Leyendo a G.E. Moore

Leyendo a G.E. Moore
Ca'n Pastilla 27 Marzo 2016

lunes, 15 de enero de 2018

FEMINISMO ¿FRANCÉS O ESTADOUNIDENSE?

Hace no mucho se articuló en EE.UU. una iniciativa feminista #Me Too, que pronto se convirtió en una especie de tsunami. Se generalizó la denuncia contra aquellos hombres, que se benefician de las desigualdades que aún existen respecto de las mujeres, no las respetan, las desprecian, agreden, ningunean e, incluso, las violan o matan. Me pareció excelente que cientos de mujeres dieran un paso al frente, para denunciar esa lacra, dejaran de tener miedo, y estuvieran dispuestas a hablar alto y claro en las redes, frente a las cámaras y en los tribunales. Pero como sucede desgraciadamente con frecuencia en las redes, pronto se sumaron al movimiento voces más histéricas, y miles de los que se apuntan a lo que mola, a los comentarios y noticias que se sabe recibirán cientos de “me gusta”. Y entonces me empezaron a entrar dudas. Pero no me vi con fuerzas para entrar en ese complicado jardín.
De pronto se publica en Francia, un polémico manifiesto firmado por cien intelectuales y artistas, que critican el movimiento #Me Too. Y se ha armado la marimorena. Me llamó la atención, que una de las firmantes fuera Catherine Millet, directora de Art Press, revista que cofundó en 1972. En su día me había leído “La vie sexuelle de Catherine M.”, una atrevida autobiografía de su vida sexual, en la que relataba sin pelos en la lengua sus prácticas sexuales, incluidas orgías con desconocidos. Me admiró su extrema sinceridad y valentía, pero, quizá aún más, el hecho de que en Francia, una mujer pudiera reconocer la práctica de juegos sexuales, que a muchos les parecerían inapropiados, y seguir tranquilamente viviendo su vida pública, y llevando el timón de una prestigiosa publicación de arte. Al manifiesto de las francesas, le han llovido vituperios sin cuento. Me entraron ganas de echar mi cuarto a espadas, más no me atrevía aún a meterme en semejante avispero.
Catherine Millet
Pero el otro día le dí una palmada en el culo a una de mis nietas y, de pronto, me escuché pidiéndole perdón, disculpas. ¡Madre del amor hermoso, me dije, hasta donde vamos a llegar! Heme aquí, pidiendo perdón por un gesto cariñoso. Ni que fuera un acosador o un pedófilo. Por favor. Y después de charlar sobre el tema con Marita, mientras desayunábamos, me puse a redactar estas líneas.
En mi opinión, tanto los de #Me Too como el manifiesto francés, llevan su parte de razón e incluyen muchas exageraciones. Vaya por delante que en cuestión de libertades, especialmente referidas a costumbres, no tengo dudas: Francia. Los EE.UU. me han parecido siempre, un tanto cautivos – por ser suave - de un puritanismo casposo, más propio de la Edad Media.
Pero a lo que íbamos. Los que me conocen me han oído repetir, que incluso las causas más nobles, cuando se salen de madre, pierden gran parte de su justificación. Se puede luchar contra esa lacra de acoso sexual a las mujeres, sin necesidad de regresar al puritanismo victoriano. Y se debería poder discrepar de los excesos de #Me Too, sin ser por eso condenado a la hoguera como hereje. Hay que llevar mucho, mucho cuidado, con esos “tribunales públicos” que se constituyen en las redes y en los medios, en los que el acusado no tiene la mínima posibilidad de defenderse. Me aterrorizan esas “olas purificadoras” que recorren nuestra actual sociedad. Se comienza por denegar a alguien ejercer ciertas funciones, después se queman sus libros, sus cuadros o sus películas, y se termina ingresándolos en un campo de concentración. No sería la primera vez en la historia.
Muy cierto es que en la vida social, en nuestro vivir con los demás, nos topamos con frecuencia, con actos que nos importunan, molestan, fastidian, incomodan, nos sacan de quicio… Pero creo que debemos admitir, que hay un margen en el que el comportamiento de los demás puede desplegarse, sin que sea un delito. Hay comportamientos que te pueden parecer extremadamente molestos y tienes derecho a quejarte, sí. Pero de ahí a considerarlos un delito, hay un espacio que no deberíamos traspasar. Mucho ojo al soñar con sociedades utópicas, reguladas hasta el mínimo detalle (reléase el “1984” de George Orwell). La codificación de las relaciones en todos los detalles de la vida, es imposible. Al menos hasta que todos seamos robots.
Cuanta más libertad haya en la circulación de los discursos y de las imágenes, más se crisparán los sectores a quienes molesta la libertad. Debemos acostumbrarnos a ello. Y embridar nuestras emociones, para no entrar en una espiral de violencia imparable. Con extrema preocupación me parece detectar, un clima de inquisición en el que cada uno vigila a su vecino, y luego lo denuncia en las redes. Todos los rincones de nuestra sociedad, parecen estar bajo vigilancia, incluida nuestra esfera más íntima. Y quizá lo más sorprendente, al menos para mí, es que esta voluntad de censura, ya no proceda exclusivamente, de los círculos más conservadores.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 13 de Enero del 2018.


martes, 9 de enero de 2018

EL SEXO Y LA ESTÉTICA

La lectura estos días, de un maravilloso librito “La nuesa del silenci. Textos per a una ètica-estètica”, que me ha regalado mi buen amigo Miquel Rayó, me ha llevado a recordar, una anécdota que me sucedió hace ya años.
Conocí en mis tiempos en Madrid, allá por finales de los ochenta, a Kristín Elliott Rubio, de padre escocés y madre leonesa.
Nos encontramos por primera vez, en una comida organizada por el entonces embajador español en Aman, Enrique Peláez del Río, cuyo invitado de honor ese día, era Antonio Gala.
 Kristín Elliott Rubio
Kristín, licenciada en Filología inglesa, andaba por entonces indecisa, entre dedicarse al periodismo o la escritura, lo cual no es tan diferente pero, por eso mismo, más difícil de decidir. Elegir entre lo bueno o lo malo no tiene mérito, lo peliagudo es elegir entre dos bienes. Me pareció una joven alegre, trabajadora y sensata. Nos veíamos de vez en cuando, en actos más o menos oficiales, organizados por el Gobierno de Felipe González.
Hacia finales de siglo yo dejé la política y regresé a Mallorca. Ella hacía un par de años, que se había mudado a vivir a Edimburgo.
Seguimos en contacto por correos electrónicos, tampoco tan frecuentes. Pero un día recibí uno, en el que adjuntaba un recorte del periódico “Evening News”, para el cual había realizado una entrevista al Duque de Bowmore, miembro de la Cámara de Los Lores, experto constitucionalista y un liberal escocés de los de verdad, no de esos “neos” de hoy, de aquellos que, cuando su más feroz adversario parecía tener razón, no dudaban en admitirlo a las claras, sin que se les cayera ningún anillo.
La entrevista, por la abrumadora cultura del Duque, y por la sagacidad de las preguntas de Kristín y su hermosa prosa, diríamos, hoy, que se “hizo viral”. Y Kristín muy conocida como periodista.
Al año, más o menos, en un nuevo correo, me confesaba que se había acostado con el Duque ¿Cómo – estallé yo – te fuiste a la cama para conseguir la entrevista? No – me respondió – fue justamente al revés, la entrevista suscitó una bella amistad, y lo demás vino como una consecuencia inevitable. Y, por cierto, no creo que ocurra de nuevo. Aquel par de horas fueron el simple colofón, de toda una serie de factores deslumbrantes, glamurosos, que muy difícil volverán a confluir y que, además, no me interesa que lo hagan. Mis planes de una vida en común con alguien, no van por ahí, si es que van por alguna parte.
Y continuaba: ¡Ah Emilio, la estética, tu ya me lo habías enseñado y advertido! “Bearn”, “Il Gattopardo”, “Grupo de familia”… Villalonga, Lampedusa, Visconti… Lo hoy tan olvidado, "l’esprit", “le charme”, la cultura, la buena educación, las formas, las tradiciones, la caballerosidad… esa estética de la decadencia que te embriaga, te atrapa, te seduce, te erotiza… Tenía que haberlo recordado.

(Algunos de los nombres de personas que aún viven, por respeto a ellas, han sido enmascarados).

