Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

lunes, 13 de noviembre de 2017

EL TRAJE NUEVO DEL PRESIDENTE MAO

Hace 50 años – escribía no hace mucho David Trueba – los jóvenes e intelectuales que lograban evadirse de países bajo la disciplina soviética, algunos incluso recién invadidos por los tanques del Pacto de Varsovia, se quedaban perplejos ante la dramática confusión en parte de la izquierda europea. Recuerdo que yo tuve ocasión – cuando aún era universitario - de hablar con dos checos que se habían refugiado en París, con motivo de una recepción en la embajada francesa. Al llegar a los paraísos soñados de occidente, París por ejemplo en este caso, estos expatriados se topaban con que los jóvenes universitarios de su edad en los países libres, se mostraban fascinados por las mismas dictaduras de las que ellos huían. Estos jóvenes universitarios europeos, españoles incluidos, una vez admitidos con pesar, los crímenes y las persecuciones del estalinismo, dieron una gran zancada hacia delante, y consagraron a Mao como el timonel de sus revueltas caseras.
Recuerdo que un día, estando estudiando en la biblioteca de la Facultad de Económicas, un PNN (así se denominaba entonces a los profesores noveles) a quien conocía un poco, me dijo que la biblioteca debía ser arrasada, y me lo dijo con cierta pedantería en francés: “Du passé faisons table rase”. Su lógica era que en realidad el pasado, es un impedimento para la innovación sin límites. Como sabemos, mi conocido maoísta y sus amigos, nunca quemaron la biblioteca. A diferencia de sus homólogos alemanes e italianos, los extremistas estudiantiles españoles, no pasaron nunca de la teoría revolucionaria a la práctica violenta. Podríamos especular porqué fue así. Seguramente porque los aparatos represivos de la dictadura, tenían más manga ancha que los de las democracias europeas. Pero siempre he pensado que la mayoría de los estudiantes enragés, de procedencia burguesa, tenían en el fondo muy presente, todo el futuro que podían perder, si ponían el mundo boca abajo. Además, y aún siendo también un joven rebelde “ma non troppo”, nada me parecía ser suficientemente serio. Incluso entonces me resultaba difícil creer, aquello que decían los estudiantes franceses en Mayo del 68, que debajo de los adoquines estuviera la playa (“sous les pavés, la plage”) quizá porque en Madrid ya no había adoquines. Ni mucho menos que una comunidad de estudiantes, obsesionados con sus planes de viaje para el verano, pudieran llevar a efecto una auténtica revolución. Al final, como nos cuenta la historia, fue en Praga y en Varsovia, en aquellos meses del verano del 68, donde el marxismo terminó consigo mismo. Fueron los estudiantes rebeldes de la Europa central quienes acabaron por minar, desacreditar y derrocar, no sólo un par de deteriorados regímenes comunistas, sino también la idea misma del comunismo.
Simon Leys
Estos días Ediciones El Salmón, ha publicado el libro de Simón Leys “El traje nuevo del presidente Mao”. De haberlo leído en su día – escribe Muñoz Molina – me habría ayudado a corregir algunas de las mentiras y tonterías, que di por verdades en mi juventud, y a ver cosas que hubiera debido ver hace tiempo. También a mi me hubiera sido útil leerlo en mis días universitarios, al menos para acumular argumentos a favor de mi antimaoismo, tan impopular entonces. Hoy en día pude parecer inverosímil, el prestigio casi universal que disfrutaba en la izquierda, la figura de Mao Zedong.
Pero en los años sesenta y setenta en la universidad Complutense en Madrid, los poemas de Mao y el Libro Rojo circulaban en ediciones legales, y había quien los citaba con reverencia, arrodillados ante ellos como otros ante las Sagradas Escrituras. Hasta se leía – nos ha recordado Muñoz Molina – un libro de pura propaganda, firmado nada menos que por Baltasar Porcel, futuro cortesano de Jordi Pujol, y titulado “China, una revolución en pie”. A simple vista parecía que todo dios fuera maoísta. El tono intelectual de la época lo resumió Sartre con su proverbial “sutileza”: “Todo anticomunista es un perro”. En una ambiente así, la publicación por Tusquets en 1976 de “El traje nuevo del presidente Mao” fue un escándalo. La agresividad extrema que se desató contra Leys fue increíble, aunque él no llegó a arredrarse.
Como he dicho, en mis días universitarios me hubiera venido muy bien leer a Simon Leys. No lo hice. Me pasó desapercibido, ahogado por la cultura española del antifranquismo, muy refractaria a cualquier visión crítica de los sistemas comunistas y, por consiguiente, muy mezquinamente hostil a los testimonios de sus víctimas. Leys fue uno de los espíritus de verdad libres del siglo pasado, de la estirpe de Orwell, de Camus, de Cioran, de Milosz… un “raro” que combinó lo más erudito de la filología clásica china, con el amor por la navegación en velero, y la heterodoxia política con la novela. A diferencia de casi todos los intelectuales de su época, Leys conocía con detalle la actualidad china, la historia del país, el idioma, y leía a diario en Hong Kong, los periódicos y los libros que llegaban de China; hablaba con desterrados y fugitivos, y había visto los cadáveres de fusilados, con las manos atadas a la espalda, que bajaban a centenares por el río Amarillo y aparecían en las playas de Hong Kong. La Revolución Cultural, explicaba Leys, no había sido una efervescencia de rebelión popular y libertad, sino una calamidad desatada por Mao, con el propósito de librarse del círculo de antiguos leales, que lo habían apartado del poder efectivo.
Mao Zedong
Simon Leys murió hace ahora tres años. Sus opiniones heréticas de 1971, han sido confirmadas por el trabajo de los historiadores, y por un catálogo innumerable de relatos de testigos y supervivientes, de aquellos tiempos de horror y destrucción. Ahora el libro de Leys lo edita y traduce de nuevo una editorial joven Ediciones El Salmón, con un prólogo de Jean-Bernard Maugiron, que sitúa la obra en el contexto de su tiempo, y la vida de su autor. Ninguna época – nos recuerda Muñoz Molina – está a salvo de la tontería ni del oscurantismo. En la nuestra parece que vuelven a cobrar un prestigio sorprendente, las terribles abstracciones colectivistas de pueblos elegidos y líderes salvadores. Espíritus libres como Simon Leys, hacen tanta falta ahora como en los setenta.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Octubre del 2017.


