Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

lunes, 14 de agosto de 2017

VUELVE ORTEGA

La editorial Taurus, acaba de relanzar la versión corregida, de los cinco primeros volúmenes, de las “Obras completas” de D. José Ortega y Gasset. Y en septiembre se publicarán los cinco tomos restantes, y la versión digital de los 10 volúmenes.
Cuando en 1963 llegué a la Complutense para estudiar Económicas, ningún profesor, ni de refilón, nos habló de Ortega. La doctrina “oficial” en aquel entonces, era que había sido un agudo estilista, incapaz de construir un verdadero sistema metafísico, algo que por supuesto sí, eran capaces de hacer los que le dirigían ese reproche. Hoy nadie se acuerda de sus nombres. Tampoco hablábamos de él entre los estudiantes, porque su única etiqueta ideológica era el liberalismo, que por entonces se consideraba un crimen peor que el totalitarismo; y porque andábamos liados a todas horas con Sartre, Althusser, Levi-Strauss, Barthes… cuyo “compromiso” pensábamos conocer a la perfección. Para gente de mi generación del 68, la cultura y la teoría francesa, aún dominaban nuestra información y nuestro imaginario.
El 20 de Octubre de 1962, por indicación de mi padre, me había comprado “La rebelión de las masas”, y me lo había leído en los meses siguientes, sin llegar a comprender muy bien de que iban todas aquellas páginas. Aquella contraposición de las minorías selectas a las masas, nos sonaba terriblemente inoportuna. Sometidos durante cuarenta años a una “minoría selecta” de chusqueros y casposos desaprensivos, no queríamos ni oír hablar de unas élites, que nos llevaran por el buen camino. Y cuando los antiorteguianos liberaron a Ortega (nos recuerda José Luis Pardo) los orteguianos decidieron mantenerlo hibernado, como patriarca de una mitificada y ucrónica “edad de plata”. Empeñados en demostrar hasta el ridículo, que había sido más original que Sartre, Heidegger y Bergson juntos; que en realidad era feminista, autonomista, federalista y hasta algo marxista, inspirador secreto de la Transición y, desde luego, un demócrata incombustible, como si no fuera propio de buenos demócratas, dudar a veces de la República misma, especialmente en los tiempos que a él le tocaron vivir, en los que la democracia estaba plena de pistoleros y salvapatrias. Recuerdo muy bien como todavía allá por los años noventa, muchos jóvenes de mi edad, se habían acostumbrado a ver en Ortega, sólo el anacronismo en que la habían convertido, quienes intentaron salvarle de sus incorrecciones políticas.
Obras completas de Ortega, en mi biblioteca
Pero, pese a todo, Ortega ha seguido siendo la envidia de todo intelectual español. Incluso cuando Gregorio Morán abrió la veda, con su “El maestro en el erial”- escribe Pardo – su perfil seguía sobresaliendo, entre el enjambre de unos seguidores reducidos a la mediocridad, por su enorme sombra. Y para remate, después que los antiorteguianos y los orteguianos obstaculizasen su lectura, llegó el turno a los llamados “orteguescos”, aquellos que quieren ser el Ortega de nuestros días, tomando todo lo bueno del maestro y desechando lo malo.
En mi modesta opinión – y esto es lo que he intentado hacer desde hace ya años – lo único que puede liberar a Ortega, del peligro que para él han supuesto sus detractores, sus defensores y sus émulos, es la lectura desprejuiciada y libre de su pensamiento, que lo saque del formol y lo abra a la crítica y la normalización de la discusión, sobre una obra que a mi entender merece muy la pena, seguir teniendo en consideración.
Como escribe Jordi Gracia (autor de una gran biografía de Ortega) no llegaremos ha decir que Ortega hubiera sido hoy un tuitero compulsivo, pero la proliferación de sus aforismos con chispa e intención, podrían tenerlo como aficionado decoroso a ese medio guerrillero. Ortega fue en casi todo pionero y prematuro, precozmente imbuido por un optimismo vitalista de genética nietzscheana. Tenía razón, pero era prematuro. Y no basta tener razón, hay que tenerla en el momento debido. Eso desencadenó su mal más íntimo: el rencor contra quienes ni entendían, ni parecían querer entender, por donde debían ir los derroteros de la modernidad europeísta. Y de ahí nace uno de los libros que más perniciosos le fue, incluso en el propio título, “España invertebrada”, montado sobre prejuicios ¡ah con los prejuicios! y, sobre todo, sobre pasiones políticas excesivamente recientes.
Ortega creo modestamente, vibra especialmente como ensayista compulsivo, hostigado siempre por un alemán entonces aún desconocido: Heidegger, que habría de amargarle desde 1927, los dulces frutos de su filosofía de la razón vital. Y en su maravillosa “La rebelión de las masas”, ya en 1930, a las puertas de la euforia y el inmediato desengaño de la Segunda República. Obra que constituye el más contundente dicterio, contra la destrucción de las democracias liberales, a manos de las masas totalitarias rampantes, desde Italia, Alemania y la Unión Soviética.
Ha escrito Fernando Savater, que Ortega es un autor discutible. Y lo dice como un mérito, porque en filosofía los autores indiscutibles, es decir, aquellos que hay que aceptar o rechazar tal como vienen, porque no admiten la tarea de la argumentación racional (como Heidegger por ejemplo) suelen servir para poco o para demasiado. Ortega además es un semillero de ideas. Tanto si le seguimos como no, siempre abre trocha, o sea, que nunca se lee en vano. Y además es un pensador ¡laico! Lo cual en esta España ¡bendito sea Dios!
Es el talento más grande que ha tenido el pensamiento – diría incluso la literatura – español, escribió Javier Gomá. Ortega es un talento supremo, aunque puede que sin genio. Entendiendo por talento la capacidad y la inteligencia de asimilar, componer y exponer las ideas de otros. Y por genio, la capacidad de alumbrar ideas nuevas.
Como afirmó Amelia Valcárcel, a Ortega le debemos por lo menos dos cosas importantísimas: 1) fabricó de arriba abajo el vocabulario filosófico español, algo que el castellano, por falta de tradición, no tenía; y 2) abrió el pensamiento español a tradiciones foráneas, a las que se había resistido.
Y finalmente recordar lo que dice de Ortega Adela Cortina: La herencia de Ortega sigue siendo hoy estimulante. Su diseño de una razón vital, histórica y narrativa; la concepción de la ética como “moralita”, que es un explosivo tan potente como la dinamita, y no moralina empalagosa; la convicción de que la moral es aspiración y proyecto, y no un arma arrojadiza, que sirve para tachar a los demás de inmorales; y la necesidad de cultivar la excelencia en la vida pública, para construir una buena política.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Agosto del 2017.


