Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

lunes, 17 de abril de 2017

G.E. MOORE Y EL SENTIDO COMÚN (I)

En su excelente autobiografía, Bertrand Russell cuenta una anécdota sobre Moore, con la que me siento muy identificado. Escribe Russell (traduzco del francés): “Uno de los entretenimientos preferidos de todos los amigos de Moore, estribaba en contemplarlo a la hora de preparar su pipa. Encendía una cerilla, e inmediatamente seguía con una discusión, hasta que la cerilla le quemaba los dedos. Entonces encendía otra, y así sucesivamente hasta acabar la caja de cerillas. Esta práctica le fue indudablemente saludable, al asegurarle algunos momentos en los que no fumaba”.
Mi vieja relación con las obras y el pensamiento de Lord Russell, me llevó a entrar en contacto con los escritos de otros filósofos: Alfred Jules Ayer, Ludwig Wittgenstein, y George Edward Moore. Y de nuevo me encontré con éste último hace unos meses, al publicar un sucinto artículo sobre John Maynard Keynes, con motivo del 70 aniversario de su fallecimiento.
Moore es un clásico de la filosofía contemporánea, pero aunque su prosa ha sido justamente celebrada por su simplicidad y lucidez, su lectura no es fácil ni muy amena. Y es que los filósofos no escriben de ordinario, con la intención de servir de pasatiempo a sus semejantes, aunque muchos de ellos lo consigan incluso sin proponérselo. Y también es curiosamente cierto, que muchos problemas técnicos de la filosofía, como el de si la existencia es o no un predicado, han conseguido desde Kant, apasionar a una amplia gama de filósofos y lectores.
Russell y Moore
La filosofía analítica tiene a Moore por uno de sus fundadores y principales animadores. Y dice Javier Muguerza: “Preocupantes son los reparos de quienes consideran obsoleto ese tipo de pensamiento, aun sin por lo demás tomarse siempre la molestia de estudiarlo previamente”. La filosofía analítica no es, desde luego, cosa de ayer. Pero la misma diversidad de sus manifestaciones, que con frecuencia hace difícil agrupar bajo un mismo rótulo, tendencias filosóficas tan dispares como el atomismo lógico, el neopositivismo, las distintas etapas del influjo wittgensteiniano, o las plurales direcciones del análisis actual es, como poco, un indicio de su vitalidad. Y sería de lamentar, error en el que espero no caer, confundir la crítica de lo que se conoce más o menos a fondo, con el desprecio de lo que supinamente se ignora.
Como he adelantado, Moore pasa por ser una de las grandes figuras del movimiento analítico, comparable por su talla a Russell o Wittgenstein. Cierto que el horizonte de sus intereses, es bastante más reducido que el del primero; y la profundidad de su penetración en la temática que realmente le interesó, es sin duda menor que la del segundo. Pero la seriedad con que asumió su oficio de filósofo, candorosa y hasta ingenua más bien que solemne o pedantesca, es superior, si cabe, a la de ambos. Si en el siglo pasado hubo un filósofo “puro”, ese fue sin duda Moore. Semejante “pureza”, a la que Moore debe su mayor fama, acaso sea también lo que hoy más le distancia de nosotros. John Maynard Keynes, condiscípulo suyo en Cambridge, escribió: “No veo razón para que arrumbemos hoy sus intuiciones básicas… por más que estas se nos revelen de todo punto insuficientes, para dar cuenta de la experiencia real de nuestros días. Que provean una justificación de una experiencia, completamente independiente de los acontecimientos externos, entraña un aliciente adicional, aun si ya no es posible vivir confortablemente instalados, en el imperturbable individualismo que fue el gran sueño hecho realidad, en nuestros viejos tiempos eduardianos”.
Moore fue, en cualquier caso, un típico espécimen de filósofo universitario. A lo largo de veintiocho años (1911-1939) profesó, trimestre tras trimestre, en la Universidad de Cambridge, en la que antes había estudiado durante otros doce. Fellow de por vida del Trinity College, miembro activo de la Aristotelian Society, editor de la revista Mind desde 1921 a 1947, Moore fue todo lo que un filósofo inglés de la época podía ser, sin salir de los apacibles confines del recinto académico. Y ese academicismo, según algunos analistas, podría haber contribuido a angostar algo, la mira de sus preocupaciones filosóficas. Al serle reprochada por un crítico, la limitación de sus preocupaciones filosóficas, respondió: “Quizá no haya motivos para lamentarse de no haber abordado otro género de cuestiones, acaso de mayor transcendencia práctica, con las que sólo me habría sido dado bandearme, peor de lo que lo hice con aquellas de que efectivamente me ocupé”. Y lo menos que se puede decir de esa contestación, a mí entender, es que se trata de una respuesta muy honrada. Y es que el pensamiento filosófico de Moore rezuma honradez por todos sus poros. Esa honradez que no es sólo la que impide a un filósofo – según opina Muguerza – embarcarse en aventuras que considera exceden a sus capacidades, sino también la que le incita, sin retórica, a buscar la verdad, y a poner esa búsqueda, por encima de todo otro objetivo. Que la verdad, en la filosofía como en cualquier otro dominio de la cultura humana, sea más o menos ardua de lograr, eso ya es harina de otro costal.
Trinity College
A juzgar por la devoción de muchos de quienes frecuentaron sus clases de Cambridge, la influencia de sus casi seis lustros de ininterrumpida docencia, debió ser muy grande. Y, según las mismas fuentes, el Moore de dichos cursos estaba por encima de sus publicaciones. El Moore que más se conoce, al menos por los que no somos sino amateurs en este campo, es el filósofo moral, es decir, el Moore de los Principia Ethica de 1903, o de las Ethics de 1912, libros, ambos, escritos fuera del ambiente de Cambridge, y anteriores a su época de madurez. Y aunque esos dos libros han bastado para asegurar a Moore, un puesto privilegiado en la historia de la ética contemporánea, lo cierto es que el filósofo, no volvería a tratar por escrito de cuestiones de ética, hasta la Reply to my Critics, con que se cierra el volumen colectivo The Philosofy of G.E. Moore de 1942. Autores de tan diferente orientación como Alfred C. Ewing, Richard B. Braithwaite (el anfitrión del célebre debate – “El atizador de Wittgenstein” - entre Popper y Wittgenstein) o Norman A. Malcom, no han vacilado en señalar A Defence of Common Sense, como la cumbre de la producción filosófica de Moore. Y, sea o no discutible esa valoración, en el mismo se encierra ciertamente, según Muguerza, la clave de toda la comprensión de su filosofía.
En sus años de estudiante de filosofía, a finales del XIX, Moore pudo todavía vivir un capítulo de la historia de esta última, muy diferente del que – en compañía de Russell, y con la decisiva aportación ulterior del primer Wittgenstein – iba a contribuir a inaugurar. De entre sus mentores filosóficos, ninguno logró ejercer sobre él, según su propia confesión, una sugestión comparable al del neohegeliano Mc Taggart. Aunque el hegelianismo de aquellos neohegelianos británicos era, en verdad, un hegelianismo muy sui generis, y hasta cabría, dice Muguerza, tal vez dudar de la conveniencia de llamarlos “hegelianos” en algún sentido (como agudamente observó John Passmore: “La dialéctica de estos filósofos, más parece tener que ver con la dialéctica parmenídea, que con la de Hegel”). Por lo que quizá fuese mejor hablar de “metafísicos” y, todavía más adecuado, apellidarlos como “metafísicos desenfrenados”. Pues lo cierto es que, como Russell, e incluso el primer Wittgenstein, Moore no dejó de cultivar toda su vida, un cierto tipo de metafísica austeramente sofrenada.
Wittgenstein
Entre aquellos analistas, para quienes la filosofía analítica comienza justo, y sólo, con el Wittgenstein tardío, lo corriente es que hagan con Moore una excepción, considerándolo como un “wittgensteiniano avant la lettre”. Pero esa interpretación de Moore, que impondría a su filosofía lo que cabría llamar un “freno analítico de refuerzo” (según palabras de Muguerza), y la convierte en un simple y puro análisis del lenguaje, me parece a mí, que no soy ningún experto, una interpretación un tanto abusiva. Pues la ética de Moore, no se interesa únicamente por el significado de la palabra “bueno”, o cuestiones lingüísticas por el estilo, sino también por averiguar que cosas son buenas y que debemos hacer.
Y por si hubiera alguna duda, respecto a su comprensiva manera de entender la filosofía, en 1942 replicaría a su caracterización como un filósofo analítico, por parte de John Wisdom, en los siguientes términos: “Habla (Wisdom) de mí concepción de la filosofía como análisis, como si alguna vez yo hubiera dicho, que la filosofía se reduzca a análisis… Y no es verdad que yo haya dicho, creído o dado a entender nunca, que el análisis sea el único cometido apropiado de la filosofía. De mi práctica del análisis se puede ciertamente desprender, que este último es, en mi opinión, “uno” de los cometidos de la filosofía. Pero eso es todo lo lejos, a lo que estoy dispuesto a llegar en mis concesiones. Y analizar no es, desde luego, lo único que en realidad he tratado de hacer”.