domingo, 5 de noviembre de 2017

"MORRINHA" DE MI PADRE

Mi padre perdió una guerra. Una desgarradora y cruel. Pero jamás se rindió, ni aceptó la derrota, en el plano intelectual.
Fui consciente de ello aun siendo muy joven, en un ya lejano verano de los cincuenta, junto a las orillas del Sil, en el Valle de Laciana. Sentados junto a las transparentes aguas del río, mientras mis tres hermanos jugueteaban por el prado o braña, papá comenzó a pensar en voz alta, como hacía con mucha frecuencia, pareciendo dirigirse a Heráclito y/o a la Historia, a través de ese su río que fluía incesantemente. Y entonces lo tuve muy claro para siempre: el combate intelectual se alargaría, hasta el final de la dictadura franquista.
Y en estos días de esencialismos, determinismos y verdades absolutas, añoro a mi padre. Él nunca adoctrinaba, ni siquiera sermoneaba de forma directa. Como digo reflexionaba en voz alta, citando a sus clásicos: Unamuno, Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Besteiro, Azaña… incluso a Franklin D. Roosvelt (en casa había un par de tomos sobre el “New Deal”). Fue un republicano azañista, liberal y demócrata a carta cabal. Un tanto machista, como casi todos los varones de su época, en temas como las labores de la casa y el papel de las mujeres en la sociedad. Pero incluso en este aspecto, sentía y observaba un profundo respeto, hacia el llamado entonce “sexo débil”. Un respeto sí, un tanto a la antigua usanza de los “caballeros”. Era un castellano viejo – aunque de León – un tanto adusto, honrado y reservado. Le costaba expresar a las claras, un afecto o un sentimiento personal, como si hubiera sido educado en la tradición aristocrática inglesa, según la cual es incorrecto manifestar en público, las emociones íntimas. Políticamente nos educó, como en todo, de forma indirecta. En las comidas y cenas de entonces (largas y copiosas, siempre con tres platos, y con toda la familia sentada a la mesa, de la que nadie se levantaba, hasta que lo hacía él) como repito reflexionaba en voz alta, especialmente cuando escuchábamos el informativo, que en aquel tiempo se llamaba aún “El parte”, dándole la vuelta a las noticias propagandísticas que nos endilgaban, presentando una visión alternativa a las mismas, desde un punto de vista republicano, liberal y democrático.
Mis padres en Valldemossa
Él sabía muy bien, que pocas cosas han hecho tanto daño, como la creencia por parte de individuos o grupos (tribus, Estados, naciones o Iglesias) que “únicamente ellos” estaban en posesión de la verdad; y que los que difieren de ellos, no sólo están equivocados, sino que son corruptos y malvados, y necesitan de un freno o, peor, su eliminación. Con frecuencia repetía: que es de una arrogancia increíble y peligrosa, creer que sólo uno tiene razón; que tiene como un ojo mágico que contempla la verdad; y que los demás no pueden tener razón si discrepan. Esto crea en uno la certidumbre de que hay un “fin” y sólo uno, para la nación o la iglesia de cada cual y para toda la humanidad, y que este “fin” merece todo el sufrimiento que sea necesario para alcanzarlo, aunque sea a través de un “océano de sangre hacia el Reino del Amor”, cómo Berlin escribía que dijo Robespierre (aunque parece que las palabras del Incorruptible fueron estas: “Al sellar nuestra obra con nuestra sangre, al menos podemos ver brillar la aurora de la felicidad universal).
Mi padre estaba convencido de que Hitler, Franco, Lenin y Stalin – y yo me atrevería a añadir a los líderes religiosos en las guerras entre cristianos y musulmanes, o entre católicos y protestantes – creían sinceramente en esto: que hay una y sólo una respuesta verdadera, a las cuestiones centrales que han atormentado a la humanidad, y que si uno la conoce – o el líder de uno, o el partido de uno – puede por ella, llegar a ser responsable de mares de sangre. Pero ningún Reino del Amor, como diría Berlin, ha surgido de tal creencia, ni puede surgir. Hay muchas formas de vida, de creencias, de comportamientos. El mero “conocimiento” que proporcionan la historia, la antropología, la literatura, el arte, el derecho… deja claro que las diferencias de culturas y caracteres, son tan profundas como los parecidos. Y que no nos empobrece esta rica variedad: el “conocimiento” nos abre las ventanas del espíritu, y hace a las personas más sabias, más agradables y más civilizadas. Al contrario su ausencia, alimenta los prejuicios irracionales, los odios, el horrible exterminio de los herejes, y de todos los “diferentes”.
Mi hermano Miguel con mi madre, yo con mi padre
Mi padre admiraba las instituciones británicas, aunque él era bastante afrancesado, después de vivir un año en Lyon, adiestrándose en la industria del curtido de pieles. Nos explicaba – cuando aún éramos unos jovencitos los cuatro hermanos - que los elementos más valiosos, o de los más valiosos, de la tradición británica (siguiendo en esto a otro de sus autores preferidos: Salvador de Madariaga) son precisamente los relativos a la libertad respecto al fanatismo y la monomanía política, racial y religiosa: llegar a acuerdos con aquellas gentes con las que no simpatizamos, o que no entendemos, es fundamental para cualquier sociedad decente; nada es más destructivo que la feliz sensación de infalibilidad de uno mismo, o de la propia nación, o del propio partido, pues conduce a destruir a otros, con la conciencia tranquila de quien está haciendo el trabajo de Dios, o de la raza superior, como también escribe Berlin. El único remedio a esto, es “comprender” como viven otras sociedades, en el espacio o en el tiempo: y que es “posible” vivir de formas distintas a las de uno mismo, y ser enteramente humano, merecedor de cariño, de respeto y, al menos, de “curiosidad”.
La certeza intuitiva, no es un sustituto para el conocimiento empírico, cuidadosamente comprobado, y basado en la experimentación y en la discusión libre entre los hombres: los hombres de ideas y los espíritus libres, son las primeras víctimas de los totalitarismos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Abril del 2017.


martes, 31 de octubre de 2017

ODIO, XENOFOBIA... DISCURSOS SIMPLES

Siguiendo en la línea de la reflexión subida el otro día aquí, mi Blog, engarzo con lo que decía Ramoneda hace ya meses, en junio pasado.
Leyendo la Historia comprobamos, que todas las sociedades han tenido siempre, unas pautas morales y culturales de referencia que las articulan. Naturalmente esas pautas – la hegemonía cultural -, es así de duro, ha sido siempre fruto de las relaciones de fuerza, que determinan quien tiene la capacidad normativa, para incidir en la definición de los comportamientos adecuados e inadecuados.
También la Historia nos demuestra como una sociedad es más libre, cuanto mayor es su capacidad de inclusión. Una sociedad libre es una sociedad fuerte, porque puede integrar al máximo, sin poner en peligro su condición de ser. Pero una sociedad no puede ser libre sin el respeto a los demás. Y este es el límite. Y al mismo tiempo, como nos advertía Claude Levi-Strauss, una sociedad incapaz de generar su propia negatividad, es una sociedad sin futuro. Cerrarse sobre si misma, negar el derecho a la transgresión, es simple expresión de debilidad e impotencia. Es un síntoma manifiesto de carencia de autoestima, que no se sienta vergüenza al despreciar a una persona, simplemente porque no es como nosotros, porque nos estorba, porque no sabemos como relacionarnos con ella, porque no somos capaces de mirarla con los mismos ojos con los que miramos a los nuestros. La debilidad elude la complejidad, demanda discursos simples.
Pepe Borrell
Siempre he opinado, que es más fácil dar correa al discurso del miedo y de la discriminación, que afrontar las causas que la favorecen. ¿Qué nos indican estos tiempos de odio y xenofobia? Pues una enorme inseguridad respecto a nuestra identidad, que genera contantes pulsiones de hipocondría. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Estas situaciones son en gran parte, a mi modo de ver, fruto de la imposición de una ideología del desamparo, a unas sociedades que habían alcanzado altos niveles de bienestar, y que ahora se sienten amenazadas. Demasiados años de individualismo radical, de desprestigio de lo social, de una cultura del sálvese quien pueda. Años de brutal aceleración de las cosas, de cambios inesperados de referencias, de desplazamiento de las rentas del trabajo a las del capital… han sido el caldo de cultivo de las explosiones de hoy.
A esta construcción del odio y la xenofobia, han contribuido dirigentes políticos, ideólogos e intelectuales que, en vez de buscar y afrontar las razones, que han movido a determinadas personas, a parapetarse tras la xenofobia, han preferido adularlas, asumiendo su discurso y su agenda, sin dar las batallas de las ideas – como nos recordaba ayer Borrell que no se ha hecho, con el relato del independentismo catalán – ni las de una sociedad abierta, en las que el odio al otro debería ser de modo natural, residual y despreciable.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Octubre del 2017.