jueves, 10 de agosto de 2017

PUREZA SOCIALISTA

El diputado socialista por Asturias, Antonio Trevin, ha dejado su escaño por discrepancias con la actual dirección de PSOE. Su decisión me parece honrada. Cuando uno no se encuentra cómodo, cuando sus ideas son minoritarias en cualquier colectivo, lo más noble, me parece, es dar un paso atrás. Pero en sus declaraciones, al hacer público su anuncio, ha deslizados unas palabras que no me parecen justas, o al menos inexactas, al no matizarlas fijando el momento. Ha dicho que: "está desapareciendo la fraternidad entre los militantes, que era una de las señas de identidad del socialismo, donde cada vez tiene más presencia la confrontación". Puede que la “fraternidad” haya disminuido en estos últimos meses, pero habría que matizar que si lo ha hecho realmente, habría sido a partir del infausto golpe palaciego del 1 de Octubre, el que de alguna forma él apoyó.
Pero lo que me ha llevado a redactar estas líneas ha sido, básicamente, la lluvia de comentarios intolerables, demagógicos y totalitarios, que han acompañado la noticia en las redes. Y sí, ya sé que es una batalla que nunca ganaré. Pero no puedo callarme, ante lo que considero un grave ataque, al funcionamiento democrático de una organización como la del PSOE.
No voy a reproducir los comentarios más soeces y ofensivos. Sólo referiré que algunos llegaban a decir que, que bien que se fuera y nos dejara en paz a los socialistas de verdad ¡Que bonito "los socialistas de verdad"! ¿Y quien decide quienes lo son o no? ¿Quien reparte los certificados de socialistas de "verdad? Y otros le tachaban de desconocer lo que era la pureza y la ética socialista. Y yo me pregunto ¿que tribunal dictamina la pureza socialista, o que es exactamente eso de la "ética socialista"? Llevo 43 años en el PSOE, y aún nadie me ha examinado de ética, ni de pureza socialista ¿Vamos a comenzar ahora con tribunales de depuración, en la mejor tradición del estalinismo? ¡Venga ya!
Parecería como si muchos socialistas, estuvieran hoy de acuerdo con las concepciones políticas de Schmitt, en las que, teóricamente, el pueblo ocupa una posición de portador del poder supremo, pero a la vez aparece como incapaz de gobernarse. Por eso la voluntad general democrática, va asociada con el poder de un individuo o una minoría para plantear cuestiones al pueblo, que dependería totalmente de tales iniciativas, siendo su única facultad la de refrendar o rechazar. Porque al final, y esta es la clave, todo lo que es político se funda en la distinción entre amigo y enemigo. El Estado no es en sí mismo político, sino solo cuando puede distinguir al amigo del enemigo, tanto en cuanto al interior como al exterior. Por lo que respecta a la sociedad, al politizarse se convertiría en comunidad, y el Estado se fundaría, apoyándose en esta comunidad política, en un Pueblo. Los puros, los virtuosos, contra los enemigos.
Todo eso me retrotrae inevitablemente y para mal, a los años de mi juventud allá por los sesenta del siglo pasado. La historia estaba hecha de buenos y malos, y los malos eran los que no estaban con nosotros, el muro de Berlín garantizaba la pureza, la democracia burguesa contaminaba el aire y las cañerías. La izquierda era de izquierdas y el infierno eran los otros ¿En medio? En medio no había nada ni nadie. Puede pasar hoy en Venezuela o en Nicaragua o en Cuba, cualquier cosa que no nos guste, que si está protagonizada por los nuestros, debe ser buena. Y en mis tiempos nos ocurría con la URSS, con Cuba, Rumanía, incluso con las Brigadas Rojas, con la Baader Meinhoff, hasta con ETA… ¿Son los nuestros? ¡Algo bueno tendrán!
Hoy nos recuerda Juan Cruz en El País, que hay un libro que cura aquel mal de bajura, que acepta que lo de los nuestros es lo mejor, lo único. Ese libro es “Tumulto” (Malpaso 2015) de H. M. Enzensberger, que vivió aquellas revoluciones, convencido de quien eran los nuestros. Hasta que, pasadas las décadas, se encontró consigo mismo en el espejo y se preguntó: pero ¿dónde estaban mi corazón y mis ojos? ¿Y yo era también de los nuestros?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 10 de Agosto del 2017.

martes, 8 de agosto de 2017

EL BUEN PUEBLO Y LA ÉLITE CORRUPTA

Para bien o para mal, parece que hoy nuestra política se define como la ficción maniquea, de un mundo escindido entre el buen pueblo y una élite corrupta moralmente inferior. Lo vemos en figuras del viejo establishment, otrora “hombres de orden”, cuando afirman que “el único juez es el pueblo”, o limitan la democracia a una mera expresión electoral. Pero la paradoja nos dice Pierre Rosanvallon, historiador e intelectual francés, es que ese “pueblo aritmético”, que representa una porción electoral, se sitúa por encima de un cuerpo constitucional, que también tiene una función representativa: defender nuestros valores y derechos. El relato interesado de “el poble sóc jo”, se construye siempre sobre un subterfugio que esconde el simple afán de poder. Pero no hay ganancia alguna, en debilitar los poderes democráticos que nos protegen, garantizando el pluralismo. Es un axioma bastante olvidado: en democracia no se pueden escindir los elementos propiamente electorales, de los que facilitan su funcionamiento institucional, por mucho que algunos se empeñen, en identificar democracia con el puro acto de votar. Nos lo advirtió Todorov: la democracia engendra sus propios fantasmas. Y toda patria, todo pueblo, tiene también algo de presidio.
Hay que prestar mucha atención, cuando personas que, al menos aparentemente, aparecen situadas en extremos ideológicos opuestos, usan los mismos argumentos, repiten las mismas palabras y consignas en un tono parecido. Las palabras élite, elitistas, casta y trama, por ejemplo, nunca se habían utilizado tanto como en estos días. Y nunca en un tono tan homogéneo, de acusación y desprecio. Hay que oírlas en boca de Donald Trump, de sus asesores y animadores, para los cuales “élite” tiene además, la repugnancia añadida de ser una palabra de origen francés. Para un reaccionario americano, Francia y lo francés provocan una animadversión morbosa, que resume todo lo que desprecia: la buena alimentación, el vino, la libertad sexual, el estado de bienestar, el tabaco, el laicismo, las mujeres que se ponen tacones altos y se pintan los labios, para ir al súper o llevar los niños al colegio.
Recuerdo como si fuera ayer, la época en que empezaba a volverse meritoria la exhibición de la rudeza y la ignorancia. Me acuerdo bien de cuando George W. Bush repetía que hablaba como un “hombre común” de Texas, un “regular guy”, con el acento adecuado y un amaneramiento de rudeza en los gestos. Expresándose de una manera descuidada y hasta grosera, probaba que él no era un elitista, que estaba cerca del pueblo, la gente llana, el trabajador de mono azul y casco. Por eso y sólo eso, podía reconocerse que era igual a ellos, que no se había reblandecido, con las aficiones culturales ni con el cosmopolitismo.
Pero se trataba de una mentira, de una posverdad “avant la lettre”, salvo en un solo aspecto, el de la ignorancia. Bush era tan ignorante como aparentaba, pero no porque hubiera tenido una vida difícil y pobre, como muchos de los que le votaban. Era un ignorante por vocación, por gusto, por descaro, pues había ido a los colegios y universidades más caras. Desde luego que no pertenecía a la élite del conocimiento, pero sí a la mucho más restringida del dinero. Una de las cosas que más hostilidad provocaba hacia Hillary Clinton, durante su campaña presidencial, era su indudable brillantez intelectual, la manera clara y precisa en la que se expresaba. Como Barak Obama o Michelle, pero sin el carisma de ellos dos. Hillary tenía la temeridad de no ocultar que era una persona inteligente, muy cultivada y preparada, con un dominio impecable de la lengua.
Tzvetan Todorov
Y aquel camino hacia la celebración gozosa y desafiante de la ignorancia, que comenzó Bush, lo ha culminado Trump, que hará bueno, tiempo al tiempo, a su antecesor. En la lengua inglesa – nos explica Muñoz Molina – las diferencias culturales y educativas, están más marcadas que en la española: se depositan en las formas primarias del habla, en el acento, en el modo en que se pronuncian o no ciertas terminaciones, en la prosodia. Trump no es elitista, repiten algunos. La prueba de su autenticidad, de su legitimidad popular, es su grosería. Los responsables de la pobreza y la incultura, en la que han caído muchos de sus votantes, no serían los multimillonarios como él, que han comprado a fuerza de dinero el sistema político, y están dispuestos a despojar todavía de más derechos a la gente trabajadora. Los responsables son unas vagas élites cultas y arrogantes, que tienen su forma más visible en los medios de comunicación y en Hollywood. Los presupuestos que el Gobierno federal destina a cultura son ínfimos, en comparación con los de cualquier país europeo normal, pero Trump y los republicanos, se disponen belicosamente a erradicarlos. Los resultados serán calamitosos, pero Trump y los suyos demostrarán, una vez más, que ellos no les hacen el juego a las élites.
En España la palabra “élite también se ha vuelto una palabra sucia. Y asimismo el desprecio al saber y a las formas, la mala educación y la exhibición de la ignorancia, parecen producir réditos políticos. La derecha española ha despreciado y desprecia el saber (añade Muñoz Molina), porque esta convencida de que no sirve para nada, salvo para alimentar a disidentes y holgazanes. La izquierda doctrinaria alienta, con plena deliberación, una atmósfera de hostilidad hacia el mérito, hacia las formas de respeto, hacia la soberanía individual: como si también entre nosotros, la incultura fuese una prueba decisiva de autenticidad, y la búsqueda personal de la excelencia, en el ejercicio de una profesión o una vocación – menos en el fútbol – volviera a quien se dedica a ella, culpable de elitismo.
Escribía Torreblanca, que los autoproclamados teórico de la democracia radical (que son radicales, pero no demócratas) llaman “ilustración populista”, al momento en el que el pueblo sabio, retoma el control sobre su futuro, y se sacude el yugo de élites y expertos. Las mayorías, sostienen, no necesitan más legitimación que la mayoría, y por eso siempre aciertan. Pero me temo que se equivocan, como la mayoría que se decantó por el Brexit. Tiempo al tiempo.
Mientras tanto la chulería se celebra como coraje, la mala educación como campechanía, lo desgreñado como signo de rebelión. Cada vez es más virulenta la agresividad, contra quien ejerce su derecho soberano, a no rendirse a lo ofensivo o lo grosero, por el simple motivo de que parezca ser mayoritario.
Pues eso ¡al loro!

Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Abril del 2017.

miércoles, 2 de agosto de 2017

BLOOMSBURY

Escribiendo hace un par de meses sobre Moore y el sentido común, me topé de nuevo, con muchos de los intelectuales y artistas, que habían pertenecido al “Grupo de Bloomsbury”, y sentí la necesidad de escribir algo más sobre ese grupo, que cambió muchos de los parámetros (éticos, morales, literarios, intelectuales…) que habían presidido la sociedad victoriana inglesa. Así que recuperé de mi archivo en papel, un artículo que había publicado en Diario de Mallorca en 1989. Sólo he cambiado alguna palabra, y corregido un par de errores.
Con placer redacto estas líneas, pues en el Grupo de Bloomsbury se concentran algunos de los valores filosóficos, políticos, estéticos y vitales que más queridos me son: rebeldía ante una moral y unas costumbres hipócritas; tolerancia; apego a las relaciones personales y a la amistad; pacifismo; buen gusto; racionalidad y pasión; consideración de la mujer como un igual en todos los aspectos; originalidad; reformismo social…
Como grupo social, Bloomsbury se inició realmente en las aulas universitarias de Cambridge. La mayoría de sus integrantes se habían formado en el Trinity College (MacCarthy, los hermanos Stephen, Lytton Strachey, S. Sydney-Turner, Clive Bell…) o en el King's (E.M. Forster, John M. Keynes…). Y al igual que tantos otros destacados intelectuales (G.E. Moore, Bertrand Russell, Tennyson, Alfred North Whitehead, George Trevelyan, Ludwig Wittgenstein…) muchos de ellos fueron miembros de la "Sociedad de Conversaciones", hermandad secreta de los estudiantes de aquella universidad, cuyos componentes eran conocidos como “los apóstoles".
Como es bien conocido "Bloomsbury" es el nombre de un barrio de Londres y allí, en el nº 29 de la Plaza Fitzroy, en casa de los hermanos Adrian y Virginia Stephen, se reunió el grupo los jueves por la tarde a partir del año 1906.
Bloomsbury se distinguió de otros clubes o cenáculos de su época, entre otros motivos, por el predominante papel que en él tuvieron las mujeres, sobre todo las notables hermanas Stephen (Vanessa, casada primero con Clive Bell y compañera de Duncan Grant desde 1914, pintora consistente cada día más apreciada; y Virginia, esposa de Leonard Woolf, una de las escritoras más documentadas de la historia de la literatura).
Para sus enemigos Bloomsbury fue "una mafia intelectual". Pero este juicio es injusto, pues nunca fue un núcleo monolítico y, en realidad, sus miembros se criticaban mutuamente con harta frecuencia. El propósito real de los encuentros en la Plaza Fitzroy, era el intercambio de ideas. La conversación era desusadamente franca y desinhibida para su tiempo. "No vacilábamos - dijo Vanessa Bell - en hablar de todo”. Era literalmente así, uno podía decir lo que se le antojaba del arte, el sexo o la religión.
Un tema usual de conversación eran las artes visuales. Para Virginia Woolf esas artes tenían suprema importancia, porque ella sostenía que podía llegarse a la verdad, mediante la intuición y la sensibilidad tanto como por la razón. El interés por dichas artes se había visto muy estimulado, gracias a las dos exposiciones postimpresionistas que organizó Roger Fry - con la colaboración de Duncant Grant-- en 1910 y 1912. Pero además e intelectualmente, está afición a las bellas artes, mucho tuvo que ver con la autoridad filosófica, que G.E. Moore ejerció sobre los "apóstoles" y, a través de ellos, sobre el Grupo de Bloomsbury. Antes de la publicación de los "Principia Ethica” en 1903, habían sido John Mc Taggart - idealista hegeliano - y Lower Dickinson - una especie de humanista místico - los favoritos de los alumnos de Cambridge. Pero Moore demolió sus posiciones filosóficas y su popularidad, con su análisis más razonable de los problemas éticos, y afirmó que el " bien" era indefinible. Sugiriendo, a continuación, que las formas más elevadas del bien, esos “bienes en si", eran ciertos “estados de conciencia” que en general, pueden describirse como los placeres de la relación humana y el goce de los “objetos bellos".
Estos aristócratas del intelecto "fueron maestros en algo tan sutil, tan revelador y revolucionario como es el buen gusto" (Natacha Seseña). Y mantuvieron nuevas concepciones de la moral, que los justificaban en su actitud de rechazo, de la seriedad y la respetabilidad sexual victorianas.
Como grupo de protesta, Bloomsbury fue un fenómeno sociológico complejo, en cuya herencia algunos elementos, se remontan a las ideas de Coleridge, aunque al mismo tiempo, reflejaban los factores contemporáneos de descontento, y las nacientes ideas de la época eduardiana.
Razón y pasión, pasión y razón, fueron los faros de sus vidas. Hasta ellos, la razón siempre había reclamado la moderación de las pasiones, del mismo modo que la sexualidad y la sinceridad, habían sobrentendido el repudio de la razón. Estos amigos fueron los primeros que orientaron sus vidas, como si la razón y la pasión pudieran ser ideas iguales.
Fueron pacifistas acérrimos durante la guerra del catorce, y beligerantes frente al nazismo y al fascismo (un hijo de Vanessa y Clive Bell, Julián, murió en Brunete luchando junto a los republicanos españoles). Lyndall Gordon ha escrito que: "…la consternación de Virginia Woolf ante la guerra, procedía de un amor a su país más profundo que el patriotismo, que se horroriza al ver a los propios compatriotas degradados... admiraba el coraje intelectual, pero el ’coraje' en las guerras era, para ella, un término de valor engañoso, como 'gloria' y 'honor', porque podía autorizar la brutalidad estúpida".
Bloomsbury fue un núcleo sumamente creador. G.E. Moore y Bertrand Russell, que aunque no eran miembros estaban muy cerca del Grupo, realizaron aportaciones importantes a la ética, al análisis lingüístico, a la lógica y a las matemáticas. Lytton Strachey inauguró un nuevo tipo de biografía (“Eminentes victorianos", “Isabel y Essex"…). John M. Keynes revolucionó la economía. Virginia Woolf fue la precursora de formas innovadoras en la novela. E.M. Foster escribió "Pasa je a la India". Roger Fry, Duncan Grant y Clive Bell abrieron caminos nuevos en la crítica artística y en la pintura. Leonard Woolf, afiliado al partido laborista, fue un importante teórico de la reforma social…
El Grupo de Bloomsbury. Pintura de Vanessa Bell
La fuerza del Grupo de Bloomsbury - como dice L. Gordon - radica en el hecho de que no estaba regido por normas estéticas, como lo estuvieron los "Hombres de 1914” (Pound, W. Lewis, Joyce y T. S. Elliot). Se nutria de afecto. Esta es también la diferencia entre Bloomsbury y otros grupos modernistas, los de Hemingway o Sartre por ejemplo, que llevaban una vida de café que era, por contraste, terriblemente antidoméstica y antisentimental.
"Decir la verdad" era el código de Bloomsbury. Y practicaba una cortés indiferencia ante la opinión mundana. Tenía un fuerte sentido del ridículo, y lo aplicaba a temas tan convencionalmente serios, como la Royal Navy, el Imperio, la gloria y el poder.
La flemática certeza que posee Bloomsbury, de que se opone a un mundo filisteo dirigido por idiotas, es algo que viene crispando a los lectores, desde los años treinta hasta nuestros días. Y sin embargo, como Noel Annan afirma en su magnífico ensayo sobre Leonard Woolf: sus actitudes políticas "eran" admirables.
Las campanas de Cambridge suenan de por vida.

