Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

sábado, 20 de agosto de 2016

EL JUICIO DE LA HISTORIA

Se ha dicho y escrito muchas veces, que no se puede juzgar a toro pasado, sino que hace falta meterse de lleno en la época, en la que se han producido los hechos que pretendemos reconstruir y comprender, en la mentalidad, en los sentimientos, valores, costumbres y convicciones de esa época en cuestión. Ni siquiera el juicio moral, puede prescindir del contexto histórico, de la civilización y del periodo, en el que han tenido lugar los acontecimientos que se valoran: la esclavitud existente en la antigüedad clásica – ha escrito Galli della Loggia – no puede ser acreedora por nuestra parte, del mismo juicio moral que deberíamos emitir, acerca de una esclavitud que se pusiera en práctica hoy en día. Y cuado Popper, a quien admiro, pone en el mismo plano, como enemigos de la “sociedad abierta”, a Platón, Marx y Freud, ignorando los dos milenios que les separan, comete, a mi modesto entender, una incorrección conceptual.
Existen, me parece, dos pecados mortales para cualquier historiador: juzgar anacrónicamente el pasado con categoría actuales, y emitir, acerca de comportamientos del pasado, juicios morales nacidos de la mentalidad de hoy. No sería correcto, por consiguiente, tildar de “injusta” cualquier ley del pasado. Se trataría de una cosa reprobable, sí, pero reprobable hoy, desde nuestras categorías de corrección política, de “bienpensantismo” ideológico.
Benedetto Croce
Parece obvio, como bien advertía Benedetto Croce, que los historiadores no podemos ser moralistas, y que la historia no puede ser un tribunal, como sucede con frecuencia en debates historiográficos, que se convierten más bien en procesos penales, o en instrumentalizaciones de acontecimientos pasados, para uso de la política del presente. Como escribe Claudio Magris, citando al gran historiador de la escuela de Turín, Franco Venturi, la historia no es un tribunal penal ni moral, sino el intento de comprender cómo y por qué vivieron los hombres, para lo cual es menester, meterse de lleno en la época en la que sucedieron los hechos que se estudian, y comprender la mentalidad de ese tiempo.
Pero ¿es posible comprender cómo y por qué vivieron los hombres, sin emitir un juicio moral, aunque sea poniéndolo en relación con la época de la que nos ocupamos? ¿Es verdaderamente imposible, tildar de “injustas” las leyes raciales de Nuremberg, aun habiendo nacido en un clima tan distinto al de hoy? ¿Es posible comprender las espantosas matanzas llevadas a cabo por Stalin, o el mecanismo que condujo a Auschwitz, sin emitir un juicio moral? Porque de no ser así, en caso contrario, la historia, para no ser justiciera, correría el peligro de convertirse en justificadora.
Claudio Magris
Meterse de lleno en la época en la que han tenido lugar los hechos y las fechorías, como deberíamos hacer todos los historiadores que nos preciemos de serlo, significa reconstruir las posibilidades concretas que, en aquella época y en aquel contexto, se les presentaban a los individuos, a las fuerzas políticas, a las iglesias… Sólo de ese modo se pueden entender, cuales eran los espacios concretos que se ofrecían a la libertad humana. Como escribe también Claudio Magris, Himmler y Bonhoeffer fueron contemporáneos, condicionados por su mismo tiempo, pero uno fue un delincuente y un carnicero de hombres, y el otro un mártir que sacrificó su propia vida, para defender a las víctimas de aquel asesino. Decir que Himmler era un cerdo, por supuesto que no basta para entender ni combatir sus crímenes, pero ninguna contextualización histórica, cancela el hecho de que era un cerdo.
Solo las iglesias, las religiones, algunos partidos políticos y las filosofías de los esencialismos, afirman valores absolutos. Para todos ellos, la verdad no está históricamente condicionada, ni es históricamente relativa, sino inmutable; no es hija de su tiempo, sino como dicen: “Mater temporis” (madre del tiempo).
Son reflexiones que se me han ocurrido, leyendo a un supuesto historiador, de cuyo nombre ya no quiero acordarme, que valoraba moralmente y condenaba nuestra Transición política.
Pues eso. Ojito con los “historiadores” de tres al cuarto, y moralistas de sacristía.

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Julio del 2016.


sábado, 13 de agosto de 2016

ZAPATERO A TUS ZAPATOS

Creo que toda mi vida he sido aficionado a leer a los analistas políticos, a los filósofos de la política y, como no, a los políticos y estadistas (no son exactamente lo mismo). Entre los analistas me gustaban Maurice Duverger y Raymond Aron (que seguía por la prensa francesa: Le Monde, Le Nouvel Observateur, L’Express…). De los filósofos me leí un montón: Hobbes, Locke, Montesquieu, Rousseau, Tocqueville, Hegel, John Stuart Mill, Marx… etc. Y de los políticos, pues que os voy a decir, casi todos desde mis veinte años: Lincoln, Bismarck, Kennedy (mi madre me regaló una biografía sobre él, antes de que fuera Presidente) Pierre Mendes France, Harold Wilson… etc. etc. etc.
Hasta hace poco, me parece que cada uno de ellos se limitaba a escribir sobre lo suyo, sobre su campo de estudio. Los analistas exponían la situación del momento, tal como la veían, procurando no dejarse influir demasiado por las ideologías. Los filósofos trataban de las ideas políticas, de las formas de Estado, de los distintos regímenes habidos y por haber... Y los políticos, pues de eso, de la política real, práctica, vista desde su ideología. Pero me da la impresión que desde hace poco se están mezclando los campos: los analistas hacen ideología, los filósofos o profesores bajan a la política, y los políticos mezclan las churras con las merinas. Escribí de todo eso hace algo más de una año en mi Blog:
http://senator42.blogspot.com.es/search/label/Analistas%20Fil%C3%B3sofos%20y%20Pol%C3%ADticos
Pero desde entonce me parece, las cosas han ido a peor. En las redes, en la prensa (escrita o digital) y, especialmente, en esas horrorosas tertulias de la tele, todo el mundo habla de lo que sea, por pocos estudios o ninguna información solvente, que tenga sobre el tema. Alguien puede pensar, está en su derecho, que yo soy el primero en cometer el pecado y, por lo tanto, no puedo tirar la primera piedra; ya que teniendo sólo estudios de economía y de historia, algunas veces me lanzo a escribir sobre filosofía. Es cierto, no he cursado estudios académicos sobre la materia, pero sí he leído desde joven, mucha filosofía.
Montaigne en sus “Ensayos”, ya nos advertía de la conveniencia de llevar a nuestros interlocutores, a hablar de aquello que mejor saben (“Baste al marinero hablar de vientos, al labrador de bueyes, y que el guerrero cuente sus heridas, y que el pastor cuente sus rebaños”. Propercio) ya que las más de las veces, ocurre todo lo contrario. Todo el mundo prefiere discurrir del oficio de otro, a hacerlo del propio, pensando así adquirir una nueva reputación. Y lo prueba, dice Montaigne, el reproche que Arquidamo le lanzó a Periandro, que renunciaba a la gloria de buen médico, para granjearse la de mal poeta. Y ver los amplios despliegues que dedica Cesar, a explicarnos sus invenciones para construir puentes y máquinas; y como, en comparación, se vuelve conciso cuando habla de las tareas de su profesión, de su valentía y de la dirección de su ejército. Sus hazañas le acreditan de sobra como excelente capitán, pero él pretende darse a conocer como excelente ingeniero, cualidad un poco distante. Igualmente Dionisio el Viejo era un grandísimo jefe militar, tal como convenía a su fortuna; pero se esforzaba en presentar como mérito principal la poesía, de la que, sin embargo, apenas sabía nada.
También Erasmo de Róterdam, en sus “Adagios”, escribe: “Hay que esforzarse por llevar siempre al arquitecto, al pintor, al zapatero y a todos los demás a su terreno”. Y el gran Horacio dijo: “El holgazán buey anhela llevar la silla; el caballo anhela arar”.
Y Ortega y Gasset, que reflexionó profundamente sobre todo lo divino y humano, nos decía. “Siempre he sido hostil a Platón, porque sostuvo que los filósofos debían gobernar ¿Qué mal habían hecho a Platón, para desearles semejante destino? Preferible es que los filósofos se ocupen sólo en pensar y que, de cuando en cuando, los gobernantes lean lo que los filósofos han pensado, no para hacerles caso - ¡eso de ninguna manera! – sino tan sólo por la vía gimnástica y como puro ejerció”. Lo habitual es que cuando un filósofo pretende ser político, le pase lo que a Platón. Salio ingenuamente a reformar el Estado de Dionisio, y pocos meses después tuvieron que comprarlo en un mercado de esclavos; rescatar su divina persona, caída en tan extrema desventura.
“Vosotros escritores/ escoged materia a la altura de/vuestras fuerzas…” (Horacio. “Arte poética”).
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Agosto del 2016.