martes, 17 de octubre de 2017

ALGUIEN A QUIEN PODER ODIAR

Se preguntaba el otro día Paco Tomás ¿qué nos está pasando? Parecería como si, casi repentinamente, nos encontráramos habitando en una sociedad que se crece en la enemistad, que parece revalorizarse creando vínculos contra alguien, en lugar de construir puentes. Es como si una especie de complejo de inferioridad que nos ha sobrevenido, nos empujara a necesitar alguien a quien odiar para poder legitimarnos, para recobrar autoestima.
Y eso ocurre a la vez en América, en Europa y en España. Y da igual si estamos tratando de los derechos humanos o las modas estéticas. Todo es susceptible de ser odiado. Localizar un enemigo, parece justificar no ya mi lucha, sino también mi lugar en el mundo. Odiar al diferente, odiar al gay, odiar al catalán, odiar al español, odiar al musulmán, odiar a los turistas… Odiar para permanecer. Siento como si me hubieran empujado a tierra de nadie, a un espacio inclemente, árido y solitario, que nos han reservado a los pocos y extraños seres, que aún no creemos en el pensamiento único.
He hablado en las últimas semanas, y recomendado su relectura, del libro de Stefan Zweig “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. En él recuerda Zweig, el comienzo del siglo XX, desde el peculiar observatorio en el que había vivido como austriaco, judío, humanista y pacifista. Y nos relata como los jóvenes educados en la Austria imperial, en un ambiente seguro y estable, creían periclitado cualquier episodio de barbarie, y no veían en el futuro sino signos de progreso.
Stefan Zweig
Pues bien, como nos recordaba el Marzo pasado, la gran Adela Cortina, ese relato nos resulta muy familiar, a quienes hemos vivido la experiencia de la transición española a la democracia. En los años setenta del siglo pasado, creíamos haber ingresado en la senda del progreso social y político. Quedaban atrás por fin, pensábamos, los enfrentamientos violentos tan comunes a nuestra historia. Hoy sin embargo, casi nos obligan a pensar, que las semillas de la vuelta atrás, pueden estar ya sembradas.
Una de esas semillas, como bien sabemos los conocedores de nuestra historia, es la del triunfo de los discursos del odio. Quien recurre a ese tipo de discursos, pretende estigmatizar determinados grupos, y abrir la veda para que puedan ser tratados con hostilidad. Según Cortina, quizá “odio” no sea el término más adecuado, para referirse a las emociones – siempre las malditas emociones – que se expresan en esos discursos, como la aversión, el desprecio y el rechazo, pero sí se trata, en cualquier caso, de ese amplio mundo de las fobias sociales, que no son otra cosa que patologías sociales, que a estas altura ya deberíamos haber superado: la xenofobia, la supremacía nacionalista, la misoginia, la homofobia, el desprecio al “otro”, al diferente… Ya me aburre recordar las veces que he advertido, del peligro de las emociones como pauta en la política.
Es un viejo dilema, sí, pero aquí lo tenemos de nuevo: el conflicto entre la libertad de expresión que, por supuesto, es un bien preciado en cualquier sociedad abierta (reléase a Popper), y la defensa de los derechos de los colectivos, objeto del odio, tanto a su supervivencia, como al respeto de su identidad, a su autoestima. Por decirlo con palabras de Amartya Sen, la libertad es el único camino hacia la libertad, y extirparla es el sueño de todos los totalitarismos.
El derecho al reconocimiento de la propia dignidad, es un bien innegociable en cualquier sociedad con suficiente inteligencia, como para percatarse de que el núcleo de la vida social, no lo forman individuos aislados, sino personas en relación, en vínculo de reconocimiento mutuo. Personas que cobran su autoestima, desde el respeto que los demás les demuestran. Y desde esta perspectiva, los discursos intolerantes que proliferan estos días en las redes, están causando un daño irreparable. Están abriendo un abismo entre el “nosotros”, de los que andan convencidos erróneamente de su estúpida superioridad, y el “ellos” de aquellos a los que, con la misma estupidez, consideran inferiores.
Adela Cortina
Muchos nos preguntamos casi a diario, por los criterios para distinguir entre el discurso procaz y molesto, pero protegido por la libertad de expresión, y los discursos que atentan contra bienes constitucionales. La ley, con ser imprescindible, no es suficiente. Porque el conflicto entre libertad de expresión y el discurso del odio, no se supera sólo intentando averiguar hasta donde es posible dañar al otro sin incurrir en delito. Después de Habermas ya sabemos que las libertades personales, también la de expresión, se construyen “dialógicamente”. El reconocimiento recíproco de la igual dignidad, es el auténtico cemento de una sociedad democrática. Tomando de Ortega la distinción entre “ideas” y “creencias” – que consiste en reconocer que las ideas las tenemos, y en las creencias estamos – podríamos convenir que convertir en creencia la idea de la igual dignidad, es el modo ético de superar los conflictos, entre los discursos del odio y la libertad de expresión, porque quien respeta activamente la dignidad de otra persona, difícilmente se permite dañarla.
Reforzar y cultivar a diario nuestro “êthos” democrático, es el modo de superar los conflictos entre la libertad de expresión y los derechos de los más vulnerables. Porque de eso se trata en cada caso, de defender los derechos de quiénes son socialmente más vulnerables, y por eso se encuentran a merced, de los socialmente más poderosos.
Pues eso. Al loro los que insultan en las redes sin respeto alguno a los demás.

Palma. Ca’n Pastilla a 4 de Octubre del 2017.


jueves, 12 de octubre de 2017

CATALUÑA (II). LEER A LOS NUESTROS

Animado por el artículo de Juan Francisco Fuentes en El País de hoy, he repasado en la gran obra de Raymond Carr “España 1808 – 1939”, algunos de los párrafos a los que aquel se refiere.
Juan Negrín, socialista y presidente del gobierno de la Segunda República, manifestó en un momento: “No estoy haciendo la guerra contra Franco, para que nos retoñe en Barcelona, un separatismo estúpido y pueblerino”. Y este era un sentimiento muy extendido entre las izquierdas españolas de aquellos aciagos días, ante lo que consideraban abierta deslealtad de la Generalitat catalana hacia la República.
También el entonces Presidente de la República, Manuel Azaña de Izquierda Republicana, tan admirado por mi padre, se mostró profundamente dolido con el nacionalismo catalán, por las según él, “escandalosas pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad y de chantajismo, que la política catalana de estos meses ha dado frente a la República”. Así lo anota en su diario en Mayo de 1937, en donde se lamenta también, del “despotismo personal ejercido nominalmente por Companys, y en realidad por grupos irresponsables que se sirven de él”.
Unos meses después, en una tensa conversación con el Conseller de Cultura de la Generalitat Carles Pi i Sunyer, Azaña insistió en su idea de que el Gobierno presidido por Companys, se había colocado fuera de la legalidad republicana. Ponía como ejemplo la creación de “delegaciones de la Generalitat en el extranjero”, y una actitud victimista, inspirada en ese “sentimiento deprimente de pueblo incomprendido y vejado, que ostenta algunos de ustedes”.
Personalmente entiendo muy bien la amargura de Azaña, seguramente el político que más había hecho, por la aprobación el Estatuto de Autonomía de Cataluña, que iba a poner fin, a su juicio, a un viejo pleito histórico.
Para entonce ya quedaban algo atrás, momentos de alta tensión en que se había rozado la ruptura, entre la coalición republicano-socialista gobernante en Madrid y Esquerra Republicana, mayoritaria en Cataluña. “Autonomía, sí; soberanía compartida, no, advirtió el republicano Sánchez Román.
También Indalecio Prieto llegó a afirmar, que la actitud de ERC desde la proclamación de la República, constituía “un acto de deslealtad” como no había conocido, en toda su vida política”.
Perdida la guerra y con ella la autonomía de Cataluña, la izquierda española y el nacionalismo catalán, intentaron mejorar sus maltrechas relaciones. El socialista Luis Araquistain, exiliado en Londres, participó en una alianza impulsada por los nacionalismos vasco y catalán, que aspiraba a crear una “Comunidad Ibérica de Naciones”, concepto que si no recuerdo mal ¡figuraba en nuestro programa del Congreso de Suresnes! Pero Araquistain no tardó en desmarcarse de aquel plan, en vista de las reticencias de sus interlocutores nacionalistas, a dos principios que le parecían innegociables: que el régimen que debía proclamarse, tras la caída de las dictaduras peninsulares, reconocería dos únicas naciones – España y Portugal – y que el arreglo del pleito territorial español, tomaría como marco irrenunciable, la Constitución republicana de 1931, que podría ser reformada, pero nunca ignorada o derogada. Escarmentado Araquistain por las experiencias recientes, quería dejar bien claro que esta vez la lucha contra el franquismo, iba a tener como límite infranqueable, la unidad nacional y la Constitución del 31.
Regresando al presente, estos días me ha sorprendido desagradablemente, el llamamiento de Pablo Iglesias a formar una plataforma de cargos electos, dispuestos a acudir en ayuda del independentismo catalán, y formar así una gran coalición antisistema. Su propuesta, me parece, se presta a múltiples interpretaciones desde la historia comparada, especialmente este año en el que se cumple el centenario de la Asamblea de Parlamentarios, que pretendía acabar con la monarquía canovista. De aquellos acontecimientos de hace un siglo, se desprende, a mí ver, una enseñanza histórica que tal vez sea hoy de alguna utilidad: que los nacionalismos tiene muy poco en común con la izquierda, y que pueden llegar a ser muy malos compañeros de viaje. Convendría que la izquierda actual leyéramos más a los nuestros, y no olvidáramos los desengaños de nuestros líderes históricos.
Aquel 48% del pueblo alemán, que en Marzo de 1933 se echó en brazos del nazismo, invocando su derecho a decidir frente a Versalles y la Sociedad de Naciones, cometió un suicidio histórico de consecuencias irreparables. La izquierda hoy más proclive al independentismo, debe pensar seriamente si por darse el gusto, de acabar con el “régimen de 78”, está dispuesta a ser cómplice de un suicidio asistido.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 28 de Septiembre del 2017.