Palma a 11 de Junio de 1989.
Palma. Ca'n Pastilla a 2 de Agosto del 2017.



lunes, 31 de julio de 2017

KARL-OTTO APEL Y LA RAZÓN DIALÓGICA

Por culpa de las angustias políticas que no cesan y no me dejan en paz, se me había olvidado que el pasado Mayo murió Karl-Otto Apel, uno de los filósofos a los que llegué vía Habermas, especialmente a su obra “La transformación de la filosofía” (Taurus).
La persona y la obra de Apel resultan inseparables de la Escuela de Fráncfort. Él y Jürgen Habermas, forman parte de la segunda generación de la misma. Sucesores o continuadores, como es sabido, de Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse, Max Horkheimer, Erich Fromm y, algo más tarde y desde la distancia, Walter Benjamin. La llegada del nazismo supuso la dispersión de la Escuela. Y la mayoría de sus integrantes recalaron en Estados Unidos, donde su pensamiento, de raíz hegeliano-marxista, pasó a ser denominado “teoría crítica”, posiblemente ante los problemas del término marxista en ese país.
Tras la Segunda Guerra Mundial la Escuela recuperó su vitalidad, con Habermas y Apel. Ambos trabajaron en la “ética del discurso” o “acción comunicativa”, pretendiendo dejar claro que la democracia comienza en el leguaje. Es la igualdad comunicativa lo que facilita la igualdad en la capacidad de decisión, es decir, la participación en una ética colectiva, de aspiración universalista. Es cierto que ambos coinciden mucho, pero no siempre, como muestra el curioso volumen de Apel titulado “Pensar con Habermas contra Habermas” (Siglo XXI, 1994).
Apel nació el 15 de marzo de 1922 en Düsseldorf, estudió filosofía en Bonn y se integró en la docencia, primero en la Universidad de Maguncia, luego en la de Kiel y, finalmente, en Fráncfort. En el inicio sus trabajos mostraban una clara influencia de la hermenéutica heideggeriana, pero también de la obra de Ernst Cassirer. Ambos caminos le llevaron a sus dos preocupaciones principales: el lenguaje y la ética. Y la relación entre ambas.
Karl-Otto Apel
Hay – sostiene Apel - una afinidad interna entre la tradición del pensamiento europeo y su universalismo, que se expresa en lo que él y Habermas llamaban la ética del discurso. Tras revisar las críticas a una posible ética universal, de autores como Foucault o Lyotard, Apel defiende que el presente tiende a una ética pluralista y axiológicamente universal. El papel de la comunicación resulta crucial. La capacidad de decisión del hombre, se produce en la medida que reconoce al otro como libre e igual, y acepta debatir con él desde la racionalidad. Al final se vota, sí, pero antes es imprescindible el debate, el reconocimiento de que el lenguaje es un lugar de encuentro, confrontación y acuerdo.
Apel y Habermas iniciaron el reencuentro del marxismo con Kant, oscurecido durante años por Hegel. En Kant, Apel encuentra un camino libre a una ética de voluntad universal. O, cuando menos, a la posibilidad de superar el mero subjetivismo. Y no fue tarea fácil, no, porque, recordemos, su obra coincidió en el tiempo, con el espíritu relativista defendido por los posmodernos y, también, con la crítica encabezada por Foucault. Ya Descartes intuyó que una ética universal era problemática, y aceptó regirse por una moral provisional, pero no renunció a la posibilidad de una moral válida para todos. Es decir, no renunció a la idea del bien y a la del mal. Y en eso anduvo Apel.
Con motivo del fallecimiento de Apel, Adela Cortina ha escrito que su biografía intelectual, está jalonada por la elaboración de una propuesta filosófica, que tiene por hilo conductor la atención al lenguaje, como el lugar desde el que los seres humanos hacen ciencia y ética, desde el que son posibles la comprensión y la acción. Apel se adentró en los caminos de la hermenéutica de Dilthey, Heidegger y Gadamer, en el pragmatismo de Peirce, en la filosofía del lenguaje de Humboldt, Wittgenstein, Searle o Austin. Y en diálogo con ellos, y muy especialmente con Kant, elaboró la propuesta que apareció en su mencionada “La transformación de la filosofía” (1973).
Casado con Judith, una mujer extraordinaria, tenía tres hijas, a las que adoraba; disfrutaba compartiendo el tiempo con sus amigos; se enfurecía cuando perdía la selección alemana y le gustaba el vino tiento; pero sobre todo podía pasar horas enteras, discutiendo apasionadamente de filosofía, porque creía en su importancia, para la vida de las personas y de los pueblos. Como su colega y gran amigo Jürgen Habermas, experimentaba la necesidad de evitar recaer en situaciones como la del nacionalsocialismo, que surgió, entre otras cosas, del rechazo al pensamiento, a la argumentación y a la crítica. De ahí que Apel se haya esforzado por recordar, junto a Habermas, que los seres humanos nos hacemos desde el diálogo, y no desde el monólogo impositivo; que es preciso argumentar, y no sólo sentir, para descubrir cooperativamente, que es lo más verdadero y lo más justo.
Jürgen Habermas
Como por casualidad, Josep Ramoneda nos ha recordado hace poco, que no hay democracia sin conflicto. Que la democracia es más freudiana que marxista, en el sentido de que, a partir del reconocimiento del conflicto, de lo que se trata no es de superarlo, sino de encontrar los equilibrios compensatorios, que permitan seguir avanzando. Que los problemas no se resuelven, se transforman. Que la pretensión de situarse por encima del conflicto, de representar un interés de todos, es siempre la imposición de unos intereses determinados, sobre los demás. Lo decía Claude Lefort: La democracia siempre está abierta a la incertidumbre. Y si la incertidumbre desaparece, también la democracia. Por eso la tentación carismática, la pretensión de sustituir la confrontación de intereses, por un supuesto interés general, marca siempre una deriva hacia el autoritarismo.
En el PSOE no debemos jamás olvidar, que dentro de la organización necesitamos conservar una democracia incluyente, en la que el debate y la confrontación política, no supongan la marginación, descalificación y exclusión de nadie. Hoy ya no se decapitan reyes, se construyen hegemonías. O lo que es lo mismo, los que consigan determinar el sentido de las palabras, imponer dialécticamente su relato, ganan.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 21 de Julio del 2017.


martes, 25 de julio de 2017

SALVAR AL SOLDADO SÁNCHEZ

Hace unos días comenté a mi amigo David Castelo en facebook, que ya en su día apoyé la candidatura de Pedro Sánchez decididamente, pero de forma crítica. Ya por entonces advertí de lo poco que me gustaban, los "pedristas” más fanáticos y esencialistas. Puros y en posesión de la verdad única, frente al sector de los impuros, equivocados y malhechores. Y ahora estos días, con ocasión de algunas primarias a nivel regional, se me han vuelto a encender todas las alarmas. Como razonar políticamente resulta fatigoso, algunos militantes pedristas decepcionados, lo entiendo, por los resultados en Valencia y Extremadura, han creído mejor recurrir a la descalificación personal y al improperio. Cuando la izquierda abandona su vocación racionalista, se activan todas mis susceptibilidades.
Así que creo llegada la hora de “salvar al soldado Sánchez”, de algunos de sus talibanes de salón. Con permiso de Benedetti: hay que defender a Pedro de la miseria y de los miserables; de las ausencias transitorias y de las definitivas; defenderle del pasmo y las pesadillas; de las dulces infamias y los graves diagnósticos; defenderle del rayo y la melancolía, de los ingenuos y de los canallas… Especialmente ponerle a resguardo de muchos de sus fans en las redes que, bajo la excusa de defender su programa, no hacen sino colocar plomo es sus alas. Y por cierto: ya no hay programa sanchista propiamente dicho, ha sido subsumido en las resoluciones del 39 Congreso, que ahora es el programa de TODO el PSOE. Les guste a unos más o menos.
El sanchismo no puede, como algunos parecen pretender, devenir en una religión que nos impida a todos una mirada limpia, que nos imponga esa sinrazón que, supuestamente, cosería un mundo de sinrazones. Por lo menos los librepensadores, entendemos la democracia, como una práctica de pública racionalidad. No nos va esa visión cainita de la política. No creemos en eso de buenos frente a malos. Personalmente soy más del debate entre verdades relativas, para llegar al final a los que los ingleses denominan "compromise" (que no tiene una buena traducción en castellano). Me enerva esa legión que ha surgido de pedristas acríticos. No lo puedo evitar. Y pienso sinceramente, que Pedro estaría de acuerdo conmigo.
Al contrario de algunos compañeros, que parecen sentirse en posición de la verdad única y exclusiva, más bien creo que la verdad es dialógica. Que es el resultado del diálogo igualitario; en otras palabras, que es la consecuencia de un diálogo en el que diferentes personas, dan argumentos basados en pretensiones de validez y no de poder. El concepto de aprendizaje dialógico, se vincula con contribuciones provenientes de varias perspectivas y disciplinas, como con la teoría de la acción dialógica (Freire, 1970); la aproximación de la indagación dialógica (Wells, 2001); con la teoría de la acción comunicativa (Habermas, 1987); la noción de la imaginación dialógica (Bakhtin, 1981) y con la teoría del “Yo Dialógico” (Soler, 2004). Además, el trabajo de una importante variedad de autores contemporáneos, está basado en concepciones dialógicas.
Jürgen Habermas
A mi modesto entender: El consenso se produce sobre la base de la coacción del mejor argumento, si me dejo convencer, es porque entiendo que las razones en las que se asienta mi convicción, son igualmente convincentes para cualquier hablante. El ideal de la razón está inscrito en la interacción lingüística, y la alternativa al diálogo, no es otra que la sinrazón y la violencia. Para Habermas, uno de mis más apreciados mentores, la comunicación lleva inscrita en su piel, la promesa de resolver con razones las perturbaciones. Quien habla pisa una dimensión en la que aparecen claros los conceptos verdad/mentira, justicia e injusticia. El lenguaje nos da la posibilidad de consensuar normas de comportamiento y de propiciar, por tanto, el progreso histórico. Habermas da un nuevo sentido a la frase de Aristóteles: “el hombre, porque habla, sabe de lo justo y de lo injusto”. Sobre el lenguaje, Habermas establece la posibilidad de crear una ética, una política y una teoría consensual de la verdad.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Julio del 2017.


