Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

domingo, 15 de enero de 2017

HABILITADOS EN RAZÓN

Esta larga y profunda crisis, pero especialmente las injustas recetas, que aplican algunos gobiernos para enfrentarla, han habilitado aparentemente en razón a muchos ciudadanos en su indignación. Y estos andan por ahí, cabalgando sus pasiones y emociones. Arrasando sin compasión, lo que pudiera quedar entre nosotros, de la herencia de las Luces, de la Ilustración.
Un día de estos, para no ser menos que los gritones y faltones en las redes, me asomo a la ventana, me suelto el pelo – el poco que me queda – y comienzo a chillar e insultar: ¡Inmigrantes esquiroles! ¡Islamistas de mierda! ¡Asesinos del Isis! ¡Trumpistas incultos! ¡Nacionalistas periféricos incordiantes! ¡Españolistas casposos! ¡Errejonistas pusilánimes! ¡Folcloristas susanistas! ¡Golpistas gestoristas! ¡Fanáticos pedristas!... ¡Sois todos unos hijos de la Gran… Bretaña.
Y ya está. Ya me he desahogado. Y ahora, para serenarme, vuelvo a los “propos” de mi querido Alain, y a los “Essais” de mi admirado Montaigne, que atan mis pasiones.
Escribe Alain que no tenemos ningún poder sobre las pasiones, en tanto no conocemos sus verdaderas causas. Que el error, en todos estos casos, consiste en poner el pensamiento al servicio de las pasiones, y dejarse llevar por el miedo o la cólera, con una especie de salvaje entusiasmo. Nos recuerda que Spinoza dijo, que es imposible que el hombre no tenga pasiones, pero que el sabio forma en su alma tal extensión de pensamientos felices, que a su lado las pasiones son insignificantes. La pasión se soporta más difícilmente que la enfermedad, porque nuestra pasión nos parece resultado ineludible de nuestro carácter y de nuestras ideas, lo que le da el signo de una necesidad invencible. Y elimina toda esperanza, pues ni para odiar ni para amar, es preciso tener el objeto de nuestro odio o de nuestro amor ante los ojos; lo imaginamos e incluso lo transformamos, mediante una labor interior que es como una poesía. Todo nos lleva a él. Los hombres somos unos filósofos asombrosos. Y lo que más nos sorprende, es que la razón no pueda dominar las pasiones. Cuando somos indulgentes con nosotros mismos y adoradores de impresiones, el mundo se nos echa encima. Casandra augura desgracias. Desconfiad de las Casandras, almas yacentes. El verdadero hombre se sacude y hace el porvenir.
Y Montaigne nos recordaba, que todas las pasiones que se dejan probar y digerir, son sólo mediocres. “Las cuitas leves hablan, las grandes son mudas” (Séneca “Hipólito”). Yo estoy poco expuesto a tales pasiones violentas. Mi aprehensión es dura por naturaleza, y la emboto y ofusco todos los días con el razonamiento. Los deseos en que interviene el cuerpo, están sujetos a saciedad. En cambio, las pasiones que pertenecen enteramente al alma, dan mucho más trabajo a la razón, pues no puede ser auxiliada más que por sus propios méritos, y estos apetitos no pueden ser saciados, de hecho se agudizan y aumentan con la satisfacción.
Así que ¡ojo con los entusiasmos, las pasiones y las emociones desatadas!

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Diciembre del 2016.

martes, 10 de enero de 2017

POSVERDAD Y DURA REALIDAD

Seguimos con esta moda de la “Posverdad” (“Post-truth”) que, aunque no del todo nueva, se viene empleando cada día con mayor frecuencia, por analistas y pensadores de todo bordo. Llevados, seguramente, por la imperiosa necesidad de nombrar lo insólito o innombrable, lo que escapa a nuestra compresión, que ya está siendo mucho.
Lo que hoy se viene llamando “posverdad” – apunta certeramente Javier Marías - podría llamarse también “contrarrealidad”, y tiene precedente en los tiempos modernos, pero quizá sólo en sociedades totalitarias, sin libertad de expresión ni de prensa, en las que la información es controlada por una sola voz, la del dictador. Los que ya peinamos canas, lo conocimos en una España en la que sólo existía la versión oficial, la franquista. Lo demás, huelgas mineras o de tranvías en Barcelona, partidos políticos, sindicatos al margen del vertical, adulterios, homosexuales, mujeres maltratadas, trabajadores en paro… todo eso no existía, eran imaginaciones producto de mentes calenturientas, desafectas al Régimen.
Pero a lo que hoy se llama “posverdad” es algo distinto, y se da en países con abundancia y variedad de información. Denota circunstancias en las que los hechos objetivos, influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales. Si se ha apuntado la posibilidad de llamar al fenómeno “contrarrealidad” – Marías – es porque en las actitudes que han conducido al “Brexit”, a la victoria de Trump, al resultado del referéndum italiano, hay negación tozuda de la realidad, para lo cual es preciso creerse antes las evidentes mentiras, a sabiendas de que lo son, y no reconocer la dura verdad de nuestro entorno.
Me recuerda esa actitud a la de mis nietos cuando eran más pequeños, que creían que cerrando los ojos, o tapándose la cabeza con una sábana, ya no les iba a ver. Confundían no ver con ser invisibles. Si no veo a esa persona, mi abuelo, tampoco él me verá a mí, debían pensar. Y el abuelo se prestaba al juego: que sean ahora felices en su creencia, ya les llegará el momento, desgraciadamente, de no serlo tanto.
El problema, me parece, es que hoy hay muchos adultos que no consienten, que ese día desagradable les alcance. Están dispuestos a tragarse las mayores trolas, y si hay que negar, para ello, la realidad y la verdad, se niegan y ya está. Es como si esas personas no supieran – nos pone como ejemplo Marías – que si están a la orilla del mar y dan cuatro pasos más, sus pies se mojarán. Pensarán: Que tontería, ahora están secos ¿por qué se van a mojar?
No hace tanto, ser moderno se asociaba al atrevimiento, a la experimentación e, inevitablemente, contenía una valoración positiva. Pero eso que, originariamente, sirvió para el arte y la moda, está hoy presente en algunos comportamientos políticos, obsesionados por trasladar el valor que tuvieron las vanguardias, a la esfera política, ahora ya como una parodia. Pero la realidad dispone de poderosos anticuerpos. Lejos de debilitarla, los que la ignoran, no quieren verla, la refuerzan en sus más desagradables aspectos. “Lo que no me mata me hace más fuerte”, decía Nietzsche.
El continente, lo gestual, la “contrarrealidad”, hoy puede más que el contenido, que la verdad. La confrontación ideológica tradicional, ahora se ve sustituida por la confrontación meramente gestual, y la agitación emocional. Las políticas – las “policies”, ese poderoso concepto inglés – pasan a un segundo plano. El campo de batalla es hoy el de la definición de la realidad, de la verdad según yo la siento, no como sea realmente. Gana quien consigue que ésta, la realidad, se defina de acuerdo a los intereses de cada parte. Ya nos enteraremos que la política no va, al final, de representaciones, de “posverdad”, sino de decisiones sobre lo que es, tal como es. Para los marxistas, en mi tiempo, la interpretación correcta del mundo, debía servir para transformarlo. Y esto sólo puede hacerse, desde el conocimiento auténtico de la realidad en que nos movemos y hacemos política.
Al final la verdad se impondrá, y la moda de la “posverdad”, como todas las modas, pasará. Pero eso sí, antes habrá producido mucho dolor en el mundo.
Pues eso, fuerza para sufrirlo.