martes, 3 de octubre de 2017

CATALUÑA (I). TRAZOS DE SU HISTORIA CONTEMPORÁNEA

Releyendo la magnífica obra del hispanista Raymond Carr “El rostro cambiante de Clío”, y en ella la reseña que hace del libro de Charles E. Ehrlich “Lliga regionalista-Lliga catalana 1901-1936”, he refrescado algunos de mis conocimientos de la historia de Cataluña durante esos años.
En 1885, la élite cultural e industrial de Barcelona, dirigió un “Memorial” al rey Alfonso XIII, exponiéndole en él el programa regionalista. Este documento, radicalizado años después (1891) en las “Bases de Manresa”, permanecería como base de la “Lliga”. Los empresarios catalanes habían firmado el “Memorial”, porque los liberales madrileños eran partidarios del libre comercio, y la propuesta de un tratado con Gran Bretaña, amenazaba los intereses de los magnates textiles catalanes. Pero por grandes que fueran sus agravios, les advirtió el presidente de la organización patronal, el Fomento del Trabajo Nacional, el separatismo, al cerrarles el mercado español, equivalía a un suicidio económico.
El desastre de 1898 (la perdida de los restos del imperio, Cuba y Filipinas) sacudió los cimientos del sistema de la Restauración, e intensificó los sentimientos de descontento en España, incluidos los agravios catalanes. Pero el intento de responder a las demandas catalanas, fracasó con el general Polavieja y el conservador Silvela. La “Lliga” se fundó en 1901, para dar al programa regionalista, el empuje político del que carecía. Rechazando la mera protesta, como en 1885, por ineficaz, decidió “entrar en España” y en la política nacional de Madrid en forma de partido político, con el fin de lograr dos objetivos: la autonomía para Cataluña, y la regeneración del corrupto sistema político de la Restauración.
"El rostro cambiante de Clío"
El éxito del proyecto, precisaba de una condición previa: La “Lliga” tenía que postularse, como máxime representante de las demandas catalanas. Y esta condición no se cumplió nunca, porque desde el principio, el catalanismo estuvo dividido entre una izquierda republicana doctrinaria, heredera de los federalistas de la I República, y un ala conservadora pragmática, formada por los hombres de la “Lliga”. Para la oposición de izquierdas, estos representaban a la burguesía catalana, eran reaccionarios dispuestos a aliarse con los carlistas. En 1904, cuando su líder Cambó, aceptó la monarquía, los doctrinarios abandonaron la “Lliga”, dejándola en manos de los pragmatistas: el propio Cambó, Durán y Prat de la Riba.
Pero existía también una segunda condición, que era que el regionalismo, según lo concebía la “Lliga”, se convirtiera en un asunto de toda España. Los insistentes esfuerzos de la misma, para promover el regionalismo fuera de Cataluña, fracasaron estrepitosamente. En las elecciones de 1918, los regionalistas obtuvieron solamente seis escaños fuera de la región catalana, y nunca superaron esa cantidad. Dado que los regionalistas no tenían la menor posibilidad, de obtener mayoría en las Cortes, su éxito dependía de encontrar aliados en Madrid, dispuestos a apoyar las aspiraciones autonómicas catalanas. Pero la mayoría de políticos de Madrid, consideraban la autonomía, como el primer paso en el camino hacia el separatismo, pese a que la “Lliga” lo rechazaba categóricamente. Prat de la Riba era contrario al separatismo, no obstante lo cual, utilizó la palabra “nacionalismo” en “La nacionalitat catalana”, publicado en 1906. En el vocabulario político popular de la época, “nación” implicaba el derecho de soberanía. Este lenguaje ambiguo, lo que Cambó llamó el “tono estridente” de Prat, operaba en contra de éste. Pocos políticos liberales sentían alguna simpatía hacia Cataluña, y a ninguno le hacía la mínima gracia, ser tachados por los políticos catalanes de “oligarcas corruptos”.
Dada la hostilidad de los liberales, el único político con quien la “Lliga” podía llegar a algún tipo de entendimiento, era el líder conservador Antonio Maura. Tanto los hombres de la “Lliga” como Maura eran regeneracionistas conservadores, resueltos a acabar con todo lo que implicaba la palabra caciquismo. Pero el apoyo que Maura podía prestar a la “Lliga”, tenía sus límites. Y estos se hicieron evidentes en las dos apariciones más importantes de Cataluña en el escenario nacional: el movimiento “Solidaridad Catalana 1906-07 y la Asamblea de Parlamentarios 1917. El dirigente liberal Moret, cedió ante el Ejército en la Ley de Jurisdicciones. La respuesta de Cataluña fue una masiva protesta, y la formación de la mencionada “Solidaridad Catalana”, que pareció hacer realidad la visión de Almirall, de un movimiento catalán unificado. “Solidaridad” acogió a los republicanos (excepto a Lerroux) y a los conservadores, incluidos los carlistas. El gran proyecto de gobierno local de Maura, como Presidente del Gobierno entre 1900 y 1909, parecía ofrecer a Cataluña la posibilidad de autonomía, dentro de una España descentralizada. Pero sus reformas zozobraron ante la oposición de la izquierda, contraria a la reforma descentralizadora de Maura, que tachó de antidemocrática, porque se basaba en el sufragio corporativo. “Solidaridad” se escindió en sus partes constitutivas, la izquierda y la derecha. Además, Maura no entendía bien las raíces culturales e históricas del catalanismo. Para él, la autonomía catalana era parte de un proyecto general que acabaría con el caciquismo, no un reconocimiento de la “personalidad” catalana. Para los catalanes “patria” significaba Cataluña, para Maura, España. La Semana Trágica de 1909, no solo destruyó el gobierno Maura. El hecho de que la “Lliga” apoyara a Maura y la represión, le valió la denuncia de ser una organización conservadora y reaccionaria, de hombres de orden, dispuestos a ejecutar y encarcelar a los “rojos” de la izquierda revolucionaria.
Prat de la Riba
La organización de la opinión catalana en un partido moderno, significaba que había que abordar la “cuestión catalana”, si se quería evitar que perturbara la política española, como la Cuestión Irlandesa había hecho en el caso, de la democracia parlamentaria británica. Casi a la desesperada el líder liberal Canalejas, había propuesto la unión de las cuatro provincias catalanas, en una sola entidad con una asamblea propia. A la Mancomunidad no se le otorgarían competencias, que ya no poseyeran las provincias vigentes. Incluso Maura vaciló, porque la creación de la Mancomunidad, era una concesión a una sola región, al margen de cualquier reforma radical de todo el Estado español. Pese a ser limitada, esta autonomía permitió a Prat de la Riba, como presidente de la Mancomunidad, no sólo promocionar la personalidad cultural de Cataluña, sino también modernizar sus infraestructuras.
El movimiento de la Asamblea de Parlamentarios de 1917 se reunió en Madrid. Y entonces Cambó sacrificó cualquier perspectiva de reforma constitucional, a cambio de tener dos ministros en la variopinta coalición, que se formó en torno de García Prieto. Cuando ésta se vino abajo, y el sistema de partidos, fragmentado en faccionalismos, no pudo ofrecer ningún gobierno a Alfonso XIII, el Rey amenazó con abdicar. La quiebra total del sistema de la Restauración, se perfiló como una clara posibilidad, sólo evitada por la instauración de un gobierno nacional, presidido por Maura, al que se incorporó Cambó como ministro de Fomento.
La “Lliga” había entrado en la política española, con el objeto de adquirir poder e influencia en Madrid. Pero para poder convertirse en agente político en Madrid, y arrancar concesiones a sucesivos gobiernos débiles, la “Lliga” tenía que conservar su base de poder en Cataluña y Barcelona. Dicha base había sido organizada por Prat de la Riba, recayendo en Cambó la tarea de operar en el mundo político de Madrid. La muerte de Prat en 1917, fue un serio revés. Dos factores socavaron la hegemonía local de la “Lliga”. La izquierda nacionalista, mucho tiempo impotente y dividida, era a la sazón una fuerza indudable. Las juventudes de la “Lliga” consideraban a Cambó un “judas”, que había vendido Cataluña por un cargo en Madrid. Los jóvenes críticos abandonaron la “Lliga”, para crear Acción Catalana. A partir de ese momento, el catalanismo fue cada vez más proclive al republicanismo. La generación mayor de industriales, que había vivido la guerra social en Barcelona, olvidó la “Lliga” y dirigió sus miradas al Ejército. Puig i Cadafalch, sucesor de Prat en la presidencia de la Mancomunidad, acogió a Primo de Rivera en 1923, como salvador de España y de los intereses de los empresarios catalanes. Su recompensa fue la disolución de la Mancomunidad. Fue Esquerra Republicana, no la “Lliga”, la que logró que el gobierno de la II República, concediera el estatuto de autonomía a Cataluña en 1932. Cuando los “nacionales” se sublevaron contra la República, los hombres de la “Lliga” apoyaron a Franco, prefiriendo una vez más la protección de sus intereses económicos y sociales, a la defensa de los intereses de Cataluña.
Francesc Cambó
Muerta la “Lliga” en tanto que organización en 1923, su legado político fue heredado por el Presidente Pujol, que consiguió crear, donde Cambó había fracasado, un partido conservador de masas catalán, y obtuvo para Cataluña la autonomía que le permitió realizar el programa cultural, lingüístico y modernizador de Prat de la Riba. Por muy importante que haya sido la capacidad política de Tarradellas y Pujol, lo cierto es que tuvieron oportunidades, de las que carecieron Cambó y la “Lliga”. La oposición de Cataluña a Franco (Pujol mismo fue encarcelado) no sólo fortaleció allí el catalanismo; también logró simpatías democráticas fuera de Cataluña.
Pujol, escribió el profesor Miguel Caminal, “es nacionalista por sus dichos, pero no por sus hechos”. En La Vanguardia el 12 de Diciembre de 2000, Caminal consideraba a Prat nacionalista, “aunque la práctica política pratiana se mantiene en el regionalismo”, y detectaba tres posturas autonomistas: los que aceptan el Estado y la Constitución de 1978; los federalistas que quieren forzar una reforma constitucional, que produjera el pleno reconocimiento de un Estado plurinacional; y los soberanistas que defienden el derecho unilateral de la nación catalana, a decidir libremente su forma de organización.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Septiembre del 2017.