martes, 18 de julio de 2017

LAS SAGRADAS ESCRITURAS

En los últimos meses mucho ajetreo ha habido en los medios de comunicación, acerca de Slavoj Žižek. No conozco en absoluto su obra, y sólo me he leído algún corto artículo, aparecido en la prensa y/o en las redes sociales. Y sin embargo en ese poco, su prosa compacta, psicoanalítica y pedregosa, me ha recordado algo a las abstracciones de Althusser, y al espesor literario e intelectual de los ya muy lejanos años sesenta y setenta. Ahora como entonces, no deja de intrigarme la propensión humana a erigir santones y gurús, y ha encontrar sentido en sus arcanos escritos.
Casi al mismo tiempo un artículo de Muñoz Molina en El País, me ha retrotraído a esas mismas décadas, las de mi paso por las universidades (Complutense y UIB). Años en que la dictadura parecía que se debilitaba, pero en los que lo nuevo tardaba tanto en llegar, que vivíamos en suspenso en un presente que parecía desprenderse del pasado, pero que no parecía tener conexión con ningún porvenir verosímil.
Mi facultad de Económicas de la Complutense era entonces, una especie de enclave extraterritorial de libertad siempre insegura, de una sublevación desatada que, sin embargo, nunca llegaba más allá de los límites del campus. Los muros de la misma estaban siempre llenos de carteles y pancartas, de todo tipo de organizaciones políticas radicales. Y los días de clase, algunos meses, eran más infrecuentes que los de huelgas o asambleas. Evidentemente los derechos de huelga, manifestación y reunión no existían, pero nosotros, los estudiantes, abandonábamos las aulas para concentrarnos por centenares en el auditorio o en el amplio hall (el mismo en el que un día cantó Raimon y se armó la marimorena).
Cualquier clase se podía convertir de repente en una asamblea. El derecho a fumar en todo momento – recuerda Muñoz Molina – se ejercía tan apasionadamente, tan sin fatiga ni tregua, como el de debatirlo todo, cualquier cosa: el programa de la licenciatura, la disolución ¡inmediata! de los cuerpos represivos, la proclamación de la III República, la transición no ya del fascismo a la democracia, sino del capitalismo al comunismo… Visto desde hoy me queda muy claro, que el porvenir hubiera exigido ideas claras, sentido común (yo aún no había leído a Moore) y concordia, “compromise”, consenso. Pero nosotros, jóvenes inexpertos políticamente, vivíamos de abstracciones y repetíamos fantasías y cismas ideológicos de medio siglo atrás. Curiosamente las diatribas más feroces, no se producían entre partidarios y detractores de la dictadura franquista, la inquina mayor era la que se dedicaban entre sí los militantes del partido comunista y otros grupos más a la izquierda: trotskistas y maoístas, a los que les unía su odio a los “revisionistas” del PCE pero que, a su vez, se detestaban entre sí. Había un sectarismo como de catacumbas y de abstrusos dogmas, como los del cristianismo primitivo, una misma necesidad de distinguir entre los puros y los herejes.
Unos y otros escrutaban las Sagradas Escrituras (El Manifiesto Comunista, El Capital, el “Que hacer” de Lenin…) en busca de pasajes que legitimaran sus anatemas y excomuniones. Uno de los manuales más leídos, recuerdo, era “Conceptos elementales de materialismo histórico” de Marta Harnecker (que ¡asombro! también se recomendaba en el PSOE en los años setenta) un breviario tan sencillo y rotundo como el catecismo, o el Libro Rojo de Mao.
Y luego estaba Althusser ¡Ah Althusser! Era como un Padre de la Iglesia, un San Agustín o Tomás de Aquino de la Trinidad Sagrada, Marx, Engels, Lenin. Sus dos libros obligatorios estaban en todas partes, “Para leer El capital” y “La revolución teórica de Marx”. Muchos los leían arrobados y en francés. No los entendían, pero a ver quien era el valiente que lo manifestara.
El 16 de noviembre de 1980 Althusser estranguló a su mujer Hélène, con la que había convivido durante más de treinta años. Althusser, que ya había sido diagnosticado de "desequilibrio mental" en varias ocasiones, e incluso internado en algunos hospitales psiquiátricos a lo largo de su vida, fue declarado irresponsable de sus propios actos e inmediatamente recluido en el sanatorio de Sainte-Anne, abocado al silencio. Allí escribió los textos que se recogen en su libro “El porvenir es largo”, que es una especie de autobiografía, aunque el propio Althusser ponga esto en cuestión al principio, y que se publicó póstumamente. El libro entero es una confesión terrible, un testimonio de exasperación y negrura. En él, el gran experto en Marx, reconoce haber leído “El capital” muy superficialmente, sin comprender gran cosa, disimulando su desconocimiento con palabrería, con vaguedades dogmáticas. ¡Ah nuestra utópica juventud!
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 12 de Julio del 2017.