Palma. Ca’n Pastilla a 10 de Diciembre del 2016.

domingo, 1 de enero de 2017

LOS JÓVENES Y YO

Actualmente algunos de los militantes más apasionados del PSOE, tienden a identificar, descuidadamente o adrede, la dicotomía entre la vieja política y la nueva, como igual a viejos y jóvenes en edad cronológica. Lo bueno tiene menos de 40 años, lo de más de 50 ya es caduco. Como todas las generalidades, ésta me pone muy nervioso, quizá más porque me implica muy directamente. Y después de releer hace unos días “La deshumanización del arte” de Ortega y Gasset, se me ocurrieron estas reflexiones:
Lo que hemos dado en llamar “nueva política”, se ha convertido en un hecho a escala universal, olvidando que siempre en lo nuevo hay mucho de viejo, y en lo vetusto algo de moderno. Los jóvenes más atentos de las nuevas generaciones, en París, Atenas, Londres, Nueva York, Madrid, etc. coinciden en que la política tradicional no les interesa nada, más aún: les repugna. Y entonces los veteranos, la vieja guardia (los “pata negra” como nos llamaban en los años ochenta) no sabemos que hacer con ellos: o los fusilamos directamente, o nos esforzamos en comprenderlos. Después de mucho leer y reflexionar, yo he adoptado resueltamente, por la segunda opción.
Lo caprichoso, lo arbitrario y, en consecuencia, estéril, sería, opino, resistirse a lo nuevo y obstinarse en la reclusión dentro de formas y modos ya arcaicas, exhaustas y periclitadas. En política como en moral, no depende el deber de nuestro arbitrio; hay que aceptar el imperativo de trabajo, que la época nos impone. Esta docilidad a la orden del tiempo, es la única probabilidad de acertar que como individuos tenemos. Aun así, pienso con frecuencia, quizá no se consiga nada; pero es mucho más seguro su fracaso, si uno se obstina hoy en componer una ópera wagneriana, o escribir una novela naturalista.
Jóvenes
En política suelen ser nulas todas las repeticiones. Cada nuevo estilo que aparece en la historia, puede engendrar cierto número de formas diferentes, dentro de un tipo genérico. Pero llega un día en que lo que fue magnífica cantera, se agota. Es un error ingenuo, creer que la esterilidad actual de la política, se debe a la ausencia de talentos personales. Lo que acontece es que se han agotado las combinaciones posibles, dentro del viejo sistema político. Por esta razón, pienso que debe juzgarse venturoso, que coincida con este agotamiento, la emergencia de nuevas sensibilidades, capaces de anunciar nuevas canteras aún intactas.
Debemos observar que una misma realidad, se quiebra en realidades divergentes, cuando es mirada desde puntos de vista diferentes. Si yo subo al Galatzó, abajo al Este, contemplaré el largo y bonito Coll des Carniceret. Si al mismo tiempo mi hijo David, se ha encaramado a los Puntals de Planicia, admirará el mismo collado al Sur. Los dos estaremos contemplado al unísono la misma realidad. Pero los dos la veremos diferente. Y entonces nos preguntamos: ¿cuál de esas dos realidades es la verdadera? Cualquier decisión que tomemos puede ser arbitraria. Nuestra preferencia por una u otra, sólo puede fundarse en nuestra estimación. Todas esas “realidades” son equivalentes, cada una la autentica para cada perspectiva. Lo único que podemos hacer, es clasificar estos puntos de vista y elegir entre ellos, el que prácticamente nos parezca más “normal” o más espontáneo.
Soy muy consciente de que para que podamos ver algo, para que un hecho se convierta en simple objeto contemplado, es menester separarlo de nosotros, y que deje de formar parte viva de nuestro ser. Y de que algo así debiera hacer yo, cuando intento analizar con objetividad, la crisis en el PSOE. Pero no me resulta nada fácil. Mi historia me como obliga a interesarme seriamente en lo que ocurre, siento como si llevase en ello cierta responsabilidad. La escena se apodera de mí, me arrastra al interior del hecho. Pero también reflexiono, en contradicción, que si me alejo demasiado de esa dolorosa realidad, perderé con el hecho todo contacto sentimental. No participaré ya sentimentalmente en lo que allá acaece, me hallaré espiritualmente exento y fuera del suceso. No lo viviré, simplemente lo contemplaré. Me traerá sin cuidado cuanto pasé allí. Estaré, como suele decirse, a cien mil leguas del suceso. Mi actitud será meramente contemplativa, más aún: no lo contemplaré en su integridad, el doloroso sentido interno del hecho, quedará fuera de mi percepción. Sólo me llegará lo exterior del mismo, las luces y las sombras, los valores cromáticos. Maximun de distancia, minimun de intervención sentimental.
Impresionismo
El otro día en una charla en el “ies Guillem Sagrera”, al final en el turno de preguntas, me preguntó una chica ¿pero a usted que le gusta más, la vieja o la nueva política? Bueno, gustar, gustar, le contesté, la vieja política con sus protocolos y sus formas y tradiciones, con sus apasionados debates pero educados y respetuosos, con la buena relación personal con los adversarios por encima de las opiniones diversas. Pero también me gusta más Sinatra, que cualquiera de los ruidosos cantantes actuales. Y el impresionismo en pintura, antes que los cuadros de hoy que no me llegan. Y Stendhal mucho más que el cretino de Reverte. Pero no se trata de “gustar”, se trata de aceptar el imperativo de nuestra época, o resignarnos a ser arrumbados al baúl de los recuerdos. Y yo aún no me resigno a ser expulsado del hoy.
En cada una de esas dos posturas hay grados diferentes de participación sentimental. Situados en la una nos encontramos con un aspecto del mundo que es la realidad “vivida”, en la otra vemos todo su aspecto de realidad “contemplada”. Pero entre esos diversos aspectos de la realidad, que corresponden a los diferentes puntos de vista, hay uno del que derivan todos los demás, y en todos los demás va supuesto. Si no hubiese alguien que viviese en pura entrega y frenesí, el hecho contemplado nos sería ininteligible. Un cuadro, una poesía, donde no quedase resto alguno de las formas vividas – escribía Ortega – serían ininteligibles, es decir, no serían nada. Quiero decir que en la escala de las realidades, corresponde a la realidad “vivida” una peculiar primacía, que nos obliga a considerarla como “la” realidad por excelencia. Podríamos afirmar, pues, que el punto de vista humano, es aquel en que “vivimos” las situaciones, las personas, las cosas. Y viceversa, son humanas todas las realidades, cuando ofrecen el aspecto bajo el cual suelen ser vividas.
¿Por qué tendríamos que tener hoy razón los viejos contra los jóvenes, siendo así que – como nos muestra la historia - el mañana da siempre la razón a los jóvenes contra la vieja guardia? Sobre todo no nos conviene, me parece, indignarnos ni pontificar gritando. “Dove si grida non è vera scienza” dijo Leonardo da Vinci; “Neque lugere neque indignari, sed intelligere”, recomendaba Spinoza. Nuestras convicciones más arraigadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestros límites, nuestros confines, nuestra prisión. Parca sería nuestra vida si no aleteara en ella, un afán formidable de ampliar sus fronteras. Se vive en la proporción, en que se ansía vivir más. Toda obstinación en mantenernos dentro de nuestro horizonte habitual, significa debilidad, decadencia de las energías vitales. El horizonte es también una línea biológica. Mientras gozamos de plenitud, el mismo emigra, se dilata, ondula elástico casi al compás de nuestra respiración. En cambio, cuando el horizonte se fija, es que se ha anquilosado. Y que nosotros, ahora sí, ingresamos en la vejez.
Pues eso, a seguir dilatando los horizontes.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Diciembre del 2016.