lunes, 25 de septiembre de 2017

ILUSIONES Y HECHOS

El artículo de hoy (23.09.2017) de José Luis Pardo en El País, me ha llevado a releer algunas notas y párrafos subrayados, en un par de tomos de Bertrand Russell, referidos al recurrente tema de las Ilusiones y los Hechos.
Mi estimado Lord Russell, hace ya algo así como poco más de medio siglo, explicó (algo que merece ser recordado en esta época de la posverdad) que una proposición es verdadera, solo si se corresponde con los hechos. Lo hizo entonces contra los pragmatistas y los neopositivistas, que sostenían que las afirmaciones no se validan por los hechos, sino por su coherencia con el marco interpretativo. Y a Russell le como escandalizaba esta posición porque, según ella, una proposición falsa podría declararse verdadera, si se construía un marco fantástico o ilusorio para interpretarla, que fuera mayoritariamente aceptado. La historia cultural posterior, parece haber dado la razón a los adversarios de Russell, y a él, algunos, le han considerado una especia de cascarrabias desfasado. Hasta el punto de que hoy los gabinetes de prensa, elaboran “hechos alternativos”, para convertir en verdadera cualquier proposición, por muy fantasmagórica que sea. Es cierto que no siempre consiguen crear una “verdad alternativa”, pero sí logran sembrar la duda, acerca de cual es la realidad y cual la ficción.
En mi opinión, los catalanes independentistas “viven en una realidad paralela”. Según algunas encuestas, el marco interpretativo mayoritario en Cataluña, sería el de quienes creen tener un “derecho a decidir” sobre la forma del Estado español, derecho del que carecen el resto de sus compatriotas. A mi, en la línea de Russell, esto me parece una “ilusión”. Pero para probarlo tendría que recurrir a los “hechos” – a los jurídicos, no a los estadísticos – y en este momento sería cuando me convertiría, a ojos de muchos, en un reaccionario ¡quien me lo iba a decir a estas alturas! tan recalcitrante como el viejo Russell, y se me acusaría de atentar contra las “ilusiones colectivas”.
Bertrand Russell
El nacionalismo, pensamos ¿muchos? es la creencia – entre otras - de que los portadores de cierta identidad, son superiores a los que no la portamos. Y yo diría, una vez más, que eso es otra “ilusión”, pero los nacionalistas intentan esquivar esa conclusión, señalando un “hecho”: el hecho diferencial que les hace distintos, es decir, superiores. A diferencia del nacionalismo vasco, el catalán no busca este hecho en la genética (aunque Junqueras, el otro día, parecía que iba por ahí) sino en la cultura, en ese hecho de cultura que es la lengua. Identificando ser catalán, con “hablar catalán” (yo también lo hablo, y mi mujer, mis hijos y mis nietos) y el “hablar catalán” con ser nacionalista ¿Quién se atreve hoy a recordar que, como habría dicho Nietzsche, no hay hechos diferenciales, sino interpretaciones diferenciales (o sea supremacistas) de los hechos?
Este sería pues, a día de hoy, el marco interpretativo dominante (fantástico, sí, pero no por ello ineficaz, opina Pardo) en el cual la ficción soberanista, se torna estrictamente coherente, como igualmente coherente resulta también, el corrimiento del espectro ideológico estatal, en el que se ha insertado con sonados triunfos, la nueva izquierda revolucionaria nacida del 15M, y debido al cual, quienes a principios de este siglo éramos de izquierda, pero no nacionalistas ni anticapitalistas, sin necesidad de haber cambiado de ideas, y de acuerdo con las nuevas coordenadas interpretativas, hemos acabado situados en el fondo del pozo del facherío, como muy a la derecha de Trump y de Marie Le Pen, por sólo citar dos energúmenos.
Y ahí, me temo, terminaremos todos aquellos a los que se nos ocurra, como al querido Russell, invocar la correspondencia con los “hechos” como fundamento de la “verdad”, en lugar de aceptar la más absurda teoría de la verdad, como coherencia con el delirio dominante.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 23 de Septiembre del 2017.