(Continuará)

Palma. Ca’n Pastilla a 25 de Marzo del 2016.


lunes, 10 de abril de 2017

¿DEMOCRACIA DIRECTA O REPRESENTATIVA?

Este es un debate abierto desde la “polis” griega. Soy un gran defensor de la democracia representativa. De los debates pormenorizados, de las propuestas y contra propuestas, antes de tomar una decisión. De instituciones de control sobre los líderes, para que no se conviertan en tiranos o salvadores. Pero también de que la militancia participe en la elección de los dirigentes, rompiendo la endogamia de los aparatos. Y de que se pulse la opinión de los afiliados en las grandes decisiones, como las coaliciones postelectorales para formar gobierno.
Este dilema, aunque no por primera vez, se ha abierto en profundidad en el PSOE, a raíz de la decisión de Pedro Sánchez, de dar mucho más protagonismo a las bases. Si Pedro gana se variaran los Estatutos del partido, y se cerrará de momento el tema. Pero sólo de momento.
Si, sólo de momento, porque la Historia no es así como algo petrificado en un momento dado, es más como el río de Heráclito que fluye sin cesar. Las “polis” griegas se esclerotizaron, y Filipo de Macedonia y su hijo Alejandro acabaron con ellas. Las instituciones del Imperio Romano, dieron paso a las del sistema feudal. Estas al absolutismo de los reyes y las naciones estado. La Ilustración y la Revolución Francesa, llevaron a los sistemas parlamentarios… Y la Historia sigue fluyendo.
Escribe Gonzalo López Alba en “El Confidencial”, y algunos compañeros lo han utilizado para defender las posiciones de Susana Diaz:
2. “Al establecer un sistema de frenos y contrapesos, los padres fundadores [de Estados Unidos] pretendían evitar ese mal que […] que los antiguos filósofos denominaban tiranía. Tenían en mente la usurpación del poder por un solo individuo o grupo”. El PSOE copió este modelo al establecer un sistema de funcionamiento que combina el presidencialismo del secretario general —reforzado con el voto directo de los militantes en las primarias, propio democracia directa—, el parlamentarismo de los comités territoriales —propio de la democracia representativa— y el asambleísmo de las agrupaciones locales”.
Y a esto es a lo que me refiero, cuando digo lo de considerar la Historia como algo petrificado: Los Padres Fundadores, en la Convención de Filadelfia (1787), establecieron las instituciones de la República y su funcionamiento. En un momento dado ¿en tiempos de Pablo Iglesias? el PSOE se dio sus Estatutos. ¿Y a lo largo de los siglos, nada ha cambiado? Nada más erróneo.
En la citada Convención, los Padres Fundadores, en vez de considerar la lucha por la Presidencia, como una ocasión para movilizar las masas, respecto a unos ideales programáticos, diseñaron el sistema de selección, con unos propósitos muy diferentes, e instituyeron el Colegio Electoral. Hoy muchos consideran éste, como un anacronismo, en el mejor de los casos, o como una peligrosa bomba de relojería en el peor, una bomba que puede explotar, adjudicando la Casa Blanca, al candidato que ha perdido en el voto popular. Acaba de suceder con la elección de Trump. Para sus artífices, el Colegio Electoral era un ingenioso dispositivo, para evitar la Presidencia plebiscitaria. Pretendía alentar la selección del hombre, con un pasado más distinguido al servicio de la República. La virtud republicana, no la demagogia populista, tenía que ser el requisito principal. Estoy seguro, porque los conozco bien, que esto es lo que siguen pensando algunos líderes históricos del PSOE, respecto a la legitimidad de los Congresos a la antigua usanza, por encima de las Primarias. Pero la Historia, adaptándose a las circunstancias cambiantes, para bien o para mal, ha convertido la elección a la Presidencia de los Estados Unidos en un plebiscito, y la elección de nuestro Secretario General, en algo parecido mediante las Primarias.
Pero otras instituciones, también han ido cambiando en composición y funcionamiento, a lo largo de la Historia. Por ejemplo, como explica Bruce Ackerman en “We The People”, hoy, para la mayoría de americanos, la Cámara de Representantes, es la más localista de las instituciones nacionales, y esperan que cada uno de sus miembros, se ocupe preferentemente, de los intereses más limitados de su distrito particular. Pero los Padres Fundadores esperaban algo diferente de dicha Cámara. Para ellos la misma, tenía que parecerse a la Cámara de los Comunes inglesa que, tradicionalmente, había servido como portavoz del país frente a la Corte. Y en sus orígenes, la Cámara de Representantes, era la única parte del gobierno, directamente elegida por los ciudadanos de Estados Unidos. Y por ello se esperaba, que fuese la institución que expresase el lado más nacionalista, de la temprana vida republicana. El Senado, en cambio, según la Convención de Filadelfia, era elegido por la asamblea legislativa de cada Estado (hubo que esperar a 1909-1920, a la XVII Enmienda, para que fuera elegido directamente por los ciudadanos). Aunque el mandato de seis años, otorgaba a los senadores una mayor independencia deliberativa, de la que disfrutaban sus colegas de la Cámara Baja (elegidos cada dos años), la forma en que eran designados, hacia de ellos una especie de embajadores, de sus estados respectivos, que controlaban las tendencias nacionalistas de la Cámara.
Todo esto ya había revertido a principios del pasado siglo. Y hoy los americanos esperan de los senadores, que adopten una perspectiva más amplia, más nacionalista, que el típico representante de la Cámara, si bien la parcialidad de cada senador, respecto a su propio Estado, todavía hace que sea una figura relativamente provinciana, comparado con un Presidente plebiscitario, que constantemente explica, que él es el único funcionarios, elegido por todos los estadounidenses.
Como vemos, todo cambia, todo se adapta a los nuevos tiempos, la Historia fluye incesantemente. Y sobre todo eso, pienso, deberíamos reflexionar con serenidad, cuando discutimos de reformar la Constitución de 1978. O cuando debatimos si el PSOE de hoy, puede seguir organizado según los esquemas del Congreso de Suresnes.
Mientras tanto, me parece que ya podemos afirmar, que estas Primarias en el PSOE se han convertido “de facto”, en un proceso constituyente. Siempre que aceptemos, claro está, que existe una teoría en el Derecho Constitucional, que contempla como proceso constituyente: la radicalización de la democracia mediante la imposición de nuevas cartas de derechos, fruto de las nuevas necesidades políticas y socioeconómicas de la inmensa mayoría
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Abril del 2017.