miércoles, 10 de agosto de 2016

HISTORIA Y GEOGRAFÍA

Leí hace un mes en El País Semanal, una entrevista que hizo Jacinto Antón (uno de mis articulistas favoritos) a la famosa autora de novelas policíacas canadiense, de Québec, Louise Penny. En ella, en un momento dado, la autora le responde: “Me encanta la historia, y me apasiona descubrir las cosas que guarda un territorio: la historia es geografía expandida en el tiempo”.
Pues no, desde mi punto de vista de especialista en Historia, no acabo de estar de acuerdo, con esa descripción de lo qué es la historia. No, la historia no es geografía, aunque algo tiene que ver con ella.
Históricamente, las condiciones geográficas sólo serían una fatalidad, desde el sentido clásico del fata ducunt, non trahunt: la fatalidad dirige, no arrastra. La aridez climatológica de la Península, por ejemplo, no justifica la historia de España.
Como diría Ortega, nuestros actos no son efecto del “medio”, sino que son libre respuesta, reacción autónoma. En rigor, la única causa que actúa en la vida de un hombre, de un pueblo, de una época, es ese hombre, ese pueblo, esa época. O dicho de otra manera: la realidad histórica es autónoma, se causa a sí misma. Sólo basta leer detenidamente nuestra historia, para comprobar como en comparación con la influencia que los españoles hemos tenido sobre nosotros mismos, el influjo del clima ha sido bastante desdeñable.
La tierra influye en el hombre, sí. Pero el hombre es un ser reactivo, cuya reacción puede transformar la tierra en torno. El paisaje no determina casualmente, inexorablemente, los destinos históricos. “La geografía no arrastra la historia, solamente la incita” dice Ortega. La tierra árida que nos rodea a veces, no es una fatalidad sobre nosotros, sino un problema ante nosotros.
Louise Penny
El dato geográfico es muy importante para la historia, como otros muchos. Pero para Ortega, lo era en el sentido opuesto al que Taine le daba. No es aprovechable como causa que explica el carácter de un pueblo, sino, al revés, como síntoma y símbolo de ese carácter. Cada raza lleva en su alma primitiva un ideal de paisaje, que se esfuerza por realizar, dentro del marco geográfico del contorno. Para el filósofo, Castilla, por ejemplo, sería tan terriblemente árida, porque es árido el hombre castellano. Nuestra raza ha aceptado la sequía ambiente, por sentirla afín con la estepa interior de su alma. Como en el individuo el dato que arroja más profundas revelaciones sobre su ser íntimo, es el de cual sea la mujer que elige, pocas cosas declaran más sutilmente la condición de un pueblo, como el paisaje que acepta.
Seguramente ese error de pensar que el paisaje, la geografía, influye de forma determinante en el hombre, en la historia, sea debido a creer que la vida es una operación receptiva, un transitar entre las cosas, un pasivo sufrir y gozar de lo que de fuera nos viene. Y no, la vida no es simple recepción de lo que pasa fuera; antes por el contrario, consiste en pura actuación; vivir es intervenir; por lo tanto, un proceso de dentro afuera, en el que invadimos el contorno con actos, obras, costumbres, maneras, producciones, según el estilo originario que está prescrito en nuestra sensibilidad.
Pues eso, a la geografía lo que es de la geografía, y a la historia lo que es de ella.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Julio del 2016.

domingo, 7 de agosto de 2016

LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN

Decía Claudio Magris, que si supiera como, regalaría a todos aquellos que tienen entre sus ocupaciones y pasiones la política, esa obra de arte, ese opúsculo de Max Weber, que es “La política como profesión”.
Por “profesión” – en alemán “Beruf” – evoca también Weber (con “pathos” religioso protestante) la vocación, o la “llamada”, a la que se refiere también Michael Ignatieff, en su maravillosa obra “Fuego y cenizas”. En las pocas páginas de su genial ensayo, Weber traza la frontera entre la esfera de lo que es racionalmente demostrable, y la de los valores, las fes y los afectos, que constituyen una certeza vivida en el ánimo y, a veces, un ideal supremo, pero de los que no podemos pretender, dar una demostración lógica, aunque no por ello sean menos importantes. Y esa claridad, es la esencia de la laicidad.
En su libro, Weber distingue dos formas fundamentales de la acción política, inspiradas respectivamente el la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad" (ya he escrito diversas veces sobre esto). Quien sigue la primera intenta actuar obedeciendo puntillosamente, únicamente a sus propios principios, sin dejarse turbar por las consecuencias de su comportamiento. Quien se inspira en la segunda, piensa en cambio, no sólo en la pureza de sus principios, sino también y sobre todo, en las consecuencias de sus actos. No se preocupa tanto de salvar lo inmaculado de su propia alma, como de salvar al mundo y a los demás.
Ambos comportamientos, también analizados agudamente por Giovanni Sartori (Licenciado en Ciencias Sociales en la Universidad de Florencia) tienen sus méritos y sus peligros. La “ética de la convicción”, elevado testimonio y fermento de la conciencia, como apunta Magris, puede degenerar en fanatismo abstracto; la de la “responsabilidad” en la indolencia, y en las más generalizadas y abyectas componendas, en la vileza de quien dice “tengo familia” y se echa para atrás.
Como Magris, también yo pienso que hoy en día, asistimos a un eclipse de la “ética de la responsabilidad”. Quizá podríamos decir, generalizando, que la derecha es con frecuencia cínicamente responsable, y la izquierda bobaliconamente irresponsable. A la primera le importan un pimiento los principios, y persigue con coherencia sus objetivos e intereses, en las formas y modos que le parecen más adecuados, para alcanzar sus fines. La izquierda por su parte, está llena de gente deseosa, sobre todo, de dar siempre su opinión, de airear sus propios sentimientos, sus rabias, sus desilusiones, y de exhibir la nobleza y la sensibilidad de su alma bella, sin preocuparse de si los modos y las formas, en que todo ello se lleva a cabo, ayudan objetivamente o bien perjudican, a la afirmación y la defensa de los valores en que se cree y por los que se combate. Y por los cuales, si de veras se cree en ellos, y no solamente en el propio estado de ánimo, haría falta estar dispuesto a sacrificar algo, incluidas – si fuera necesario – las efusiones del propio estado de ánimo. Hay que llevar mucho cuidado con el viejo dicho de “pereat mundus et fiat justitia” (“perezca el mundo y hágase justicia”). Porque el sentido de la “responsabilidad”, si bien liberado de todo fanatismo, sigue siendo la premisa de toda auténtica acción humana y política; si desaparece no queda nada.
Giovanni Sartori
Si el tiro al blanco sobre los propios líderes, se convierte en la izquierda – como parece hoy – en un difundido deporte alegremente autodestructivo, la partida está perdida; y una fuerza política se transforma en una caseta de feria, en la que se tiran media docena de bolas por unos euros. Y en este clima sentimentaloide, quien trabaja en un partido, incluso quien lo dirige, inspirándose en la “responsabilidad”, aparecerá a menudo, como una persona gris y prosaica.
Responsabilidad” significa pagar el precio y la renuncia, que toda acción exige (Es el concepto que, resumido, figuraría igualmente en la divisa de la familia Finch-Hatton – el amante de Isak Dinessen, Baronesa Von Blixen, en “Memorias de África” - “Je responderay”), no pretender a la vez, como se dice, estar en misa y repicando. Y la vida política se hace en muchos lugares, igualmente legítimos siempre y cuando se respeten las leyes y las reglas fundamentales de la democracia: en el parlamento, en las plazas, en las sedes de los partidos, en las asociaciones, en el ejemplo dado en el puesto de trabajo, y hoy también en las redes sociales y en los múltiples blogs. En todos estos casos y lugares, lo que cuenta, o debería contar, escribe Magris, es volver a casa, por la noche, contentos no sólo de haber cantado y gritado, las canciones y eslóganes que conmueven a nuestros corazones, o de haber tronado contra el adversario, sino sobre todo, si ello fuera posible, de haber convencido al menos a un elector de la otra parte, a cambia la próxima vez su voto.
Pues eso, al tajo.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Agosto del 2016.