Palma, Ca’n Pastilla a 26 de Diciembre del 2017.


viernes, 5 de enero de 2018

"INTELLIGENTSIAS Y NOVISMO"

Cada generación quiere ser nueva, original, tiene necesidad de sentirse expedita y ligera, tiene que decir algo que no se haya dicho todavía, y contradecir lo que ya se ha dicho. Sino fuese así – escribía Giovanni Sartori – nuestra vida no tendría objetivo, ni la historia dinamismo. Pero no es fácil ser originales. El camino más fácil es la ignorancia. El que no sabe nada, puede despertarse cada mañana con una nueva ocurrencia, nueva para él. En los años sesenta mi generación, estaba convencida de que no había habido luz, hasta que fue encendida por nosotros, entonces veinteañeros. El más hábil entre ellos, decía sarcásticamente Sartori, redescubrió el paraguas. Sin embargo, la mayoría de las veces, el paraguas no se abría, y lo redescubierto estaba mal redescubierto (a lo mejor ya aparecía, mejor dicho y mejor explicado, en Aristóteles). Y muchos han buscado desde siempre, la originalidad en el extremismo.
Pero el extremismo – decía mi admirado Ortega – es un “falsificador nato”, es aquel que cambia la innovación por la exageración. Y exageración es lo contrario de la creación, es la definición de la inercia. Los exageradores son los inertes de su época. El hombre creador conoce los límites de su original verdad y, por lo mismo, está sobre aviso, pronto a abandonarla en el punto donde empieza a convertirse en falsedad. El intelectual extremista prospera, en cambio, robándoles las ideas a los demás y haciendo pasar su distorsión por una innovación. En realidad su originalidad estriba en ruido, en decibelios, en la inflación de las palabras, en exagerar la verdad hasta transformarla en no-verdad.
Recordemos que el primer retrato completo, del personaje que hoy identificamos con el nombre de “intelligentsia” nos lo proporcionó, en 1927, el libro de Julien Benda titulado “La traición de los clérigos”. En aquel texto Benda contrapone los laicos, “aquellos que desempeñan la función de atender a los quehaceres mundanos”, a los clérigos, los “que no están dedicados a la obtención de fines prácticos”. A lo largo de los milenios, los clérigos se mantuvieron totalmente ajenos a las “pasiones políticas”, pasiones a las que más bien se oponían, mirándolas desde lo alto “como moralistas”. Pero al final del siglo XIX “ocurrió un cambio fundamental: los clérigos empezaron a jugar al juego de las pasiones políticas”. En nuestros días los clérigos están implicados en las pasiones de la política, con todas las características de las pasiones: la propensión a la acción, la sed de resultados inmediatos, la preocupación exclusiva del fin, el desprecio por la argumentación, el exceso, el odio, las ideas fijas. Se entiende que el retrato trazado por Benda, se aplicaba a los clérigos que “habían cometido traición”, no a todos los intelectuales. Pero desde entonces – afirma Sartori – el clérigo a la antigua ha acabado estando en franca minoría.
Las “intelligentsias” de nuestros tiempos, sitúan sus orígenes en el Siglo de la Luces. Pero a Sartori le parece más exacto ver al intelectual activista de hoy, como fruto de la explosión romántica. Los “philosophes” de la Ilustración, eran herederos de las ideas claras y definidas de Descartes, y su misión era, precisamente, iluminar difundiendo el saber. Nada que ver con el “movimientismo” que se consolida en la izquierda hegeliana, que se relaciona con el historicismo romántico, y que se agrupa bajo el estandarte de la necesidad de ser “históricos a cualquier precio”; lo que significaba que siempre había que anticipar, y hasta desbancar la historia anticipándola y guiándola. En realidad, aquel activismo suyo no era de acciones, era de palabras, de exageraciones verbales. Desde entonces siempre ha habido por ahí, “exageradores que exageraban” (Sartori dixit). Al final la historia de nuestro tiempo, de estos nuestros aciagos días, ha quedado permeada de “hubris”, de exceso, de la aclamación, especialmente en las redes, de todo lo que sea “desproporcionado”: aclamado, precisamente, porque se desprecia la “proporción”, porque la “medida” no es noticia, no produce éxito, no devenga en “me gusta”, y no hace historia.
Los nuevos fenómenos necesitan, para ser identificados, un nuevo nombre. Y Giovanni Sartori proponía el de “novismo”, el ansia de ser nuevo a cualquier precio, cueste lo que cueste. El “novista” sería ese que está siempre adelantándose, siempre superándolo todo. Como escribía también Daniel Bell: algunos de nosotros están siempre “más allá”, siempre apuntando más allá de la moralidad y, también, más allá de la cultura.
Que duda cabe que el destino del hombre es ir hacia delante, no es detenerse, ni mucho menos volver atrás ¿Pero “adelante” y “atrás” respecto a que punto de referencia? La historia es como el mito de Sísifo, cada generación vuelve a empezar desde el principio. Ninguno de nosotros nace civilizado, nuestra verdadera partida de nacimiento, lleva escrito el año cero. Nuestra edad histórica, nuestra madurez como hombres de nuestro tiempo, tiene que ser reconquistada cada vez. Y cada vez el trayecto se hace más largo, hay que volver a remontar siempre más. A veces parece que no soportáramos el esfuerzo, que la línea de la tradición occidental se ha vuelto demasiado larga, que ya no conseguiremos volver a recorrerla. Con frecuencia nos asalta a algunos, al menos a mí, la sospecha de que el hábitat histórico es más civilizado que sus civilizados habitantes, y que las civilizaciones se desintegran precisamente, porque terminan por adelantarse a sus protagonistas ¿Estaremos preñados de futuro, o más bien estamos perdiendo el paso?
Los historiadores sabemos que el hombre nunca se detiene, porque lo lleva grabado en su naturaleza. Pero no está dicho, y estos aciagos días parecen confirmarlo, que al moverse avance. Decía Charles Edward Lindblom (nacido el 21 de marzo 1917 en Turlok, California, Estados Unidos, Profesor Emérito de Ciencias Políticas y Económicas en la Universidad de Yale) “La condición humana es: grandes problemas, pequeño cerebro”. Modestamente de una cosa creo estar seguro: para progresar es necesario avanzar, pero recordando siempre la historia, el pasado, al menos sus errores. Avanzar sabiendo y aprendiendo. Pero el “novismo” – nos recuerda Sartori – prospera en la ignorancia, desprecia la humilde tarea de intentarlo una y otra vez, y premia la exageración. Es una receta casi infalible de derrota.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Noviembre del 2017.


lunes, 25 de diciembre de 2017

LA POLÍTICA ¿UN MAL NECESARIO?