viernes, 30 de diciembre de 2016

CONSUMO, POSVERDAD Y HUMANIDADES

Los medios consagran la palabra “posverdad”, para señalar como una novedad lo que es tan viejo como la historia humana, “que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a las creencias personales”. Hay que presentar, parece obligado, como un atraso y una rareza, que la economía del deseo condicione los comportamientos. Y, sin embargo – se preguntaba hace una semana Ramoneda - ¿qué es sino, por ejemplo, lo que induce al consumo? Consumir es “Utilizar un producto para satisfacer una necesidad real o creada”. Pero también: “Desazonar, apurar, afligir”.
No es lo que se compra, sino la acción de consumir lo que importa. Por el camino dejamos la libido y queda sólo la pulsión. Se nos invita por tierra, mar y aire a una forma patológica del consumir. Y de pronto se descubre ¡vaya por dios! que unos votaron el Brexit y otros a Trump, porque hemos entrado en las posverdad. Pero si de posverdad pudiéramos hablar como novedad, no sería por la siempre presente economía del deseo, si no porque la mentira se ha hecho viral, como se dice ahora, y los mecanismos para desmontarla son impotentes.
Hoy en día nos preguntamos ¿para que sirven las humanidades? Pues precisamente para eso, para desmontar las mentiras virales. Para defender el sentido de la palabra, y para dar entidad a la complejidad de la experiencia humana. O sea, para salvar al ser humano de su reducción a estricto “homo economicus”; para salvar al ciudadano de ser despojado de su condición de tal, para encerrarle en su propio cuerpo como individuo aislado. Y la experiencia es precisamente, el lugar de referencia de las humanidades. La experiencia, al modo de Montaigne, como expresión de la profunda materialidad del hombre.
En esta sociedad acelerada en que vivimos, en la que el ritmo de las cosas está dominado por la dinámica sin freno del espacio virtual, más necesidad que nunca tenemos de las humanidades. Las humanidades son útiles, precisamente, para ofrecer otra perspectiva desde la que contemplar las cosas; para tomar distancia de los acontecimientos, y no convertir en novedad lo que no lo es; para salvarnos de papanatismo del último “gadget”; para proteger los espacios, tan queridos para algunos, del silencio y de la pausa; para mantener viva la desconfianza en las ideas recibidas y, especialmente, en las verdades incontestables; para no dejarnos colonizar la atención; y para repensar la vida. En clave camusiana: “Ser capaces, como Proust, de ver la realidad con otros ojos”. Y de reconocer – ahora en clave unamuniana – el sentido trágico de la vida, cuya negación es el germen de la barbarie. Las humanidades me aportan, creo, la dimensión irónica que me permite asumir con cierta serenidad – esta vez en clave orteguiana – la locura de las circunstancias de mi yo.
Josep Ramoneda
Escribía Savater que la posverdad es la antítesis contra la que siempre se ha luchado, no de ahora, sino desde el ágora socrática. Y para el que desee saber algo más de posverdad, populismos y demás no-verdades al uso, han salido este mes dos libros a mi parecer muy adecuados. Uno es “Estudios del malestar” en el que José Luis Pardo nos ofrece un análisis en profundidad, sobre la confusa metástasis política, tecnológica y social que, en estos tiempos, nos somete a trumpazos y bandazos sin cuento. Y la sustitución sentimental del racionalismo democrático, por el clamor de “las tripas”, como en mi juventud se decía, es el tema del otro libro: “La democracia sentimental” de Manuel Arias Maldonado, que no solamente argumenta con tino sobre todo esto, sino que además brinda abundantes pistas bibliográficas, para continuar indagando por nuestra cuenta.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Diciembre del 2016.