miércoles, 3 de agosto de 2016

EL LÍDER Y EL RIESGO

He escrito con frecuencia, que los pactos son consustanciales a la política. Y sí, pienso que en política es necesario acordar con los demás, encontrar espacios comunes. “El espacio es el medio de la coexistencia: si a un mismo tiempo existen varias cosas, débese al espacio… De aquí que un cuadro es tanto más perfecto, cuantas más referencias haga cada centímetro cuadrado del lienzo al resto de él. Es la condición de la coexistencia, la cual no se reduce a un mero yacer una cosas junto a la otra” (Notas de Vulpius a Ortega). Me parece que todo eso sigue siendo cierto. Pero entonces, se preguntarán algunos ¿por qué estoy de acuerdo con el No y No del PSOE, de Pedro Sánchez? ¿por qué discrepo con muchos de los “ex” de mi generación, que preconizan el pacto?
Pues seguramente por varias y complejas razones, como nos ocurre con frecuencia, a los que no creemos en los esencialismos. Porque siempre me mosqueo cuando se reclama “el bien común”, “el beneficio del pueblo” o “los intereses de la nación”. Porque siempre detrás de esto, al amparo de estos significantes vacíos, se esconde el beneficio de los que más tienen, enfrentado al de los más desamparados. Porque pactos sí. Pero ¿para qué? Y no a cualquier precio. Porque el PSOE debe pensar prioritariamente, en el bien de aquel sector de la sociedad que le ha votado. Y mal le ha ido cuando lo ha olvidado. Y porque, aunque muchos ciudadanos estén dispuestos a anteponer sus intereses y su “tranquilidad”, por encima de la decencia de a quien votan, alguien se tiene que plantar y decir NO, con estos no vamos ni hasta la esquina. A los indecentes ni agua.
Que una postura de intransigencia nos puede costar muchos votos, si hubiera terceras elecciones, pues mala tarde. La política debe hacerse, así siempre lo he creído, a medio y largo plazo. Y sin que eso signifique, sentarse tranquilamente a esperar el día de la revolución, la mañana de la toma del palacio de invierno. La política no es sólo pacto y consenso, aunque también eso. Con frecuencia es valor, coraje, gallardía, a riesgo de quedarse uno sólo.
Y de esos valores, acosado por todas partes, desde dentro y desde fuera, me parece que Pedro Sánchez, está dando testimonio estos días. En contra de los que decían que era un mero producto de marketing, de los que piensan que sólo defiende sus intereses personales, a mí me parece que, al contrario, está arriesgando valientemente su futuro político, y dando muestras de la seguridad, del valor y del coraje, que deben acompañar siempre a un auténtico líder.
Como decía Edmund Burke: “Muchas veces un hombre lo ha perdido todo, porque no lo ha arriesgado todo para defenderlo”. Y Montaigne nos recordaba en sus Ensayos: “Quienes predican a los príncipes una atentísima desconfianza, con el pretexto de predicarles su seguridad, les predican ruina y vergüenza. Nada noble se hace sin riesgo”. El temor y la desconfianza atraen el ataque y lo incitan.
Recordemos que a sus legiones amotinadas y armadas contra él, Cesar les opuso solamente la autoridad de su semblante y el orgullo de sus palabras; y confiaba tanto en sí mismo y en su fortuna, que no temía poner ésta en manos de un ejército sedicioso y rebelde. Como escribió Marco Anneo Lucano, el poeta romano-cordobés sobre ello: “Se plantó sobre una elevación de hierba amontonada y, con el semblante intrépido, mereció ser temido por no temer nada”.
Séneca, en “Cartas a Lucilio”, nos recordaba, que los mejore líderes no se limitan a hablar, a decir bonitas palabras, y pronunciar ingeniosos discursos, actúan. “Non est loquendum, sed gubernandum” (“No se trata de hablar, sino de llevar el timón”). Y Montaigne cita un viejo proverbio gascón: “Soplar mucho, soplar, pero tenemos que mover los dedos”. Y también una sentencia de Justo Lipsio en “Políticas”: “Aborrezco a los hombres débiles en la acción, filósofos en las palabras”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 3 de Agosto del 2016.

viernes, 29 de julio de 2016

SPINOZA. SENTIMIENTO DE LA "VANITAS"