Aunque a alguno le pueda sorprender, el pensamiento político mismo, tal como nos enseñó Hannah Arendt, es más antiguo que nuestra tradición filosófica, que comienza con Platón y Aristóteles; del mismo modo que la filosofía misma es más antigua y abarca más, de lo que la tradición occidental finalmente aceptó y desarrolló. Uno de los problemas con que se ha topado con frecuencia la apreciación de la filosofía política, es la influencia desmesurada de Platón en nuestra cultura, y su desprecio indisimulado por la política, su convicción de que “los asuntos y las acciones de los hombres, no merecen que se los tome muy en serio”. Pero la posición de Platón no dejaba de ser interesada. Tal y como él mismo dejo claro en varias ocasiones: el filósofo tiene miedo de que por culpa de una mala gestión de los asuntos públicos, no sea capaz de dedicarse a la filosofía. Pero hay un problema añadido, y es que la política, ya en tiempos de Platón, comienza a ensanchar su espacio, por así decirlo, en dirección descendente, hacia las necesidades más propias de la vida; de modo que al desprecio de los filósofos por los asuntos perecederos de los mortales, se añadió el desdén específicamente griego, hacia todo lo que es necesario para la mera vida, para la supervivencia. De manera que cuando los filósofos, comenzaron a preocuparse por la política de modo sistemático, la política se convirtió para ellos en un mal necesario.
Hannah Arendt
Así, nuestra tradición de filosofía política desde sus inicios, ha privado a los asuntos políticos, a aquellas actividades que incumben al espacio público común, de toda la dignidad que les sería propia. En términos aristotélicos, la política es un medio para conseguir un fin; no tiene un fin en y por si misma. Spinoza, desde su actividad puliendo lentes, pudo llegar a convertirse en la figura simbólica del filósofo. Pero desde Sócrates, ningún hombre de acción, nadie cuya experiencia original fuera política, como la era, por ejemplo, la de Cicerón, podía esperar a ser tomado en serio alguna vez por los filósofos. Y ninguna acción específicamente política, ni ninguna grandeza humana tal y como se expresa en la acción, podía aspirar a servir de ejemplo para la filosofía.
Tal vez tenga aún mayores consecuencias para la degradación de la política, el hecho de que, a la luz de la filosofía, la política no tenga ni siquiera un origen propio: surgió únicamente debido al hecho elemental y prepolítico de la necesidad biológica, que hace que los hombres se necesiten los unos a los otros, en la ardua tarea de mantenerse con vida. O dicho de otra manera, la política es un derivado en doble sentido: tiene su origen en el dato prepolítico de la vida biológica, y tiene su fin en la posibilidad más elevada, postpolítica, del destino humano. Podríamos decir que la política está limitada, desde abajo por el trabajo, y desde arriba por la filosofía. Y ambas están excluidas de la política “in stricto sensu”, una como su origen humilde y la otra como su encumbrado objetivo y fin.
A mi entender, la filosofía política nunca se ha recuperado totalmente, de este golpe propinado por la filosofía “pura”, desde los mismos comienzos de nuestra tradición. El desprecio a la política, la convicción de que la política es un mal necesario, recorre como un hilo rojo todos los siglos que separan a Platón de nuestros días. Para Hannah Arendt resulta irrelevante si esta actitud se expresa en términos seculares, como en Platón y Aristóteles, o si lo hace en los términos del cristianismo. Fue Tertuliano el primero que sostuvo que, en tanto que somos cristianos, nada nos es más ajeno que los asuntos públicos. Y la misma noción fue retomada, otra vez en términos seculares, expresándose en la melancólica reflexión de James Madison (cuarto Presidente de EE.UU.) de que el gobierno no es, sin duda, nada más que un reflejo de la naturaleza humana, y que no sería necesario si los hombres fuesen ángeles. Y por Nietzsche en sus furiosas palabras: “Ningún gobierno respecto del cual, los sujetos tengan que preocuparse, puede ser bueno en absoluto”.
Cicerón
Además de la degradación inherente de todo este espacio de la vida por la filosofía, lo que importa es la separación radical de aquellos asuntos que los hombres pueden alcanzar y conseguir, solamente viviendo y actuando juntos, de aquello otros que se perciben y son atendidos por el hombre en su singularidad y soledad. No importa si el hombre en su soledad busca la verdad, o si se preocupa por la salvación de su alma. Lo que importa es el abismo infranqueable que se abrió y que nunca se ha cerrado, no entre lo que se denomina individuo y lo que se denomina comunidad, sino entre ser en soledad y vivir juntos. Ni la separación radical entre la política y la contemplación, entre el vivir juntos y vivir en soledad, como dos modos distintos de vida, fue puesta nunca en duda después de que Platón la estableciera. La única excepción fue Cicerón, quien, a partir de su inmensa experiencia política romana, dudó de la validez de la superioridad del “bios theörëtikos” sobre el “bios políticos”, de la validez de la soledad sobre la “communitas”. Cabe recordar que los romanos pagaron un alto precio por su desprecio de la filosofía, que ellos tenían por “inútil”. El resultado final de ello, fue la victoria indiscutible de la filosofía griega, y la perdida de la experiencia romana para el pensamiento político occidental. Cicerón, debido a que no era un filósofo, fue incapaz de poner contra las cuerdas a la filosofía.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 5 de Diciembre del 2017.

lunes, 18 de diciembre de 2017

CONTRA EL ODIO, RECONCILIACIÓN

Vaya follón el que se ha armado, porque Iceta ha mencionado la posibilidad de un indulto – después de que la justicia hubiera hecho su trabajo – para los independentistas.
En estos tiempos en que andamos tan airados, y en los que tantos se creen poseedores de la única verdad, y defensores de una acertada moral intransigente. En el que a nadie se le perdonan fallos o errores cometidos en el pasado, como si en la vida ya no se pudiera tropezar y volverse a levantar. En el que ya no se le permite a nadie rectificar ni enmendar su andadura. En el que el odio parece haberse convertido en el sentimiento más generalizado… En estos tiempos… la llamada de Miquel Iceta a la amnistía o el indulto, al perdón en resumen, me ha parecido muy oportuna y así lo he manifestado públicamente. Y la han tomado también conmigo.
Puede que yo sea un ingenuo, o que peque de “buenísimo”. Es posible. Pero un par de amigos me han reprochado, que confunda la religión con la política. Como argumentando que el concepto de perdón es religioso y, por tanto, no tiene cabida en la filosofía política. A ellos querría recordarles, que una personalidad nada religiosa como Hannah Arendt, buscando un remedio que pusiera la vida en común de los hombres, a salvo de su incertidumbre de base, y de sus errores y culpas inevitables, nos explicaba que Jesús encontró ese remedio, en la capacidad humana para perdonar, que se basa asimismo en la comprensión de que en la acción, nunca sabemos lo que estamos haciendo (Lucas 23, 34), de modo que, no pudiendo dejar de actuar mientras vivamos, no debemos tampoco dejar nunca de perdonar (Lucas 17, 3-4). La gran audacia y el mérito incomparable de este concepto del perdón - novedad específicamente política, y no religiosa, de las enseñanzas de Jesús – consiste en que el perdón pretende hacer lo que parece imposible: deshacer lo que ha sido hecho, y establecer un nuevo comienzo, allí donde los comienzos parecían haberse hecho imposibles. Perdonar es una acción que garantiza la continuidad de la capacidad de actuar, de comenzar de nuevo.
Y es que mientras no seamos capaces de zafarnos, de esa trampa mortal de los odios enfrentados, difícilmente los problemas que nos agobian, tendrán una solución pacífica, política. Porque ¿qué es el odio? ¿tiene cura? se preguntaba el otro día Ignacio Morgado Bernal (Director del Instituto de Neurociencias, de la Universidad Autónoma de Barcelona). Y se respondía que es como un estado de excitación, de fijación en el odiado, y de deseos de venganza. Puede dirigirse contra individuos, grupos humanos, ideologías o religiones, costumbres o cosas. Muchos odios son individuales, como el odio a la expareja, pero otros son compartidos por mucha gente.
Parece que a las personas que odian no les gusta odiar solas, porque eso les hace sentirse inseguras. La hostilidad hacia un grupo humano diferente, incrementa la solidaridad y cohesión en el propio grupo. El odio es especialmente grave, cuando proclama la condena moral de los odiados, negándoles derechos sociales e, incluso, un buen trato y consideración.
La ideología, especialmente cuando se convierte en fanatismo, es otra poderosa fuente de odio. El adoctrinamiento ideológico, suele responder a odios ancestrales, que interesa perpetuar por intereses económicos y/o ambiciones de poder. Algunos líderes religiosos o políticos, instigan con frecuencia al odio y a la exclusión social de los odiados, señalándolos explícitamente y considerándolos intrusos en su país o en su particular grupo o sociedad.
Pero una vez que se desarrolla el odio, los líderes que lo han promovido ya no pueden controlarlo, se les escapa de las manos al ganar autonomía en las mentes de las personas en que ha sido inoculado, y ya no puede eliminarse con facilidad. Lo líderes, de ese modo, acaban siendo esclavos de sus propios predicamentos, pues su audiencia, difícilmente, les dejará rectificar algún día, si por alguna razón lo consideraran necesario.
La fuente moderna de odio – añade Morgado – son las redes sociales, donde el anonimato y el sentido de impunidad, hacen que mucha gente pierda la inhibición a la descalificación, el insulto y la amenaza. Es otro modo de instigar al odio, hacer que las personas se sientan amenazadas o humilladas.
Y ¡ojo! el odio no desaparece así como así, aunque las circunstancias externas cambien. No, no existe fórmula mágica para erradicarlo en sociedades culturalmente diversas y problemáticas. Los procesos que pudieran cambiar o limitar el sentimiento de odio, son lentos y requieren conocer sus raíces, cicatrización, reconciliación, contacto intenso entre las personas, trabajar para compartir proyectos comunes y, sobre todo, humanizar al odiado.
Miquel Iceta parece ser de los pocos que eso lo ha entendido hace tiempo. Hay que trabajar en proyectos comunes, compartidos. Crear una historia del pasado aceptable para todos o, al menos, para una gran mayoría. Humanizar al odiado, dejando de considerarlo perverso, y entender que es alguien que también razona, aunque a veces se extravíe. Y que tiene sus propias ideas y sentimientos, por mucho que ello no le exima de respetar siempre las leyes establecidas, mientras estas no se modifiquen mediante un proceso limpiamente democrático.
Se ha dicho acertadamente, que la gente inteligente puede odiar, pero que la gente sabia no odia nunca. La sabiduría es mucho más que la inteligencia, pues añade bonhomía y generosidad, experiencia y creatividad, además de buscar el bien colectivo y a largo plazo, más que el de una parte o, peor aún, el propio. Una buena educación para combatir el odio, debería enseñarnos a ser sabios más que inteligentes, pues el odio jamás resuelve problemas, lo que hace siempre es fomentarlos y agravarlos.
Bienvenidos al mundo de los ingenuos, donde habitamos Miquel Iceta y yo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 18 de Diciembre del 2017.