martes, 11 de julio de 2017

NIETZSCHE SEGÚN LO VEO

A mi modesto entender, apenas existen hoy intelectuales o movimientos artísticos, que no hayan expresado algún tipo de afinidad con Nietzsche. El declive del marxismo ha quedado oscurecido, por una renovación del interés en las posibilidades izquierdistas presentes en el filósofo, que fueron un elemento decisivo, en el entusiasmo que éste despertó hace ya más cien años. Al existencialista Nietzsche le ha sucedido el deconstruccionista Nietzsche, y al irracional y fascista Nietzsche – jamás sino un fantasma – una declarada aceptación, como filósofo fundamental en la transición al postmodernismo. Hay un Nietzsche feminista, y un Nietzsche postfeminista, que representan movimientos lo suficientemente convincentes, como para haber provocado un contraataque (por feministas que no comulgan con él). Está también el Nietzsche considerado como responsable de la existencia del relativismo ético que, al parecer, infecta hoy la sociedad contemporánea y causa su desintegración moral. Y también el Nietzsche que está al final del camino, hacia la Ilustración. Igualmente, y como elemento concomitante con todo este serio compromiso con él, está el Nietzsche como icono cultural, cuya gran visibilidad ha inducido en mucha gente, la ilusión de saber sobre él, bastante más de lo que en realidad sabe.
No poseo los profundos conocimientos filosóficos, para tratar de establecer el valor de todo lo que se ha escrito sobre Nietzsche; ni he leído, ni mucho menos, todo lo que se ha publicado, ni tampoco he entendido bien todo lo que he leído sobre él. Por tanto me limito ha comentar lo que he entendido de una serie de obras sobre el filósofo (Walter Kaufmann, Werner Ross, R. J. Hollingdale, Paolo D’Iorio, Eugen Fink…). Las tendencias más recientes, relativas al pensamiento de Nietzsche que me atraen con mayor fuerza, son aquellas que lo consideran como un paradigma filosófico, o punto de partida, en relación con los modos de pensar característicos de mi propio siglo, el XX.
Una de las interpretaciones de su filosofía que me agrada, es la de Walter Kaufmann y, especialmente, su trabajo “rehabilitador” de 1950. Puede que Kaufmann hiciera de Nietzsche, una figura más humanista de lo que en realidad fue, lo tengo presente. Pero allá por finales de los sesenta, cuando me empecé a interesar por la filosofía, el único intento serio de entender a Nietzsche, que rivalizaba seriamente con el de Kaufmann, era el de Heidegger. Aunque difieren en todos los demás aspectos, Kaufmann y Heidegger coinciden en considerar la “voluntad de poder”, como el dogma capital de Nietzsche, sin cuya consideración no puede ser entendido. Aunque modestamente, el resto de la interpretación de Heidegger, no la comparto.
Siempre que me es posible, prefiero interpretar a los grandes autores, por las obras que ellos mismos escribieron. Y es sabido que Heidegger rechaza las obras publicadas por Nietzsche, y se apoya por entero en lo que se ha venido llamando el “Nachlass” (bienes hereditarios), es decir, los escritos que Nietzsche dejó, pero jamás publicó. Como alguien escribió en su día: Me parece un requisito de la decencia intelectual, entender primariamente a un autor, del modo en el que quería ser públicamente entendido. Y cuando leí que, de acuerdo con la lectura de Heidegger, la “filosofía de Nietzsche” no se encuentra explícitamente presente en sus escritos, publicados o sin publicar, sino que ha de ser extraída por el intérprete, pensé que seguramente el propio Nietzsche, no se habría reconocido en los escritos de Heidegger.
El hecho innegable de que la interpretación de Heidegger, haya ejercido una influencia tan amplia y profunda, no me parece que sea fundamento alguno, para objetar la conclusión de Hollingdale: la influencia de la propia filosofía de Heidegger, ha sido tan amplia y profunda como la de cualquier filósofo del siglo veinte, y también es responsable en parte, de la diseminación del interés por Nietzsche; pero esto significa que han sido muchos, los que han empezado a considerar a Nietzsche como filósofo serio a través de Heidegger, y por tanto lo han llegado a contemplar, tal como el propio Heidegger lo ve. Pero para muchos de aquellos cuya relación con Nietzsche, es anterior a la interpretación de Heidegger, parece ser casi inevitable pensar que el Nietzsche de Heidegger, es precisamente esto: un constructo que nadie, salvo el propio Heidegger, habría o podría haber diseñado.
No fue tanto el tratamiento que le dio Heidegger al “Nachlass”, como la edición de Colli-Montinari, lo que indujo a algunos a pensar durante algún tiempo al menos, que se habían mostrado demasiados absolutos en el rechazo del “Nachlass”, como un elemento constitutivo de una presentación válida, de la posición filosófica de Nietzsche. Pero pese a esta consideración pienso, desde mi nivel filosófico relativo, que el material no empleado, que constituye el “Nachlass”, no se dejó de emplear por accidente, que lo que Nietzsche deseaba presentar como su filosofía, era lo que él mismo publicó, o de forma demostrable, intentó publicar. Así pues estimo modestamente, que todo lo que encierra el “Nachlass” de los años 1880, que no encuentre un paralelo en la obra publicada de Nietzsche, no es válido en tanto que enunciado de una opinión suya.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Febrero del 2017.


sábado, 8 de julio de 2017

75 AÑOS YA

Cuando Bertrand Russell se convirtió en nonagenario, escribió unas interesantes reflexiones, sobre los muchos años que ya había vivido. Yo sólo acabo de alcanzar los setenta y cinco, no son tantos, pero tampoco está mal. Así que, apoyándome en Russell, se me ha ocurrido también dedicar unas líneas, a pensar sobre eso de la edad.
Hay a la vez ventajas e inconvenientes en el hecho de hacerse mayor. Los inconvenientes me parecen evidentes para todos, y por ende no me detendré en ellos. Las ventajas se me aparentan más interesantes. De entrada, una ya larga perspectiva sobre el tiempo pasado, da peso y substancia a la experiencia. A estas alturas he podido seguir el curso de muchas vidas, de amigos y de personajes públicos, desde su inicio hasta su conclusión. Algunos de ellos (amigos del colegio, de la universidad y de la política), llenos de promesas en su juventud, no han llegado a hacer nada extraordinario; otros en cambio, no han dejado de convertirse en personalidades fuertes a lo largo de su dilatada vida, llena de realizaciones importantes. Sin ninguna duda, la experiencia de los años, hace que uno adivine con más facilidad, a cual de las dos categorías pertenecerá realmente, una persona hoy aún joven. Y eso no reza solamente de las personas, sino también de los movimientos y organizaciones que, con el tiempo, pasan a formar parte de nuestra experiencia personal y, desde la cual, nos es relativamente fácil evaluar las probabilidades de éxito o fracaso de las mismas. El simple hecho de haber observado tantos fenómenos diversos, nos ayuda comprender el pasado, la historia, y debería igualmente ayudarnos a prever el futuro probable.
Para centrarnos en un espacio más personal, me atrevería a decir que para aquellos que de jóvenes fuimos enérgicos y emprendedores, era normal sentir un apasionado e incesante deseo de grandes realizaciones, sin ninguna previsión clara, eso sí, de hasta donde, la suerte ayudando, podríamos llegar. En la vejez se vuelve uno muy consciente, de que ha sido lo que se ha conseguido o no. Lo que aún pudiéramos conseguir, lo vemos ya como una pequeña proporción de lo ya conseguido. Y eso hace de nuestra vida personal, algo mucho menos excitable. Nos produce una cierta serenidad, que nos facilita analizar más racionalmente las cosas y el devenir. Nos ayuda a controlar nuestras ya más débiles pasiones, a aherrojar nuestros sentimientos más primitivos, para dar más espacio a la razón.
Personalmente he apreciado y aprecio, todo aquello que hace de la vida algo delicioso. En otros tiempos pensaba que cuado fuera viejo, me retiraría del mundo y llevaría una vida de “dilettante”, leyendo todos aquellos libros que aún no había podido leer. Visto lo visto, hoy me parece un vano sueño. Un largo hábito de trabajar por objetivos que uno reputa importantes, es muy difícil de abandonar. Pero podría haber entendido demasiado pesado, este género de placer elegante, incluso si el mundo que me rodease hubiera sido algo más justo, placentero y acogedor. Sea lo que sea lo que hubiera podido ser, me es imposible aún encerrarme en mi rincón, e ignorar los acontecimientos.
Muchos de esos, hay tantos, que no dudan jamás de su sabiduría, no dejan de advertirme reiteradamente, que la vejez debería aportarme una serenidad y una amplia visión, para entender que muchos de los males que nos aquejan, no son sino aparentes, y deben ser contemplados como simples medios para alcanzar fines favorables. Me es ciertamente imposible, aceptar ese punto de vista. En la dura realidad que hoy nos toca vivir, esa supuesta “serenidad”, entiendo, sólo se puede dar desde la ceguera o la brutalidad. Contrariamente a lo que se espera tradicionalmente de los mayores, me estoy convirtiendo poco a poco, pero cada día más, en lo que llamaríamos un “rebelde”. Sin tener una naturaleza y unos genes muy rebeldes, el curso de los acontecimientos que hoy sufrimos, me convierte cada día más, en alguien incapaz de aceptar pacientemente todo lo que sucede.
Y en esas andamos.