jueves, 22 de diciembre de 2016

EL PSOE, Y COMO LO ENTIENDO YO

Escribí ya hace unos días que actualmente, desde la dimisión de Pedro Sánchez, detecto en el PSOE demasiada pasión, rabia, resentimiento, posturas radicalmente enfrentadas y emociones desatas. Todo lo cual, a no tardar, nos pasará factura. Pues gane quien gane las primarias, no podrá gobernar un partido escindido en casi dos mitades. Para dirigirlo con un mínimo de solvencia, se necesitarán mucho diálogo, negociaciones y pactos. De manera que cuanto más abramos la brecha entre compañeros, mucho más costará cerrarla. Y si no logramos cerrarla, se producirá una escisión, y ambas partes se convertirán en irrelevantes para el futuro de España.
La potencia verdaderamente sustantiva que impulsa y nutre un partido político, es siempre un proyecto sugestivo de vida en común. No viven juntas las gentes sin más ni más y porque sí; esa cohesión “a priori”, sólo se da en el ámbito de la familia, y aun así. Los ciudadanos, grupos o sectores sociales que integran un partido, viven juntos “para algo”; son una comunidad de propósitos, de anhelos. No conviven por “estar juntos”, sino “para hacer” juntos algo.
A los pueblos que la rodeaban, Roma les sonaba a nombre de una gran empresa vital, donde todos podían colaborar; Roma era un proyecto de organización nacional o internacional, era una tradición jurídico-política superior, un tesoro de ideas recibidas de Grecia, que prestaban un brillo superior a la vida. Y el día que Roma dejó de ser ese proyecto de “cosas por hacer mañana”, el Imperio se desarticuló.
Fecisti patriam diversis gentibus unam,
Urbem fecisti quod prius orbis erat
(BlochL’Empire romain”)
En el PSOE recordamos y presumimos, con razón, nuestros 137 años de antigüedad. Pero no es el ayer, el pretérito, por muy grande que haya sido, lo decisivo para que un partido exista. Los partidos se forman y viven de tener un programa para el mañana. No sé si son muchos más que yo, los militantes que estos días se preguntan ¿para que vivimos juntos? Y lo hacemos a mí entender, porque “vivir es algo que se hace hacia delante”, es una actividad que va de este segundo mismo, al inmediato futuro. No basta, pues, para vivir, la resonancia del pasado, y mucho menos para convivir. Renan decía que una nación es un plebiscito cotidiano. Pues de la misma forma, en el secreto inefable de nuestros corazones, se produce todos los días, hace meses, un fatal sufragio que decide si el PSOE puede, de verdad, seguir siendo el partido que fue y debería seguir siéndolo.
Julian Besteiro
Los “drusos” del Líbano (conocí en persona a su gran líder Walid Jumblatt) son enemigos del proselitismo, por creer que el que es “drusita” ha de serlo desde toda la eternidad. Del mismo modo, me temo que hoy a muchos militantes socialistas, nos falta la cordial efusión del combatiente, y nos sobra la arisca soberbia del triunfante. No queremos luchar, queremos simplemente vencer. Y como las dos cosas a una no son posibles, preferimos vivir de ilusiones, y nos contentamos con proclamarnos vencedores en las redes sociales, o simplemente en nuestra imaginación. Pero como decimos en Mallorca: “No diguis blat fins que sigui al sac i ben lligat”. Quien desee que el PSOE entre en un periodo de consolidación, quien en serio ambicione la victoria, deberá pelear duro y contar con los demás, aunar fuerzas y, como Renan también decía: “excluir toda exclusión”. La insolidaridad actual que percibo en el interior del partido, produce un fenómeno muy característico en nuestra vida orgánica, que deberíamos todos meditar: cualquiera tiene fuerza para deshacer, pero nadie la tiene para hacer.
Debemos aceptar que el juego de la existencia, individual y colectiva, va a regirse ya por reglas distintas, y para ganar en él la partida, serán menester dotes y destrezas muy diferentes, de las que en el próximo pasado proporcionaban el triunfo. El sistema de valores que disciplinaba nuestra actividad en los ochenta, ha perdido, sino vigencia, al menos evidencia, fuerza de atracción, vigor imperativo.
Hannah Arendt
Tendremos que avalar un proyecto político muy en sintonía, con estos nuevos tiempos de la ciudadanía (tampoco es tan difícil, muchas de las propuestas del mismo, ya figuran en nuestro último programa electoral) huyendo, eso sí, de “posverdades” a la moda, y propuestas populistas, por ello irrealizables en la verdad de la dura realidad. Como advertía Julián Besteiro: “El ideal tiene que ser realidad. Y por ello nos obliga a poner todos los medios posibles para realizarlo. El ideal hay que sacarlo de la realidad. Y elaborarle para hacerle realizable. Idealismo y realismo, pero sin moldear aquél para adaptarle a las circunstancias.” Pero no es suficiente que el proyecto político, nos parezca verdadero por realizable. Es preciso que, además, suscite en nosotros y en los votantes, una fe plenaria y sin reserva alguna. Un proyecto político perfecto desde un punto de vista racional, pero que no nos incite a la acción, sería, a mi entender, incluso inmoral. “El ideal ético – decía Ortega – no puede contentarse con ser él correctísimo: es preciso que acierte a excitar nuestra impetuosidad”.
Y especialmente nos será imprescindible, elegir al líder adecuado, que nos ilusione, que nos provoque, que nos emocione, que lea bien la batalla y nos dirija en ella. Decía Hannah Arendt a propósito de esto: “Las ideas de que solamente aquellos que saben obedecer, están capacitados para mandar, o que solamente aquellos que saben como gobernarse a sí mismos, pueden gobernar legítimamente sobre los demás, hunden sus raíces en la relación entre la política y la filosofía”. Pero ese líder emotivo e ilusionante, capaz de obedecer y gobernarse a sí mismo, también deberá ser capaz de articular un amplio y hoy difícil consenso. Imposible dirigir un partido dividido internamente en grandes proporciones. ¿Cómo podría vencer al adversario exterior, un líder que se viera obligado a diario, a conquistar a su propio partido?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Diciembre del 2016.

lunes, 19 de diciembre de 2016

EL PSOE Y EL "RESSENTIMENT"

Actualmente, desde la dimisión de Pedro Sánchez, detecto en el PSOE demasiada pasión, rabia, resentimiento, posturas radicalmente enfrentadas y emociones desatas. Todo lo cual, a no tardar, nos pasará factura. Pues gane quien gane las primarias, no podrá gobernar un partido escindido en casi dos mitades. Para dirigirlo con un mínimo de solvencia, se necesitarán mucho diálogo, negociaciones y pactos. De manera que cuanto más abramos la brecha entre compañeros, mucho más costará cerrarla.
Pero se detecta, me parece, en algunos compañeros, un sentimiento que estimo aún más preocupante. Y me refiero al “ressentiment”, del que escribí hace tiempo en Facebook. Que no es exactamente lo mismo que el castellano “resentimiento”.
A Nietzsche debemos el descubrimiento del mecanismo, que funciona en la conciencia pública degenerada. El lo llamó “ressentiment”, quizá por no encontrar en su alemán natal, una palabra más específica para lo que quería referir. Cuando un hombre se siente a sí mismo inferior, por carecer de ciertas cualidades – inteligencia, o valor, o elegancia, o cultura, o experiencia universitaria, o capacidad de trabajo – procura indirectamente afirmarse ante su propia vista, negando la excelencia de esas cualidades. Y como indicó un analista de Nietzsche, cuyo nombre ahora no recuerdo, no se trata del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor, la madurez en el fruto, y se contenta con negar esa estimable condición de las uvas demasiado altas. El infectado de “ressentiment” va más allá: odia la madurez, y prefiere lo inmaduro. Es la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una “capitis disminutio”, y en su lugar triunfa lo inferior.
Me temo que la grave crisis económica, y los sufrimientos que de ella se devengan, están construyendo un mundo lleno de gentes que no se estiman a sí mismas, y casi siempre con razón. Quisieran los tales – escribía Ortega en “Confesiones de “El Espectador” – que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta; ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que tarda en realizarse, esta irrealizable nivelación, es una cruel jornada para estas criaturas “resentidas”, que se saben fatalmente condenadas, a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie.
Nietzsche
En los momentos en que estas personas se quedan solas, le llegan de su propio corazón, bocanadas de desdén para sí mismas. Intuyen con precisión, que será inútil que por medio de artimañas de poco calado, consigan papeles vistosos en la sociedad. Y si consiguen un aparente triunfo social o político, el mismo envenena aún más su interior, revelándoles el desequilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada de derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos, como falsificadores de sí mismos, como monederos falsos, donde la moneda defraudada es la persona misma defraudadora.
Este estado de espíritu, empapado de ácidos corrosivos, se manifiesta tanto más en aquello oficios, donde la ficción de las cualidades ausentes es menos posible. ¿Hay nada tan triste – añadía Ortega – como un escritor, un profesor o un político sin talento, sin finura sensitiva, sin prócer carácter? ¿Cómo han de mirar esos hombres, mordidos por el íntimo fracaso, a cuanto cruza ante ellos irradiando perfección y sana estima de sí mismos?
Periodistas, analistas, tertulianos, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dijo Quevedo, es tan flaca y amarilla porque muerde y no come.
¡Así que, al tanto!

Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Noviembre del 2016.

martes, 13 de diciembre de 2016

RELACIÓN ENTRE POLÍTICA Y FILOSOFÍA

Me referí el otro día en mi Blog (“El miedo es antipolítico”) apoyado en unas reflexiones de Hannah Arendt, a las relaciones entre la Política y la Filosofía, y me preguntaba si Donald Trump debería saber algo de eso (https://senator42.blogspot.com.es/2016/11/el-miedo-es-antipolitico.html) Pues bien, algunos amigos me han reclamado que explicara eso con más detalle. Es imposible explicar todo lo que los filósofos y políticos han escrito sobre ello, desde los griegos hasta los más actuales, Raymond Aron, la propia Arendt y Jürgen Habermas entre mis favoritos. Pero veamos si soy capaz de resumir algo de forma inteligible.
Para Sócrates el hombre no era todavía un “animal racional”, sino un ser pensante, cuyo pensamiento se manifestaba en la forma del discurso. Y la identidad de discurso y pensamiento, que juntos forman el “logos”, es quizá una de las características sobresalientes de la cultura griega. Lo que Sócrates añadió a esta identidad, fue el diálogo del “yo” consigo mismo, como condición primaria del pensamiento. La relevancia política del pensamiento de Sócrates, consiste en la afirmación de que la “soledad”, que antes y después de él, era considerada la prerrogativa y el “habitus” profesional del filósofo en exclusiva, y que era naturalmente sospechosa para la “polis” de ser antipolítica, es, por el contrario, la condición necesaria para el buen funcionamiento de aquella, la “polis”, una mejor garantía que las reglas de comportamiento, forzadas por las leyes y el miedo al castigo. Platón, coherente con el núcleo de su filosofía, se opuso con la afirmación de que la medida de todas las cosas es un “theos”, un dios, lo divino. A lo que Aristóteles respondió: “La medida para todos es la virtud y el hombre bueno”.
Sócrates
Es compresible que unas enseñanzas tales estuvieran, y siempre estarán, en cierto conflicto con la “polis”, que debe exigir respeto a las leyes, con independencia de la conciencia personal. Para mi generación y la anterior, que hemos pasado por la experiencia de la organización totalitaria de las masas, resulta nítido que si no se garantiza una mínima posibilidad de “estar a solas con uno mismo”, serán abolidas todas las formas seculares de conciencia.
Sócrates también entró en conflicto con la “polis”, de otro modo menos obvio. La búsqueda de la verdad en la “doxa” (concepto que, de modo distinto al nuestro de “opinión”, posee una fuerte connotación sensorial) parece conducir al resultado catastrófico de que la misma, la “doxa”, sea destruida por completo. La verdad puede acabar con la “doxa”, puede destruir la verdad específicamente política de los ciudadanos. Todas las opiniones son erradicadas, pero no se aporta ninguna verdad en su lugar. El abismo entre la verdad y la opinión, que a partir de aquel momento, iba a separar al filósofo de todos los demás hombres, estaba ya apuntado o presagiado.
Para decirlo de otra manera, el conflicto entre la filosofía y la política, estalló no porque Sócrates hubiera deseado desempeñar un papel político, sino porque quiso convertir la filosofía en algo relevante para la “polis”. El conflicto terminó con la derrota de la filosofía: sólo a través de la conocida “apolitia”, la indiferencia y el desprecio por el mundo de la ciudad, tan característico de toda la filosofía posplatónica, pudo el filósofo protegerse de las sospechas y las hostilidades del mundo que le rodeaba. Lo único que los filósofos desearon desde entonces, con respecto a la política, fue que les dejase en paz. Pero el filósofo, aunque percibe algo que es más que humano, que es divino, sigue siendo un hombre, de modo que el conflicto entre la filosofía y los asuntos de los hombres es, en último término, un conflicto dentro del propio filósofo.
El porqué los filósofos no son capaces de saber qué es bueno para ellos mismos – están alienados respecto de los asuntos humanos – se capta en la metáfora de la caverna de Platón: ya no pueden ver en la oscuridad de la cueva, han perdido su sentido de la orientación, han perdido lo que nosotros llamaríamos su “sentido común” (releer a G. E. Moore). Uno de los aspectos para mí más desconcertantes de la alegoría platónica, es que las dos palabras políticamente más significativas que designan la actividad humana, el discurso y la acción – “lexis” y “praxis” – estén ausentes en toda esa historia.
Platón
El “thaumadzein”, el asombro ante aquello que es tal como es, según Platón un “pathos”, algo que se soporta y, como tal, bastante diferente del “doxadzein”, del formar una opinión sobre algo; la idea de que este asombro mudo, es el comienzo de la filosofía, se convirtió en un axioma, tanto para Platón como para Aristóteles: la verdad última está más allá de las palabras. Este asombro ante todo lo que es tal y como es, nunca se relaciona con una cosa particular y, por consiguiente, Kierkegaard lo interpretó como la experiencia de la no-cosa, de la nada. Y la generalidad específica de las afirmaciones filosóficas, que las distingue de las afirmaciones científicas, surge de esta experiencia. El filósofo, que es un experto en asombros, en hacerse esas preguntas, que surgen cuando nos sentimos maravillados ante algo – cuando Nietzsche dice que el filósofo, es el hombre al cual le pasan continuamente cosas extraordinarias, está aludiendo al mismo asunto – se encuentra en un doble conflicto con la “polis”. Puesto que su experiencia más profunda carece de palabras, se ha situado fuera del terreno político, en el cual la facultad más elevada del hombre es, precisamente, la del discurso, que es el que hace al hombre un “ser político”.
Con todo, incluso más grave en sus consecuencias, es el otro conflicto que amenaza la vida del filósofo. Puesto que el “pathos” del asombro no es ajeno a los hombres, sino que, al contrario, es una de las características más generales de la condición humana, y puesto que el modo de salir de él, es formar opiniones allí donde no son de recibo, el filósofo entrará en conflicto, inevitablemente, con dichas opiniones, que él encuentra intolerables. Él es el único que no sabe, el único que no tiene una “doxa” distintiva y definida, para competir con las demás opiniones, sobre cuya verdad o falsedad, desea decidir el sentido común. Si el filósofo comienza a hablar en este mundo del sentido común, al cual pertenecen también nuestros prejuicios y juicios comúnmente aceptados, siempre estará tentado de hablar en términos sin sentido o – por usar la frase de Hegel – a poner el sentido común “cabeza abajo”.
Para el filósofo, la política – cuando no consideraba este espacio en su totalidad, como algo inferior a la dignidad – devino el campo en el cual se atienden, las necesidades elementales de la vida humana y, así, se la juzgó en buena medida, como un negocio sin ética, no sólo por parte de los filósofos, sino también por muchos otros en siglos posteriores, cuando ya las conclusiones filosóficas, formuladas originalmente por oposición al sentido común, habían sido finalmente absorbidas por la opinión pública de los instruidos. Se identificó la política con el gobierno o el dominio (que no son lo mismo) y ambos fueron considerados como un reflejo de la debilidad de la naturaleza humana.
Sin embargo, mientras que el inhumano estado ideal de Platón nunca se hizo realidad, y la utilidad de la filosofía tuvo que ser defendida a lo largo de los siglos – pues en la acción política real, demostró ser completamente inútil – la filosofía cumplió un insigne servicio para el hombre occidental. Dado que Platón deformó, en cierto sentido, la filosofía con propósitos políticos, ésta continuo aportando criterios y reglas, patrones y medidas, con los cuales la mente humana, pudiese intentar al menos comprender lo que estaba pasando en el terreno de los asuntos humanos. Es esta utilidad para la comprensión, la que se agotó con la llegada de la era moderna. En Hobbes encontramos por primera vez, una filosofía que no tiene ninguna utilidad para la filosofía, sino que pretende desarrollarse, a partir de aquello que el sentido común da por sentado. Y Marx, el último filósofo político de Occidente, y el último que se mantiene aún en la tradición iniciada por Platón, intentó poner la filosofía “cabeza abajo”, junto con sus categorías fundamentales y su jerarquía de valores. Con dicha inversión, la tradición había llegado a su fin.
El comentario de Tocqueville de que “en la medida en que el pasado, ha dejado de arrojar luz sobre el futuro, la mente del hombre vaga en la oscuridad”, fue escrito a raíz de una situación, en la cual las categorías filosóficas del pasado, ya no bastaban para comprender. Estos días, quizá más que nunca, vivimos en un mundo en el que ni siquiera el sentido común, conserva algún sentido. La quiebra del sentido común en el mundo presente, señala que la filosofía y la política, a pesar de su viejo conflicto, han sufrido el mismo destino. Y ello significa que el problema de la filosofía y la política, o de la necesidad de una nueva filosofía política, de la cual pudiese surgir una nueva ciencia de la política, se halla una vez más en el orden del día.
Si los filósofos, a pesar de su necesario extrañamiento respecto de la vida diaria de los asuntos humanos, llegasen alguna vez a una verdadera filosofía política, tendrían que hacer de la pluralidad del hombre, de la cual surge todo el espacio de los asuntos humanos – en su grandeza y en su miseria – el objeto de su “thaumadzein”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 2 de Diciembre del 2016.