martes, 12 de diciembre de 2017

DESGANA DE CULTURA

Desde hace un par de meses, los medios nos bombardean con noticias sobre manifestaciones más o menos numerosas, de este bando o el de más allá. Cuando escribo estas líneas, me desbordan ya las noticias sobre la penúltima en Bruselas.
Todo ello me ha llevado a recordar, que yo he participado en muchas en mis 75 años: como universitario, como político, como simple ciudadano. Y debo confesar que en muchas de ellas participé del sentimiento arrebatador, de cierta embriaguez como mágica, de un ambiente cautivador a los que era difícil sustraerse.
Hoy con la distancia y con la edad, debo confesar que contemplo esas exaltaciones multitudinarias, con cierto escepticismo. Momentos de grandes emociones, de los cuales ha sido expulsada la razón. Creo que entiendo los motivos, por los cuales tantos se encuentran a gusto entre una multitud enfervorizada. Los que participan, experimentan el placer de pertenecer a un “todo” poderoso. Durante un par de horas las diferencias de posición, lengua, raza y religión, parecen borradas en el torrencial sentimiento de fraternidad. Todos los manifestantes experimentan una intensificación de su yo. Ya no son los seres aislados de hace unos minutos. Ahora se sienten parte de una masa, son pueblo. Y su yo, que de ordinario pasaba inadvertido, adquiere un sentido. A todos ellos, de repente, se les abre en sus vidas otra posibilidad, más romántica: pueden llegar a ser héroes. Y aceptan con entusiasmo, la fuerza desconocida que los eleva por encima de la vida cotidiana.
Pero tal vez, intervine también en esa embriaguez una fuerza más profunda, misteriosa, y para mí, hoy, más preocupante. Esas marejadas irrumpen tan de repente y con tanta fuerza que, desbordando la superficie, sacan a flor de piel los impulsos y los instintos más primitivos e inconscientes, de la “bestia” que todos llevamos siempre dentro. Stefan Zweig, en su maravilloso y nostálgico libro “El mundo de ayer”, nos recuerda que Freud llamó a todo eso: “desgana de cultura”, el deseo de evadirse de las leyes y las cláusulas del mundo burgués, y liberar los viejos instintos de sangre. Quizá esas fuerzas oscuras, también tengan algo que ver con la frenética embriaguez en la que todo se mezcla, espíritu de aventura, de sacrificio, pura credulidad, la vieja magia de las banderas y los discursos patrióticos… La inquietante embriaguez de miles de seres, muy difícil, sí, de describir con palabras, que en el pasado dio un impulso arrebatador, a los mayores crímenes que se han cometido en Europa.
Puede que haya sido Zweig el que, mejor que otros, nos descubrió el auténtico adversario contra el que hay que luchar incansablemente: el falso heroísmo que prefiere enviar al sufrimiento primero a los demás; el optimismo barato de profetas sin conciencia que, prometiendo sin escrúpulos la victoria, prolongan el padecimiento. Todos esos “charlatanes de la guerra”, como los estigmatizó Franz Werfel, el novelista, dramaturgo y poeta austro-checo.
Hoy me horrorizan las multitudes acríticas, que desfilan tras un pensamiento único. Eso que Raymond Carr nos recuerda, se ha dado en llamar “la democracia de la plaza pública”, el apoyo de las masas de público, en la que se han parapetado tantos dictadores. Franco declaró, una y otra vez, que la aclamación “espontánea” de las multitudes organizadas, legitimaba su gobierno. En medio de esas masas, el que expone una duda, está entorpeciendo la actividad política del todo. Al que advierte, lo escarnecen llamándole pesimista. Al que disiente, lo tildan de traidor. Esos falso profetas que los dirigen son la pandilla de siempre, eterna a lo largo de los tiempos, que llaman cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios. Y que luego no saben que hacer, desconcertados, en la hora de la catástrofe, que ellos mismos, irreflexivamente, han provocado. La misma pandilla que se burló de Casandra en Troya.
Jamás he creído en las revoluciones, unos días de fuego contra años de cenizas. Y siempre he estado convencido de que una victoria a cualquier precio, aunque se consiguiera a costa de enormes sacrificios, nunca justificaría a las víctimas. Pero los que preconizamos la razón frente a las emociones, la serenidad contra las exaltaciones, aún en tiempos turbulentos, siempre tenemos la sensación de estar bastante solos. Y los que advertimos por encima de los confusos alaridos de victoria, antes del primer disparo, y el reparto del botín antes de la primera batalla, a menudo llegamos a dudar, de si no seremos nosotros los locos en medio de tantos cuerdos o, mejor dicho, los únicos espantosamente despiertos, en el sueño general de la embriaguez.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 7 de Diciembre del 2017.