El 27 de julio de 1656 en la sinagoga de Ámsterdam, Spinoza, educado en la religión judía, fue excomulgado. La excomunión o “cherem”, era una práctica severa, pero en absoluto desconocida en las comunidades judías.
La “cherem”, fue el acontecimiento más decisivo en la vida de Spinoza. Determinó, en primera instancia, las circunstancias en las que iba a vivir. Cuando cruzó por última vez el puente sobre el río Houtgracht, se abandonó a la merced de la, desde hacía poco, tolerante sociedad holandesa. Desde aquel momento, ya no se consideró a sí mismo un judío, sino un ciudadano de una república libre. Su filosofía de madurez, sería una celebración del espíritu liberal, que caracterizaba a la tierra de adopción de sus padres. La primera obra filosófica original que publicó, el Tractatus Theologico-Politicus, se abre con algo parecido a una carta de agradecimiento, a su nuevo hogar: “Esta libertad, no solamente puede garantizarse sin poner en peligro la piedad y la paz de la comunidad, sino que la paz y la piedad, dependen de esta libertad”. Sin embargo, en su nuevo estatus de judío apóstata, Spinoza conocería pronto, los límites de la misma libertad holandesa, que hacía posible su nueva vida. Los vituperios de los rabinos – escribe Matthew Stewart - llegarían a parecerle unas amonestaciones muy ligeras, comparadas con el vitriolo que le iban a deparar, los teólogos cristianos. De hecho, después de su expulsión de la comunidad judía, el filósofo inició una especie de dobles exilio. Para los judíos era un hereje; para los cristianos era, además, un judío.
Los cinco años siguientes a su traumática expulsión de la comunidad judía, se conocen a veces como “el periodo oscuro” de la vida de Spinoza. Pero a pesar de las incertidumbres biográficas, disponemos de una notable pieza de filosofía semiautobiográfica, que arroja mucha luz sobre este oscuro periodo de la vida de Baruch. El “Tratado sobre la reforma del entendimiento”, que muy probablemente data del año siguiente a su excomunión, o de un año más tarde, registra el primer intento de Spinoza, de explicar y justificar su opción de vida. Diríamos que presenta la “filosofía de la filosofía”, que le guiaría por el resto de sus días.
El “Tratado” se abre con una confesión íntima: “Resolví finalmente averiguar si existía algo, que pudiera ser el auténtico bien… si había algo que, una vez encontrado y adquirido, me proporcionaría una felicidad continua, suprema y duradera”. Para Spinoza, la filosofía se origina en la experiencia, absolutamente personal, de un sentido de la futilidad de la vida ordinaria, una sensación de vacío que, en la tradición filosófica, se ha ganado el distinguido nombre de “contemptu mundi”, el desdén por las cosas mundanas o, mejor aún, el de “vanitas”. En este caso, la acusación contra la existencia cotidiana, va más allá de los infortunios y adversidades de la vida, e incluye incluso las llamadas cosas buenas de la vida. Spinoza nos dice que las cosas buenas, no son lo suficientemente buenas; que el éxito en la vida, no es más que la postergación del fracaso; que el placer nos es sino, un efímero alivio del dolor; y que, en general, los objetos de nuestros esfuerzos, no son más que vanas ilusiones.
Del placer sensual, por ejemplo, el filósofo escribe: “La mente se ve tan atrapada por él… que apenas puede pensar en otra cosa. Pero una vez que el goce sensual ha pasado, sobreviene la mayor de las tristezas”. Igualmente inútil, razona, es el ansia de fama que domina tantas vidas. “El honor tiene esta gran desventaja, que para obtenerlo hemos de dirigir nuestras vidas, en función de la capacidad de entendimiento de otros hombres”. El sentimiento de “vanitas” que describe Spinoza, no es simplemente una sensación pasajera de insatisfacción. Va mucho más allá, de esta especie de depresión postcoital, o de la melancolía que a menudo nos abruma, en cuanto finalmente conseguimos, lo que siempre hemos afirmado desear. La “vanitas” se eleva al nivel de la filosofía, cuando se vuelve intolerable. Es el angustioso encuentro, con la posibilidad de una caída en la nada más absoluta, una vida irrelevante llegando a un final sin sentido.
Esa experiencia de la que Spinoza deja constancia, es una experiencia mucho más cercana a la que, en los relatos de la tradición espiritual, se conoce como “la noche oscura del alma”, ese momento de duda, temor e incerteza extremos, que precede al alba de la revelación. Ese viaje por el vacío del que habla Spinoza, es el mismo que un número de poetas, filósofos y teólogos ha recorrido durante milenios, dejando constancia del sentimiento de que la vida, es una pasión inútil, una rueda incesante de esfuerzos, un cuento narrado por un idiota, lleno de ruido y de furia y que no significa nada. Pero el sentimiento – escribe Stewart – no es universal; por ejemplo, por citar uno, no tuvo ninguna importancia en la obra de su coetáneo Leibnitz. Pero en el caso de Spinoza, al parecer, el sentimiento de la “vanita” perduró en su mente durante mucho tiempo, antes de que se decidiese a hacer algo al respecto.
Casa de Spinoza en Amsterdam
Spinoza deja muy claro que la filosofía que se origina en la “vanita”, apunta directamente a su contrario: “una suprema, continua e imperecedera felicidad”. No se trata de una especie de satisfacción ordinaria, de perfil básico. Es algo tan extremo como el terror del que brota, y Spinoza lo define con expresiones, tomadas de la experiencia religiosa tradicional: “dicha”, “bienaventuranza”, o “salvación”. La filosofía, tal como la entiende Spinoza, no se dedica a traficar con las formas efímeras de la alegría, ni a proponer modestas mejoras en el bienestar; la filosofía busca, y dice encontrar, un fundamento para la felicidad, que es absolutamente cierto, permanente, divino. El principal objetivo, en realidad el único, de la filosofía de su época de madurez, tal como se expresa en la “Ética”, su obra maestra, es conseguir esta especie de dicha o salvación.
Establecida la condición arquetípica de la oscuridad absoluta, en la que se origina una gran parte de la filosofía, lo siguiente que hace Spinoza, es centrarse en los medios originales, con los que la filosofía se propone alcanzar su objetivo, la búsqueda de la sabiduría en una vida de contemplación. Y este es el punto en el que el camino del filósofo, se separa tradicionalmente del camino del teólogo. Mientras que los pensadores religiosos, encuentran finalmente refugio, en la absoluta certeza de una verdad revelada, los filósofos como Spinoza, dan por sentado que la certeza absoluta, solamente es posibles obtenerla mediante los propios recursos internos. Los filósofos descartan también la posibilidad, de alcanzar esta clase de certeza, mediante la experiencia de las cosas del mundo físico, pues tales cosas, por su propia naturaleza, siempre son variables. Aquello que es indudable, insiste Spinoza y sus “colegas” de la antigüedad, ha de encontrarse “dentro”, es decir, en la “mente”. Al igual que Sócrates, Spinoza afirma que la dicha se obtiene solamente con cierta clase de “conocimiento”, específicamente con el “conocimiento de la unión entre la mente y la totalidad de la Naturaleza”.
Icosaedro de Spinoza en Amsterdam
Spinoza reconoce que, aunque uno consagre su vida a la búsqueda de una felicidad continua, suprema y eterna, “es preciso vivir”. Por consiguiente redondea su “Tratado sobre la reforma del entendimiento”, proponiendo “tres reglas de vida”. La primera regla de vida, es “llevarse bien” con el resto de la humanidad. Es decir, quienes busquen la felicidad, deben seguir las costumbres sociales establecidas, y comportarse amigablemente con la gente ordinaria. La segunda regla, es que uno debe disfrutar de los placeres sensuales, requisito para salvaguardar la salud y, por consiguiente, porque ello sirve al importantísimo fin, de llevar una vida de la mente. La tercera regla, es que uno debe tratar de ganar dinero y obtener otros bienes mundanos, solamente en la medida en que ello es necesario, para conservar la vida y la salud; también en este caso, con el propósito de mantener el vigor de la mente.
En el verano de 1661, Spinoza emergió de “su noche oscura del alma”, y se instaló en una habitación de alquiler en una casa pequeña, a las afueras de Rijnsburg, una aldea situada a unos diez kilómetros al oeste, de la ciudad universitaria de Leiden, y unos cuarenta kilómetros al sur de Ámsterdam. Le quedaban dieciséis años de vida. Y todas las pruebas apuntan, al hecho de que el filósofo observó rigurosamente, las reglas que había enunciado en su primer tratado.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Mayo del 2016.

viernes, 22 de julio de 2016

REFLEXIONES EN EL MASSANELLA. "LA VIDA EN TORNO".