jueves, 8 de diciembre de 2016

LAS ÉLITES Y LA "POSVERDAD"

Hace ya unas semanas se celebraron primarias en el Partido Republicano francés, para elegir a su candidato a Presidente de la República. Todos los que optaron al mismo, con excepción de uno, se presentaban como “anti-sistema”. El veterano Alain Juppé, fue el único que mantuvo la decencia, de no entrar en esa vergonzosa subasta por el electorado populista de Marine Le Pen ¿y así le fue? Un ejemplo más – escribe Ramoneda – de esa patética deriva de la política, a la que algunos califican de “posverdad”. Y de cuyo novedoso vocablo, escribí no hace mucho en mi Blog: https://senator42.blogspot.com.es/2016/11/hoy-todo-es-pos.html
Que los hechos objetivos, son menos influyentes en la opinión pública, que las opiniones y las creencias personales”, tampoco me parece tan novedoso, aunque hoy lo denominemos “posverdad”. Las emociones y las creencias personales, han venido teniendo una importancia crucial en política, desde los inicios de la historia. Sólo de este modo se explica el “pathos” revolucionario o nacionalista, desde hace tanto tiempo presente en nuestras sociedades. Lo novedoso hoy, no es la fuerza de las emociones y las creencias, sino la incapacidad de la política para detectarlas. La “posverdad” estaría en las mentiras de los que intentan atraer a los votantes, presentándose como lo que no son, y prometiendo lo que no creen. Y lo grave es que la ciudadanía los tomé en serio. El PP y Trump, son dos grandes ejemplos de ello.
Este ¿comprensible? furor anti-sistema, proviene más bien, me parece, del hecho que la llamada “globalización”, reparte muy injustamente los costes y beneficios, y amenaza directamente la cohesión social. Como ha dicho Bruno Latour, es urgente abrir un camino entre la utopía globalizadora y la del regreso al pasado. Esta maniquea reducción del debate político, pone, sí, en evidencia, el fracaso de la izquierda, y la necesidad de su imperiosa renovación y puesta al día, para detener ese camino, hoy aparentemente imparable, hacia el autoritarismo liberal y posdemocrático.
Pongamos atención, ya lo he escrito antes, al hecho de que Trump ha ganado con el voto republicano de siempre. O sea que no parece que su apoyo electoral, haya expresado – decía Máriam Martínez Bascuñán – una confrontación del “buen pueblo”, frente a las aristocracias políticas, sino un problema dentro de estas mismas. Que no hay política sin élites políticas, ya nos lo explicó hace mucho tiempo Pareto. Lo que está fallando, opino, es el mecanismo de selección o circulación de dichas élites. Recordemos que los dirigentes republicanos, no querían a Trump, pero éste les derrotó con el apoyo de las “bases”.
A las élites les está perdiendo su soberbia, el pensar que pueden seguir haciendo política como siempre, como si nada hubiera ocurrido, como si bastara con el control de los medios tradicionales de opinión, para seguir mandando. Pero estos han dejado de conformar la opinión pública, y la autoridad en la interpretación informativa, al menos en gran parte. Para bien o para mal, ahora las comparten con las redes sociales y los medios digitales, aparentemente más capaces de detectar las nuevas sensibilidades, e incorporar la espontaneidad social. Las élites están viviendo ajenas a un mundo en plena transformación, pero tampoco es recurso válido, el regreso a arcaicas soluciones, a utopías regresivas.
Estamos ante nuevas reglas y prácticas, a las que el “establishment” político de hoy no sabe dar respuesta. Triunfarán los que sepan “leer bien la batalla”, hacer la lectura adecuada del tiempo en que vivimos. Y ofrezcan un liderazgo renovado, para abordar los problemas del presente y del futuro. No aquellos que siguen conduciendo – apostilla Máriam – con el espejo retrovisor, o se limitan a hacer de correa de transmisión de otras élites, quizá también ya arcaicas, pero aún más poderosas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 22 de Noviembre del 2016.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

EL COMANDANTE Y LA HISTORIA

Con motivo del fallecimiento de Fidel Castro, he leído estos días muchas reflexiones y juicios sobre él. Y muy escasos han sido, a mi entender, los que han mantenido una cierta racionalidad, en lo que debería ser el análisis histórico riguroso.
En 1959 yo tenía 16 años. En España vivíamos oprimidos por una casposa dictadura, que no sabíamos como quitárnosla de encima. Y Cuba era un casino-burdel, mantenido por la dictadura de Batista, para solaz de los ricos estadounidense. Y sí, fuimos muchos los jóvenes demócratas, que sentimos una tremenda emoción, cuando el 1 de Enero, Fidel y sus “barbudos” entraron el La Habana. Colgué como tantos otros, la famosa foto del Che en mi habitación, y ahí la mantuve durante muchos años. Con el tiempo, como otros tantos, aquel sueño se fue al garete. Como casi siempre en la historia, aquella hermosa revolución devino en una atragantante burocracia dictatorial. Se avanzó mucho en servicios sociales, educación, medicina… etc. Pero los derechos humanos, la libertad y el bienestar del pueblo, dejaron mucho que desear. Así que cuando hoy juzgamos al Comandante que acaba de morir ¿a quien juzgamos y en que contexto histórico? ¿al Fidel de 1959 o al de ayer?
Se ha dicho y escrito muchas veces, que no se puede juzgar a toro pasado, sino que hace falta meterse de lleno en la época, en la que se han producido los hechos que pretendemos reconstruir y comprender, en la mentalidad, en los sentimientos, valores, costumbres y convicciones de esa época en cuestión. Ni siquiera el juicio moral, puede prescindir del contexto histórico, de la civilización y del periodo, en el que han tenido lugar los acontecimientos que se valoran: la esclavitud existente en la antigüedad clásica – ha escrito Galli della Loggia – no puede ser acreedora por nuestra parte, del mismo juicio moral que deberíamos emitir, acerca de una esclavitud que se pusiera en práctica hoy en día.
Existen, me parece, dos pecados mortales para cualquier historiador: juzgar anacrónicamente el pasado con categoría actuales, y emitir, acerca de comportamientos del pasado, juicios morales nacidos de la mentalidad de hoy. No sería correcto, por consiguiente, tildar de “injusta” cualquier ley del pasado. Se trataría de una cosa reprobable, sí, pero reprobable hoy, desde nuestras categorías de corrección política, de “bienpensantismo” ideológico.
Parece obvio, como bien advertía Benedetto Croce, que los historiadores no podemos ser moralistas, y que la historia no puede ser un tribunal, como sucede con frecuencia en debates historiográficos, que se convierten más bien en procesos penales, o en instrumentalizaciones de acontecimientos pasados, para uso de la política del presente. Como escribe Claudio Magris, citando al gran historiador de la escuela de Turín, Franco Venturi, la historia no es un tribunal penal ni moral, sino el intento de comprender cómo y por qué vivieron los hombres, para lo cual es menester, meterse de lleno en la época en la que sucedieron los hechos que se estudian, y comprender la mentalidad de ese tiempo.
Meterse de lleno en la época en la que han tenido lugar los hechos y las potenciales fechorías, como deberíamos hacer todos los historiadores que nos preciemos de serlo, significa reconstruir las posibilidades concretas que, en aquella época y en aquel contexto, se les presentaban a los individuos, a las fuerzas políticas, a las iglesias… Sólo de ese modo se pueden entender, cuales eran los espacios concretos que se ofrecían a la libertad humana.
Solo las iglesias, las religiones, algunos partidos políticos y las filosofías de los esencialismos, afirman valores absolutos. Para todos ellos, la verdad no está históricamente condicionada, ni es históricamente relativa, sino inmutable; no es hija de su tiempo, sino como dicen: “Mater temporis” (madre del tiempo).
Pues ¡atentos los moralistas de sacristía!