lunes, 4 de diciembre de 2017

IDENTIDADES VERSUS IDENTIDAD

He escrito ya varias veces sobre el concepto de “Identidad”, una palabra que siempre me ha parecido muy peligrosa, pues no tiene usos contemporáneos respetables. Pero lo cierto es que a día de hoy, visto la felona utilización que hacen muchos de la misma, es muy difícil no reincidir en el tema.
No hace tanto pudimos comprobar como en Francia y Países Bajos, los artificialmente estimulados “debates nacionales” sobre la identidad, fueron una endeble cobertura para la explotación política del sentimiento antiinmigrante, y una descarada estratagema para desviar las preocupaciones económicas, hacia objetivos minoritarios.
También Tony Judt nos recordaba como en la vida académica, de manera análoga, la palabra “identidad” tenía usos sospechosos. Los estudiantes universitarios, al menos en los Estados Unidos, podían escoger sobre toda una panoplia de estudios identitarios: “estudios de género”, “estudios sobre la mujer”, “estudios sobre asiáticos-americanos del Pacífico”… etc. Y que el punto flaco de todos estos programas paraacadémicos, no era que se concentraran en una minoría étnica o geográfica concreta, sino que alentaban a los miembros de esa minoría a “estudiarse a sí mismos”, negando de ese modo los objetivos de una educación liberal y, al mismo tiempo, reforzando las mentalidades sectarias y de gueto que, curiosamente, pretendían socavar. Los negros estudiaban a los negros, los gay a los gays, y así sucesivamente.
Como sucede a menudo – y no debería ser así – el gusto académico sigue las modas político-sociales. Hoy todos llevamos una especie de guión interpuesto a nuestra supuesta identidad: belgas-flamencos, ingleses-escoceses, españoles- catalanes, catalanes-nacionalistas, mallorquines-españolistas… En este mundo globalizado, mucha gente ya ni habla el idioma de sus antepasados, ni sabe mucho sobre su lugar de origen. Hace solo muy poco, que Puigdemont se enteró de sus raíces andaluzas y castellano manchegas. Pero al seguir los pasos de una generación de jactancioso victimismo, llevan lo poco que saben como una orgullosa placa de identidad, algo así como: uno es lo que sus abuelos sufrieron.
Este baño caliente, esta sauna de identidad, siempre me ha sido ajeno. Podemos ser subdivididos, según muchos sistemas de clasificación (escribía Giovanni Sartori). Pero la realidad es que nuestra existencia se caracteriza por pertenencias múltiples, por una “naturaleza plural”. Y sí, ya lo sé, es cierto: ser demasiadas cosas a la vez, puede en ocasiones resultar complicado. Pero es esa complicación la que vuelve al mundo interesante, y la que vuelve interesante nuestro estar en el mundo: ver con distintos ojos, hablar en distintas lenguas, cohabitar con ideologías diferentes, congeniar con distintas etnias, ser una cosa y ser otra, no una o la otra: la conjunción agrega: catalán y español, castellano y canario, europeo y cosmopolita. La disyunción cancela, suprime, empobrece.
Yo no estoy seguro de si soy visigodo, leonés, canario, francés o mallorquín. Y sin embargo siento con fuerza que soy todas esas cosas. Estudié en castellano en Madrid y aquí en Palma. Hablo algo de francés, catalán y castellano. He sido tildado de pensar e incluso escribir, como un “intelectual” españolista, un halago mordaz por cierto. Pero el españolismo casposo me deja frío, o me indigna. Es un club del que me sentiría felizmente excluido.
¿Y que hay de mi identidad “política”? Como descendiente de canarios progresistas, leoneses republicanos y franceses radicales, desde temprana edad adquirí una familiaridad superficial, con los textos marxistas y la historia del socialismo. Superficial pero suficiente, para estar vacunado contra las más desaforadas tensiones del nuevo izquierdismo de los años sesenta, mientras me asentaba con firmeza en el campo de la socialdemocracia.
Por los comentarios de algunos amigos a mis escritos, me da la impresión que me tienen por un dinosaurio reaccionario. Y puedo comprenderlos; suelo escribir sobre el legado de algunos políticos e intelectuales europeos, hace tiempo desaparecidos. Admito que no soy muy tolerante con la “propia expresión”, como sustitutivo de la claridad. Que contemplo el esfuerzo, como una pobre alternativa del logro. Me muevo en mis disciplinas, historia y política, como dependientes en primera instancia de los hechos, no de la “teoría”. Veo con escepticismo, mucho de lo que pasa por erudición histórica y política. Y sí, para las convenciones académicas y populistas imperantes, debo de ser un incorregible conservador.
Como socialdemócrata frecuentemente en desacuerdo con compañeros, que se describen a sí mismos como radicales, supongo que me debería servir de alivio, el familiar insulto de “cosmopolita desarraigado”. Pero no, porque lejos de sentirme un desarraigado, me encuentro muy bien arraigado en una diversidad de identidades, contrastantes entre sí. Procuro mantener las distancias con los “ismos” obviamente carentes de atractivo – fascismo, patrioterismo, chovinismo – pero también con las variedades aparentemente hoy más seductoras: nacionalismo, soberanismo, independentismo. El orgullo nacional, el patriotismo – después de más de dos siglos en que Samuel Johnson lo planteara por primera vez – todavía me parece “el último refugio de los sinvergüenzas”.
Personalmente prefiero los “confines”: aquellos lugares donde los países, las comunidades, las lealtades, las afinidades y las raíces, se topan incómodamente entre sí, y donde el cosmopolitismo no es tanto una identidad, sino la condición normal de vida. Soy consciente de que puede haber algo de inmoderado, en la afirmación de que uno siempre está en el límite, en el margen. La mayoría de la gente prefiere no llamar la atención, pasar desapercibida. Si todos son independentistas, mejor ser independentista. Si todos hablan en castellano, mejor no hablar en catalán. Hasta en una democracia abierta, es preciso disponer de una notable testarudez de carácter, para actuar deliberadamente a contracorriente de la comunidad, especialmente si esta es pequeña. Pero si uno ha nacido en una intersección de identidades y culturas, y goza de la libertad de permanecer allí, eso me parece una posición decididamente privilegiada.
A diferencia del fallecido Edward Said, creo que puedo comprender, e incluso sentir empatía, con los que están a gusto amando fieramente a un solo país, y sólo a uno. No considero ese sentimiento incomprensible, simplemente no lo comparto. Pero, con la edad, esas lealtades fieramente incondicionales – a un país, a un dios, a una idea o a un líder – han llegado a aterrorizarme. La fina capa de la civilización – escribía Tony Judt – reposa sobre lo que bien podría ser, una fe ilusoria en nuestra humanidad común. Pero ilusoria o no, bien haríamos en aferrarnos a ella.
Me temo mucho que estamos adentrándonos en un tiempo muy problemático. No son sólo los terroristas, los banqueros o el clima, los que van a causar estragos en nuestro sentimiento de seguridad y estabilidad. La globalización misma será una fuente de temor e incertidumbre, para miles de millones de personas, que se volverán hacia sus líderes en demanda de protección. Las “identidades” se desenvolverán mal en las estrecheces, mientras los indigentes y los desarraigados, golpean en los cada vez más altos muros de las comunidades cerradas. Ser danés, catalán, español o norteamericano, no será sólo una identidad, supondrá un rechazo y una reprobación, de aquellos a los que estas excluyan. Habrá intolerantes demagogos en democracias establecidas, que pedirán tests – de conocimientos, de lengua, de religión, de cultura – para determinar si los desesperados recién llegados, merecen ostentar la “identidad” de franceses, belgas, españoles o catalanes. Ya lo estamos viendo. En este “espléndido siglo nuevo” echaremos de menos a los tolerantes, a los de los márgenes, a la gente fronteriza. Mi gente.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 16 de Noviembre del 2017.

lunes, 27 de noviembre de 2017

BIOGRAFÍA DE ICETA. YA LEÍDA.

Desde muy jovencito, soy un voraz consumidor de biografías y autobiografías. De manera que, modestamente, me considero un “connaisseur” de este género, parte de los libros sobre historia (dejando para otro día el debate sobre la influencia, mayor o menor, de los personajes en el desarrollo de la historia, frente a las clases sociales, las estructuras económico-sociales, los pueblos… etc.).
Así de corrido y de memoria, recuerdo un buen puñado de las que más me gustaron:
Biografías. “Churchill” de Roy Jenkins. “Hannah Arendt” de Laura Adler. “Bismark” de Emil Ludwig. “Gerald Brenan. El Castillo interior” de Jonathan Gathorne-Ardy. “Isak Dinesen” de Judith Thurman. “Albert Camus” de Herbert R. Lottman. “Bruce Chatwin” de Nicolas Shakespeare. “Mendes France” de Jean Lacouture…
Autobiografías. “Tan lejos, tan cerca” Adolfo Marsillach. “Memorias” J.K. Galbraith…
Como puede comprobarse en este no largo listado, se confirma lo que he dicho alguna que otra vez: el mejor género biográfico, pertenece a los británicos.
Esta biografía de Iceta no figura, a mi entender, entre las mejores. Además está escrita mediante el método del “flash-back”, tan de moda en el cine, la televisión y, también, en la literatura. Pero me parece que la analepsis en la biografía, no es el sistema más apropiado, prefiero la típica narración cronológica. Por ejemplo en esta de Iceta, incluso para alguien que ha vivido los hechos de cerca como yo, con frecuencia cuesta entender en que momento nos encontramos. Y a quien no conozca bien la historia del PSOE y del PSC, en los últimos cuarenta años, le costará, a veces, entender el porqué de ciertos posicionamientos de los actores. Pero bueno, me ha encantado leerla por varios motivos extra literarios.
En primer lugar me ha proporcionado momentos de intensa “saudade”. Dice Iceta que las primarias Almunia/Borrell de 1998, fueron su primer bautismo de fuego. Y para mí fue la última batalla política, librada desde la primera línea de fuego. Unos llegaban, otros se retiraban. A muchos veteranos, las primarias de este año de Susana/Pedro, nos han retrotraído, casi en vivo y en directo, a aquellas primeras de 1998. Igual que hace unos meses, en aquel entonces muchos militantes también entendimos, que la candidatura de Almunia (buen amigo mío) no era el revulsivo que el partido necesitaba. Así que nos lanzamos con ilusión, a pelear una batalla de solos contra todos. Contra el aparato, contra los medios (todavía exclusivamente de papel), contra los poderes económico-financieros… Desde Ferraz nos cedieron un pequeño local, propiedad del partido, en la calle Zorrilla, al que los catalanes comenzaron a llamar “la guineueta” (diminutivo de zorra).
Borrell se rodeo de un grupo de militantes variopinto, liderados por Luis Yáñez (un veterano que ya figuraba en la famosa “foto de la tortilla” en Puebla del Río, pero siempre un “verso suelto” en el partido). Miquel Iceta se encargó, entre otras múltiples actividades, de crear algo tan novedoso, al menos para mí en aquel tiempo, como la página web del candidato y el correo electrónico. En aquel local tuve muchas horas de charla y debate con Luis y Miquel. Pero también con Cristina Narbona, Manu Escudero y Elena Valenciano (que fue quien me ficho, para dirigir la campaña en Baleares). Comenzamos a poner en marcha todo aquello, y se fue generando un entusiasmo extraordinario. Hubo una especie de sentimiento colectivo de ilusión, de que el partido volvía a ponerse en marcha, de que el PSOE demostraba con hechos, ser el partido más democrático de España.
En esta biografía de Iceta, he conocido en mayor profundidad, cosas que sólo sabía superficialmente: los líos internos del PSC, las luchas interminables, entre los líderes históricos catalanistas procedentes de la burguesía, y los llamados Capitanes, dirigentes de las federaciones metropolitanas y alcaldes de grandes pueblos, de cultura obrera. Y también de las enrevesadas negociaciones, que llevaron a la redacción del nuevo “Estatut de Catalunya”, el que, después de ser votado por la ciudadanía, viose mutilado de gran parte de sus artículos por el Tribunal Constitucional.
Igualmente he descubierto, y otras confirmado, muchas experiencias personales y visiones políticas, coincidentes con las de Miquel. Por ejemplo su experiencia universitaria, de la que cuenta que en la facultad, toda la gente que se movía estaba a su izquierda, que los del PSUC (los comunistas de siempre) eran de hecho los moderados, todos los demás eran de grupos y partidos trotskistas y maoístas. Yo ya he escrito con frecuencia, como en la Facultad de Económicas de la Complutense, todo el mundo me consideraba un burgués reaccionario y un cerdo socialdemócrata.
Iceta explica porqué, después de las segundas elecciones con Pedro Sánchez – igual que yo – era más partidario de unas terceras elecciones, antes de permitir la investidura de Rajoy mediante nuestra abstención.
En otro momento, Miquel expresa su aversión por el adanismo, por esa ilusión de crear cada día el mundo de nuevo. “Cuando tienes un Estatut, lo que tienes que mirar es si algo ha funcionado mal, revisarlo; si algo no estaba previsto, incorporarlo. Pero ¿hacerlo de nuevo? Empezar todo de cero, sin tener en cuenta lo que se ha hecho antes, es algo a lo que le he cogido una aversión extrema”. Y recuerda unas palabras de Felipe González: “Algo tan serio como Cataluña no se inventa. Cataluña ya está inventada. Y cuando se quiere construir algo sólido, debe hacerse respetando los cimientos”.
También afirma en otra página Iceta: “A mi me incomoda mucho, cuando las cosas se presentan diciendo o blanco o negro, o bien o mal”.
Y sí, todos los militantes del PSOE y PSC deberían leerse esta biografía. Está llena de lucidez y sensatez políticas.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 26 de Noviembre del 2017.