Para desintoxicarme del chute de política que llevo encima, acudí, una vez más, a mis “cuadernos de campo”, en los cuales, además de las anotaciones referidas a las rutas de montaña, aparecen espaciados algunos pensamientos sobrevenidos, aquí y allá, sobre temas ajenos al itinerario que estaba recorriendo. Y me encontré unas anotaciones efectuadas el 6 de Diciembre del 2006, en la cima del Massanella, que ahora he ampliado.
Escribía Ortega en “Notas de andar y ver”: “Quisiéramos de algún modo, fijar alguna de aquellas cosas que pasan a escape, como si tuvieran una cita allá lejos, con alguien que no somos nosotros. A este fin llevamos un cuadernito y un lápiz; apuntamos unas breves palabras, y cuando un día, andando el tiempo, las leemos, el paisaje, la palabra, la fisonomía que desapareció adquiere cierta supervivencia, una como espectral vida, que conserva de la real vagos ecos, remotos latidos”.
Todos nuestros actos, y un acto es el pensar, barrunto, van como preguntas o como respuestas, referidos siempre a aquella porción del mundo, que en cada instante existe para nosotros. Nuestra vida es como un diálogo, del que el individuo es sólo un interlocutor, el otro es el paisaje, lo circunstante ¿Cómo entender el uno sin el otro? La biología, al menos parte de la misma, busca la unidad orgánica, no en el cuerpo aislado frente a un medio homogéneo, e idéntico para todos, sino en el todo funcional que constituye cada cuerpo y su medio (“Ideas para una concepción biológica del mundo”. Jacobo von Uexcüll).
Y cuanto más profunda y personal sea en nosotros la actividad que realizamos – como ahora yo el montañismo – más exclusivamente se refiere a una parte del mundo y sólo a ella, que tenemos delante de nosotros (el entorno del Massanella en este momento). A veces hallamos en nuestra acción, una como zozobra y titubeo. Los franceses lo expresan muy finamente con el vocablo dépaysé, hemos perdido el contacto con nuestro paisaje. Y como nos han quitado la otra mitad de nuestro ser, sentimos el dolor de la amputación, en la mitad que nos queda. Pero recuperemos la serenidad, y devolvamos a nuestros pensamientos el fondo en que nacieron. Recuerdo que así lo hicieron algunos filósofos. Descartes no se olvidó de contarnos, que su nuevo método reformador de la ciencia universal, se le ocurrió una tarde en el cuarto-estufa de una casa germánica. Y Platón en “Fedro”, nos presenta a Sócrates y su amigo dialogando en una siesta canicular, al margen del Iliso, bajo el frescor de un alto plátano, en tanto que sobre sus cabezas, las cigarras helénicas vertían su rumor.
Son estos pensamientos, producto de una jornada deambulando en solitario por las laderas del Massanella, un día a comienzos de Diciembre, que es por esta zona tiempo muy revuelto. El otoño fugitivo se resiste a morir y se revuelve hosco, haciendo que su retaguardia dé unas últimas embestidas, al joven invierno invasor. El combate se realizaba sobre la testuz granítica del macizo. Había en lo alto un amplio jirón de purísimo azul, a quien ponían cerco las nubes blancas. Nubes que llegaban rápidas y se amontonaban en turbulencia guerrera. Son nuestra nubes españolas – habría dicho mi querido Ortega – que se encrespan en telones verticales, poblando el cielo de un entusiasmo barroco; son las mismas que nuestros orífices, ponen detrás de las cabezas inclinadas de los Cristos, nubes de gloria y de triunfo tras la muerte.
Pero había ese día en el Massanella un tremendo ser, todo ímpetu y coraje, pasión y voluntad, que sojuzgaba por entero el paisaje. Era el viento, el viento indomable. Bajaba del norte allá a lo lejos, arrollándolo todo. Y se rompía la frente contra la cara septentrional de la cima. Viento que, no en vano, ha sido siempre para la imaginación humana símbolo de la divinidad, del puro espíritu.
“A mí me encanta el viento – escribe Steiner – muchísimo. Ser un “luftmensch” (alguien que flota en el aire) me permite cruzar océanos, continentes, y descubrir una parte de este mundo fascinante, en el que nuestra vida es tan breve”. Ariel, el ángel de las ideas, caminaba precedido de ráfagas. Así mientras por materia entendemos lo inerte, buscamos con el concepto de espíritu, el principio que triunfa de la materia, que la mueve y la agita, que la informa y la transforma y, en todo instante, pugna contra su poder negativo, contra su trágica pasividad. Y, en efecto, hallamos en el viento una criatura que, con un mínimo de materia, posee un máximo de movilidad: su ser es su movimiento, su perpetuo sostenerse a sí mismo, transcender de sí mismo, derramarse más allá de sí mismo. Y esto es, de uno u otro modo, en definitiva, el espíritu: sobre la mole muerta del universo, una inquietud y un temblor.
Y mi extasiada mente pasó, sin puente ni pasarela, quizá cabalgando el viento, de un filósofo (Ortega) a un pintor (El Greco). Un pintor que siempre me ha fascinado, desde que, allá por los años cincuenta, con mis padre y hermanos, visitamos en Toledo la Casa del Greco y la Iglesia de Santo Tomé, con el famoso “Entierro del Conde de Orgaz”. Y un par de años después, cuando haciendo el servicio militar, me pasé un fin de semana arrestado, y me leí de un tirón la obra de MarañónEl Greco y Toledo”, mi amor por el pintor se convirtió en eterno. El Greco se pasó la vida, pintando muertes y resurrecciones. No concebía la existencia en forma de pasividad. Los hombres de sus retratos tienen almas fosforescentes, prestas a fenecer en una última llamarada. De ahí, puede, mi rápida trasmisión de Ortega al Greco, bajo el impetuoso viento del Massanella.
En la cima del Massanella
En los cuadros del Greco, hacen las figuras gestos que, al pronto, no entendemos. No son, en efecto, los que se emplean en los usos ordinarios del vivir. ¿Quiero decir que no son reales? No. Es que nuestra nativa propensión a no creer en lo heroico, nos lleva a dudar de la realidad de estos gestos, en que se expresan acciones ejemplares y sentimientos esenciales. Una especie de “plebeyismo” ambiente, nos mueve a medir la vida, con el metro de nuestras horas inertes. Los gestos, decía, son reacciones a lo que se ve y se oye, al paisaje entorno.
La actitud de San Mauricio (cuadro: “San Mauricio y la Legión Tebana”) es la actitud ética por excelencia. La bondad o maldad de que habla la ética, es siempre la bondad o maldad de una volición, de un querer. No las cosas son buenas o malas, sino nuestro querer o nuestro no querer. En el uso ordinario de la vida, cuando decidimos querer algo, no pretendemos decir que si quedáramos solos en el mundo, ese algo y nosotros estaríamos satisfechos. No: nuestro querer ese algo, consiste en que nos parece necesario para otra cosa, la cual queremos, a su vez, para otra. De estas cadenas de voliciones, en que un querer sirve a otro querer, se compone el tejido de nuestra habitual existencia.
Mas ¿qué semejanza puede existir entre ese querer lo uno para lo otro, con aquel en que queremos algo por ello mismo, sin finalidad ninguna? Nuestro querer “negociante”, nuestra “voluntad a la inglesa” – Ortega pensaba que el “utilitarismo” era la moral inglesa – había colocado las cosas todas en cadenas interminables, donde cada eslabón es un medio para el próximo, y, por tanto, tiene el valor relativo del lugar que ocupa en la cadena. Más este querer de nueva y más pura índole, arranca de la cadena una cosa y, solitaria, sin ponerla en relación con nada, por ella misma la afirma. Frente a esta actitud de nuestra voluntad, todas las demás actitudes adquieren un sentido meramente económico, donde las cosas se desean como medios. El querer ético, en cambio, hace de las cosas fines, conclusiones, últimas fronteras de la vida. Deja de ser nuestro espíritu una pluralidad de individuos elementales, cada cual con su pequeño afán egoísta, que es preciso contentar. Entra en ejercicio lo más profundo de nuestra personalidad, y reuniendo todos nuestros poderes dispersos, haciéndonos solidarios con nosotros mismos, siendo entonce y sólo entonces verdaderamente nosotros, nos ligamos al objeto querido sin reservas ni temores. De suerte que no nos parecería soportable vivir nosotros, en un mundo donde el objeto querido no existiera.
La mayor parte de los hombres, no hacemos sino querer en el sentido económico de la palabra: resbalamos de objeto en objeto, de acto en acto, sin tener el valor de exigir a ninguna cosa, que se ofrezca como fin a nosotros. Escribía Ortega: “Hay un talento del querer, como lo hay del pensar, y son pocos los capaces de descubrir, por encima de las utilidades sociales que rigen nuestros movimientos, su querer personalísimo. Solemos llamar vivir, a sentirnos empujados por las cosas, en lugar de conducirnos con nuestra propia mano”.
Cuando todo nuestro ser quiere algo – sin reservas, sin temores – cumplimos con nuestro deber, porque es el mayor deber de la fidelidad con nosotros mismos. Una sociedad en la que cada individuo, tuviera la potencia de ser fiel a sí mismo, sería una sociedad cuasi perfecta. ¿Porqué, que significa lo que llamamos “hombre íntegro”, sino un hombre que es enteramente él, y no un zurcido de compromisos, de caprichos, de concesiones a los demás, a la tradición, al perjuicio?