Palma. Ca’n Pastilla a 29 de Noviembre del 2016.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

EL MIEDO ES ANTIPOLÍTICO

Siguiendo con el inesperado triunfo de Trump y su mayoría conservadora, crecida en un ángulo ciego para la mayoría de analistas. Pero si algo nos ha enseñado la historia a algunos, es que, al final, no sale a cuenta alcanzar el poder (eso vale también para el PSOE) dañando la democracia.
Si los norteamericanos van a ser gobernados por el populismo, atención, significa que todos estamos expuestos a ello. El panorama de Occidente en la próxima década, desdichadamente, está expuesto a que se repita el fenómeno populista por doquier. Al menos aparentemente hoy, es como si la Modernidad hubiera colapsado universalmente.
La democracia liberal y el mercado libre, han perdido su capacidad de ilusionar. Esta pérdida ha generado un “proletariado emocional” de humillados, ofendidos e indignados con las estructuras institucionales, que clama venganza contra ellas. La emoción desnuda, triunfa en las urnas sobre la razón. ¿Qué podemos hacer? Confiar en que sobreviviremos al populismo – ha escrito José María Lassalle – y trabajar por devolver a la Modernidad política su prestigio. La democracia es una idea demasiado luminosa, como para verla definitivamente oscurecida, por la sombra populista.
Sobre la victoria de Trump se ha repetido, que ha sido una rebelión de la gente sencilla, contra las élites establecidas. Como si los negros, los latinos, y tantos otros millones de toda raza, condición y extracción social, hasta sumar los 60 millones que votaron por Clinton, fueran el “establishment”. Entre los votantes de Trump, parece que ha habido unos 25 millones de mujeres, gentes con estudios, latinos y negros. Claro que podemos despachar – ha escrito Torreblanca – a muchos de los votantes de Trump – como “alienados”, es decir y en terminología clásica marxista, aquellos que desconocen su verdadera clase social, y votan en contra de sus intereses. Muy fácil, y que a gusto nos quedamos. Por el contrario es rigurosamente cierto, que si alguien representa a la élite, ese es Trump, un millonario de la lista Forbes, que nunca ha pagado impuestos. Pero al final su número de votos, es casi el mismo que el de sus antecesores republicanos, Romney y McCain.
Leí hace ya algún tiempo “¡No pienses en un elefante!”, en el que su autor George Lakoff, señalaba que los votantes se sienten más motivados con la “identidad moral y los valores”, que con cualquier otra cosa, incluso si eso les supone votar en contra de sus propios intereses económicos. Mientras que los progresistas, al contrario, piensan que gritar los datos o las cifras, convencería de algún modo a la gente. Los humanos, para bien o para mal, somos seres emocionales. Queremos historias conmovedoras. El tono de Clinton – ha dicho alguien – era el de una persona intentado convertirse en director ejecutivo de un banco. Necesitamos proyectar una visión, un nuevo relato, conmovedor. Porque ahora ya sabemos – le experiencia del PSOE y Pedro Sánchez nos los corrobora – que decir los datos y esperar lo mejor, no mitigará a la derecha, ni construirá una alianza progresista.
Trump no es un antisistema, ha escrito Ramoneda. Trump ha jugado a antisistema, para atraer a todos los que se sentían desamparados. Y meterlos en vereda. Trump abre la vía autoritaria, como respuesta a las fracturas abiertas por un capitalismo en fase depredadora. Los que queremos defender una sociedad abierta y democrática, tenemos que asumir que estamos en un cambio de tiempo, en el que cosas que parecían imposibles, ya no lo son. Y actuar en consecuencia.
Escribía Raymond Aron en “L’Opium de les itellectuels”, que la fuerza de atracción de los partidos que se tienen por totalitarios (o populistas, añadiríamos hoy) se afirma, o puede afirmarse, cada vez que una coyuntura grave deja al descubierto, una desproporción entre la capacidad de los regímenes representativos, y las necesidades de gobierno de las sociedades industriales de masas. La tentación de sacrificar las libertades políticas, al vigor de la acción, no murió con Hitler y Mussolini. Y recordemos que el gran Tocqueville había mostrado, con insuperable claridad, a que conduciría el impulso irresistible de la democracia, si las instituciones representativas fueran arrastradas, por la impaciencia de las masas, si el sentido de la libertad – aristócrata de origen, sí – llegara a marchitarse.
La capacidad de ver el mundo desde el punto de vista del otro, es el tipo de conocimiento político por excelencia. Si quisiéramos en términos tradicionales, definir la virtud prominente del hombre de Estado, podríamos afirmar que consiste en comprender el mayor número posible, y la mayor variedad de realidades – no de puntos de vista subjetivos – tal y como dichas realidades, se muestran en las diversas opiniones de los ciudadanos; y, al mismo tiempo, en ser capaz de establecer una comunicación entre los ciudadanos y sus opiniones, de tal modo que lo común de este mundo se haga evidente. Todas nuestras afirmaciones actuales, acerca de que solamente aquellos que saben obedecer – escribía Hannah Arendt – están capacitados para mandar, o que solamente aquellos que saben como gobernarse a sí mismos, pueden gobernar legítimamente sobre los demás, hunden sus raíces en la relación entre la política y la filosofía. ¿Sabrá algo Trump de esta profunda relación?
El miedo no es, hablando propiamente – repetía Arendt – un principio de acción, sino un principio antipolítico, dentro del mundo común. El miedo surge de esta impotencia general, y de este miedo provienen, tanto la voluntad del tirano por someter a todos los demás, como la predisposición de sus súbditos a soportar la dominación. Si la virtud es el amor por la igualdad en el reparto del poder, entonce el miedo es la voluntad de poder surgida de la impotencia, la voluntad de dominar, como alternativa a ser dominado. El miedo y la desconfianza mutua, hacen imposible “actuar en concierto”, según la expresión de Burke. La tiranías están condenadas al desastre, porque destruyen el “estar juntos” de los hombres. Al aislarlos entre sí, buscan destruir la pluralidad humana. Las tiranías se basan en la experiencia fundamental, en la cual estoy absolutamente solo, que es la de estar indefenso (tal y como definió Epicteto en una ocasión la soledad) incapaz de recabar la ayuda de mis congéneres.
Barak Obama dijo no hace mucho: “El poder revela”, es decir, muestra a la luz pública, la auténtica personalidad de los gobernantes.
Pues eso ¡atentos!