martes, 21 de noviembre de 2017

OPINIONES A CONTRACORRIENTE, IMPOPULARES

Leí hace ya un tiempo un artículo de John Carlin en El País, en el que explicaba porqué el veía el mundo actual con optimismo. Un magnífico artículo, de esos que a uno le deprimen, al comprobar lo lejos que está de poder escribir algo así. Y he debatido con frecuencia con mis amigos, sobre el pesimismo y el optimismo. Algo que tiene que ver con nuestro carácter, con nuestros genes y con las experiencias vividas. Puede que yo sea un optimista antropológico, como me califican algunos, pero también pienso si no será, que yo enfoco la realidad desde un punto de vista más positivo. Y desde Ortega ya sabemos que una misma realidad, puede ser observada desde perspectivas diferentes. Seguirá siendo la misma, pero cada uno la veremos distinta.
Los filósofos, incluso los simples “amateurs” como yo, tienen, tenemos, una cierta obligación de pensar en dirección contraria a la mayoría. Es la única forma de someter a prueba, las ideas comúnmente aceptadas. Un “espíritu libre” era para Nietzsche, una persona que piensa de manera diferente, a lo que uno podría esperar atendiendo a sus orígenes y su cultura.
Ojo, soy muy consciente de lo de Trump, del Brexit, de los neo fascismos que campan por toda Europa, de los populismos de toda laya que han emergido por doquier, de la moda de las posverdades o “hechos alternativos”, de la indignación explicable de millones de ciudadanos, ante las recetas injustas para combatir la enorme crisis que nos ahoga, de la ola de inmigrantes que buscan refugio, de los terribles atentados terroristas… y sin embargo…
Comencemos observando la realidad de la política o, mejor, de los políticos. ¿Somos los españoles vanidosos, respecto a nuestros políticos? Pues sí, me parece que sí. Y somos vanidosos, porque presumimos que todos nosotros, somos mucho mejores que ellos. Aunque somos nosotros, y no los ángeles del cielo, quienes venimos eligiéndolos libremente, desde hace casi cuarenta años ya. Nuestros políticos no han sido arrojados, “geworfen”, a la vida, como hubiera dicho Heidegger. Ni han caído de Marte. Y como escribe Bertrand Russell, en su espléndida “Autobiografía”: “La democracia tiene al menos un mérito, un representante del pueblo no puede ser más idiota que sus electores, pues, por idiota que sea, los otros lo habrán sido mucho más al elegirlo”.
Leí unas declaraciones en Le Monde, del conocido filósofo francés Michel Serres, con motivo de la publicación de su nuevo ensayo “Darwin, Bonaparte y el Samaritano”. En las que, con respecto a Europa, decía que “vive la época de paz y prosperidad más larga, desde la guerra de Troya”. Y que la gente vive más y mejor, y que la concordia va sustituyendo a la discordia, que ha caracterizado el pasado entero de la humanidad. “El tsunami de los refugiados es bien significativo”, añade Serres, “¿a dónde quieren ir estos nuevos parias de la tierra? A nuestra casa, a Europa, porque vivimos en paz y prosperidad”. Y la edad de Serres, 86 años, es significativa. Algo tiene que ver la memoria con la tonalidad pesimista u optimista, con que vemos el mundo. “A la vista de lo que he vivido en el primer tercio de mi vida”, mantiene el filósofo, “ahora vivimos en tiempos de paz, y osaría decir que incluso Europa occidental, vive una época paradisíaca”. Lo de Siria, lo de Alepo, lo de Irak es un espanto, sí. Lo de los inmigrantes que desean entrar en Europa, también. Pero si logramos apartar la vista, aunque sea por un momento, de las espantosas imágenes de los medios, y abrimos los ojos al panorama global, y lo miramos históricamente, tendremos que reconocer que vivimos en un era de paz sin precedentes, y que desde 1946, el número de victimas en guerras, ha disminuido en proporciones gigantescas. “Las cifras facilitadas por la Organización Mundial de la Salud, informan de que la causa menos frecuente de muerte en la actualidad, es guerras, violencia y terrorismo. Muere infinitamente más gente a causa del tabaco (¡y yo con mis pipas!) y por accidentes de coche”. Así que hay una gran contradicción, entre el estado real de las cosas y la forma en que las estamos percibiendo, porque vivimos como si estuviésemos inmersos en un estado de violencia perpetua, pero eso no es real en absoluto.
Y la opinión de Serres no es única. Lluis Bassets, en El País, nos contaba como Steven Pinker ha demostrado, en su ensayo “Los ángeles que llevamos dentro”, la radical disminución de la violencia y de la guerra en el mundo. El optimismo parece ser ahora cosa de los viejos que sabemos de donde venimos, y el pesimismo de los jóvenes, disconformes con el mundo de hoy. Decía en El País Semanal, la ya muy mayor filósofa Agnes Heller (Budapest, 1929) discípula del filósofo marxista Georg Lukács: “Si comparo la Europa de hoy con la de mi juventud, la de la II Guerra Mundial, el Holocausto y el comunismo, claro que estoy feliz con el mundo en que vivimos. Y Pinker, por su parte, añadía: “No estamos en un mundo en guerra como mucha gente cree, sino que vivimos en un mundo, donde cinco de cada seis habitantes, habitan en regiones amplia o enteramente, libres de conflictos bélicos”.
Y aun hay más. El economista e historiador Johan Norberg, ha ampliado el ángulo de esta visión optimista sobre la historia de la humanidad, en su ensayo “Progreso. Los motivos para tener esperanza en el futuro”: “A pesar de lo que escuchamos en las noticias, y en boca de muchas autoridades, la gran historia de nuestra era, es que estamos presenciando la mayor mejora en los estándares de vida globales, que han tenido lugar jamás”.
Nietzsche
Entonces ¿si todo va bastante bien, por qué muchos creen que todo va rematadamente mal? Lluis Bassets adelanta algunas posibles explicaciones:
Primera: la memoria. Las nuevas generaciones, que están incorporándose a la vida política, no tienen la experiencia de dos guerras mundiales, ni de una guerra civil, ni de dictadura alguna. Para ellos la paz y la prosperidad son datos objetivos e inmutables de su realidad, aunque ésta, naturalmente, presente aún muchos y notables defectos.
Segunda: el periodismo y el rumbo digital e instantáneo que ha tomado. A los periodistas les interesan exclusivamente las malas noticias, como las guerras, los crímenes, los desastres naturales, el hambre…
Tercera: el pesimismo en la biología. Según Norberg: Estamos seguramente construidos, para estar preocupados. El miedo y la ansiedad, son armas para la supervivencia.
Cuarta: la política. Parece evidente, que no sabemos gobernar bien este nuevo mundo. Seguro que el mundo es mejor hoy, como son mejores nuestras vidas. Pero si no sabemos gobernarlo, podemos convertirlo en peor, retrocediendo a épocas pasadas.
En su libro, publicado aquí en España hace unos meses, “El viaje de Nietzsche a Sorrento”, Paolo d’Iorio nos recuerda una cita de Spinoza, que el filósofo alemán había apuntado en sus cuadernos de viaje: “El hombre libre no medita sobre la muerte, sino sobre la vida”. Nietzsche, en Sorrento, se convierte en abogado de la vida, en una época en la que estaba muy de moda ser pesimista. Sus contemporáneos estaban convencidos, de que el mundo se dirigía hacia la nada. Y él decide reafirmar la vida, y se opone a las teorías que la condenan, incluido el cristianismo. Superando entonces, la vertiente más dura y negra del nihilismo, la de su maestro Schopenhauer. Este Nietzsche, nos puede servir para reafirmar un pensamiento laico, escéptico, paródico y antirreligioso, y para entender hasta que punto, las sombras de dios siguen estando presentes en nuestra cultura, pese a que algunas veces ya no las veamos.
¿Todo puede cambiar en un próximo futuro? Pues sí. Pero no estaría mal recordar que, al menos aún hoy, la humanidad tiene más motivos para darse un pequeño aplauso, que para hundirse en la desesperación.
Escribía no hace tanto Javier Gomá (director de la Fundación Juan March): “Esta es la mejor época de la historia que se ha podido vivir ¿En que otra época te habría gustado vivir si hubieras sido extranjero, enfermo, disidente, preso, emigrante…?” Y, sin embargo, cunde la melancolía y el malestar, algo que según Gomá tiene tres explicaciones: “Porque el éxito de las democracias es compatible con el sentimiento individual de infelicidad; porque hay miedos que vienen de la opulencia y no de la escasez; y porque tras el marxismo la cultura es siempre perversa, hay desconfianza hacia ella”.
A mi entender (ya lo he dicho, soy un optimista) en el fondo de todo fatalismo, de todo pesimismo, aunque nos parezca increíble, hay siempre ciertas dosis de optimismo. Como no hay jamás sombra, sin luz. Y en los momentos de máxima angustia, rememorar el pasado puede ser un acto salvador. Deberíamos releer a Stefan Zweig “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” que, reescrito ahora con conocimiento de causa, podría titularse: “La reacción”.
La desesperación y la esperanza, son dos caras de la misma moneda de la condición humana”, escribe George Steiner. Yo elijo la segunda. Pues siempre he tenido a bien, renegar del catastrofismo: nada sin causa y nada sin solución. Meciéndose en la voluptuosidad de la rabia y la desesperación, nada se arregla. Hay motivos para la esperanza. Así, al menos, lo veo yo.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 31 de Enero del 2017.