lunes, 18 de septiembre de 2017

HISTORIADORES. NI CON UNOS NI CON OTROS

En 1979 Raymond Carr había finalizado otro libro más: “La tragedia española” Madrid. Alianza Editorial 1986. Se trataba de una reflexión propia, sobre la guerra civil española. El subtítulo de la obra, “La guerra civil en perspectiva”, dejaba bien clara su intención: pretendía analizar la guerra desde una posición distante, y supuestamente neutral. En el mismo prólogo anunciaba su propósito, con una cita ilustrativa: “Lloyd George informó al gobernador en Palestina, Ronald Storrs, de que tanto los árabes como los judíos, se quejaban de su actuación como gobernador (Storrs se veía ya de patitas en la calle). Si deja de quejarse uno de los bandos (terminaba Ll. George), dese por destituido”. Los historiadores, añadía Carr, no tienen que pasar casi nunca, por el riesgo de la destitución. Pero, quizá, serían mejores historiadores, si corrieran ese riesgo.
Lloyd George
Por esas fechas Carr andaba muy “obsesionado”, con la cuestión de la neutralidad, decía Adrian Lyttelton (especialista en la historia de Italia): “No hacía más que hablar de ello, aunque políticamente él no fuera tan neutral…” Estaba empeñado en demostrar su “neutralidad”, desde que el historiador marxista Herbert Southworth, le acusó de ser el “líder de una conspiración neofranquista”, junto al historiador conservador americano experto en la Falange Stanley Payne. Raymond se sintió profundamente ofendido, por la afirmación de Southworth. Él nunca había justificado el “golpe franquista”, ni “conspiraba” con nadie:
"Parte de su evidencia es que me vio cenando con Ricardo de la Cierva… También he tenido a Federica Montseny en mi casa, y la he invitado a dar una conferencia en Oxford ¿Soy, por tanto, el líder de una escuela neoanarquista?... Mi esposa Sara y yo, distribuíamos propaganda antifranquista en España, cuando el Sr. Southworth estaba feliz y a salvo en Tánger. No soy neofranquista. Soy, como ha destacado un airado lector, un “recalcitrante ‘don’ de Oxford”
Curiosamente, fueron autores progresistas auténticos, expertos en la guerra civil, los que hicieron las valoraciones más positivas de ese libro de Carr. Así, el historiador marxista español Manuel Tuñón de Lara (con el que mantuve una buena amistad) destacaba (“Journal of Modern History”, Diciembre 1978) su claridad y su objetividad: “De esta obra – decía – no sé si admirar más su preocupación de seriedad, sus reflexiones esclarecedoras, o su incontestable valor didáctico”. La importancia que Carr le concedía, a cuestiones como la reforma agraria, o la actitud de la banca y su sabotaje del crédito, le parecían fundamentales. Paul Preston, por su parte, destacaba (“New Society” 11 Agosto 1977) sus vívidos “sketches”, o la elegancia de estilo, pero sobretodo su manera de sentir la realidad: “No se trata de una fácil objetividad de la indiferencia, sino más bien de una honesta confrontación de verdades dolorosas, particularmente en las secciones que explican la derrota republicana. Uno quisiera – concluía – no estar de acuerdo con todo en este libro, pero es altamente iluminador, y nunca deja de estimular el pensamiento”.

Raymond Carr
En España no se tradujo “La tragedia española”, hasta casi diez años después, y pasó un poco sin pena ni gloria. En parte por el peso de la obra de Hugh Thomas “La Guerra Civil Española”, y en parte porque casi paralelamente a la edición de su mencionada obra, Carr había trabajado en otra que se publicaría directamente en España, y que acapararía plenamente la atención del público español, convirtiéndose incluso en un “best seller”. Se trataba de “España de la dictadura a la democracia”, en realidad una ampliación cronológica de su primera y famosa obra “España 1808-1939”, que ahora escribió a medias con su antiguo alumno – y desde 1976 director del Centro Ibérico – Juan Pablo Fusi.
Según destacaba el propio Carr, lo cierto era que como historiador en “La tragedia española”, había intentado entender las razones y los impulsos de los unos y los otros, evitando juicios morales fáciles. Había puesto, en definitiva, mucho de sí mismo en el ensayo, y no pretendía contentar a nadie. “Me ha llamado neofascista la izquierda lunática, y peligroso liberal la extrema derecha” decía en el prólogo. Aunque en realidad a él le encantaba moverse, en ese terreno contra la corriente (o contra las corrientes) convencionales.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 1 de Septiembre del 2017.


martes, 5 de septiembre de 2017

PUEBLO, “PEUPLE”, “PEOPLE”, “VOLK”…

“Cuando yo uso una palabra
significa exactamente lo que yo
quiero que signifique”.
(“Alicia a través del espejo”. Lewis Carroll)

Algunos ya me habréis leído protestando, cuando se invoca demagógicamente al “pueblo”. A aquellos que gritan: dejad de discutir (los políticos), y preocuparos de los intereses del “pueblo”, siempre contesto con la pregunta ¿quién es el “pueblo”? ¿son los Botín o los inmigrantes legales el “pueblo”? ¿Los intereses de unos y de otros que hemos de defender, son los mismos?
Muchos contestarán que ese es un debate meramente académico. Puede. Pero la democracia es debate y entendimiento. Las palabras condicionan el pensamiento. Y si, al ya de por sí complicado debate, lo llenamos de significantes vacíos, sustantivos poliédricos y conceptos amorfos, la tarea de entendernos, se complica “ad infinitum”. Definir es, en primer lugar, delimitar, asignar fronteras. Un concepto indefinido es un concepto “sin final”, que no sabemos cuando es aplicable y cuando no, que incluye y que excluye.
Hace ahora unos meses, con motivo del fallecimiento del gran pensador Giovanni Sartori, me leí su magnífica obra: “¿Qué es la democracia?”. Y mira por donde, me topé con una serie de acertadas preguntas, que se hace el inigualable florentino, sobre el concepto de “pueblo” en política.
Nuestro “pueblo” se origina a partir del “demos” griego. Y del “demos” se daban - ya en el siglo V antes de C. - muchas interpretaciones. La palabra se reconducía de distintas formas a 1) “plethos”, es decir, al “plenum”, al cuerpo de ciudadanos en su totalidad; 2) “hoi polloi”, a los muchos; 3) “hoi pleiones”, a los más; 4) “ochlos”, a la muchedumbre. Y la noción se vuelve aún más compleja, cuando el “demos” griego se ve reconvertido en el “populus” latino, puesto que los romanos, y más el desarrollo medieval del concepto, hacen de “populus” en parte un concepto jurídico y en parte una entidad orgánica.
En definitiva ¿el pueblo es singular o plural? El término italiano “popolo”, así como el francés “peuple” y el alemán “volk”, son singulares. Nosotros decimos: “el pueblo es”. Pero en inglés “people” significa “personas” y rige el plural: en inglés se dice “el pueblo son”. Y a más a más, la Constitución inglesa no conoce ni reconoce (en términos de valor legal) ninguna entidad denominada “the people”, el pueblo.
Giovanni Sartori
Y, repetimos, como las palabras condicionan el pensamiento, no es fortuito que “pueblo” (en singular) se preste a ser concebido como una totalidad orgánica, como una indivisible voluntad general, mientras que “the people” indica una multiplicidad discreta, un agregado de muchos “cada uno”. El singular transmite la idea de un ente, el plural disgrega esa idea.
En la docta opinión de Sartori, el pueblo como totalidad indivisible, no es aceptable para la teoría de la democracia, tal como la entendemos hoy. El “populus” medieval no era el “volk” de los románticos. El organicismo medieval (que se extiende hasta la Revolución Francesa) era corporativo y agrupaba al individuo en nichos, que resultaban inmovilizantes, pero a la vez protectores. En cambio, el organicismo romántico es verdaderamente totalizador y disolvente: el individuo se funde en el “espíritu del pueblo”, en el “Volksgeit” o en el “Volkseele” y, realmente, se disuelve en el fluir intemporal de la historia. De ahí que la “fusión orgánica”, que lleva a concebir al pueblo como una totalidad indivisible, sea de cuño romántico; y es esta versión de la noción de “pueblo”, la que ha legitimado el totalitarismo del siglo XX. En nombre de la totalidad, y a cubierto bajo la fórmula “todos como uno solo”, todo el mundo puede ser aplastado y oprimido, de uno en uno.
Nuestras democracias permiten la disensión, porque al confiar el gobierno a la mayoría, tutelan el derecho de hacer oposición en su contra. Si podemos replicar a Rousseau, que el ciudadano no es libre sólo en el momento de votar, sino siempre, es porque él (el ciudadano) puede, en cualquier momento, pasar de la opinión de la mayoría a la de la minoría. Es en este poder “cambiar de opinión”, donde radica el ejercicio de mi libertad. Por lo tanto Lord Acton podía escribir con conocimiento de causa: “La prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es el “quantum” de seguridad de que gozan la minorías”. Y otros teóricos de la democracia y el constitucionalismo, han recalcado que en las democracias, la oposición es un órgano de la soberanía popular, tan vital como el gobierno. Y que suprimir, aunque sólo sea de facto, la oposición, significa suprimir la soberanía del pueblo.
Quien se llena hoy la boca con la palabra “pueblo”, raramente suele explicar de que se trata. Cuando los griegos acuñaron “demokratía” – Herodoto fue el primero – el “demos” en cuestión, estaba constituido por los ciudadanos de la “polis”, de la pequeña ciudad, que era de verdad una comunidad, una “Gemeinschaft”. Los atenienses que se reunían en la plaza, eran menos de cinco mil, y normalmente sólo acudía la mitad. Pero el hecho es que ese “pueblo”, ha dejado de existir hace ya mucho. Con el derrumbe de las estructuras corporativas, y del orden de clases, “pueblo” designa, cada vez más, un agregado amorfo que está en las antípodas, de aquel todo orgánico que los románticos habían divinizado.
¡No sigamos anclados en el romanticismo! Así que, a todo el que a partir de ahora, vuelva a invocarme al “pueblo” sin determinar a que se refiere, le endilgaré sin misericordia este rollo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 14 de Mayo del 2017.