miércoles, 5 de abril de 2017

ISAIAH BERLIN

El pasado mes de febrero, Henry Hardy, el editor de los grandes ensayos del gran historiador de las ideas Isaiah Berlin, dio una conferencia en Madrid. Y ese hecho me llevó a releer las obras de Berlin que figuran en mi biblioteca. Especialmente la biografía que sobre él escribió Michael Ignatieff; y su libro de ensayos “Sobre la Libertad”.
Sin Henry Hardy, es posible que Isaiah Berlin no fuera el Isaiah Berlin tan famoso. El propio Hardy recordó alguna vez que Berlin decía de si mismo: “Soy como un taxi, me tienen que parar”. Es decir, que tenían que forzarlo para que escribiera, y sus ensayos respondían a encargos concretos, y no siempre llegaban a publicarse. De forma que anduvieron mucho tiempo dispersos. Hasta que Hardy tomó el mando de la nave, y se convirtió en el editor de los 18 volúmenes de ensayos de Berlin, y de los cuatro que reúnen su correspondencia. Así que lo sabe todo sobre el gran maestro del pensamiento liberal, y uno de los historiadores de la ideas de mayor fuste y brillantez.
Berlin era un hombre conciliador, y le encantaba perderse en sus largas conversaciones. Cuando se le pedía su firma para defender algo en un periódico, se negaba, pues lo consideraba un gesto vacío. Prefería hablar con quienes defendían una posición distinta a la suya, para ver si los podía persuadir y que cambiaran de opinión. Disfrutaba con cualquier tarea intelectual. Su definición de “intelectual”, es la de alguien que quiere hacer las ideas lo más interesantes posibles.
Un día un profesor de Harvard, le convenció de que la filosofía nunca progresa, que no sabes más al final de tu vida como filósofo, de lo que sabías al principio. Como Berlin quería saber algo más, la historia de las ideas le iba a dar esa oportunidad. Su principal interés era la gente, y la filosofía que se hacia en los años treinta, era demasiado abstracta.
Alexander Herzen
Uno de los grandes talentos de Berlin, era imaginarse dentro de la piel de otra persona, especialmente en la de aquellos con los que no coincidía, en su manera de ver el mundo. Solía decir que sabía exactamente como pensaba Marx, y eso que muchas de sus ideas, tenían lo que a él menos le gustaba: esa absoluta certeza sobre la marcha de la política, de la economía. Quizá fuera el haber presenciado de niño, los primeros disturbios de la revolución bolchevique (este año se cumple el centenario) lo que creó en él un radical rechazo de cualquier forma de violencia, y más de las que estaban inspiradas en certezas políticas.
A Berlin le aburría leer a la gente con la que estaba de acuerdo, tenía más interés en conocer a aquellos con los que disentía. Estaba con los ilustrados en su batalla contra el oscurantismo, el autoritarismo, las fuerzas oscuras que esclavizan a una sociedad. Pero pensaba de ellos, que fueron muy lejos al considerar que las cuestiones humanas, podían abordarse de la misma manera, con que las ciencias tratan los fenómenos naturales. Las ciencias estudian lo general, y buscan regularidades que pueden ser predecibles. Las humanidades pretenden entender lo que es único y particular, lo que ocurre de verdad con una persona en una situación concreta.
Para él existen dos formas de libertad. La “negativa” es aquella que te permite ser libre de algo, superar cualquier interferencia que quieran imponerte, la libertad “de”. La “positiva” tiene que ver con la pregunta ¿quién está al frente? Y la respuesta correcta debería ser que mando yo: la libertad “para”. Berlin quería que los hombres fueran los autores de sus propias vidas. Pero hay quienes consideran que esa libertad “positiva”, podría obligar a ajustarse a la voluntad del Estado, y que el final sería igualmente una forma de esclavitud. Berlin era muy crítico con Hegel, que consideraba que toda persona racional querría hacer lo correcto, lo que se ajusta al Estado, pero esto no es más que retorcer la lógica de las cosas, y por eso estaba radicalmente en contra del comunismo y del fascismo.
Le encantaban a Berlin los juegos intelectuales. Sostenía que se podía tener dos temperamentos, y de ahí su archiconocida dualidad del erizo y el zorro: “los hay que están obsesionados, como el erizo, con una sola idea que los ayuda a explicar todo, y los que, como el zorro, cultivan la variedad y se fijan en casos concretos”. Tolstoi, decía, fue un magnífico zorro en sus novelas, pero estaba obsesionado con entender la historia, desde un único principio que lo organizara todo, como el erizo. (Escribía Rubén Amón en El País: “Hay un zorro, Pedro Sánchez, y un erizo, Susana Díaz, mimetizados ambos en las propiedades que atribuye Isaiah Berlin a cada animal, en un feliz ensayo escrito en 1953. El erizo, a semejanza de Susana Díaz, es obstinado, determinado, perseverante en sus convicciones. Y el zorro sabe adaptarse a los cambios. Es voluble y astuto, exactamente como le sucede a Pedro Sánchez en su enésima resurrección política. Parecía sepultado después del psicodrama de Ferraz y de la entrevista a Jordi Évole, pero la corpulencia de su lema embrionario, "No es no" y el fervor de la militancia en el anatema contra Mariano Rajoy, le han proporcionado una desmesurada euforia).
Alexander Ivanovich Herzen, intelectual y revolucionario ruso (Moscú, 1812 - París, 1870) fue uno de los grandes héroes de Berlin, acaso el mayor. Su manera de ser era muy parecida a la suya. Fue un gran conversador. Lo más importante que tomó de Herzen, era que jamás se puede tolerar hacer sufrir a nadie en el presente, con la promesa de que eso servirá para conseguir algo mejor para la humanidad, en el futuro.
Los grandes principios son diferentes y reclaman compromisos distintos. No hay una fórmula a la que agarrarse, para decidir cual es mejor. Es lo que Berlin llama lo inconmensurable: no hay una manera única de decantarse. Y eso es lo trágico, que debemos elegir entre unos valores y otros cuando son incompatibles, y eso te desgarra.
Nos recuerda Isaiah Berlin que el Romanticismo fue muy lejos, reformando los rasgos particulares de cada cual, hasta el punto de cuestionar valores que podían ser universales. Y eso, estos días aciagos, nos devuelve a Trump y al escenario de la posverdad. Se ha desentendido de los hechos, para producir una realidad alternativa. Y además está su afán por generar un culto a su propia personalidad. Son dos gestos claramente románticos. (Un día de estos escribiré más extensamente sobre el Romanticismo).
Baste hoy insistir en que la radical oposición de Berlin, a quienes están convencidos de tener una repuesta para todo, es en estos tiempos más relevante que nunca.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Marzo del 2017.

lunes, 27 de marzo de 2017

"CINQUE". ANNA AJMÁTOVA

Hoy, cuando comienzo a escribir este artículo, me parece que es “El día de la poesía”. Pero ya me he hecho un lío con los “día de”, cada mañana se despierta uno con un “día de”. De todas formas el otro día, un amigo o amiga citaba en su muro, entre otras poetisas, a Anna Ajmátova, y me llamó la atención, pues la rusa no se suele mencionar mucho por estos lares. Como sea, ello me recordó una noche memorable que pasaron juntos, ella e Isaiah Berlin, en San Petersburgo (entonces aún Leningrado).
Berlin (en 1945) fue en busca del antiguo piso, en el que había vivido con su familia hasta 1917 en la Angliiski Prospekt. Ante él permaneció allí un rato, en medio de la nieve, absorbiendo la atmósfera fría y húmeda del patio interior, tan sórdido y abandonado como la última vez que él lo había visto, en época de Lenin. Ya de regreso, se detuvo en una vieja Librería de Escritores, al final de la Nevsky Prospekt. Inició una conversación con una de las personas que husmeaban por la sala trasera, y que resultó ser el crítico e historiador Vladimir Orlov. Berlin le preguntó que había sido de los escritores de la ciudad, y le mencionó dos nombres: Mijaíl Zoshchenko, cuya sátira mordaz y melancólica “Escenas de la casa de baños”, le habían convertido en uno de los escritores soviéticos más populares de los años veinte; y también el de Anna Ajmátova, una poetisa de la era prerrevolucionaria, a quien no se le había permitido publicar nada desde 1925, y de la cual no sabía siquiera si aún vivía. Para su sorpresa, Orlov le respondió: “Pues claro que vive, y no muy lejos de aquí ¿Le gustaría conocerla?”. Pues claro que sí. Orlov hizo una llamada telefónica, y le dijo a Berlin, que la poetisa les recibiría aquella misma tarde.
Anna Ajmátova
Ambos se encaminaron a Fontanny Dom, palacio del siglo XVIII de la familia Sheremetiev, en el que mal vivía Ajmátova. Su ornamentación barroca de escayola amarilla y blanca, estaba agujereada por la metralla, y en algunos sitios desconchada por el abandono. La mayor parte del piso estaba ocupado por el ex marido de Ajmátova, Nikolai Punin, su mujer y su hijo. Al fondo la poetisa tenía una habitación vacía y desnuda: ni alfombras en el suelo, ni cortinas en las ventanas, sólo una mesa pequeña, tres sillas, un arcón de madera, un sofá y, cerca de la cama, un dibujo de Ajmátova, un apunte rápido de su amigo Amedeo Modigliani.
Majestuosa, con el pelo cano y un chal blanco sobre los hombros, Ajmátova se levantó para saludar a su primer visitante de aquel continente perdido. Isaiah se inclinó; parecía lo apropiado porque tenía el aspecto de una reina trágica. Tenía veinte años más que él, había sido en su día de una afamada belleza, y ahora vestía pobremente, estaba gruesa, tenía sombras bajo los ojos oscuros, pero su porte era arrogante, y su expresión de dignidad distante. Berlin sólo sabía de ella, que había sido una figura brillante y hermosa, del círculo poético prerrevolucionario conocido como los Acmeístas; la estrella más fulgurante de la “avant-garde” de San Petersburgo durante la guerra, y de su lugar de reunión: el Café del Perro Vagabundo. Pero no sabía nada de lo que le había ocurrido después de la revolución.
Nada había falsamente dramático en el aire trágico de la poetisa. Su primer marido, Nikolai Gumilyov, había sido ejecutado en 1921 por la falsa acusación de conspirar contra Lenin. Los años de terror habían comenzado para ella en aquel momento, y no en 1937. Aunque escribía continuamente, a Ajmátova no le permitieron publicar ni una sola línea de su poesía (como ya hemos avanzado) entre 1925 y 1940. Durante aquellos años había sobrevivido, trabajando en la biblioteca de un instituto agrario, traduciendo, y escribiendo estudios críticos sobre Pushkin y escritores occidentales como Benjamin Constant.
Dibujo de Modigliani