lunes, 13 de noviembre de 2017

EL TRAJE NUEVO DEL PRESIDENTE MAO

Hace 50 años – escribía no hace mucho David Trueba – los jóvenes e intelectuales que lograban evadirse de países bajo la disciplina soviética, algunos incluso recién invadidos por los tanques del Pacto de Varsovia, se quedaban perplejos ante la dramática confusión en parte de la izquierda europea. Recuerdo que yo tuve ocasión – cuando aún era universitario - de hablar con dos checos que se habían refugiado en París, con motivo de una recepción en la embajada francesa. Al llegar a los paraísos soñados de occidente, París por ejemplo en este caso, estos expatriados se topaban con que los jóvenes universitarios de su edad en los países libres, se mostraban fascinados por las mismas dictaduras de las que ellos huían. Estos jóvenes universitarios europeos, españoles incluidos, una vez admitidos con pesar, los crímenes y las persecuciones del estalinismo, dieron una gran zancada hacia delante, y consagraron a Mao como el timonel de sus revueltas caseras.
Recuerdo que un día, estando estudiando en la biblioteca de la Facultad de Económicas, un PNN (así se denominaba entonces a los profesores noveles) a quien conocía un poco, me dijo que la biblioteca debía ser arrasada, y me lo dijo con cierta pedantería en francés: “Du passé faisons table rase”. Su lógica era que en realidad el pasado, es un impedimento para la innovación sin límites. Como sabemos, mi conocido maoísta y sus amigos, nunca quemaron la biblioteca. A diferencia de sus homólogos alemanes e italianos, los extremistas estudiantiles españoles, no pasaron nunca de la teoría revolucionaria a la práctica violenta. Podríamos especular porqué fue así. Seguramente porque los aparatos represivos de la dictadura, tenían más manga ancha que los de las democracias europeas. Pero siempre he pensado que la mayoría de los estudiantes enragés, de procedencia burguesa, tenían en el fondo muy presente, todo el futuro que podían perder, si ponían el mundo boca abajo. Además, y aún siendo también un joven rebelde “ma non troppo”, nada me parecía ser suficientemente serio. Incluso entonces me resultaba difícil creer, aquello que decían los estudiantes franceses en Mayo del 68, que debajo de los adoquines estuviera la playa (“sous les pavés, la plage”) quizá porque en Madrid ya no había adoquines. Ni mucho menos que una comunidad de estudiantes, obsesionados con sus planes de viaje para el verano, pudieran llevar a efecto una auténtica revolución. Al final, como nos cuenta la historia, fue en Praga y en Varsovia, en aquellos meses del verano del 68, donde el marxismo terminó consigo mismo. Fueron los estudiantes rebeldes de la Europa central quienes acabaron por minar, desacreditar y derrocar, no sólo un par de deteriorados regímenes comunistas, sino también la idea misma del comunismo.
Simon Leys
Estos días Ediciones El Salmón, ha publicado el libro de Simón Leys “El traje nuevo del presidente Mao”. De haberlo leído en su día – escribe Muñoz Molina – me habría ayudado a corregir algunas de las mentiras y tonterías, que di por verdades en mi juventud, y a ver cosas que hubiera debido ver hace tiempo. También a mi me hubiera sido útil leerlo en mis días universitarios, al menos para acumular argumentos a favor de mi antimaoismo, tan impopular entonces. Hoy en día pude parecer inverosímil, el prestigio casi universal que disfrutaba en la izquierda, la figura de Mao Zedong.
Pero en los años sesenta y setenta en la universidad Complutense en Madrid, los poemas de Mao y el Libro Rojo circulaban en ediciones legales, y había quien los citaba con reverencia, arrodillados ante ellos como otros ante las Sagradas Escrituras. Hasta se leía – nos ha recordado Muñoz Molina – un libro de pura propaganda, firmado nada menos que por Baltasar Porcel, futuro cortesano de Jordi Pujol, y titulado “China, una revolución en pie”. A simple vista parecía que todo dios fuera maoísta. El tono intelectual de la época lo resumió Sartre con su proverbial “sutileza”: “Todo anticomunista es un perro”. En una ambiente así, la publicación por Tusquets en 1976 de “El traje nuevo del presidente Mao” fue un escándalo. La agresividad extrema que se desató contra Leys fue increíble, aunque él no llegó a arredrarse.
Como he dicho, en mis días universitarios me hubiera venido muy bien leer a Simon Leys. No lo hice. Me pasó desapercibido, ahogado por la cultura española del antifranquismo, muy refractaria a cualquier visión crítica de los sistemas comunistas y, por consiguiente, muy mezquinamente hostil a los testimonios de sus víctimas. Leys fue uno de los espíritus de verdad libres del siglo pasado, de la estirpe de Orwell, de Camus, de Cioran, de Milosz… un “raro” que combinó lo más erudito de la filología clásica china, con el amor por la navegación en velero, y la heterodoxia política con la novela. A diferencia de casi todos los intelectuales de su época, Leys conocía con detalle la actualidad china, la historia del país, el idioma, y leía a diario en Hong Kong, los periódicos y los libros que llegaban de China; hablaba con desterrados y fugitivos, y había visto los cadáveres de fusilados, con las manos atadas a la espalda, que bajaban a centenares por el río Amarillo y aparecían en las playas de Hong Kong. La Revolución Cultural, explicaba Leys, no había sido una efervescencia de rebelión popular y libertad, sino una calamidad desatada por Mao, con el propósito de librarse del círculo de antiguos leales, que lo habían apartado del poder efectivo.
Mao Zedong
Simon Leys murió hace ahora tres años. Sus opiniones heréticas de 1971, han sido confirmadas por el trabajo de los historiadores, y por un catálogo innumerable de relatos de testigos y supervivientes, de aquellos tiempos de horror y destrucción. Ahora el libro de Leys lo edita y traduce de nuevo una editorial joven Ediciones El Salmón, con un prólogo de Jean-Bernard Maugiron, que sitúa la obra en el contexto de su tiempo, y la vida de su autor. Ninguna época – nos recuerda Muñoz Molina – está a salvo de la tontería ni del oscurantismo. En la nuestra parece que vuelven a cobrar un prestigio sorprendente, las terribles abstracciones colectivistas de pueblos elegidos y líderes salvadores. Espíritus libres como Simon Leys, hacen tanta falta ahora como en los setenta.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 15 de Octubre del 2017.