Palma. Ca’n Pastilla a 6 de Julio del 2017.

miércoles, 5 de julio de 2017

A VUELTAS CON LA TRANSICIÓN

Por experiencia propia, sé lo difícil que es transmitir a quienes no vivieron los largos años del franquismo, la euforia que se desató en las primeras elecciones auténticamente democráticas. Por fin votar de verdad, escuchar en campaña algo tan simple como los acordes de “La Internacional”, tener un Parlamento homologable, con todos los requisitos exigibles a las democracias representativas. Por fin España dejaba de ser una anomalía en el sur de Europa.
Había sido siempre nuestra diferencia (“Spain is different” que decía Fraga) lo que nos convertía en un caso excepcional en la historia de Europa: Una demostrada y reiterada incapacidad para la democracia, una atávica necesidad de ser gobernados por hombres fuertes: los “espadones”- generales – del siglo XIX, Primo de Rivera y Franco en los comienzos del XX. Muchos estaban convencidos – el hispanista Richard Herr entro otros – de que cuando Franco muriera, los españoles, por naturaleza rebeldes y políticamente volubles, volveríamos a nuestros antiguos hábitos. Nadie daba un duro por lo que en España pudiera ocurrir. Hasta alguien tan a resguardo de retóricas demagógicas, como el gran Giovanni Sartori, sentenció en 1974, en su imprescindible obra “Partidos y Sistemas de Partidos”, que los españoles volverían a la pauta de los años treinta, dando vida de nuevo, a un sistema pluripartidista y muy polarizado, directamente destinado de nuevo al caos.
Una voz, sin embargo, había desentonado en el coro de historiadores y científicos sociales y políticos, que elucubraban sobre el futuro: la de Juan Linz, que pronosticó, en 1967, que cualquier sistema de partidos que se estableciera en el futuro en España, tendría que girar inevitablemente, en torno a dos tendencias dominantes: el socialismo y la democracia cristiana. Sobre ellas se había construido la nueva Europa, de la que tantos españoles deseábamos formar parte.
Santos Juliá
Un sistema a la italiana era la gran expectativa del PCE, que soñaba con repetir en España, el “compromesso storico” de Berlinguer en Italia. No muy diferentes eran las expectativas de Adolfo Suárez: un partido que desempeñara el papel jugado por la democracia cristiana en Italia y Alemania, y fomentar en la izquierda, una permanente y equilibrada división entre socialistas y comunistas. Pero que ocurriera lo de Alemania, era lo que anhelábamos los socialistas del PSOE. Al final, como ya sabemos, fueron las dos opciones sobre las que en Europa se había reconstruido la democracia y el Estado social, las que resultaron vencedoras el 15 de Junio de 1977. La UCD que arrebató el centro derecha a la Democracia Cristina (La “Federación de la Democracia Cristiana”, liderada por Joaquín Ruiz Giménez y José María Gil Robles, antiguo líder de la CEDA, contra todo pronóstico, no obtuvo ningún diputado) y el PSOE.
Con estos resultados, como bien explica el historiador Santos Juliá, se disolvió, además de la famosa “sopa de letras” (más de ochenta candidaturas se habían presentado a las elecciones) el proyecto de reforma política, aprobado en referéndum seis meses antes. Nunca más se volvió a hablar de “reforma constitucional”, una manera perversa de referirse a las Leyes Fundamentales de la dictadura. Los diputados se declararon, nos declaramos, constituyentes y decidieron poner en marcha, la principal y nunca abandonada reivindicación de la oposición: “la apertura de un proceso constituyente”, que se formuló en el acuerdo alcanzado entre monárquicos y socialistas en 1948, y se reiteró en todos los planes de transición, alumbrados en las décadas siguientes.
Victoria Camps
Aquellas Cortes elegidas, tiraron adelante con lo que muy pronto recibió el nombre, luego tan denostado, de política de “consenso” (el conocido “compromise” inglés, concepto que significa que ambos lados ceden en una negociación, para que todos salgan ganando, y que en castellano no tiene una traducción satisfactoria). Y esa fue la gran diferencia, que liquidó todas las diferencias, que históricamente manteníamos con la historia democrática europea. Políticos españoles y políticas de pacto, parecían excluirse mutuamente en nuestro discurso político y en nuestra historia, desde los orígenes del Estado liberal. Que ni la tradición ni la historia determinaran el futuro, y que era posible construir un Estado tramando acuerdos: eso fue lo que indicaba, y así lo comprendimos, el mandato de los electores, cuando, rompiendo lo que tantos observadores extranjeros consideraban como áspera excepcionalidad española, depositaron sus votos mayoritariamente en dos partidos, a los que empujaron a entenderse. Como alguien dijo: ¡puaf que aburrimiento, ya sois como los europeos!
Aquella democracia tan esperada, que supo ponerse al día con sorprendente rapidez – como escribe la gran Victoria Camps – hoy adolece de cierta adhesión ciudadana. El fenómeno populista pretende corregir con el encendimiento de las masas, lo que sólo se corrige bien con diagnósticos audaces y desinteresados. La sociedad siempre está enferma y, precisamente, la democracia se inventó para reparar algunas de sus dolencias. Para ello cuenta con un procedimiento, para elegir los representantes de la ciudadanía, y con los contenidos que protege todo Estado de derecho. En aquellas Cortes Constituyentes, se pactó la voluntad de establecer y mantener a salvo ambos elementos. Ya forman parte de nuestra esencia política, pero no basta tenerlos, hay que saber demostrar que son útiles para responder a los conflictos y problemas, que nos van saliendo al paso.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 30 de Junio del 2017.



domingo, 25 de junio de 2017

UN CIERTO REGUSTO A "DÉJÀ VU".

En cuarenta años desde las primeras elecciones democráticas en España, muchas son las cosas que han cambiado en el mundo. Hemos sufrido, sufrimos, una crisis económica no vista desde 1929, una revolución tecnológica impresionante, una globalización imparable, la emergencia de nuevas organizaciones políticas… etc. Y, sin embargo, especialmente en política, no puedo evitar experimentar un cierto regusto a algo ya vivido a, como dicen los franceses, un “déjà vu.
Contestaba el otro día Manu Escudero en una entrevista: “Lo que ha pasado (se refería al PSOE) se estudiará en los libros de historia porque es algo vivo, novedoso, no premeditado y con un impacto político evidente. Es un hecho singular”. Ya he escrito yo en ocasiones anteriores, que las primarias en el PSOE me han parecido un ejercicio fabuloso de democracia interna, algo que sí, seguramente, tendrán presente en el futuro los analistas políticos. Pero ¿un hecho singular? Sí en los tiempos actuales, pero no si repasamos nuestra historia no tan lejana. No si estudiamos lo sustancial de la historia, y no nos limitamos a ver lo más accidental de la misma. Unamuno – que no era historiador, pero sí algo sabía del tema – decía que no hay que entender la historia, exclusivamente como lo que acontece en la superficie, lo que mete ruido, la agitación de los bullangueros. Él llamaba “intrahistoria” (“Evolución y revolución” 1886) a la dimensión interna de la historia. Y lo ilustraba con la conocida metáfora, del contraste entre la superficie agitada del mar y la quietud de las aguas abisales. Tal idea no es de Marx ¡bien sûre! y ni siquiera por completo de Unamuno, que la había encontrado esbozada en la demótica de Machado Álvarez y en “Guerra y Paz” de Tolstoi. Pero es de ahí, pienso, de donde me viene ese regusto a algo ya conocido ¡Ah los muchos años!
XIII Congreso en Suresnes
Los medios y los analistas peor documentados, se escandalizan de lo que ha pasado últimamente en el PSOE, y lo interpretan como algo sobrevenido en la historia. La historia que ellos conocen, claro, sólo la de los últimos 20 años. Remarcan como un lamentable error y algo nuevo, que Pedro Sánchez haya optado por dar un viraje a la izquierda, para intentar atajar la sangría de votos hacia Podemos. Pero eso de pelear primero por la hegemonía de la izquierda, tiene más años que Matusalén. En los años veinte del pasado siglo, la batalla por la izquierda, entre los socialdemócratas y los emergentes comunistas, estuvo en el orden del día, en la mayoría de países del centro, sur y oeste de Europa. Y en los años setenta el PSOE, consciente de la fuerza que había adquirido el PCE, en su lucha contra la dictadura franquista, salió del Congreso de Suresnes con un profundo giro hacia la izquierda, dispuesto a disputarle a los comunistas los votos de ese espacio. Pues ahora lo mismo, lo “déjà vu”, aclaremos quien manda en la izquierda.
Reprochan a Pedro que se haya rodeado en su ejecutiva de personas de su absoluta confianza, sin apenas margen para la integración. ¿Y qué lección esperaban que hubiera aprendido del golpe palaciego del 1 de Octubre? Pero también eso ya lo he visto. Felipe no integró a nadie en 1979, de los que se habían opuesto a la redefinición del influjo del marxismo, en nuestros principios, y que le había costado su dimisión ¡Qué yo ya estuve allí!
Disputar a UP la hegemonía del voto de izquierda, urbano y juvenil, aunque sea vía el abrazo del oso, me parece acertado como primera tare del nuevo PSOE. Lo del apoyo del centro izquierda – lo que sea que eso signifique – llegará como consecuencia. Con Felipe tuvimos que esperar de 1974 a 1982. Así que un poco de calma y paciencia.
Y todo ello siendo muy conscientes, de que siempre a nuestra izquierda habrá alguien. Pues eso del sueño romántico de la “revolución” es algo muy adictivo. En la izquierda han existido siempre dos culturas políticas disímiles y opuestas, que resultan difícilmente insolubles entre sí. Y esto no es sólo un problema español, se viene dando un poco por toda Europa. Como ya he dicho, desde los años veinte del pasado siglo, hasta finales del mismo, con la caída del Muro de Berlín, ese criterio de demarcación entra las izquierdas, separó y opuso al comunismo frente a la socialdemocracia. Pero hoy parece manifestarse mejor, por la dicotomía entre populismo – sea lo que sea lo que signifique el vocablo – y socialdemocracia.
El catedrático Enrique Gil Calvo explica bien a mí entender (y nos lo recordaba hoy Antonio Papell en el Diario de Mallorca) la diferencia entre ambas culturas de la izquierda, sintetizándola en tres rasgos definitorios:
Ante todo la identidad colectiva, el “quien somos nosotros”, como cemento capaz de soldar, integrar y erigir un sujeto político. Ambas culturas interpelan a unas mismas bases sociales heterogéneas entre sí, definibles como clase media urbana, clase obrera y/o clase popular. Pero mientras la tradición socialdemócrata trata de articularlas, estructurarlas y cohesionarlas, apelando a sus intereses comunes, en cambio el llamado, mejor o peor, “populismo”, intenta hacerlo apelando a sus aversiones comunes. Lo cual hace que la identidad populista, se caracterice por su negatividad, pues necesita fabricar un “enemigo del pueblo” (lo de la “clase contra clase” o “socialfascistas” de los viejos estalinistas).
En segundo lugar la estrategia, el modelo de sociedad que se piensa construir. La cultura socialdemócrata aspira al pluralismo universal incluyente. Un pluralismo que, para Juan Linz, es el mejor criterio de demarcación, para trazar la frontera, entre democracia y autoritarismo. Mientras que el populismo no busca desarrollar la pluralidad, sino construir la hegemonía de Gramsci, entendida como homogeneidad cultural, y de ahí su propensión a las purgas y las limpiezas excluyentes.
39 Congreso
Y por último, la táctica o método de competir por el poder. Y la competición por el poder es siempre ambivalente, al basarse tanto en la negociación, el acuerdo y el pacto, como en la lucha, el conflicto y el antagonismo. Y de estas dos dimensiones de lo político, la cultura socialdemócrata se basa en la búsqueda de compromisos, mientras que la razón populista, tiende a exacerbar el conflicto antagónico.
O sea, nada nuevo bajo el sol, los perros de siempre con collares adaptados al siglo XXI.
Hace cuarenta años la derecha era AP, hoy PP; el centro UCD, ahora Ciudadanos; la izquierda el PSOE, hoy el mismo PSOE; y la extrema izquierda el PCE, ahora Unidos Podemos. Los nacionalismos los mismos más o menos. Y una serie de grupos residuales, como hoy. Y claro, muchos a esto lo llaman la “nueva política”. ¡Vamos anda!
Lo que decía: Un cierto regusto a un “déjà vu”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Junio del 2017.