Berlin le habló de todos los rusos insignes, que se habían refugiado en los países de la Europa occidental, a muchos de los cuales conocía personalmente. Pero en esto de la emigración Ajmátova se mostraba categórica. Los demás eran muy libres de elegir el camino del exilio, pero ella nunca abandonaría Rusia. Su lugar estaba entre su gente y su lengua madre. Isaiah estaba impresionado. La más grande poetisa en su lengua madre, estaba allí hablando con él como si hubiera pertenecido siempre a su círculo, como si él conociera a todas las personas que ella conocía, hubiera leído todo lo que ella había leído, y comprendiera todo lo que decía y quería decir. Estaba a punto de producirse, un momento de la más pura comunicación, de esos que sólo ocurren una o dos veces en toda una vida. A Berlin le encantó descubrir el lado desdeñoso, sarcástico y levemente malicioso de Anna; entonces su regio talante, se mostraba algo más humorístico y humano. Habló divertida sobre la pasión recurrente de Pasternak por ella; en los años veinte Boris se presentaba en su casa y decía suspirando, que no podía vivir sin ella, pero al cabo se cansaba y rogaba a su mujer, que viniera a recogerle para volver a casa.
Ajmátova le confesó que se sentía muy sola, que su Leningrado se había convertido en un lugar desolador. Le habló a Isaiah de sus amores pasados, por Gumilyov, Shileiko y Punin y, movido por aquel tono confesional – pero quizá también para impedir cualquier interés erótico en él – Isaiah confesó que él estaba también enamorado (por aquel entonces de Patricia Douglas). Sin embargo Ajmátova, parece haber transmitido una versión desaforadamente tergiversada de los acontecimientos de esa noche, a Korney Chukovsky. Y ese comentario seguramente ha sido el responsable, del malentendido que ha pendido siempre, sobre ese memorable encuentro. Ningún ruso que lea “Cinque”, los poemas que dedicó a su noche juntos, puede creer que no se acostaran. En realidad apenas se rozaron. Él permaneció en un extremo de la habitación y ella en el otro. Lejos de ser un Don Juan, él era un neófito en materia sexual, que se encontraba solo en el piso de una mítica seductora, que había tenido profundas relaciones amorosas, con media docena de hombres de talento supremo. Pero aquella noche en el Fontanny Dom, en aquella habitación vacía y desnuda, con solo un plato de patatas, el dibujo de Modigliani, el humo de los cigarros asentándose en todo lentamente, la vida de Berlin se acercó más que nunca, a la quieta perfección del arte.
Posteriormente a esa noche inolvidable, Ajmátova le hizo llegar unos versos compuestos después de su visita. Berlin descubrió que los mismos formaban parte de “Cinque”, un ciclo de poemas de amor, que trazaban la trayectoria de su embeleso, su batalla contra la esperanza, su euforia y su pena ante la partida de Isaiah.
1
Como en el perfil de una nube
recuerdo tus palabras,
y por las palabras que yo te dije,
la noche se hizo más clara que el día.
Así arrancados de la tierra,
nos elevamos, como estrellas.
No hubo desesperanza ni vergüenza,
ni ahora, ni después, ni entonces.
Pero en la vida real, ahora mismo,
me oyes llamarte.
Y esa puerta que tú entreabriste,
no tengo fuerzas yo para cerrar de golpe.
2
Los sonidos se apagan en el éter,
y las tinieblas se apoderan del crepúsculo.
Hay tan sólo dos voces, la tuya y la mía.
Y al sonido casi de campanas
del viento que viene del invisible lago Ladoga,
el diálogo de noche cerrada se trocó
en delicado relumbrar de arco iris entrelazados.
3
Tanto tiempo detesté
ser complacida,
pero una sola gota de tu piedad
y giro como si tuviera al sol dentro del cuerpo.
Es por esto que hay alba en torno a mí.
Voy por ahí creando milagros.
¡Es por esto!
4
¿Qué dejarte en recuerdo?
¿Mi sombra? ¿De qué puede servirte un fantasma?
¿La consagración a un drama quemado
del que no queda una sola ceniza,
o el terrible retrato de Año Nuevo
súbitamente arrancado del marco?
¿O ese sonido apenas audible
de las brasas del abedul,
que no tuvieron tiempo de hablarme
del amor de otro?
5
No habíamos respirado la somnolencia de la amapola.
Y nosotros mismos desconocemos nuestro pecado.
¿Qué había en nuestras estrellas
que nos destinara al dolor?
¿Y que suerte de bebedizo infernal
nos brindó la oscuridad de enero?
¿Y qué suerte de fulgor invisible
nos volvió locos antes de amanecer?

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Marzo del 2017.

domingo, 19 de marzo de 2017

EL PERDÓN

En estos tiempos en que andamos tan airados, y en los que tantos se creen poseedores de la única verdad, y defensores de una acertada moral intransigente. En el que a nadie se le perdona ni el mínimo fallo o error cometido en el pasado, como si en la vida ya no se pudiera tropezar y volverse a levantar. En el que ya no se le permite a nadie rectificar ni enmendar su andadura. Unas reflexiones de Hannah Arendt, me vuelven a diario a la memoria.
Nos recordaba Arendt que la incertidumbre de la acción humana, en el sentido de que nunca sabemos del todo, lo qué es lo que estamos haciendo, cuando comenzamos a actuar dentro de la red de interrelaciones y dependencias mutuas, que conforman el campo de la acción, de la política, fue tomada por la filosofía antigua, como el argumento supremo contra la seriedad de los asuntos humanos. Y que, más adelante, fue esta incertidumbre, la que provocó la aparición de todas esas afirmaciones, de sobra conocidas, según las cuales los hombres que actúan, se mueven en una red de errores y de culpabilidad inevitables.
Hannah Arendt
Con Kant y con Hegel se hacía precisa una fuerza secreta, la “estrategia de la naturaleza” o la “astucia de la razón”, que funcionaba a espaldas del hombre, para explicar, a modo de “deus ex machina”, como la historia, que es hecha por hombres que nunca saben lo que están haciendo, y que siempre acaban por desencadenar, por así decirlo, algo distinto de lo que pretendían y querían que sucediera, y ello podía tener sentido, constituir una narración que transmitía un cierto sentido. Pero contra esa preocupación tradicional por un “poder superior”, al cual los que actúan saben que están sometidos, y comparado con el cual los hechos humanos, aparecen tan sólo como los movimientos juguetones, de un dios que maneja los hilos de las marionetas (Platón “Las leyes”) se sitúa el interés inmediatamente político por encontrar un remedio, en la propia naturaleza de la acción humana, que ponga la vida en común de los hombres a salvo de su incertidumbre de base, y de sus errores y culpas inevitables.
Una personalidad nada religioso como Hannah Arendt, nos explica que Jesús encontró ese remedio, en la capacidad humana para perdonar, que se basa asimismo en la comprensión de que en la acción, nunca sabemos lo que estamos haciendo (Lucas 23, 34), de modo que, no pudiendo dejar de actuar mientras vivamos, no debemos tampoco dejar nunca de perdonar (Lucas 17, 3-4).
La gran audacia y el mérito incomparable de este concepto del perdón – nos explica Arendt – consiste en que el perdón pretende hacer lo que parece imposible: deshacer lo que ha sido hecho, y establecer un nuevo comienzo, allí donde los comienzos parecían haberse hecho imposibles. Que los hombres no saben lo que están haciendo con respecto a los otros, que pueden querer el bien y hacer el mal, ha sido en gran tema de la tragedia desde la antigüedad griega.
Lo que se perdió por parte de la tradición de pensamiento político, y sobrevivió únicamente en la tradición religiosa, donde era válido para los "homines religiosi", fue la relación entre hacer y perdonar, como un elemento constitutivo del trato entre los hombres, lo cual era la novedad específicamente política, y no religiosa, de las enseñanzas de Jesús. (La única expresión política que encontró el perdón, es el derecho puramente negativo del indulto, prerrogativa de los Jefes de Estado en todos los países civilizados.) La acción, que es de modo primordial, el comienzo de algo nuevo, posee la cualidad contraproducente, de causar la formación de una cadena de consecuencias impredecibles, que tienden a atar para siempre al actor. Todos nosotros sabemos que somos, al mismo tiempo, el actor y la víctima en esta cadena de consecuencias, que los antiguos llamaban “destino”, los cristianos “providencia”, y que nosotros los modernos hemos degradado, arrogantemente, a “mero azar”. Perdonar es la única acción estrictamente humana, que nos libera a nosotros mismos y a los demás, del encadenamiento y la pauta de consecuencias, que toda acción engendra; como tal, perdonar es una acción que garantiza la continuidad de la capacidad de actuar, de comenzar de nuevo, en todo ser humano, el cual, si no perdonara ni fuera perdonado, se parecería al hombre de la fábula a quien se le concede un deseo, y es castigado, para siempre, con la satisfacción de ese deseo.
Pues eso ¡al loro!

Palma. Ca’n Pastilla a 9 de Marzo del 2017.

lunes, 13 de marzo de 2017

LA CASA DE LOS VEINTE MIL LIBROS

Acabo de leer un libro hermoso e intenso. En él arden la pasión por las ideas, el valor de la Historia, la necesidad de debatir. El inventario de Sasha Abramsky, acerca de la devoción de su abuelo (Chimen) por los libros y la lectura, me parece un bello testimonio, de la persistencia de la curiosidad humana, en un mundo en el que tener inquietudes intelectuales, parece algo ya muy a la deriva. Y es además un pedazo de la historia de Europa, creo que poco conocido.
Tuve noticias del mismo, por una de esas estupendas reseñas que escribe José María Guelbenzu en El País. ¿Qué hacen 20.000 libros en una casa de una pequeña urbanización, justo al lado del parque de Hampstead Heath en Londres? se pregunta Guelbenzu. Una urbanización construida en su día, sobre una antigua propiedad de una familia de banqueros victoriana, en una de cuyas calles se encuentra el cementerio donde yace Karl Marx (Highgate). Y no deja de ser irónico que a este lugar de antigua prosapia, vinieran a instalarse numerosos comunistas. Pero allí, en la zona llamada Hillway, fue donde Chimen y Miriam Abramsky (abuelos del autor) compraron en 1944, la que acabaría siendo la Casa de los Libros, y que fue el anzuelo que mordieron desde simples simpatizantes, hasta los grandes pensadores marxistas o liberales del momento.