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Julio del 2016.

miércoles, 20 de julio de 2016

ACCIÓN Y ABSOLUTO, EN ARENDT

Los análisis de lo que Hannah Arendt entiende por “acción” – aventurarse en el discurso y en el actuar, en compañía de los que son iguales a uno; comenzar algo nuevo, cuyos resultados no pueden ser conocidos por adelantado; la fundación de un espacio público (“res publica” o república) – desempeñan un papel muy importante en sus escritos políticos. Ninguna de estas acciones puede emprenderse en soledad, sino siempre y solamente, por un grupo de personas en su pluralidad. Pero los pensadores, analistas y tertulianos, quienes en su actividad solitaria, están lejos o ajenos a ese mundo de la praxis, de la actividad política concreta, tienden a considerar al “hombre” en lo singular o, lo que es lo mismo, a los “hombres” como ejemplares de una especie única, y a ignorar o, en el caso de Marx, a malinterpretar la experiencia de la libertad política, que Arendt considera como el mayor potencial de la “acción”.
Pero en el momento concreto de la “acción”, de modo bastante molesto (escribe Arendt en su “Diario filosófico” en Septiembre de 1951) resulta que: En primer lugar lo “absoluto”, aquello que está “por encima de” los sentidos – lo verdadero, lo bueno, lo bello – no es aprehensible, pues nadie sabe concretamente qué es. Sin duda todo el mundo tiene un concepto de ello, pero cada cual se lo representa en concreto, como algo completamente distinto. En tanto que la acción, depende de la pluralidad de los hombres. La primera catástrofe de la filosofía occidental, que en sus pensadores postreros desea en último término, hacerse con el control de la acción, es la exigencia de una unidad que, por principio, resulta imposible, salvo bajo una tiranía. En segundo lugar, que para servir a los fines de la acción, cualquier cosa puede hacer las veces de absoluto, por ejemplo, la raza, la sociedad sin clases… etc. Cualquier cosa es igualmente oportuna, “todo vale”. En tercer lugar, que al aplicar lo absoluto – por ejemplo, la justicia, o lo “ideal” en general (como ocurre en Nietzsche) – a un fin, se hacen posible, ante todo, acciones injustas y bestiales, porque el “ideal”, la justicia misma, ya no existe como criterio, sino que ha devenido un fin alcanzable y producible en el mundo. En otras palabras, la consumación de la filosofía extingue la filosofía, la realización de lo “absoluto” efectivamente elimina lo absoluto del mundo. Y así, finalmente, la aparente realización del hombre, simplemente elimina a los hombres.

Palma. Ca’n Pastilla 14 de Julio del 2016

sábado, 16 de julio de 2016

NOSTALGIA DEL ABSOLUTO

Hace ya días, un internauta respondió a un post de un amigo en facebook escribiendo: “Dios es lo Absoluto” o algo así. Pensé por unos segundos responder con la anécdota, ya citada algunas veces, que cuenta Norberto Bobbio, de lo sucedido en el metro de Nueva York: Alguien escribió en una de sus paredes: “Dios es la respuesta”. Y al día siguiente apareció, también escrito y a modo de contestación: ¿Cuál era la pregunta? Igualmente no hace mucho, con motivo de haber subido a mi Blog, la gran controversia sobre el marxismo entre Kautsky y Bernstein, recibí dos correos particulares (uno sin firma) atacándome duramente, por no haber defendido en mi texto, la interpretación más ortodoxa del marxismo. Ambos correos, me pareció, despedían un tufillo casi religioso, y una especie de nostalgia, por un pensamiento de lo absoluto al que continuar agarrándose. Y finalmente, hace ya unas semanas, leí los comentarios de John Carlin en El País sobre el libro “Animales de partido”, del antiguo comunista, hoy columnista del Times en Londres, David Aaronovitch.
A veces he comentado lo mucho que me hubiera gustado haber nacido y vivido, acunado por alguna filosofía de lo absoluto, a la derecha o a la izquierda. Y en cambio toda mi vida, me la he pasado bregando con lo relativo y la duda perenne. Todas esas coincidencias (comentarios en Facebook, correos personales y la reseña de Carlin) me llevaron a pensar en un librito, “Nostalgia del Absoluto”, que escribió George Steiner, el gran teórico de la literatura y de la cultura, parisino de familia judía de origen vienés, que leí hace tiempo. Lo localicé en mi biblioteca y lo estoy releyendo.
Historiadores y sociólogos están de acuerdo, a la hora de constatar una apreciable decadencia, del papel desempeñado por los sistemas religiosos formales, por las iglesias, en la sociedad occidental. Pero de esto no hace tanto tiempo. El mismo PSOE en sus inicios, se estructuró como una sociedad aparte, como una religiosa contra-religión. Pablo Iglesias pregonaba aquello de que allá donde hubiera una iglesia, debía surgir una “casa del pueblo”. Y aún recuerdo muy bien mi primera visita a los compañeros de Euskadi, en compañía de Alfonso Guerra, el cual me advirtió con antelación: fíjate bien en la estructura de las “casas del pueblo” que tienen por aquí. Y efectivamente en todas, la sala principal era longitudinal, con una mesa al fondo en el centro, cubierta de un paño rojo (una especie de altar) y con las fotos de los viejos líderes: el mismo Pablo Iglesias, Largo Caballero, Indalecio Prieto, Julián Besteiro, Tomás Meabe… colgadas a lo largo de las paredes, como las estatuas de los santos en las iglesias. “El partido comunista era una iglesia - escribe Aaronovitch en su libro – su fuerza derivaba tanto de la creencia y de la fe, como del intelecto. Por un lado estaban los ‘puros’, los que poseían la verdad absoluta, y por otro los malvados o los equivocados”.
Algunos historiadores sitúan esa decadencia de lo religioso, en el desarrollo del racionalismo científico durante el Renacimiento; otros lo atribuyen al escepticismo y el secularismo explícito de la Ilustración, con sus ironías sobre la superstición de todas las iglesias. Pero en cualquier caso, y en mayor o menor grado, el núcleo religioso del individuo degeneró en pura convención social. Para la mayoría de hombres y mujeres pensantes, las fuentes vitales de la teología, de una convicción doctrinal sistemática y transcendente, se habían secado. Y este desecamiento, este agotamiento, dejó un inmenso vacío. Y donde existe un vacío, surgen nuevas realidades y sistemas de pensamiento, que sustituyen a las antiguas. La historia filosófica y política de Occidente durante los últimos 150 años, puede ser entendida como una serie de intentos, más o menos conscientes, más o menos sistemáticos, más o menos violentos, de llenar el vacío central dejado por la erosión de la teología. Este vacío, esta obscuridad en el mismo centro, era debida a “la muerte de Dios” (célebre e irónica frase de Nietzsche, con frecuencia mal interpretada). Y hacia estas cuestiones de cuya formulación y resolución, depende la coherencia de la vida del individuo y de la sociedad, se dirigen las grandes “antiteologías”, las “metarreligiones” de los dos siglos pasados.
Apunta Steiner que para ser entendida como mitología, una doctrina o cuerpo de pensamiento social, psicológico o espiritual, debe cumplir ciertas condiciones. En primer lugar, el cuerpo de pensamiento debe tener una pretensión de totalidad. Debe afirmar que el análisis que presenta de la condición humana – de nuestra historia, del sentido de la vida de cada uno de nosotros, de nuestras esperanzas – es un análisis total. Una mitología, en este sentido, sería un cuadro completo del “hombre en el mundo”. Y este criterio de totalidad, tiene una consecuencia muy importante. Si la mitología es honrada y seria, permite la refutación o falsación, e incluso invita a ello. Un sistema total, una explicación total, se derrumba en el momento en que puede surgir una excepción importante, un contraejemplo realmente poderoso.
En segundo lugar, una mitología tendrá con seguridad, unas formas fácilmente reconocibles de inicio y desarrollo. Habrá habido un momento de revelación crucial, o un diagnóstico clarividente del que surge todo el sistema. Ese momento y la historia de la visión profética, se conservará en una serie de textos canónicos. Igualmente habrá un grupo original de discípulos, que habrán estado en contacto inmediato con el maestro, con el genio fundador. Pero pronto, algunos de ellos, provocarán una ruptura en forma de herejía, y establecerán mitologías o submitologías rivales. Los ortodoxos del movimiento original, odiarán a esos herejes, a los que perseguirán con una enemistad mucho más encarnizada, de la que descargarían contra los no creyentes. No es la increencia lo que temen, sino la forma herética de su propio movimiento.
El tercer criterio de una mitología verdadera, es seguramente el más difícil de definir. Una mitología verdadera desarrollará un lenguaje propio, un idioma característico. Generará su propio cuerpo de mitos. Así las mitologías fundamentales elaboradas en Occidente, desde comienzos del siglo XIX, no sólo son intentos de llenar el vacío dejado por la decadencia de la teología y el dogma cristianos. Son una especie de teología sustituta. Son sistemas de creencia y razonamiento, que pueden ser ferozmente antirreligiosos, que pueden postular un mundo sin Dios y negar la otra vida, pero cuya estructura, aspiraciones y pretensiones respecto del creyente, son profundamente religiosas en su estrategia y en sus efectos. En otras palabras, cuando consideramos el marxismo más ortodoxo; cuando observamos los diagnósticos freudianos o junguianos de la conciencia; cuando consideramos la explicación del hombre, ofrecida por lo que se denomina “antropología estructural”; cuando analizamos todo eso, desde el punto de vista de la mitología, lo vemos como una totalidad, como algo organizado canónicamente. Y si reflexionamos sobre ello, reconoceremos ahí, no sólo negaciones de la religión tradicional, sino unos sistemas que, en cada punto decisivo, muestran las huellas de un pasado teológico.
Esos grandes movimientos, esos grandes gestos de la imaginación, que en Occidente han tratado de sustituir a la religión, son muy semejantes – como decía al inicio – a las iglesias, y a la teología que pretenden reemplazar. Quizá podríamos repetir aquello que se dice, de que en toda gran batalla uno acaba asemejándose a su oponente. Por supuesto ésta es sólo una forma de pensar los grandes movimientos filosóficos, políticos y antropológicos que, en mis años mozos, estaban de moda. Y con ello no quisiera ofender a mis amigos seguidores de la ortodoxia del marxismo, del psicoanálisis o de la antropología estructural, que puedan sentirse molestos, ante la idea de que sus creencias y sus análisis, son mitologías que derivan directamente de la imagen religiosa del mundo, que han tratado de reemplazar.
Todo lo que pretendo hacer, siguiendo a Steiner, es llamar la atención sobre ciertas características y gestos, importantes y recurrentes, de todas esas teorías “científicas”. Sugiero simplemente que esas características, reflejan directamente las condiciones establecidas, por la decadencia de la religión, y por una nostalgia del Absoluto profundamente arraigada. Esa nostalgia tan profunda, fue directamente provocada por la decadencia, de la antigua arquitectura de la certeza religiosa. Por ejemplo el marxismo, la que mejor conozco de las tres filosofías que acabo de citar, califica sus creencias de “científicas”. Habla de de las leyes de la historia, y del método científico de la dialéctica. Es muy posible que esas pretensiones puedan ser parte de una mitología, que no reflejen un estatus científico en ningún sentido verdadero, sino más bien un esfuerzo por heredar, la difunta autoridad y las certezas dogmáticas, de la teología cristiana.
Me gustaría acabar, expresando mi gran extrañeza de que a estas alturas, ya entrados en el siglo XXI, exista aún esa hambre de mitos, de explicaciones totales, ese anhelo incontenible de una profecía con garantías.

