medio homogéneo, e idéntico para todos, sino en el todo funcional que constituye cada cuerpo y su medio (“Ideas para una concepción biológica del mundo”. Jacobo von Uexcüll).
Y cuanto más profunda y personal sea en nosotros la actividad que realizamos – como ahora yo el montañismo – más exclusivamente se refiere a una parte del mundo y sólo a ella, que tenemos delante de nosotros (el entorno del Massanella en este momento). A veces hallamos en nuestra acción, una como zozobra y titubeo. Los franceses lo expresan muy finamente con el vocablo dépaysé, hemos perdido el contacto con nuestro paisaje. Y como nos han quitado la otra mitad de nuestro ser, sentimos el dolor de la amputación, en la mitad que nos queda. Pero recuperemos la serenidad, y devolvamos a nuestros pensamientos el fondo en que nacieron. Recuerdo que así lo hicieron algunos filósofos. Descartes no se olvidó de contarnos, que su nuevo método reformador de la ciencia universal, se le ocurrió una tarde en el cuarto-estufa de una casa germánica. Y Platón en “Fedro”, nos presenta a Sócrates y su amigo dialogando en una siesta canicular, al margen del Iliso, bajo el frescor de un alto plátano, en tanto que sobre sus cabezas, las cigarras helénicas vertían su rumor.
Son estos pensamientos, producto de una jornada deambulando en solitario por las laderas del Massanella, un día a comienzos de Diciembre, que es por esta zona tiempo muy revuelto. El otoño fugitivo se resiste a morir y se revuelve hosco, haciendo que su retaguardia dé unas últimas embestidas, al joven invierno invasor. El combate se realizaba sobre la testuz granítica del macizo. Había en lo alto un amplio jirón de purísimo azul, a quien ponían cerco las nubes blancas. Nubes que llegaban rápidas y se amontonaban en turbulencia guerrera. Son nuestra nubes españolas – habría dicho mi querido Ortega – que se encrespan en telones verticales, poblando el cielo de un entusiasmo barroco; son las mismas que nuestros orífices, ponen detrás de las cabezas inclinadas de los Cristos, nubes de gloria y de triunfo tras la muerte.
Pero había ese día en el Massanella un tremendo ser, todo ímpetu y coraje, pasión y voluntad, que sojuzgaba por entero el paisaje. Era el viento, el viento indomable. Bajaba del norte allá a lo lejos, arrollándolo todo. Y se rompía la frente contra la cara septentrional de la cima. Viento que, no en vano, ha sido siempre para la imaginación humana símbolo de la divinidad, del puro espíritu.
“A mí me encanta el viento – escribe Steiner – muchísimo. Ser un “luftmensch” (alguien que flota en el aire) me permite cruzar océanos, continentes, y descubrir una parte de este mundo fascinante, en el que nuestra vida es tan breve”. Ariel, el ángel de las ideas, caminaba precedido de ráfagas. Así mientras por materia entendemos lo inerte, buscamos con el concepto de espíritu, el principio que triunfa de la materia, que la mueve y la agita, que la informa y la transforma y, en todo instante, pugna contra su poder negativo, contra su trágica pasividad. Y, en efecto, hallamos en el viento una criatura que, con un mínimo de materia, posee un máximo de movilidad: su ser es su movimiento, su perpetuo sostenerse a sí mismo, transcender de sí mismo, derramarse más allá de sí mismo. Y esto es, de uno u otro modo, en definitiva, el espíritu: sobre la mole muerta del universo, una inquietud y un temblor.