<Se ve a sí mismo como parte de los libros, o a los libros como parte de sí mismo, no estoy seguro>

(William Morris. “Noticias de ninguna parte”)

Como se informa en el libro, Chimen Abramsky era hijo de Yehezkel Abramsky, uno de los rabinos más importante e influyentes del siglo. Chimen nació en 1916 en Minsk, vivió su adolescencia en Moscú y emigró a Londres, donde leyó a Karl Marx y se hizo ateo y comunista. Con la invasión nazi de Rusia se alistó en el Partido Comunista de la Gran Bretaña, que abandonaría en 1958, decepcionado por la realidad soviética. A partir de ese momento, se interesó más por la literatura judaica, se convirtió en un pensador liberal y humanista, y enseñó en la universidad. Pero sobre todo, fue un gran coleccionista de libros, y la formidable biblioteca de marxismo, socialismo y judaísmo de su casa, atrajo a toda suerte de visitantes.
Su nieto Sasha Abramsky, periodista y autor del libro, divide la ubicación de los libros de casa su abuelo en estancias. Cada habitación contenía colecciones temáticas de libros, de rarezas a verdaderas joyas. Chimen fue un enamorado de los libros y la cultura y un hábil coleccionista, al punto de codearse con los grandes compradores de la época. Llegó a trabajar, durante un tiempo, como asesor de la casa de subastas Sotheby’s.

Chimen Abramsky
La pasión por el marxismo, el deseo de saber, el desarrollo de la revolución de 1917, de la que ahora se cumple un siglo, el conflicto laicismo-judaísmo, la discusión viva de la realidad… convertía aquella casa en un especie de caldero en ebullición de noticias, pensamientos, teorías y esperanzas de un nuevo orden. El libro es, en realidad, la expresión de un mundo que estaba siendo sacudido por dos guerras mundiales, un cambio sustancial de mentalidades y, todo ello, englobado en el problema del judaísmo (Maimónides, la herejía de Spinoza, el famoso “Caso Jacobs”…) la creación del Estado de Israel, el antisemitismo… El cuadro de época que Sasha Abramsky proporciona al lector, me parece apasionante.
Como digo, este relato de vida me ha fascinado. Los que lo lean hallarán en él tesoros librescos, y oirán hablar de personalidades extraordinarias en la vida de Chimen, como Isaiah Berlin (el gran pensador liberal) como Harold Laski (politólogo, economista, escritor y conferenciante; que fue presidente del Partido Laborista entre 1945 y 1946. Y en cuyas clases se inscribió John F. Kennedy en 1935, como ya había hecho en el pasado su hermano mayor Joseph, aunque parece que por motivos de salud, no pudo asistir a ellas) o como los historiadores marxistas, que también formaron parte de mis lecturas no hace tanto: E. P. Thompson, Cristopher Hill, Maurice Dobb y, especialmente, Eric Hobsbawm, y tantos otros notables ensayistas y profesores. Pero lo más importante creo, es que el lector conocerá de primera mano, una época crucial de nuestro tiempo – al menos del que ya no somos jovencitos – desde cuatro perspectivas: familiar, política, religiosa y literaria. El retrato de la pasión por las ideas, junto a la solidaridad intelectual y familiar, ofrece una inteligente e impagable visión, de los dos primeros tercios del siglo XX en Europa.
Pues eso: un libro que bien vale la pena.

Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Marzo del 2017.

martes, 7 de marzo de 2017

LAS CARTAS DE PAPEL Y "EL PETARDO"

En casa era una norma no escrita, que cuando yo estaba en el despacho, leyendo o escribiendo, nadie entraba a interrumpirme. Mis hijos la respetaron. Luego fueron naciendo mis nietas, y lo mismo. Hasta que nació la cuarta Emma, “El petardo” (en Mayo cumplirá 8 años). Desde bien pequeña, cuando comenzaba a caminar, decidió que las normas, especialmente las no escritas, estaban para incumplirlas. Entraba en el despacho, sin decir nada, sin encomendarse ni a dios ni al diablo, se sentaba en mis rodillas, y me pedía que le enseñara mis fotos (cientos) de montaña, y le explicara lo que se veía en ellas. Cuando ya conocía la mayoría de los picos, y el nombre de mis compañeros de cordada, se fue aburriendo del tema. Así que comenzó a interesarse por las múltiples pipas esparcidas por mi mesa. Me pidió que le enseñara como se carga una pipa, como se introduce el tabaco por tercios en la cazoleta: el primero apenas presionado por el atacador, el segundo un poco más presionado, y el tercero presionado casi a tope. Luego quiso saber como se encendía la pipa con las cerillas. Hoy ya es una experta, que me las prepara y me las va pasando listas para fumar.
Con Emma esquiando en Boí-Taüll 2012
Cuando comenzó a enlazar las letras, jugábamos a que abríamos un Word en la pantalla del pc, y yo le iba indicando las teclas que tenía que pulsar. Ahora ya escribe bien y lee mejor, así que también ha superado ese estadio. Últimamente ha comenzado a interesarse por las plumas estilográficas, que yacen enterradas en los cajones; así como por unos extraños papeles doblados que yo llamo sobres, y por unas extrañas hojas en blanco de papel, timbradas con el nombre de su abuelo. No me ha sido nada fácil explicarle el porqué de esas extrañas cosas. Para que lo entendiera, hace un tiempo le escribí una carta a mano, a la antigua usanza, a la dirección de su casa. Y ahora jugamos a escribirnos cartas sin salir del despacho. Toma una hoja de papel, escribe cualquier cosa, la mete en un sobre, y me lo pasa. Yo le respondo de igual manera. Y así una y otra vez, hasta que le digo que ya tengo que volver a mis lecturas y escritos. Entonces, siempre sin poner mala cara, se va al salón a jugar con su hermana y/o sus primas, con esos raros artefactos, que a ella no le acaban de interesar del todo, pero que maneja como una experta, que se llaman móviles, tablets o que sé yo.
Emma
Pero escribo todo eso, porque el interés de “El petardo”, ha desatado mi nostalgia por los viejos tiempos de las cartas de papel. Un periodo que imagino que algún día, se estudiará en las Facultades de Comunicación, como la última década de la Historia sin correo electrónico: la época en que las cartas de papel, escritas a mano o a máquina, iban y venían, con sus sellos pegados, en sacas de correos. Cartas deseadas, no extractos bancarios que, por otra parte, también ya están desapareciendo. Papeles que se habían preparado, tocado, doblado, por los que se había pasado la lengua, para mojar la cola del sello y el cierre del sobre. Objetos físicos que ya por si mismos, al margen de su contenido, sólo por tu nombre escrito en el anverso, significaban: “me acuerdo de ti”. Un recuerdo sólido que se podía coger con las manos, oler, estrechar contra el pecho, besar.
Éramos gente de papel y pluma. Yo escribía con tinta negra con mi vieja y querida Montblanc, con su característica estrella blanca de varias puntas, que ahora Emma rescata con frecuencia, del cajón en que yace. Otros, sin embargo, te escribían con tinta verde o roja, de manera que antes de abrir el sobre, ya sabías quien era el remitente. Con esas antiguas armas, nos enfrentábamos a la tarea de guardar los recuerdos. A día de hoy, cuando cualquiera va armado con un telefonino al que llaman inteligente, en el que se puede confiar para sacar infinitas fotos, de una calidad garantizada, grabar incluso vídeos, y dejar registradas todo tipo de conversaciones, aquellos tiempos parecen ciertamente un mundo primitivo.
Y sin embargo algunos ¡qué poco necesitábamos de esa modernidad!

Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Marzo del 2017.