martes, 29 de agosto de 2017

CUBA Y LA HISTORIOGRAFÍA LATINOAMERICANA

Hasta finales de los años cincuenta, como destacaba el especialista en Colombia, y miembro de St. Antony’s College (Oxford) Malcom Deas, la historiografía latinoamericana en Gran Bretaña, ofrecía débiles “señales de vida intermitente”. Salvador de Madariaga había realizado algunos trabajos sobre Colón o sobre el Imperio español, que parecían tener poco o nada de impacto en Oxford. Pero no existían los estudios de América Latina en absoluto. A la altura de 1960, Robin Humphreys en la Universidad de Londres, y Frederick Alexander y John Horace Parry en Cambridge, eran los máximos especialistas en la materia, pero se limitaban a la era colonial, y eran “decididamente anglocéntricos”. Entre 1945 y 1960 se leyeron apenas siete tesis, relacionadas directamente con América Latina, de las cuales sólo dos, no se basaban en el comercio o la influencia británica, y ninguna sobrepasaba cronológicamente la I Guerra Mundial.
Pero en 1959 sucedió “algo” inesperado, que eclipsó momentáneamente el naciente “influjo español” en St. Antony’s College, y propició un repentino giro de atención, hacia la zona central y meridional del continente americano: Hubo una revolución en Cuba. Y así fue como en Gran Bretaña se descubrió América Latina.
Raymond Carr lo contaba de esta forma en “The Invention of Latin America” (“New York Review of Books” 3.03.1988):
<Eso era exactamente lo que había sucedido. La imperiosa “necesidad” política, en forma de amenaza comunista, propició el estímulo académico. Y los centros de estudios de América Latina, se crearon y financiaron generosamente en Harvard, Columbia, Princeton y otras importantes universidades de los EE. UU. Y eso fue también lo que sucedió en Gran Bretaña y en St. Antony’s, que fue el primer college británico, en consolidar un centro de estudios latinoamericanos. 
Malcom Deas exageraba cuando escribió irónicamente, que “el fundador del centro fue el Dr. Fidel Castro, un graduado de la Universidad de La Habana”>.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Agosto del 2017.