Palma. Ca’n Pastilla a 10 de Noviembre del 2015.




martes, 12 de julio de 2016

AMIGOS, SOLEDAD Y "DHARMA"

Abandoné mis actividades montañeras hace tres años, cuando sufrí un infarto. Estos días, con motivo de mis 74 años, algunos de mis buenos amigos, se han ofrecido muy amablemente, a acompañarme a dar sencillos paseos por la montaña. Les he agradecido de corazón, el bonito gesto. Pero yo ya estoy en otra cosa. Esa pasión, como otras anteriores de mi vida, ya la he cerrado, al menos de momento, pues nunca podemos decir “de esa agua no beberé”, o no volveré a beber.
Es posible que a estos sensacionales amigos, les preocupe también la escasa higiene de mi vida actual. A ellos, que viven tan frecuentemente al aire libre, ocupados en maravillosos ritos musculares, puede que le angustie la idea de que yo pase todas mis jornadas, encerrado en los pocos metros cuadrados de mi despacho, sumergido en la niebla mágica del humo de mi pipa, y sin más comunicación con la naturaleza, que mi sutil y metafórica existencia entre las hojas de los muchos libros que me rodean. Mil gracias amigos, pero no os preocupéis, estoy bien, muy bien. Hay muchos tesoros repartidos, quizá alguno algo recóndito, por la vida. Y uno de ellos yace oculto, bajo horas de soledad (soledad querida y relativa). En ese espacio “para sí” que nos abrimos cada día, y que nos libera de lo demás y “los demás”. Hay ciertas cristalizaciones en química, que sólo se producen en lugares quietísimos, exentos de toda trepidación, en el rincón más recóndito de nuestro “laboratorio”. Así las mejores reacciones espirituales, que enriquecen y pulen la persona, necesitan calma, ocio profundo, un no hacer nada, para dejar que la milagrosa germinación se produzca.
Jugando al golf
Y estas reflexiones me llevaron a recordar una conversación que narraba Ortega, tenida con un grupo de amigos, que le invitaron un día a comer en el Club de Golf:
-Yo no comprendo como puede usted vivir sin tomar el sol, le comentó una señora.
- Es que yo no vivo señora.
- ¿Pues que hace usted?
- Asisto a la vida de los demás
- Pero eso es un martirio ¿verdad amigo mío?
- No hay duda; el asistir a la vida de los demás es el martirio. Mártir quiere decir testigo. Yo atestiguo que usted existe. Si no existe alguien que atestigüe la existencia de los demás – personas y cosas – aquella, la existencia, sería como nula. Si yo fuera prisionero absoluto de mi propia vida, no podría cumplir mi misión de testigo. Homero decía, que los héroes combaten y mueren, no más que para dar motivo, a que luego el poeta los cante.
- Usted debería hacerse socio del club, y jugar todos los días un partido, añadió un amigo.
- No, amigo mío; yo no puedo ser socio de este club, ni jugar al golf. Semejante desliz me acarrearía castigos milenarios.
- Esto implica una grave acusación contra nosotros.
- En modo alguno. Si usted no jugase al golf, incurriría en el mismo pecado que si yo jugase. Ambos habríamos sido indóciles a nuestro “dharma”.
Ortega y Gasset
Con la idea del “dharma”, Ortega quería insinuar que es un error, considerar la moral como un sistema de prohibiciones y deberes genéricos, el mismo para todos los individuos. Que eso es una abstracción. Son muy pocas, si hay alguna, las acciones que están absolutamente mal o absolutamente bien. La vida es tan rica en situaciones diferentes, que no cabe encerrarla, dentro de un único perfil moral. A cada profesión le parecen inmorales, los usos de la vecina. Al intelectual le parece inmoral el político, porque sus palabras son inexactas, insinceras y contradictorias. La misión del intelectual es enunciativa, verbal; cuando ha escrito o pronunciado, palabras que expresan algo con precisión, con gracia y con lógica, ha hecho cuanto tenía que hacer; la realización no le interesa. En cambio el político, aspira únicamente a realizar sus pensamientos, no a decirlos. La misma discrepancia existe entre las clase sociales. Para una mujer de la pequeña burguesía, las damas elegantes de la alta sociedad, que salían, jugaban al golf, fumaban y demás, eran una representación del demonio. La “petite bourgeoisie” cree aún, que la mujer ha venido al mundo para estarse en casa, cocinar y cuidar de los hijos. Tiene una moral hecha casi de prohibiciones, y su gran virtud consiste, principalmente, en lo que no hace. Entre las tumbas de la vieja Roma republicana, se conservan muchas donde, bajo un nombre femenino, están escritos estos vocablos de alabanza: “Domiseda, lanifica” (ha vivido sentada en su casa y ha hilado).
Ortega especifica: “Yo no pretendo que el burgués abandone su moral, sólo pediría que me deje a mí la mía”. Esta coexistencia de mandamientos diversos, es la que expresa el hinduismo con el “dharma”. Dentro de la religión hindú caben todas las creencias, todas las doctrinas, el hinduismo no es dogmático. Sólo hay una cosa cuya aceptación exige: el cumplimiento de los deberes rituales. Cada casta tiene un repertorio de acciones permitidas y obligadas, un “dharma”, al que es forzoso ajustarse, porque constituye la ley última del universo. El dios Brahma, enseñó la gigantesca lista de normas vitales a los demás dioses, y la expuso en cien mil capítulos, según se nos refiere en el “Mahabharata”. En vez de instaurar un solo perfil de corrección moral, anulando la riqueza del cosmos, el hindú acepta y respeta la maravillosa pluralidad del mundo, y en principio, como indica Weber, admite una moral para el ladrón y la prostituta. En cambio, no permite el menor desliz dentro de cada estatuto moral.
Sendero del "Dharma"
La conversación que narra Ortega, acaba así:
- Pues bien, amigo mío: el “dharma” de usted es jugar al golf, como el mío es un “dharma de escritura y conversación.
- Es usted un doctrinario.
- Yo creía ser todo lo contrario ¿No significa la idea del “dharma”, un sublime empirismo de la moral? Lo que yo sostengo, es que no hay acto alguno indiferente, y que lo bueno en un hombre, es malo en otro. Tal vez fuera mejor contrarrestar el patetismo contemporáneo, en que suele embotarse toda discusión sobre ética, por la más elegante tibieza con que los antiguos, en lugar de “lo moral” – palabra tremenda – solían decir “lo decente”, “quod decet”, lo correcto. Pues bien; yo creo que no sólo cada oficio, sino cada individuo, tiene su decencia intransferible y personal, su repertorio ideal de acciones y gestos debidos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Julio del 2016.