lunes, 27 de febrero de 2017

EL COMUNISMO Y COMO LO VIVÍ

Este año se cumple un siglo de la revolución bolchevique, así que vamos a leer mucho sobre la misma. También en estos días he acabado el libro de José L. Pardo – sobre el que ya algo he escrito – “Estudios del malestar”, en el que trata también de lo que fue el comunismo, en los países no-comunistas el pasado siglo. Ambas circunstancias me han llevado a rememorar, como yo viví el mismo durante mi juventud, mi etapa universitaria, y mis primeros años de militancia en el PSOE. Fueron años en lo que era bastante incómodo ir a contracorriente y no ser comunista, no entender el marxismo en su desviación leninista. Sobre esos años algo ya escribí en mi Blog:
https://senator42.blogspot.com.es/2014/11/ruptura-o-reforma-la-historia_23.html
La palabra “comunismo” en aquello tiempos, aún llevaba consigo una significación que podríamos llamar trascendente, que podía variar según su uso estratégico y que, por ello, por su inestabilidad, resultaba difícilmente discutible. Pero lo que si se podía ya discutir y rechazar, era la práctica (praxis), los hechos históricos de los partidos comunistas, la significación empírica de la palabra mágica ¡comunista!
La militancia comunista se benefició desde el principio, de una carga filosófica transcendente, de la que no disponíamos otros partidos políticos, especialmente los socialdemócratas, los socialfascistas como nos apelaban. Ser comunista no debiera haber significado empíricamente, otra cosa que ser militante del partido comunista. Pero quienes lo eran, añadían a esa condición una significación metafísica, gracias a la cual – ver el libro de José L. Pardo - como los socios del Barça dicen que su equipo es “més que un club”, daban a entender que militar en un partido comunista, era “mucho más” que ser militante de cualquier otro partido. Y ese sobrepeso semántico de la palabra “comunista”, parecía connotar un grado de compromiso superior al del resto de los proyectos políticos, algo muy parecido a una fe religiosa. En realidad en aquello años la pregunta ¿eres comunista? que te endilgaba de repente cualquier compañero de la universidad, era casi sinónima a la de ¿eres creyente?
Legalización del PCE.
Yo nunca he sido comunista, quizá por tradición familiar y por la educación que recibí en casa: laica, democrática, liberal, solidaria… Pero cuando llegué a la universidad, la verdad es que no tenía claro donde deseaba habitar políticamente, aunque sí sabía muy bien, donde no me alojaría: ni en el fascismo, ni en el comunismo. Pero si hubiera dudado por un instante, si me hubiera dejado convencer por los muchos conocidos que eran comunistas, ese concepto religioso, misionero, que tenían de la vida, me hubiera bastado para echarme atrás. En el año 1974 comí un día en Valencia con Vicent Ventura (era un gran gourmet), uno de los fundadores del Partit Socialista Valencia (PSV). Y me contó como coincidió en una celda con un miembro del Partido Comunista, y como éste, de madrugada, se levantaba para hacer un montón de flexiones, y luego le decía: “Y ahora vamos a debatir sobre el materialismo histórico”. A lo que él le contestaba siempre: eres un pelmazo, yo lo único que quiero, es salir cuanto antes de aquí, y no soporto tu mesianismo.
El militante comunista sentía que sólo su acción (“directa”, “revolucionaria”, no “representativa” ni “parlamentaria”) era política de verdad, mientra que en los parlamentos, en los juzgados, en los consejos de ministros, o en los periódicos burgueses, todo era simulacro y espectáculo. El comunismo consiguió que en buena medida, la política se identificara con la revolución. De tal modo que lo que no era – al menos embrionariamente – “acción revolucionaria”, no se considerase acción política, ni actividad pública; y que lo que se llamaba “política” en las cámaras legislativas, en los tribunales, en los gobiernos, o en los periódicos no era, de acuerdo con sus premisas, más que un puro sainete.
De mucho de esto es de lo que los neocomunistas de hoy, me parece, tienen una incurable nostalgia. Aquellos años del siglo pasado, es la que añoran como la “edad dorada”. Pero no tienen presente que esta melancolía, confunde la realidad histórica, con la demagogia propagandística del partido, es decir, con la “promesa” que éste hacía a sus potenciales afiliados, de que cualquiera, si se unía al partido, podrá “subir a escena”, y convertirse en protagonista de la Historia mundial, con el mismo rango que cualquier líder nacional. Que si repartía un panfleto en un mercado o arrojaba una piedra en una manifestación, y no lo hacía como simple individuo, sino en cuanto comunista, pasaría a formar parte de los que conducen el tren de la historia hacia la estación de destino.
Vicent Ventura
Lo peculiar del comunismo en aquellos años, era que confería a la acción política directa, una seriedad “científica” que ampliaba su representación, y de la que no disfrutábamos, por ejemplo, los socialdemócratas. Porque toda protesta puntual de un comunista, adquiría una significación trascendente, merced a la filosofía del materialismo histórico, cuyo sostén, como sabemos, era el pensamiento de Hegel. Sólo así cualquier acción aislada se convertía en genuinamente revolucionaria, y sólo así cada “agente local” podía sentirse siempre acompañado, como parte de una estrategia político-militar infinitamente compleja e interconectada; como un soldado del gigantesco ejército proletario que libraba una guerra mundial, y cuyos intachable fines, justificaban todos los medios.
La mayoría de los que en esa época, ejercíamos el activismo político en organizaciones no comunistas, éramos incapaces de comprender, y hasta de leer, una sola página de la “Ciencia de la lógica”, o de la “Fenomenología del espíritu” de Hegel, e incluso de “El Capital” de Marx. Los militantes comunistas de base, tampoco entendían una palabra de todo aquello. Se descargaban una versión comprimida de la Historia mundial, cada vez que emprendían una acción, pero jamás llegaban a leer ese “archivo”: confiaban en que los dirigentes del partido si lo hacían (en el PSOE nunca fuimos tan crédulos) y en que gracias a ello, sus acciones locales se convertían “directamente”, en actos coordinados de una revolución generalizada, universal, y quedaban justificadas como los episodios encajan en la trama, cuando el poeta construye una fábula bien armada, condenando a todas las doctrinas rivales, al limbo de las ensoñaciones bienintencionadas, que Engels llamó “socialismo utópico”, para distinguirlo del “socialismo científico” de su socio Marx.
Pus así fue, o así lo recuerdo.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Enero del 2017.

martes, 21 de febrero de 2017

PLANTEAR LAS PREGUNTAS CORRECTAS

Los que tenéis la paciencia y el humor de leer mis escritos, ya habréis comprobado que estimo a Máriam M. Bascuñán, como una de los analistas políticos más finos de estos tiempos. Pues bien, un artículo suyo en El País el pasado mes de enero, me llevó a estas reflexiones y comentarios.
¿Cómo genera el miedo, comportamientos tan impredecibles e irracionales de auténtica ceguera, como los que vivimos a día de hoy por todo el mundo? ¿Qué es eso que se destruye, además de los valores mismos, en la supuesta defensa de la presunta amenaza, planteada por el extraño?
Seguramente ignorancia y fantasía, son dos de las claves que explican esta tragedia, sí, esas mismas que llevan tiempo ocupando el centro de la escena pública, azuzadas por la retórica política del miedo. Miedo que está enfocado a la búsqueda de chivos expiatorios, encarnados por inmigrantes, extranjeros o foráneos, hacia quienes enfocar la ira social, un discurso homogeneizador de la identidad, y una defensa del interés nacional de corte aislacionista.
Kant
A diferencia de otras pasiones, el miedo es primitivo. Y es antipolítico, tal como explique en mi Blog: https://senator42.blogspot.com.es/search/label/El%20miedo%20es%20antipol%C3%ADtico. La compasión y la solidaridad, por el contrario, requieren un pensamiento más empático, más elaborado, capaz de ver las cosas desde otras perspectivas. Desarrollar nuestra sensibilidad para la compasión, implica estar expuestos a otras culturas, haber viajado, haber leído, haber visionado películas… que nos hayan preparado el camino que lleva al respeto y la imaginación. Cultivar ese “desplazamiento de la mente”, del que ya nos hablara Kant.
Vivimos en unos momentos de discursos vacíos, gritos, insultos y postureos, pero de muy pocas narraciones formadas. Esta ausencia de narrativas que den cuenta de donde estamos o hacia donde nos dirigimos, explica en buena medida, el ritmo acelerado de las transformaciones actuales, que no llegan jamás a solidificarse en algo concreto (Y por cierto, en el documento presentado ayer por Pedro Sánchez, se habla al inicio de eso: de una nueva “narrativa”, un nuevo “relato” para el PSOE). Y esa falta de “narrativa", también revela el desarraigo vital circundante y la identidad disuelta. Como decía el viejo filósofo: “Se le envejecen a uno las palabras en la boca”.
Para mal o para bien, ya sabemos que el nuevo relato humano se crea en las redes. En ellas nuestras vidas se miden en clics o en apps, en rastros fugaces que vamos dejando, a través de nuestro consumo digital, que permiten establecer pautas de comportamiento. Concebimos los traumas sociales, sólo en términos de culpabilidad o victimización. Y fingimos entender los fenómenos a través de informes detallados, o de la búsqueda insaciable de una narración “empíricamente verdadera”. Y lo llamamos “el tiempo de la posverdad”.
Del diagnóstico de la “posverdad” – dice Máriam - se derivan varios problemas: la idea de objetividad, de facticidad o de relación empíricamente verdadera, se ha equiparado con la auténtica comprensión de los fenómenos; abordamos los problemas de la acción política y las preguntas que suscita la crisis, desde el análisis puramente informado, sin entrar en la valoración de los conflictos de intereses en pugna, siempre presentes en las democracias complejas.
Comenzar a entender lo que está pasando, implica plantear preguntas políticas adecuadas, que no sólo busquen una crónica de sucesos, detalles de devastaciones o el número de victimas. Esas preguntas adecuadas de índole política, a través de la forma en que son planteadas, pueden darnos cuenta del presente en relación al pasado, pero también nos hablarán del futuro. Y sin embargo ese futuro – escribe Wendy Brown – no queda resuelto ni por los hechos, ni por la verdad, sólo, si acaso, por nuestra habilidad para plantear esas preguntas correctas, las que indagan en historias políticas, antes que en informes políticos.
En política los resultados no pueden plasmarse en fórmulas matemáticas. Y la decisión política, tampoco se abre paso en el mundo sin contradicciones. Por eso convenimos en diseñar un sistema democrático, a partir de la línea de responsabilidad: porque toda decisión será siempre dudosa. Pedir cuentas al gobernante, no implica entender que sólo hay una decisión política correcta para cada problema, ajustada a la relación empíricamente verdadera de los hechos. No hay hechos “alternativos”, como dijo la portavoz de Trump, pero sí los hechos admiten varias opiniones o interpretaciones. Lejos de ser un problema, esa pluralidad permite ofrecer una visión del mundo desde distintas “perspectivas”.
Ortega y Gasset
Para profundizar en lo dicho, bueno es recordar que Ortega y Gasset, abordó el perspectivismo desde varios puntos de vista. La más temprana con la dualidad apariencia-profundidad, que desarrolla con el símil del bosque en sus “Meditaciones del Quijote”: el bosque es la profundidad que no veo y lo que veo en cada momento es una superficie de árboles, una perspectiva de éste. Posteriormente, en “El tema de nuestro tiempo”, trató esta idea como mediación entre el racionalismo y relativismo. Entre la verdad universal del racionalismo, que es una verdad sin vida individual, y la verdad del relativismo, que es una verdad sólo válida para mí, Ortega establece que toda verdad, es una verdad en perspectiva, válida desde esa perspectiva y complementaria de las demás perspectivas. Dentro de su filosofía, el perspectivismo se articula como una cualidad de la vida, entendida como la realidad radical de cada uno. De esto ya he escrito en mi Blog:
https://senator42.blogspot.com.es/search/label/Perspectiva
https://senator42.blogspot.com.es/search/label/Encinar%20huye%20de%20mis%20ojos%20%28I%29
Puede que el mundo de hoy nos parezca, o sea, menos cierto y nos sintamos más vulnerables, pero ese mismo reconocimiento de la vulnerabilidad, es el primer paso para entender que nuestra vida, depende de gente que no conocemos y que, tal vez, jamás conozcamos, de la misma forma que su vida depende de nosotros. Ninguna medida de afirmación soberana (al estilo Trump) va a romper esa interdependencia. Atrevámonos a reconocer (¡Sapere aude!) que las fronteras son permeables, que hay un pluralismo de fines y valores, donde entran dilemas y renuncias, sobre los que tenemos que organizar la convivencia. Estas aptitudes, no sólo son necesarias para evitar la ola de xenofobia y nacionalismo que invade Europa, sino también para mantener viva la democracia.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 11 de Febrero del 2017.