domingo, 5 de noviembre de 2017

"MORRINHA" DE MI PADRE

Mi padre perdió una guerra. Una desgarradora y cruel. Pero jamás se rindió, ni aceptó la derrota, en el plano intelectual.
Fui consciente de ello aun siendo muy joven, en un ya lejano verano de los cincuenta, junto a las orillas del Sil, en el Valle de Laciana. Sentados junto a las transparentes aguas del río, mientras mis tres hermanos jugueteaban por el prado o braña, papá comenzó a pensar en voz alta, como hacía con mucha frecuencia, pareciendo dirigirse a Heráclito y/o a la Historia, a través de ese su río que fluía incesantemente. Y entonces lo tuve muy claro para siempre: el combate intelectual se alargaría, hasta el final de la dictadura franquista.
Y en estos días de esencialismos, determinismos y verdades absolutas, añoro a mi padre. Él nunca adoctrinaba, ni siquiera sermoneaba de forma directa. Como digo reflexionaba en voz alta, citando a sus clásicos: Unamuno, Ortega, Pérez de Ayala, Marañón, Besteiro, Azaña… incluso a Franklin D. Roosvelt (en casa había un par de tomos sobre el “New Deal”). Fue un republicano azañista, liberal y demócrata a carta cabal. Un tanto machista, como casi todos los varones de su época, en temas como las labores de la casa y el papel de las mujeres en la sociedad. Pero incluso en este aspecto, sentía y observaba un profundo respeto, hacia el llamado entonce “sexo débil”. Un respeto sí, un tanto a la antigua usanza de los “caballeros”. Era un castellano viejo – aunque de León – un tanto adusto, honrado y reservado. Le costaba expresar a las claras, un afecto o un sentimiento personal, como si hubiera sido educado en la tradición aristocrática inglesa, según la cual es incorrecto manifestar en público, las emociones íntimas. Políticamente nos educó, como en todo, de forma indirecta. En las comidas y cenas de entonces (largas y copiosas, siempre con tres platos, y con toda la familia sentada a la mesa, de la que nadie se levantaba, hasta que lo hacía él) como repito reflexionaba en voz alta, especialmente cuando escuchábamos el informativo, que en aquel tiempo se llamaba aún “El parte”, dándole la vuelta a las noticias propagandísticas que nos endilgaban, presentando una visión alternativa a las mismas, desde un punto de vista republicano, liberal y democrático.
Mis padres en Valldemossa
Él sabía muy bien, que pocas cosas han hecho tanto daño, como la creencia por parte de individuos o grupos (tribus, Estados, naciones o Iglesias) que “únicamente ellos” estaban en posesión de la verdad; y que los que difieren de ellos, no sólo están equivocados, sino que son corruptos y malvados, y necesitan de un freno o, peor, su eliminación. Con frecuencia repetía: que es de una arrogancia increíble y peligrosa, creer que sólo uno tiene razón; que tiene como un ojo mágico que contempla la verdad; y que los demás no pueden tener razón si discrepan. Esto crea en uno la certidumbre de que hay un “fin” y sólo uno, para la nación o la iglesia de cada cual y para toda la humanidad, y que este “fin” merece todo el sufrimiento que sea necesario para alcanzarlo, aunque sea a través de un “océano de sangre hacia el Reino del Amor”, cómo Berlin escribía que dijo Robespierre (aunque parece que las palabras del Incorruptible fueron estas: “Al sellar nuestra obra con nuestra sangre, al menos podemos ver brillar la aurora de la felicidad universal).
Mi padre estaba convencido de que Hitler, Franco, Lenin y Stalin – y yo me atrevería a añadir a los líderes religiosos en las guerras entre cristianos y musulmanes, o entre católicos y protestantes – creían sinceramente en esto: que hay una y sólo una respuesta verdadera, a las cuestiones centrales que han atormentado a la humanidad, y que si uno la conoce – o el líder de uno, o el partido de uno – puede por ella, llegar a ser responsable de mares de sangre. Pero ningún Reino del Amor, como diría Berlin, ha surgido de tal creencia, ni puede surgir. Hay muchas formas de vida, de creencias, de comportamientos. El mero “conocimiento” que proporcionan la historia, la antropología, la literatura, el arte, el derecho… deja claro que las diferencias de culturas y caracteres, son tan profundas como los parecidos. Y que no nos empobrece esta rica variedad: el “conocimiento” nos abre las ventanas del espíritu, y hace a las personas más sabias, más agradables y más civilizadas. Al contrario su ausencia, alimenta los prejuicios irracionales, los odios, el horrible exterminio de los herejes, y de todos los “diferentes”.
Mi hermano Miguel con mi madre, yo con mi padre
Mi padre admiraba las instituciones británicas, aunque él era bastante afrancesado, después de vivir un año en Lyon, adiestrándose en la industria del curtido de pieles. Nos explicaba – cuando aún éramos unos jovencitos los cuatro hermanos - que los elementos más valiosos, o de los más valiosos, de la tradición británica (siguiendo en esto a otro de sus autores preferidos: Salvador de Madariaga) son precisamente los relativos a la libertad respecto al fanatismo y la monomanía política, racial y religiosa: llegar a acuerdos con aquellas gentes con las que no simpatizamos, o que no entendemos, es fundamental para cualquier sociedad decente; nada es más destructivo que la feliz sensación de infalibilidad de uno mismo, o de la propia nación, o del propio partido, pues conduce a destruir a otros, con la conciencia tranquila de quien está haciendo el trabajo de Dios, o de la raza superior, como también escribe Berlin. El único remedio a esto, es “comprender” como viven otras sociedades, en el espacio o en el tiempo: y que es “posible” vivir de formas distintas a las de uno mismo, y ser enteramente humano, merecedor de cariño, de respeto y, al menos, de “curiosidad”.
La certeza intuitiva, no es un sustituto para el conocimiento empírico, cuidadosamente comprobado, y basado en la experimentación y en la discusión libre entre los hombres: los hombres de ideas y los espíritus libres, son las primeras víctimas de los totalitarismos.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 8 de Abril del 2017.


martes, 31 de octubre de 2017

ODIO, XENOFOBIA... DISCURSOS SIMPLES

Siguiendo en la línea de la reflexión subida el otro día aquí, mi Blog, engarzo con lo que decía Ramoneda hace ya meses, en junio pasado.
Leyendo la Historia comprobamos, que todas las sociedades han tenido siempre, unas pautas morales y culturales de referencia que las articulan. Naturalmente esas pautas – la hegemonía cultural -, es así de duro, ha sido siempre fruto de las relaciones de fuerza, que determinan quien tiene la capacidad normativa, para incidir en la definición de los comportamientos adecuados e inadecuados.
También la Historia nos demuestra como una sociedad es más libre, cuanto mayor es su capacidad de inclusión. Una sociedad libre es una sociedad fuerte, porque puede integrar al máximo, sin poner en peligro su condición de ser. Pero una sociedad no puede ser libre sin el respeto a los demás. Y este es el límite. Y al mismo tiempo, como nos advertía Claude Levi-Strauss, una sociedad incapaz de generar su propia negatividad, es una sociedad sin futuro. Cerrarse sobre si misma, negar el derecho a la transgresión, es simple expresión de debilidad e impotencia. Es un síntoma manifiesto de carencia de autoestima, que no se sienta vergüenza al despreciar a una persona, simplemente porque no es como nosotros, porque nos estorba, porque no sabemos como relacionarnos con ella, porque no somos capaces de mirarla con los mismos ojos con los que miramos a los nuestros. La debilidad elude la complejidad, demanda discursos simples.
Pepe Borrell
Siempre he opinado, que es más fácil dar correa al discurso del miedo y de la discriminación, que afrontar las causas que la favorecen. ¿Qué nos indican estos tiempos de odio y xenofobia? Pues una enorme inseguridad respecto a nuestra identidad, que genera contantes pulsiones de hipocondría. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Estas situaciones son en gran parte, a mi modo de ver, fruto de la imposición de una ideología del desamparo, a unas sociedades que habían alcanzado altos niveles de bienestar, y que ahora se sienten amenazadas. Demasiados años de individualismo radical, de desprestigio de lo social, de una cultura del sálvese quien pueda. Años de brutal aceleración de las cosas, de cambios inesperados de referencias, de desplazamiento de las rentas del trabajo a las del capital… han sido el caldo de cultivo de las explosiones de hoy.
A esta construcción del odio y la xenofobia, han contribuido dirigentes políticos, ideólogos e intelectuales que, en vez de buscar y afrontar las razones, que han movido a determinadas personas, a parapetarse tras la xenofobia, han preferido adularlas, asumiendo su discurso y su agenda, sin dar las batallas de las ideas – como nos recordaba ayer Borrell que no se ha hecho, con el relato del independentismo catalán – ni las de una sociedad abierta, en las que el odio al otro debería ser de modo natural, residual y despreciable.
Pues eso.

Palma. Ca’n Pastilla a 24 de Octubre del 2017.