lunes, 14 de agosto de 2017

VUELVE ORTEGA

La editorial Taurus, acaba de relanzar la versión corregida, de los cinco primeros volúmenes, de las “Obras completas” de D. José Ortega y Gasset. Y en septiembre se publicarán los cinco tomos restantes, y la versión digital de los 10 volúmenes.
Cuando en 1963 llegué a la Complutense para estudiar Económicas, ningún profesor, ni de refilón, nos habló de Ortega. La doctrina “oficial” en aquel entonces, era que había sido un agudo estilista, incapaz de construir un verdadero sistema metafísico, algo que por supuesto sí, eran capaces de hacer los que le dirigían ese reproche. Hoy nadie se acuerda de sus nombres. Tampoco hablábamos de él entre los estudiantes, porque su única etiqueta ideológica era el liberalismo, que por entonces se consideraba un crimen peor que el totalitarismo; y porque andábamos liados a todas horas con Sartre, Althusser, Levi-Strauss, Barthes… cuyo “compromiso” pensábamos conocer a la perfección. Para gente de mi generación del 68, la cultura y la teoría francesa, aún dominaban nuestra información y nuestro imaginario.
El 20 de Octubre de 1962, por indicación de mi padre, me había comprado “La rebelión de las masas”, y me lo había leído en los meses siguientes, sin llegar a comprender muy bien de que iban todas aquellas páginas. Aquella contraposición de las minorías selectas a las masas, nos sonaba terriblemente inoportuna. Sometidos durante cuarenta años a una “minoría selecta” de chusqueros y casposos desaprensivos, no queríamos ni oír hablar de unas élites, que nos llevaran por el buen camino. Y cuando los antiorteguianos liberaron a Ortega (nos recuerda José Luis Pardo) los orteguianos decidieron mantenerlo hibernado, como patriarca de una mitificada y ucrónica “edad de plata”. Empeñados en demostrar hasta el ridículo, que había sido más original que Sartre, Heidegger y Bergson juntos; que en realidad era feminista, autonomista, federalista y hasta algo marxista, inspirador secreto de la Transición y, desde luego, un demócrata incombustible, como si no fuera propio de buenos demócratas, dudar a veces de la República misma, especialmente en los tiempos que a él le tocaron vivir, en los que la democracia estaba plena de pistoleros y salvapatrias. Recuerdo muy bien como todavía allá por los años noventa, muchos jóvenes de mi edad, se habían acostumbrado a ver en Ortega, sólo el anacronismo en que la habían convertido, quienes intentaron salvarle de sus incorrecciones políticas.
Obras completas de Ortega, en mi biblioteca
Pero, pese a todo, Ortega ha seguido siendo la envidia de todo intelectual español. Incluso cuando Gregorio Morán abrió la veda, con su “El maestro en el erial”- escribe Pardo – su perfil seguía sobresaliendo, entre el enjambre de unos seguidores reducidos a la mediocridad, por su enorme sombra. Y para remate, después que los antiorteguianos y los orteguianos obstaculizasen su lectura, llegó el turno a los llamados “orteguescos”, aquellos que quieren ser el Ortega de nuestros días, tomando todo lo bueno del maestro y desechando lo malo.
En mi modesta opinión – y esto es lo que he intentado hacer desde hace ya años – lo único que puede liberar a Ortega, del peligro que para él han supuesto sus detractores, sus defensores y sus émulos, es la lectura desprejuiciada y libre de su pensamiento, que lo saque del formol y lo abra a la crítica y la normalización de la discusión, sobre una obra que a mi entender merece muy la pena, seguir teniendo en consideración.
Como escribe Jordi Gracia (autor de una gran biografía de Ortega) no llegaremos ha decir que Ortega hubiera sido hoy un tuitero compulsivo, pero la proliferación de sus aforismos con chispa e intención, podrían tenerlo como aficionado decoroso a ese medio guerrillero. Ortega fue en casi todo pionero y prematuro, precozmente imbuido por un optimismo vitalista de genética nietzscheana. Tenía razón, pero era prematuro. Y no basta tener razón, hay que tenerla en el momento debido. Eso desencadenó su mal más íntimo: el rencor contra quienes ni entendían, ni parecían querer entender, por donde debían ir los derroteros de la modernidad europeísta. Y de ahí nace uno de los libros que más perniciosos le fue, incluso en el propio título, “España invertebrada”, montado sobre prejuicios ¡ah con los prejuicios! y, sobre todo, sobre pasiones políticas excesivamente recientes.
Ortega creo modestamente, vibra especialmente como ensayista compulsivo, hostigado siempre por un alemán entonces aún desconocido: Heidegger, que habría de amargarle desde 1927, los dulces frutos de su filosofía de la razón vital. Y en su maravillosa “La rebelión de las masas”, ya en 1930, a las puertas de la euforia y el inmediato desengaño de la Segunda República. Obra que constituye el más contundente dicterio, contra la destrucción de las democracias liberales, a manos de las masas totalitarias rampantes, desde Italia, Alemania y la Unión Soviética.
Ha escrito Fernando Savater, que Ortega es un autor discutible. Y lo dice como un mérito, porque en filosofía los autores indiscutibles, es decir, aquellos que hay que aceptar o rechazar tal como vienen, porque no admiten la tarea de la argumentación racional (como Heidegger por ejemplo) suelen servir para poco o para demasiado. Ortega además es un semillero de ideas. Tanto si le seguimos como no, siempre abre trocha, o sea, que nunca se lee en vano. Y además es un pensador ¡laico! Lo cual en esta España ¡bendito sea Dios!
Es el talento más grande que ha tenido el pensamiento – diría incluso la literatura – español, escribió Javier Gomá. Ortega es un talento supremo, aunque puede que sin genio. Entendiendo por talento la capacidad y la inteligencia de asimilar, componer y exponer las ideas de otros. Y por genio, la capacidad de alumbrar ideas nuevas.
Como afirmó Amelia Valcárcel, a Ortega le debemos por lo menos dos cosas importantísimas: 1) fabricó de arriba abajo el vocabulario filosófico español, algo que el castellano, por falta de tradición, no tenía; y 2) abrió el pensamiento español a tradiciones foráneas, a las que se había resistido.
Y finalmente recordar lo que dice de Ortega Adela Cortina: La herencia de Ortega sigue siendo hoy estimulante. Su diseño de una razón vital, histórica y narrativa; la concepción de la ética como “moralita”, que es un explosivo tan potente como la dinamita, y no moralina empalagosa; la convicción de que la moral es aspiración y proyecto, y no un arma arrojadiza, que sirve para tachar a los demás de inmorales; y la necesidad de cultivar la excelencia en la vida pública, para construir una buena política.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Agosto del 2017.


jueves, 10 de agosto de 2017

PUREZA SOCIALISTA

El diputado socialista por Asturias, Antonio Trevin, ha dejado su escaño por discrepancias con la actual dirección de PSOE. Su decisión me parece honrada. Cuando uno no se encuentra cómodo, cuando sus ideas son minoritarias en cualquier colectivo, lo más noble, me parece, es dar un paso atrás. Pero en sus declaraciones, al hacer público su anuncio, ha deslizados unas palabras que no me parecen justas, o al menos inexactas, al no matizarlas fijando el momento. Ha dicho que: "está desapareciendo la fraternidad entre los militantes, que era una de las señas de identidad del socialismo, donde cada vez tiene más presencia la confrontación". Puede que la “fraternidad” haya disminuido en estos últimos meses, pero habría que matizar que si lo ha hecho realmente, habría sido a partir del infausto golpe palaciego del 1 de Octubre, el que de alguna forma él apoyó.
Pero lo que me ha llevado a redactar estas líneas ha sido, básicamente, la lluvia de comentarios intolerables, demagógicos y totalitarios, que han acompañado la noticia en las redes. Y sí, ya sé que es una batalla que nunca ganaré. Pero no puedo callarme, ante lo que considero un grave ataque, al funcionamiento democrático de una organización como la del PSOE.
No voy a reproducir los comentarios más soeces y ofensivos. Sólo referiré que algunos llegaban a decir que, que bien que se fuera y nos dejara en paz a los socialistas de verdad ¡Que bonito "los socialistas de verdad"! ¿Y quien decide quienes lo son o no? ¿Quien reparte los certificados de socialistas de "verdad? Y otros le tachaban de desconocer lo que era la pureza y la ética socialista. Y yo me pregunto ¿que tribunal dictamina la pureza socialista, o que es exactamente eso de la "ética socialista"? Llevo 43 años en el PSOE, y aún nadie me ha examinado de ética, ni de pureza socialista ¿Vamos a comenzar ahora con tribunales de depuración, en la mejor tradición del estalinismo? ¡Venga ya!
Parecería como si muchos socialistas, estuvieran hoy de acuerdo con las concepciones políticas de Schmitt, en las que, teóricamente, el pueblo ocupa una posición de portador del poder supremo, pero a la vez aparece como incapaz de gobernarse. Por eso la voluntad general democrática, va asociada con el poder de un individuo o una minoría para plantear cuestiones al pueblo, que dependería totalmente de tales iniciativas, siendo su única facultad la de refrendar o rechazar. Porque al final, y esta es la clave, todo lo que es político se funda en la distinción entre amigo y enemigo. El Estado no es en sí mismo político, sino solo cuando puede distinguir al amigo del enemigo, tanto en cuanto al interior como al exterior. Por lo que respecta a la sociedad, al politizarse se convertiría en comunidad, y el Estado se fundaría, apoyándose en esta comunidad política, en un Pueblo. Los puros, los virtuosos, contra los enemigos.
Todo eso me retrotrae inevitablemente y para mal, a los años de mi juventud allá por los sesenta del siglo pasado. La historia estaba hecha de buenos y malos, y los malos eran los que no estaban con nosotros, el muro de Berlín garantizaba la pureza, la democracia burguesa contaminaba el aire y las cañerías. La izquierda era de izquierdas y el infierno eran los otros ¿En medio? En medio no había nada ni nadie. Puede pasar hoy en Venezuela o en Nicaragua o en Cuba, cualquier cosa que no nos guste, que si está protagonizada por los nuestros, debe ser buena. Y en mis tiempos nos ocurría con la URSS, con Cuba, Rumanía, incluso con las Brigadas Rojas, con la Baader Meinhoff, hasta con ETA… ¿Son los nuestros? ¡Algo bueno tendrán!
Hoy nos recuerda Juan Cruz en El País, que hay un libro que cura aquel mal de bajura, que acepta que lo de los nuestros es lo mejor, lo único. Ese libro es “Tumulto” (Malpaso 2015) de H. M. Enzensberger, que vivió aquellas revoluciones, convencido de quien eran los nuestros. Hasta que, pasadas las décadas, se encontró consigo mismo en el espejo y se preguntó: pero ¿dónde estaban mi corazón y mis ojos? ¿Y yo era también de los nuestros?
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 10 de Agosto del 2017.