miércoles, 15 de febrero de 2017

ALAIN. EL PODER Y LA POLÍTICA

Hace dos meses en El País, una magnífica reseña de Carlos Prado sobre el libro “El ciudadano contra los poderes de Alain”, me llevó a tomar de mi biblioteca, un par de libritos que tengo de dicho autor francés y releerlos.
En estos tiempos de confusión que atravesamos, preñados de hechos que nos desconciertan profundamente, al menos a los que ya peinamos muchas canas, Alain nos enseña, con total sencillez, a seguir creyendo en el hombre, en su capacidad de liberación a través de la cultura, y nos impulsa a cultivar la democracia como un deber, que nos obliga a todos a implicarnos en el gobierno de la “res publica”.
Los famosos “Propos” de Alain, podrían parecernos un recetario de encantamientos, escritos estos días por un mago, para combatir el desaliento que nos invade por doquier, cuando los peores augurios sobre el negro futuro de la democracia y la libertad, amenazan con tornarse realidad. Recuperamos la esperanza en la obra del gran mentor de la idea radical, de uno de los padres del mensaje democrático, que sirvió para forjar el discurso cívico que en el siglo XX, se expandiría por Europa y buena parte de América.
Alain (como es sabido seudónimo de Emil Chartier) fue un hijo del conocido “caso Dreyfus”, terrible conflicto entre la “Razón de Estado”, y el derecho de todos los ciudadanos a conocer la verdad, y a participar en la construcción de su legitimidad democrática. Un episodio que concluyó con el triunfo de la República, aunque a costa del enorme sacrificio que exigió superar la corrupción interna, que estaba descomponiendo el Estado republicano. Y que condujo a la reconstrucción de las categorías y conceptos democráticos, de la que surgiría nuestro actual entendimiento de la escuela y el papel del profesor como “eveilleur”, como la persona que nos incita a hacernos nuestras propias preguntas.
Alain
Francia para Alain era la República, y la República, para imponerse a su tiempo histórico, debía ser expresión fidedigna de una ciudadanía siempre activa, siempre alerta ante el poder y los poderosos. Alain explica en los “Propos”, que la defensa de la República contra sus enemigos, interiores y exteriores, pasa por reivindicar la Política ante el poder. Política y poder son dos categorías conceptualmente diferentes, que incluso llegan a generar, dinámicas definitivamente opuestas (algo de ello ya adelanté en mi Blog “Relación entre Política y Filosofía” (https://senator42.blogspot.com.es/search/label/Pol%C3%ADtica%20y%20Filosof%C3%ADa).
Cuando Salvador Allende ganó las elecciones dijo: tenemos el gobierno, ahora tenemos que conquistar el poder. El poder es fuerza, es mando, es jerarquía. Habla siempre en términos de dominación, y responde a una lógica de sometimiento. Su objetivo es imponer su decisión, y tiende por naturaleza al abuso. Precisa siempre de la confusión, de la ignorancia y la renuncia humana.
La Política es otra cosa, es la conciencia de que vivimos en un mundo colectivo, de que nuestra individualidad se encuentra mediatizada, por el hecho de vivir juntos. La Política democrática significa, en nuestros días, la implicación de todos en las tareas colectivas.
Alain empieza a escribir sus “Propos” en la prensa de provincias francesa. Auténticas piezas maestras de concisión y de planteamiento de los problemas, punto intermedio entre la narración del acontecimiento y la razón profunda. Con argumentos sopesados que estallan por su propia evidencia, y expresados de manera clara: frase corta y de estructura simple. Y en una conclusión que enlaza con el principio, formando un bucle.
Además de los “Propos” (un neologismo por el inventado, y sinónimo de “Idea o reflexión a propósito de algo”) Alain, al que sus numerosos discípulos llamaban "el gigante", nos sorprende con su ejemplo personal. El profesor que odia la guerra y que se presenta voluntario al frente, a los cuarenta y siete años, porque no puede dejar que sus alumnos mueran solos. El catedrático que en el día de su jubilación, desaparece sigilosamente por la puerta trasera, porque estaba convencido de que la República, no puede condecorar a un ciudadano, que se ha limitado a cumplir con su deber.
Pero a mí lo que más me impresiona de los “Propos”, es su apabullante utilidad en una situación como la actual, en la que no tenemos muy claro si nuestros valores han declinado definitivamente, o todavía sobreviven a la espera de un profundo reajuste.
Por esa misma razón se me hace tan reconfortante, leer discursos como el que pronunció otro gran autor, Albert Camus (discípulo indirecto de Alain) con motivo de la aceptación del Premio Nobel de Literatura en 1957, en el que proclama que la tarea de la generación a la que pertenece, no pasa por crear un mundo nuevo, sino por impedir que aquel que conoce, se deshaga.
La única posibilidad al alcance de nuestras manos, para impedir que la “Polis” (Ciudad) que hemos recibido desaparezca, consiste en no renunciar a la Política, porque sin Política, no puede haber hombres ni mujeres libres. Y sin ideas políticas en torno a las que debatir, tampoco habrá lugar para la esperanza.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Diciembre del 2016.