Y mi extasiada mente pasó, sin puente ni pasarela, quizá cabalgando el viento, de un filósofo (Ortega) a un pintor (El Greco). Un pintor que siempre me ha fascinado, desde que, allá por los años cincuenta, con mis padre y hermanos, visitamos en Toledo la Casa del Greco y la Iglesia de Santo Tomé, con el famoso “Entierro del Conde de Orgaz”. Y un par de años después, cuando haciendo el servicio militar, me pasé un fin de semana arrestado, y me leí de un tirón la obra de MarañónEl Greco y Toledo”, mi amor por el pintor se convirtió en eterno. El Greco se pasó la vida, pintando muertes y resurrecciones. No concebía la existencia en forma de pasividad. Los hombres de sus retratos tienen almas fosforescentes, prestas a fenecer en una última llamarada. De ahí, puede, mi rápida trasmisión de Ortega al Greco, bajo el impetuoso viento del Massanella.
En la cima del Massanella
En los cuadros del Greco, hacen las figuras gestos que, al pronto, no entendemos. No son, en efecto, los que se emplean en los usos ordinarios del vivir. ¿Quiero decir que no son reales? No. Es que nuestra nativa propensión a no creer en lo heroico, nos lleva a dudar de la realidad de estos gestos, en que se expresan acciones ejemplares y sentimientos esenciales. Una especie de “plebeyismo” ambiente, nos mueve a medir la vida, con el metro de nuestras horas inertes. Los gestos, decía, son reacciones a lo que se ve y se oye, al paisaje entorno.
La actitud de San Mauricio (cuadro: “San Mauricio y la Legión Tebana”) es la actitud ética por excelencia. La bondad o maldad de que habla la ética, es siempre la bondad o maldad de una volición, de un querer. No las cosas son buenas o malas, sino nuestro querer o nuestro no querer. En el uso ordinario de la vida, cuando decidimos querer algo, no pretendemos decir que si quedáramos solos en el mundo, ese algo y nosotros estaríamos satisfechos. No: nuestro querer ese algo, consiste en que nos parece necesario para otra cosa, la cual queremos, a su vez, para otra. De estas cadenas de voliciones, en que un querer sirve a otro querer, se compone el tejido de nuestra habitual existencia.
Mas ¿qué semejanza puede existir entre ese querer lo uno para lo otro, con aquel en que queremos algo por ello mismo, sin finalidad ninguna? Nuestro querer “negociante”, nuestra “voluntad a la inglesa” – Ortega pensaba que el “utilitarismo” era la moral inglesa – había colocado las cosas todas en cadenas interminables, donde cada eslabón es un medio para el próximo, y, por tanto, tiene el valor relativo del lugar que ocupa en la cadena. Más este querer de nueva y más pura índole, arranca de la cadena una cosa y, solitaria, sin ponerla en relación con nada, por ella misma la afirma. Frente a esta actitud de nuestra voluntad, todas las demás actitudes adquieren un sentido meramente económico, donde las cosas se desean como medios. El querer ético, en cambio, hace de las cosas fines, conclusiones, últimas fronteras de la vida. Deja de ser nuestro espíritu una pluralidad de individuos elementales, cada cual con su pequeño afán egoísta, que es preciso contentar. Entra en ejercicio lo más profundo de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos solidarios con nosotros mismos, siendo entonce y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos ligamos al objeto querido sin reservas ni temores. De suerte que no nos parecería soportable vivir nosotros, en un mundo donde el objeto querido no existiera.
La mayor parte de los hombres, no hacemos sino querer en el sentido económico de la palabra: resbalamos de objeto en objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa, que se ofrezca como fin a nosotros. Escribía Ortega: “Hay un talento del querer, como lo hay del pensar, y son pocos los capaces de descubrir, por encima de las utilidades sociales que rigen nuestros movimientos, su querer personalísimo. Solemos llamar vivir, a sentirnos empujados por las cosas, en lugar de conducirnos con nuestra propia mano”.
Cuando todo nuestro ser quiere algo – sin reservas, sin temores – cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. Una sociedad en la que cada individuo, tuviera la potencia de ser fiel a sí mismo, sería una sociedad cuasi perfecta. ¿Porqué, que significa lo que llamamos “hombre íntegro”, sino un hombre que es enteramente él, y no un zurcido de compromisos, de caprichos, de concesiones a los demás, a la tradición, al perjuicio?

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Julio del 2016.