Palma. Ca’n Pastilla a 19 de Noviembre del 2016.



lunes, 21 de noviembre de 2016

QUERIDA LUCY

Siempre he tenido a mano la docena de mis libros favoritos, y algunos textos que releo con frecuencia, para tener siempre presente su contenido. Uno de esos textos, es este:
El 1 de Septiembre de 1902, Bertrand Russell escribía estas letras a Lucy Martin Donnelly:
<Para la mayoría de la gente, la familia posee un grado de realidad, superior al de no importa que ulterior relación, comprendidas las del esposo y/o la esposa.  Lo puede observar en Carlyle: sus padres en Annandale, estuvieron presentes para él, como jamás lo estuvo su esposa hasta que murió… Las personas asociadas a nuestra infancia, tienen una presencia superior a la que pudieran pretender, aquellos que conocemos más tarde (los primeros viven siempre en nuestro pasado instintivo)…
No, no he leído a los Isabelinos desde mi primer año en la universidad: según mis recuerdos, su principal mérito residía en la riqueza y esplendor de su verbo. No demande a los antiguos dramaturgos, un Evangelio capaz de regenerarnos: su mundo es decididamente, demasiado irreal. “Bien sûre”, vuestra propia vida es una vida “de papier”, como usted misma dice, una vida en la que la experiencia viene adquirida por el intermediario de los libros. Para remediar esto, más libros no es una buena solución. El único remedio es la vida real, pero no es un remedio fácil. Por “vida real”, entiendo una vida hecha de cierta forma de intimidad con otros seres humanos (la vida pasional de Hodder, no tiene ninguna especie de realidad). O, si usted lo prefiere, la vida real significa la experiencia, que uno adquiere por si mismo, de las emociones que constituyen la materia de la religión y la poesía. La vía para llegar a ella, es la misma que la aconsejada al hombre que quería fundar una nueva religión: Muera en la cruz y resucite al tercer día.
Si usted se siente preparada para estas dos pruebas, no lo dude: láncese a la vida real. Pero en el mundo moderno, la cruz es generalmente la que uno se inflige a sí mismo, deliberadamente; y la resurrección, con la perspectiva de nuevas crucifixiones, exige un considerable esfuerzo de voluntad. Me parece que sus dificultades, provienen del hecho de que en su mundo, usted no tiene interlocutores reales. Los jóvenes no son nunca reales; los solteros lo son raramente. Además, si me permite remarcarlo, la calidad de las emociones en América, me parece más frívola, más superficial, más pusilánime que en Europa; se constata allí una banalidad de sentimientos, que hace que las personas reales sean muy escasas…

En suma, la vida real no consiste, como Hodder querría haceros creer, en aventuras con los hombres casados. Si busca experiencias raras, algo de renunciamiento, o de cumplimiento del deber, os procurará sensaciones infinitamente más singulares, que las más bellas, las más libres pasiones del mundo. Por lo demás, una vida rodeada de libros, procura un alto grado de calma y serenidad. Es exacto que se acaba teniendo hambre de algo más inmaterial; pero se ahorra uno el remordimiento, el horror, la tortura y el veneno enloquecedor de la pesadumbre. Por mi parte, yo me construyo un refugio, donde lo más profundo de mi mismo, pueda habitar en paz, mientras un simulacro de mi persona afronta el mundo exterior.

Ayer, como hablaba en descampado, los espectros de mi pasado surgieron y desfilaron ante mí en procesión – tantos muertos, con sus esperanzas y sus temores, sus alegrías y sus penas, y las aspiraciones de su juventud dorada – todo perdido, desvanecido en los limbos inmensos de la humana locura. Y mientras hablaba, tenía la impresión que yo mismo y los otros, desaparecíamos ya en el pasado, y que nada tenía ya importancia: luchas, sufrimientos… todas las cosas, pura fatuidad, ruidos y furor, sin ningún sentido. “Et voilàcomo se alcanza la serenidad, como los rayos del Destino, se reducen a simples cuentos de niñeras, relatados para asustar a los chavales…
He releído, por otra parte, el más exquisito de todos los pequeños relatos históricos, “Le collier de diamants” de Carlyle. Es el único autor que ha sabido dar a la Historia, su legítima plaza en las Bellas Artes>.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Noviembre del 2016.

jueves, 17 de noviembre de 2016

HOY TODO ES "POS"

Subí hace un par de días a Facebook, estas palabras de Giovanni Sartori:
<Cuando nuestras mentes se simplifican, mientras el mundo se hace más complejo, aparece el hombre pospensamiento, fortalecido en su sentido del ver, atrapado ante la comunicación perenne, balbuceante ante cualquier alternativa racional>.
Y hoy me desayuno con la noticia de que el Diccionario Oxford, ha incluido un neologismo como palabra del año. Se trata de la “post-truth” o posverdad. Un término algo ambiguo, cuyo significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos, influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.
Rubén Amón escribe que el “Brexit” o la victoria de Trump, serían dos “posverdades”, en la medida en que una y otra noticia, han sobrepasado cualquier expectativa ortodoxa o racional, reflejando por añadidura la miopía de la clase política en sus iniciativas plebiscitarias, o el escaso predicamento de los medios informativos convencionales, en sus esfuerzos de sensatez editorial.
Que duda cabe que es “verdad” que Trump ha ganado las elecciones. Pero es también una “posverdad” o “metaverdad”, porque no se hubiera producido sin las variables de la emoción, de la creencia, o de la superstición.

Se vota tanto más hoy con las vísceras y el instinto, que con la razón o la lógica, de tal forma que, el mencionado diccionario, ha considerado necesario acuñar un nuevo término a medida. El neologismo parece provenir de un editorial en “The Economist” que insinuó el desenlace de las elecciones americanas, a propósito de la emoción. “Donald Trump es el máximo exponente de la política “pos-verdad”, una confianza en afirmaciones que se “sienten verdad”, pero no se apoyan en la realidad”. El uso regular del término, proviene de un libro que el sociólogo norteamericano Ralph Keyes, publicó en 2004: “Post-truth”. Como sigue explicando Amón, se refería a las apelaciones a la emoción, y a las prolongaciones sentimentales de la realidad, si bien fue un colega y compatriota suyo, Eric Alterman, quien revisitó la idea en términos políticos, tomando como ejemplo la manipulación llevada a efecto por la Administración Bush, a raíz del 11-S, confirmando como una sociedad en situación de psicosis, iba a resultar mucho más sensible a la inoculación de “posverdades”.
La “posverdad”, por tanto, puede ser una mentira asumida como verdad, o incluso una mentira asumida como tal, como mentira, pero reforzada como creencia, o como hecho compartido en una sociedad. Pero la diferencia, ahora, consiste en que el Diccionario Oxford, no sitúa la “posverdad” como un arma a disposición de la clase política dominante, sino como un poderosísimo y descontrolado recurso de los súbditos. Trump y el “Brexit” serían expresiones inequívocas, de rebelión ante el sentido común.
Así que ¡al loro!

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Noviembre del 2016.