miércoles, 8 de febrero de 2017

LOS REYES NO TIENEN QUE SER FILÓSOFOS

Leyendo el libro de José Luis Pardo “Estudios del malestar” (Premio Anagrama 2016) me encontré con el siguiente y largo párrafo:
“Asistimos a la crisis de la Transición, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus ideas, de sus gustos, y hasta de su vocabulario… El más humilde de vosotros tiene derecho a levantarse delante de esos hombres que quieren perpetuar la Transición y decirles: ‘No me habéis dado maestros, ni libros, ni ideales, ni holgura económica; soy vuestro acreedor, yo os exijo que me deis cuenta de todo lo que en mí hubiera sido posible y no se ha realizado. No me disteis lo que tiene derecho a recibir todo ser que nace en latitudes europeas’. Salvo Pablo Iglesias y algunos otros elementos que componen estas Cortes, podrían considerarse continuación de las Cortes de 1978 acá”.
Según iba leyendo, más y más me sonaban esas líneas y consideraciones. Y de repente caí en la cuenta ¡Ortega! Me levanté (estaba leyendo ya la en la cama) y me fui a los tomos de las obras completas del filósofo. Y allí estaba, en el Tomo I
el famoso discurso de Ortega “Vieja y nueva política”. Sólo hay que sustituir “Transición” por “Restauración”, y “1978” por “1875” ¡et voilà! Y tener presente que el Pablo Iglesias que se cita, es el fundador del PSOE.
El mismo José Luis Pardo en su libro citado, dice que cuando encontró ese párrafo y comprendió las analogías, ante aquellas circunstancias y las de ahora, sintió una ligera sensación de mareo. Quizá aquel discurso era también un “significante vacío”, que se repetía de cuando en cuando, cambiando sólo algunos nombres.
La tesis de Pardo es doble. En primer lugar, que la doble pobreza que ha dejado la crisis, la económica y la política, puede acabar dinamitando el contrato social que garantizaba el Estado de derecho, que sustenta las libertades para la convivencia. En segundo lugar, la consideración del malestar como un negocio que se puede rentabilizar políticamente. Y en esa mutación del bienestar hacia el malestar, aparecen quienes pretenden capitalizar electoralmente este último, para lo que necesitan que no desaparezca el descontento, porque entonces se les acabaría la razón de ser.
Investiga también Pardo, cuales son los ingredientes intelectuales de esas políticas del malestar. Entre ellos, una cierta nostalgia de las vías directas, esa tentación de alcanzar el poder, eludiendo los procesos democráticos, lo que significa el resurgir entre nosotros, de pensadores como Carl Schmitt o Ernesto Laclau. Es falso defender – añade – que en España, antes del movimiento de los indignados y del 15-M no había pasado nada: 34 años de una democracia bastante sólida, levantada sobre las ruinas de una larga y cruel dictadura.
En mi opinión, uno de los capítulos más interesantes del libro, es aquel en que se analiza, como el movimiento político surgido de los acampados de la Puerta del Sol hizo que, casi de repente, la cultura española procedente de la Transición y del consenso del 78, envejeciera vertiginosamente, como les sucedía a los que abandonaban la mítica Shangri -La, en la película “Horizontes perdidos”. Y la propia alternativa entre derecha e izquierda, que había hegemonizado el juego político, parecía ahora algo anacrónico, y fue sustituida por la fractura entre lo nuevo y lo viejo, o entre los de arriba y los de abajo.
El libro contiene muchos más temas interesantes. A mí me ha gustado mucho, por ejemplo, el desarrollo del concepto de intelectual comprometido, y ¡como no! la famosa disputa entre Sartre y Camus.
“Pensamiento frente al panfleto, reflexión frente al exabrupto y reivindicación de una filosofía crítica, que no sea vasalla de la política: he ahí lo que propone este libro, una lúcida y argumentada advertencia, acerca del malestar en que vivimos y el que nos aguarda”, así reza la contraportada del mismo.
José Luis Pardo cierra su reflexión, vindicando su profesión de filósofo, y recordando la advertencia del viejo Kant: “No hay que esperar ni que los reyes se hagan filósofos, ni que los filósofos sean reyes. Tampoco hay que desearlo; la posesión de la fuerza perjudica inevitablemente, el libre ejercicio de la razón”.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 25 de Diciembre del 2016.

lunes, 30 de enero de 2017

EL GENIO Y EL HOMBRE

Como se demostró hace un par de semanas, cuando ¡iluso de mí! intenté poner en valor un discurso de Javier Fernández, al margen de su trayectoria política, a los humanos nos cuesta mucho, mucho, separar la calidad de las obras de los genios, de la calidad moral del hombre en el que habita el genio. Y me refiero sólo a los genios, no a los artistas de tres al cuarto de dudosa catadura moral, pues a estos últimos es fácil ignorarlos sin más. Pero con los auténticos maestros es más difícil, porque, al menos a mí, se nos hace complicado comprender, como personas de dudosa moralidad o de sucia ideología, realizaron obras que son una maravilla. Seguramente la respuesta me la dio George Steiner, cuando dijo: “No es posible comprenderlo todo”.
Me ocurre con Richard Wagner. Cuando visualizo los viejos reportajes sobre el nazismo, siempre con música de Wagner de fondo, pienso en Woody Allen que dijo: “Cuando escucho a Wagner durante más de media hora, me entran ganas de invadir Polonia”. O en el testimonio directo de su mujer (Cosima Liszt) cuando explicó como en un almuerzo, Wagner se pronunció sobre la cuestión judía y dijo: “¡Hay que quemar vivos a los judíos!" Y eso en los mismos días que estaba escribiendo, la música de Semana Santa de “Parsifal”.
Wagner
Y lo mismo con Martin Heidegger, a quien comencé a tomar manía, cuando mi lectura de la biografía de Hannah Arendt, escrita por Laura Adler. Y de la cual no me gustó nada, la forma en que Heidegger trató a Hannah, durante su relación sentimental. ¿Y que decir de su compromiso con el nazismo, durante su época de Rector de la Universidad de Friburgo, del cual hace unos tres años, se publicaron una serie de documentos que lo probaban? ¿O de esa frase que jamás retiró:<La esperanza de ser el “führer” del “führer>  
Hay que comprenderlos, dirá alguien. Pero no es fácil, difícilmente posible. Nosotros somos personas “normales” ¿insignificantes? Gracias a esos gigantes tenemos una herencia inmensa. Imposible imaginar nuestra existencia sin “Tristán e Isolda”, sin otras páginas de Wagner, sin “Ser y Tiempo” (la edición de las obras completas de Heidegger, abarca más de cien volúmenes), sin los múltiples libros sobre Kant, sin los ensayos sobre los “presocráticos”.
Steiner cuenta una anécdota, que arroja algo de luz sobre ese dilema. Estaba en el centenario de Heidegger en Friburgo, y casi llega a las manos con Ernst Nolte (un historiador hasta cierto punto neonazi). En ese momento Hans-Georg Gadamer (discípulo predilecto de Heidegger y gran filósofo) que era físicamente un gigante, pone sus manos con toda tranquilidad sobre los hombros de Steiner y le dice: “¡Steiner! ¡Steiner! Cálmese usted. Martin era el más grande entre los pensadores, y el más mezquino entre los hombres”. Es un análisis excelente, según lo veo yo, no justifica nada, pero no cabe duda de que es verdad. Heidegger, Wagner… Hay muchos otros ejemplos.

Heidegger
Sin ir más lejos Celine (seudónimo de Louis Ferdinand Auguste Destouches) que, junto a Rabelais, sería uno de los grandes magos de la literatura francesa moderna, por su “Viaje al fondo de la noche”. En ese hombre horrible se escondían, grandes invenciones poéticas. Y también una inmensa compasión humana. Como médico se portó de maravilla con los pobres y los animales. Por eso es tan difícil comprender, como de ese mismo hombre, brota esa basura infame que es “Bagatelas para una masacre”, y otros textos de igual catadura. Panfletos, horribles panfletos antisemitas.
¿Qué hacer frente a ese dilema? Como lector tengo una gran deuda con esos textos que, de alguna manera, amueblan mi mente y mi ser. Pero ni por un instante, soy capaz de defender a sus autores. Como tampoco soy capaz de imaginarme, las contradicciones internas y las luchas psíquicas, de esos grandes titanes. Mientras no seamos capaces de imaginar – escribe Steiner - como nos comportaríamos en condiciones semejantes, deberíamos ser cautos. Mientras ignoremos lo que haríamos, si los carniceros y verdugos llamaran a nuestra puerta. Mientras ni imaginar podamos, como eran los chantajes, las amenazas veladas o no, que deparaba la vida cotidiana de esas personas; deberíamos ser prudentes. Me admiran aquellos que tienen la certeza, de haberse comportado de forma íntegra, en situaciones semejantes.
¿Cómo se explica que, después de la guerra y a pesar de la insistencia de su amigo Karl Jaspers, Heidegger nunca accediera a pedir perdón? ¿Cómo se explica ese silencio? pregunta Laura Adler. Y Steiner responde: “Vanidad y una gran megalomanía”. Muchos franceses que escribieron asquerosidades, las limaron, las borraron “a posteriori”. Heidegger no. Cuando se reeditó “¿Qué significa pensar?” podría haber eliminado fácilmente aquella fórmula infantil: “La esperanza de ser el ‘führer’ del ‘führer”. No lo hizo. “Yo veo ahí – dice Steiner – vanidad, bajeza y también, si se quiere, un pérfido candor”.
Sartre
Y hay más casos. No olvidemos que en Sartre, también hay frases horribles: “Todo anticomunista es un perro”, por ejemplo. Cuenta Steiner como cuando era profesor en Pekín, había en su seminario, dos hombres con la columna destrozada por las torturas de la guardia roja, que ni siquiera conseguían sentarse. Habían hecho pasar una carta para Sartre: “Al Voltaire de nuestro siglo. ¡Hable de esto, ayúdenos!”. Y él se limitó a decir, que “las supuestas torturas de la guardia roja, eran una mentira inventada por la CIA americana”. Sabía de sobra lo que ocurría. Entonces ¿dónde están los grandes hombres? ¡Y Freud! – remacha Steiner – Vaya a Roma. Allí está el gran museo del fascismo. En la primera sala se exponen los regalos recibidos por Mussolini. En una bonita vitrina está “La interpretación de los sueños”, con esta dedicatoria de Sigmund Freud: “Al “duce”, a quien debemos tanto, por haber restaurado el esplendor de la antigua Roma”. Así que…
Todos estamos expuestos a la vanidad, a la coba, al miedo, a la angustia. Las intermitencias de la razón, no del corazón, como escribió Proust. Por eso en el dilema, prefiero quedarme con las grandes obras, con el genio que no con el hombre. Con la primera frase del primer libro de Steiner: “Una buena crítica, es un agradecimiento”. Sí, me gusta esa frase. Me identifico totalmente con esa idea.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Agosto del 2016.