lunes, 4 de julio de 2016

LOS VOTANTES NO SON TONTOS

Los votantes no son tontos, lo vengo afirmando desde 1977, cuando reinauguramos la democracia en España. Tampoco lo son cuando no nos votan a nosotros. Y cuando repito esto, que a mí me parece claro y diáfano, y cuando las cosas no nos han ido demasiado bien, algunos amigos y compañeros se indignan conmigo.
Tonto” no es un término evaluatorio moral o ético. Sí del nivel de inteligencia, aunque impreciso. Así que al repetir “no son tontos”, no me refiero a su moral o ética, me refiero a que saben lo que quieren, de forma más o menos racional, pero lo saben o intuyen. La Política no es ajena a la Ética, pero tiene dos modalidades que le son propias (“1.- La “ética de la convicción” (Gesinnungsethik). Animada únicamente por la obligación moral y la intransigencia absoluta, en el servicio de los principios. 2.- La “ética de la responsabilidad” (Verantwuortungsethik). Que valora las consecuencias de sus actos, y confronta los medios con los fines, las consecuencias y las diversas opciones o posibilidades, ante una determinada situación. Que es una expresión de racionalidad instrumental, en el sentido que no sólo valora los fines, sino los instrumentos para alcanzar determinados fines. Y es esta racionalidad instrumental, maduramente reflexionada, la que conduce al éxito político”. Max Weber). He profundizado sobre ello en mi Blog: http://senator42.blogspot.com.es/search/label/Pol%C3%ADtica%20y%20Poder.

Urnas
Si muchos ciudadanos siguen votando al PP, a pesar de su estructura corrupta, no es porque sean tontos, es porque priman sus intereses personales, egoístas, económico-sociales, por encima de la moralidad de a quien votan. Porque valoran más su tranquilidad, el orden y lo conocido, que desprecian la corrupción. Y esta postura, este orden de preferencias, nos parece a muchos insolidaria, inmoral, despreciable… y lo es. Pero no es falta de inteligencia a corto plazo, inmediata en el día de la votación. Aunque sí podría ser falta de clarividencia conservadora a largo plazo. Pues no aceptar ciertas concesiones ahora, podría llevarles en un futuro, a graves desordenes, y a quien sabe que drásticas pérdidas económico-sociales, de libertades y de tranquilidad, ante el empuje de los populismos cabalgando el tigre de la indignación (no perdamos de vista el Brexit en el Reino Unido, Le Pen en Francia, Trump en EE.UU….).
Y luego está ese alto número de cuadros y profesionales de clase media y alta, conozco personalmente a bastantes, que se sienten realizados en su “izquierdismo revolucionario” (la “gauche divine”, la “izquierda chic”) jaleando y alentando populismos y nacionalismos de toda laya. Y estos tampoco son tontos, aunque casi me caen peor que los conservadores explícitos. Sus intereses privados priman en ellos, por encima de cualquier consideración. Cuando temen que el “movimiento popular” que han apoyado con pasión, pueda obtener mayoría suficiente para gobernar, van y se abstienen.
Votando en primarias PSOE
Y por último tenemos a los populistas identitarios de Trump, del Brexit, de Marine Le Pen… (en España gracias al PP y a Podemos aún no han emergido) gente muchas veces privilegiada, desde el punto de vista financiero y social. Tampoco son nada tontos. Su estrategia consiste en convencer a los ciudadanos más desfavorecidos de pura raza aria, que sus enemigos son los inmigrantes (mexicanos, turcos, paquistaníes, sirios, subsaharianos…). De esta forma distraen la atención de las desigualdades socioeconómicas, y la derivan hacia desigualdades identitarias, culturales y religiosas.
A fuerza de repetir “los votantes son tontos y se equivocan”, no tardará en salir alguien, que pida restringir el voto sólo a los “inteligentes”, “cultos” y con título universitario. Y sí, no cabe duda, la democracia representativa es un sistema imperfecto, ya lo advirtió Churchill. Pero sin el reconocimiento de la autoridad última de la palabra de los ciudadanos, la democracia no existe.
Pues eso.

Palma. Ca'n Pastilla a 4 de Julio del 2016.

domingo, 3 de julio de 2016

NO QUIERO APARENTAR LO QUE NO SOY

No quiero gobernar a cualquier precio, el poder por el poder no me llena. No quiero parecer “más de izquierdas”, sólo por la idea errónea de obtener más votos. No deseo ganar predicando lo que no creo, o proyectos irrealizables en la realidad que nos rodea.
No quiero ser “más de izquierdas”, prometiendo referendos de autodeterminación a troche y moche. No quiero que me vean como más izquierdoso, sólo por destruir más lápidas, bustos y monumentos. No deseo que me consideren más izquierdista, profanando símbolos y lugares religiosos (soy ateo).
No quiero parecer “revolucionario”, para combatir mi mala conciencia de pertenecer a un partido que no lo es. No quiero parecer “izquierdista”, por complejo de inferioridad ante quienes dicen serlo.
Congreso Extraordinario. Septiembre 1979
No quiero ser patriota, de una “patria” que no me explican que es. No deseo aparentar ser “españolista” en su acepción franquista. Me siento cosmopolita. No me apetece compartir soflamas patrióticas, prefiero apelar a la razón y a la inteligencia.
No quiero parecer “pueblo” al estilo latinoamericano, me veo más como “ciudadano”.
No quiero parecer más progresista, coincidiendo con un amontonamiento de partidos y movimientos, contradictorios entre sí. Soy del PSOE sin matices, sin más aclaraciones. Un solo partido con un único proyecto para España.
Quiero seguir pareciendo, lo que llevo siendo hace una pila de años: un reformista; un socialdemócrata; un tipo tolerante y, en la medida de lo posible, objetivo; un defensor acérrimo de la democracia representativa y de sus instituciones.
Y me gustaría convencer, sí, a una mayoría absoluta de españoles, de que esa es la posición política más adecuada y correcta, aun en los días de indignación razonable, y tiempos de amarguras e incertidumbres.
Pero mientras no lo consiga, no cambiaré de chaqueta semanalmente, para parecer más “revolucionario” o más “moderado” según se tercie. Permaneceré manifestando claramente lo que realmente soy, embutido en mi americana de toda la vida, sentado en mi “escaño” de la oposición.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Junio del 2016.