miércoles, 21 de junio de 2017

PROLEGÓMENOS DE LA TRANSICIÓN

Ahora que celebramos los 40 años de Democracia y de la Transición, me gustaría rememorar, como fueron, al menos como los viví yo, los prolegómenos de la misma.
Me es imposible recordar cuando escuché por primera vez la palabra “Democracia”. Nací en una familia demócrata a carta cabal, y debí escuchar el vocablo prácticamente en mi alumbramiento, junto a otros como libertad, respeto, educación, leer…
Cuando accedí a la universidad en 1963, “Democracia” se repetía insistentemente a todas horas y en todos lo círculos. Pero el sentido que a la misma se le daba, era equívoco e incluso contradictorio, en boca de según quien. Para unos democracia era algo burgués y por tanto rechazable: democracia “formal”, “burguesa”. Para otros democracia equivalía a democracia radical que, a su vez, se confundía con revolución democrática. Sólo para unos pocos, muy mal vistos entonces, democracia significaba la sumisión voluntaria, a las reglas del juego de la representación parlamentaria, pues asumíamos la negociación política, como expresión legítima de la opinión de la ciudadanía, concienciada o no concienciada, alienada o no alienada.
Como recordaba muy bien Jordi Gracia en El País: La convencida ilusión revolucionaria, que fraguó entre las juventudes universitarias más politizadas desde los años sesenta, no dio el menor crédito a la democracia como sistema de pactos, contrapesos y transacciones, pues eso era claudicación socialdemócrata y pequeño burguesa, como mínimo.
Y no, no me fue cómodo ser un asqueroso socialdemócrata pequeño burgués, durante mis cinco años en la Complutense. El ideal hegemónico allí era otro, porque la revolución, como el poder y la autoridad, no se pacta ni se negocia, se impone. La revolución se venía a entender como un despotismo ilustrado: para el pueblo, pero sin el pueblo. El “sueño” era cual moneda de una sola cara, no había lugar para más. La revolución tenía que acabar con el franquismo, incluso con el que se titulaba reformista, pero también – y me temo que esencialmente – con las formaciones que denominaban “burguesas” o “pequeño burguesas”, tan dispuestas a plegarse al teatro de una democracia parlamentaria a la europea.
Me supo mal, de verdad, por muchos de mis amigos que andaban mecidos en aquel sueño. La Transición la vivieron como una despiadada traición a su juventud revolucionaria que, con la literatura, la ideología, el ideario libertario, el comunismo soviético, el trotskismo, el maoísmo y la contracultura toda, había pergeñado un detallado programa de futuro, sin contar con una población que ni sabía quienes eran Rimbaud, Lautramont ni Allen Ginsberg. Y aquella población real, cuantificable, votó a Adolfo Suárez, ignorando los ensueños de la marihuana y del “caballo” letal.
El fracaso fue estrepitoso para las “vanguardias”, porque la población de aquella democracia en construcción, no soñó con revolución alguna, ni se prendó de sus condiciones despóticas. Pero sí aquella precaria democracia de los “pequeños burgueses” y los cerdos socialdemócratas, arrasó con el sistema legal del franquismo, y fundó otro de nuevo cuño: a partir de 1978 llevó a cabo una auténtica ruptura democrática. El despiste de aquella revolucionaria contracultura, fue entonces descomunal, porque la revolución era ya sólo una fantasía derrotada, un objetivo ya no viable con las cifras electorales en las manos. Fue entonces, como cuenta Jordi Herralde en El País Semanal, cuando los lectores de la “revolucionaría” Anagrama abandonaron la editorial, diez años después de su fundación. “De golpe y porrazo buena parte de aquellos lectores inquietos, que se interesaban por todo, dejaron de leer no sólo textos políticos, sino también de pensamiento, de teoría, lo cual provocó la desaparición de la totalidad de las revistas políticas, y el colapso de la mayoría de las editoriales progresistas”.
Y ¡al loro! los menos avisados: Podemos no tiene nada que ver con la revolución enterrada, que algunos soñaban en los setenta: para ellos, al menos en su imaginario, la revolución lo era de verdad, porque quería cambiarlo todo. Podemos carece de aquel “élan” revolucionario: discute, amaga, recela, engaña, traiciona, teatraliza… como las demás fuerzas “pequeño burguesas”.
Pero para muchos, entre los que me cuento, para la gran mayoría de la población, sí fue una gran noticia que triunfara la ruptura pactada – como la denominó Carrillo – por encima de la soñada revolución. El “demos” no era revolucionario, como apunta Gracia, o más bien fue democrático en el sentido en que lo eran, lo son, las democracias realmente existentes en la Europa de aquel tiempo. Y sí, la democracia es imperfecta y, además, no es nunca ni pura ni inmaculada. Lo malo fue que la fantasía de la pureza siguió viva y, por ende, la frustración también. Muchos de aquello jóvenes, hoy ya adultos y hasta muy mayores, no renunciaron a que la literatura y la vida siguieran siendo lo mismo: un ensueño fascinante y adictivo. Pero al que personalmente, no le veo ejemplaridad alguna.
Lo que no podemos remediar, es el trágico error que anidaba en los sueños líricos e ideológicos, de los que soñaba con la revolución. A ellos sin duda la Transición los traicionó. Pero los que la llevaron a buen puerto no se equivocaron. Sólo quien mida el éxito de la Transición desde el romanticismo revolucionario, puede afirmar que fue un fracaso. No es mi caso.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 17 de Junio del 2017.